Las reinas de Asia ANDREA
84%

ANDREA

Para las cuatro amigas el rodaje finalizó después de la escena del acantilado.

Habían tenido que caminar de espaldas en un escenario que simulaba el borde de un precipicio, asediadas por los héroes indios que pensaban restaurar el orden mágico en el reino de los dioses, y estamparse contra una colchoneta que por suerte estaba bastante blandita.

Los gritos durante la caída, según míster Director , estaban muy conseguidos, y solo tuvieron que repetir la escena siete veces, ya que María apretaba los ojos antes de tiempo y no resultaba natural.

El rodaje continuaría para el resto durante dos meses.

Estaban agradecidas y doloridas a partes iguales, alucinadas por seguir vivas y encantadas de ver que su chico del ascensor dormiría en una habitación decorada con motivos escolares a partir de entonces.

Solo querían perder de vista los estudios de cine, el agua, las tormentas y las pelotas de goma, así que aceptaron los aplausos, el ramo de flores y los bombones y se despidieron de todo el equipo con una fingida tristeza, digna de un premio a la mejor interpretación.

Cuando llegaron al hotel y tuvieron que pulsar el botón del ascensor porque no había nadie viviendo dentro, sintieron que todo su sacrificio había merecido la pena.

—Necesito una ducha —dijo Amparo, al tiempo que entraban en las habitaciones—. Creo que todavía me duele todo. Tengo las piernas llenas de moratones.

—La verdad es que sí —replicó Andrea—, pero a mí me duele tremendamente la cabeza. Necesito un paseo. Id arreglándoos y vuelvo. Podría comprar algo de fruta y unos bocadillos de los que no llevan picante. ¿Os hace?

—Todos llevan picante —se quejó Amparo.

Las demás asintieron.

—¿No quieres que te acompañemos? —preguntó Celia.

Y Andrea sacudió la cabeza.

—No, en serio. Métete en la ducha y para cuando salgas yo estaré de vuelta con la cena. Necesito dar un paseo y despejarme.

Y se marchó.

Amparo y María se asearon; Celia salió de la ducha, leyó la hora en un reloj cercano y miró por la ventana. Habían pasado veinte minutos desde que Andrea se fue.

—Es pronto —respondió Amparo cuando Celia fue a consultarles, pero ninguna de las tres pudo esconder un gesto de preocupación.

Pasó una hora, luego otra…, y Andrea no volvió al hotel. El desasosiego de sus tres amigas crecía a marchas forzadas. Se asomaron por la ventana y bajaron al vestíbulo al menos diez veces para ver si la veían llegar. No les hizo falta hablar para adivinar que algo extraño sucedía.

María se quedó en la habitación por si regresaba y las otras dos salieron a la calle en su busca. Fueron primero hasta el puesto de la fruta, volviendo la cabeza en cada esquina y con cada ruido y, al no dar con ella, se dirigieron donde los bocadillos.

Nadie parecía haberla visto.

Anduvieron por las mismas calles que habían recorrido juntas y entraron en las mismas tiendas que visitaran días antes, pero fue inútil.

Aunque la mayoría de tenderos respondía positivamente al ver la foto en el móvil de Celia, se encogían de hombros cuando les preguntaban qué dirección había tomado.

Chennai se les antojó llena de rincones oscuros y en todos había alguien que las miraba con desconfianza.

¿Y si una de esas personas que vivían en la calle la había atacado?

¿Y si la habían secuestrado?

No se les ocurría ninguna otra razón para que su amiga hubiera desaparecido sin avisar. Si Andrea no había vuelto, era porque la estaban reteniendo en contra de su voluntad.

Celia y Amparo sintieron el miedo oprimiendo su garganta. Estaban cada vez más desesperadas y no les importó preguntar a los que vivían entre la basura o a las familias que se hacinaban en la acera. Llegaron hasta una gasolinera y preguntaron a los vehículos que paraban a repostar.

La gente las miraba sin comprender.

¿Quiénes eran aquellas mujeres? ¿Qué querían?

Solo los que se detenían a escuchar pacientemente entendían que estaban buscando a una amiga que se había perdido y entonces chillaban algo en su idioma para alertar a los demás. Entonces acudía todo el mundo a observar la pantalla del móvil, pero terminaban encogiéndose de hombros, sin noticias.

El nudo en el estómago de las dos mujeres empeoró cuando, de vuelta en la habitación, buscando entre sus cosas alguna pista de donde hubiera podido ir, se dieron cuenta de que su bolso, con el teléfono y el monedero, estaba allí.

Andrea ni siquiera se había llevado el dinero con el que pagar las viandas que se había propuesto traerles.

Lo primero que pensaron fue en llamar a Hans. Sabía el idioma y sabría orientarlas.

—No se preocupen por nada —les dijo el alemán, con voz preocupada—. Ahora mismo pongo en aviso a la policía. Manténganme informado de todo.

—¿Y qué hacemos nosotras? —sollozó María.

—Quédense en el hotel. Volverá, ya verán.

Pero ya habían pasado al menos cinco horas y no tenían noticias.

El hombre prometió llamarlas cada hora y así lo hizo.

En la primera hora les comunicó que los cuerpos de seguridad no tomarían cartas en el asunto hasta que no pasaran veinticuatro horas de la desaparición.

Había más de sesenta y tres millones de mujeres reportadas como desaparecidas en India y no iba a ser fácil que se fijaran en Andrea, al menos por el momento.

No eran buenas noticias.

En la segunda hora les contó que había contactado con el consulado de España y que colaboraría con las autoridades de India. Al parecer ni siquiera la policía española podría hacer absolutamente nada en el asunto.

Y esas noticias eran peores.

En la tercera les dijo que había terminado la jornada en plató y que había enviado asistentes de rodaje para ayudar en la búsqueda. Sus ayudantes sabían tamil, y ella debía de haber dejado alguna pista. Una mujer como Andrea no pasaba desapercibida fácilmente.

Cuando los seis asistentes llegaron a la habitación del hotel para tranquilizar a las mujeres y preguntarles por las zonas que Andrea había frecuentado en Chennai, ya cargaban con fotos impresas de la desaparecida.

Sus tres amigas recobraron la esperanza.

Al fin había acudido alguien a ayudarlas, y además eran locales y sabrían comunicarse de manera más eficaz.

Las amigas los vieron alejarse sin saber qué más hacer. Se sentaron sobre las camas en la habitación de Andrea y se cogieron de la mano sin decir nada. Miraban al frente, rezando una, pidiendo la otra, haciendo promesas si volvía la tercera.

¿Dónde podría estar?

Cuando a las dos de la mañana Andrea no aparecía, se les ocurrió contactar con Tomás para comprobar si tenía alguna información.

Tal vez se hubiera puesto en contacto con él.

Era improbable, sin teléfono, a no ser que por algún casual se conociera su dirección de correo de memoria y hubiera dado con algún lugar con acceso a internet.

Parecía una locura si lo decían en voz alta, pero no perdían nada por intentarlo.

Le enviaron un mensaje: «Llevamos ya más de diez horas sin saber nada de Andrea».

No sabían qué más decirle. Las tres se pegaron a la pantalla del teléfono y esperaron.

De repente vieron que el chico se ponía en línea y leía el mensaje.

El corazón les dio un vuelco. Pero, en lugar de contestarles por mensaje, las llamó.

—Sí tengo información —se limitó a decirles.

Las mujeres se miraron las unas a las otras.

¿Noticias?

Su tono de voz no sonaba esperanzador, a pesar de que su anuncio lo fuera, y eso hizo que tragaran saliva y respiraran hondo. Presentían que había algo que no les iba a gustar. El corazón estaba a punto de darles un vuelco.

Tomás carraspeó y siguió hablando:

—Andrea recibió hace cuatro semanas una carta y recibió otra igual hace unos días.

Eran del Ministerio de Sanidad. Dicen que debe presentarse a las consultas a las que ha sido citada.

—Hizo una pausa y las mujeres no se atrevieron a preguntar.

Entonces prosiguió—: Al informarme de su desaparición, he abierto las cartas tal cual, no me entiendan mal, que no lo había hecho antes, pero al parecer Andrea fue diagnosticada con alzhéimer hace cuatro meses.

Tomás no dijo nada más.

Las mujeres notaron como si una bomba les hubiera estallado por dentro.

Una parte de ellas quiso decir que aquello no podía ser posible. Incluso negaron rotundamente, pero, cuando se miraron las unas a las otras, decenas de pequeños detalles acudieron a su mente, como flashes .

Las señales habían estado ahí.

Celia tuvo que ponerse en pie y tragar saliva para asegurarse de que seguía respirando. En su cabeza saltaban imágenes del día que Andrea la acompañó a la clínica a ver a Manuel, recordó cómo hablaba con los recepcionistas, cómo paseaba por las instalaciones…: cómo se informaba.

Celia se dejó caer en la cama y las otras dos la abrazaron.

Tomás esperó pacientemente al otro lado de la línea mientras escuchaba cómo las tres trataban de recomponerse.

—Vamos a llamar a Hans —dijo Celia, poniéndose en pie de nuevo—. Creo que esto cambia las cosas.

Por su cabeza pasó la imagen de Manuel perdido, de noche, deambulando por Valencia, asustadísimo, y su cara cuando lo pudo abrazar al fin, tiritando, indefenso como un niño. No podía imaginar que lo mismo le estuviera pasando a su amiga.

—Mantenedme informado —pidió Tomás antes de colgar—, por favor.

—Seguro —le aseguró Amparo—. Te agradeceríamos que no dijeras nada hasta que no te lo indiquemos, ni siquiera a tu amigo Roberto.

—Vale —dijo el chico. Su voz denotaba preocupación.

Llamaron a Hans de nuevo y le contaron lo que sabían. El alemán las escuchó consternado y les prometió que volvería a insistir. Tal vez las autoridades se decidieran a actuar al conocer este nuevo dato, pero no les dio muchas esperanzas. En India las cosas funcionaban lentas.

—¿Qué hacemos? —preguntó Amparo.

Estaban totalmente perdidas. Imaginaban a Andrea desorientada.

A lo mejor no sabía dónde se encontraba, a lo mejor lo recordaba, pero sin dinero simplemente no podía volver.

Cualquiera de los dos escenarios era desalentador.

Estaban en el segundo país más superpoblado del mundo y a nadie le llamaría la atención encontrarla vagando por la calle, sin saber dónde ir. Había millones como ella.

—Eso explica el vestido de verano con el abrigo que vistió en el entierro de Camila —dijo Amparo—. O los zapatos que ya le estaban pequeños y volvía a ponerse una y otra vez.

—No exageres —replicó Celia aterrada—. No está tan mal. Un despiste lo tiene cualquiera.

—Sí —dijo Amparo—. Y cuando se dejó el bolso en el autobús, o la pamela en algún sitio.

Celia negaba.

—¡Dejadlo ya!

Amparo y Celia se miraron y no pudieron evitar darse un abrazo.

—Lo siento —se lamentó Amparo—. Lo siento.

—Hay que ser positivas, puede que esté en un periodo muy temprano, puede que… —titubeó Celia.

—Ella lo sabía —dijo María, mirando muy fijamente a las otras dos.

Amparo y Celia se volvieron hacia ella y la miraron sin comprender.

—Por eso este viaje, por eso su obsesión en crear recuerdos, ¿no os dais cuenta?

Las tres permanecieron en silencio durante lo que les parecieron minutos sumidas en sus propios pensamientos.

Los asistentes de Hans no volvían y el teléfono no sonaba.

Fue a María, a las cuatro de la mañana, mientras miraba al techo buscando una solución, a la que se le ocurrió lo que debían hacer.

No lo consultó con las otras. No quería que le dijeran que era una locura porque no andaban muy sobradas de ideas cuerdas y lo que les hacía falta, llegadas a ese momento, era sacar la artillería pesada.

Cogió el teléfono de Andrea y llamó a alguien que sabía que podría ayudarlas.