LA PELÍCULA
El plató consistía en un barco enorme. Estaba situado en una gran piscina y había agua de verdad salpicando el casco.
Ellas llevaban unos trajes coloniales con mangas abombadas y faldas que no les acababan de estar del todo bien.
Se miraron las unas a las otras y después a las bellezas indias envueltas en sedas que conformaban el resto del reparto.
En aquel preciso instante se les ocurrieron miles de preguntas que hacer.
Les habían explicado que tenían que salir moviendo los labios, como si hablaran entre ellas, y alzar los brazos.
¿Y después? A lo mejor solo tenían que continuar hasta que oyeran el típico «¡corten!
», pero ¿cómo se dice en inglés? ¿Y en indio?
Habían decidido que se quedarían rezando con las manos en alto hasta que alguien las echara de allí.
Se escucharon voces, la luz se hizo más tenue y el decorado comenzó a brillar simulando una tarde gris, con alguna nube de tormenta al fondo. Escucharon el golpe de claqueta y el alemán les hizo una señal con el brazo, así que anduvieron sobre el escenario.
—Cuando pille a Tomás, se va a enterar —dijo Andrea.
—Ya verás tú como me tropiece yo aquí, qué vergüenza —se quejaba Celia.
—Qué hambre tengo —apuntó Amparo.
—¡Dos más dos son cuatro, cuatro y dos son seis! —gritaba María.
Y cuando llegaron al borde de la cubierta, alzaron los brazos al cielo y comenzaron a cantar y a gritar y a hablar.
—Ahora dirán que hemos acabado —susurró Andrea, disimulando, un par de minutos después.
—Pues yo tengo en mi punto de mira la silueta del alemán y está de lo más quieto —apuntó Amparo.
—Pues seguimos haciendo esto. Ya se cansarán —se resignó, entre grito y grito, Celia.
Y cuando María iba a decir «seis por seis treinta y seis», cayó una lluvia inesperada de tormenta que las pilló tan de sorpresa que no pudieron hacer otra cosa que chillar y cubrirse.
—¡Ha debido de romperse una tubería, una del techo! —chilló Celia.
La cantidad de agua era tal que no podían mantener los ojos abiertos. Al alzar la cara, distinguieron a duras penas decenas de alcachofas de ducha que se habían accionado a la vez.
—¡Hay que salir de aquí! —balbuceó Andrea, queriendo que su voz se escuchara por encima del ruido de rayos y truenos que había estallado de repente.
Y cuando intentaron caminar, la cubierta comenzó a tambalearse tan salvajemente que las mujeres perdieron el equilibrio y se agarraron las unas a las otras y a las barandillas para no caer.
Chillaron y rodaron por el suelo empapadas, y la cubierta se inclinó hasta que cayeron al agua entre gritos de angustia.
Cuando sacaron la cabeza del agua, escucharon la palabra mágica: ¡Corten!
Unos cuantos asistentes de rodaje ayudaron a las mujeres a salir del agua. Tenían los trajes calados y los peinados y el maquillaje echados a perder.
¿Qué era lo que acababa de pasar?
Hans se acercó a ellas. Estaba contento, exultante.
—¡Míster Director está más que satisfecho con el trabajo! Son buenísimas, qué real, qué interpretación. Ha habido un momento en el que pensaba que se me ahogaban de verdad. La piel, miren, de gallina, todo esto.
Las cuatro amigas escupían agua por la boca, y el alemán seguía hablando:
—Mira que esta mañana estaba yo un poco pensando así como que «Hans, ¿qué es lo que has hecho? Estas tías no tienen ni idea». Pero su currículum no les hace justicia. ¡Son artistas!
Alrededor de las mujeres se había formado un charco y el alemán daba pasitos para atrás para no mojarse los pies.
—Hans, rico —preguntó Andrea—, ¿de qué va la película? Hans se echó a reír.
—Bueno, pues, así haciéndolo cortito, se trata de cuatro brujas malas de occidente que quieren venir a acabar con la magia india.
Las cuatro lo miraron sin cambiar la expresión.
—Y seguro que les pasa de todo —apuntó Amparo, muy seria. Hans se puso solemne.
—Mujer, de todo, de todo… no. Les pasan muchas cosas. Bueno, que el día es corto, a camerino, señoras, que hay que continuar. Es lo que tiene la magia del celuloide, que no para.
Hora y media después ya estaban la cuatro vestidas y maquilladas.
Cuando entraron en el plató correspondiente, solo vieron un espacio diáfano y vacío con el suelo y el fondo verde.
—Al menos no hay agua —señaló Amparo.
—Esta es la escena del vuelo —dijo Hans.
Y del techo se descolgaron las típicas escobas de bruja malvada, que quedaron suspendidas cerca del suelo mediante dos cadenas: una situada en su parte delantera y otra en la trasera. No era muy difícil adivinar que había que subirse encima.
—¿Y todo lo verde qué significa? —preguntaron al alemán. Hans lo explicó orgulloso:
—Es el fondo sobre el que se implantarán las imágenes digitales del paisaje, un cielo azul precioso. Todo esto van a ser nubes…
—¿Lluviosas? —interrumpió Celia. Hans rio.
—Seco, un cielo seco.
Las mujeres se acercaron a las escobas. No estaban demasiado seguras de lo que hacer. Les habían colocado unos taburetes para ayudarlas a subir. Amparo fue la primera en hacerlo, pero, tras sentarse en la escoba, soltó un chillido, se incorporó como un resorte y volvió del taburete al suelo.
—¿Qué sucede? —preguntó Hans alarmado.
—¿Qué va a suceder? —contestó la mujer agarrándose el trasero—. Pues que no se puede una subir ahí. Simplemente no se puede.
Hans la miraba sin entender.
—Sube tú y verás.
El alemán se acercó a la escoba, subió al taburete, se sentó y bajó medio segundo después.
—Me lo he clavado todo en el culo —dijo.
Amparo asintió.
—O nos ponen unos asientos como los de una bicicleta o ahí no se puede una subir —alegó Andrea.
Hans comenzó a dar órdenes a diestro y siniestro y seis minutos y doce segundos después les habían recubierto con telas la zona en la que debían sentarse. Ya no había excusa y las cuatro subieron a su escoba.
Los asistentes apartaron los taburetes. Enfrente de ellas, el equipo de rodaje estaba preparado para filmar.
Fue entonces cuando se abrieron las puertas y entre cuatro operarios arrastraron un ventilador enorme que se puso en funcionamiento.
Era el que ayudaría a dar la sensación de movimiento en pleno vuelo.
Oyeron la claqueta y pusieron su mejor cara de brujas voladoras.
Entrecerraron los ojos, tensionaron los brazos e inclinaron los cuerpos sobre la escoba.
Era sencillo. Podían hacerlo. Lo tenían todo bajo control; o eso pensaban, hasta que comenzaron a lanzarles pelotas de goma.
Las cuatro, que no se lo esperaban, se agarraron a la escoba como pudieron.
No eran pelotitas pequeñas, no. Eran tan grandes como un balón de baloncesto y les disparaban desde tres lugares diferentes.
Las cadenas que sujetaban las escobas se tambalearon hasta hacerlas chocar entre sí, y la primera en caer al suelo fue Amparo.
Entonces las luces se encendieron y Hans fue hacia ellas mientras el director sacudía la cabeza.
—Señoras, que tienen que aguantar el ataque de las bolas de fuego dos minutos y medio o no hay escena. Tienen que esquivarlas todas, ¡que son diosas poderosas de occidente, Dios santo!
Las mujeres lo miraban sin saber qué decir.
—¿Cuánto hemos aguantado? —preguntó Celia.
—Quince segundos.
—¿Y no podrían no tirar a dar? —sollozó María.
—No, porque si no, no es un ataque real —replicó el hombre.
—¿Lo podríamos dejar en dos minutos? —pidió Amparo. Hans meneó la cabeza.
—Ni pensarlo. Esta escena va para el tráiler, así que no se recorta.
Tuvieron que repetirla quince veces y durante las repeticiones pudieron ver de todo: desde brujas escurriéndose y quedando enganchadas a las escobas por la parte de abajo hasta caídas brutales, sacudidas de unas contra las otras, gritos obscenos y ropa interior.
Cuando escucharon, por fin, la gran ovación del director y su equipo, estaban molidas. No podían ni siquiera bajar de las escobas.
—Enhorabuena, señoras —las felicitó Hans—. Maravilloso el drama que han puesto en la escena, ¡maravilloso todo!
No hablaron mientras las llevaban en volandas hasta el camerino ni cuando les dieron un masaje en las zonas doloridas. Y cuando al fin estuvieron a solas con Hans, le fueron totalmente francas:
—Mira, chico —dijo Andrea—: dimitimos. Nos vamos. Nosotras no estamos ya para estas cosas. A ti nos hubiera gustado verte agarrado a la escoba. Ni una más.
Hans las miró incrédulo:
—Pero, no pueden irse…
—Claro que podemos —dijo Celia—. Pero si ni siquiera somos actrices…
Hans las miró muy serio. Después se puso en pie y cerró la puerta del camerino para que nadie escuchara lo que tenía que decirles.
—¿Creen que no lo sé? —les dijo—. A ver dónde encontraba yo a cuatro mujeres occidentales, mayorcitas, dispuestas a esto. Anda que no busqué… Y, cuando Tomás me vino con la idea, simplemente no le vi inconveniente. Me dijo tantas cosas maravillosas de ustedes.
—Tomás es un sol —dijo María.
—¿Conoces a Tomás? —preguntó Andrea.
—Sí, coincidimos en la universidad hace un año. Siempre que voy a España, nos vemos.
—¿Entonces sabías quiénes éramos desde el principio? —preguntó Amparo.
Hans asintió.
—No pueden dejarme en la estacada. Me despedirán. ¿Saben lo que me ha costado llegar a trabajar con míster Director ? Es una eminencia y el cine indio está tomando poder, no crean. Ya hay películas extranjeras que quieren grabar aquí. Es mi oportunidad.
El chico estaba al borde del llanto.
—Pero compréndelo —dijo María—. No vamos a sobrevivir al rodaje.
Y Hans rompió a llorar al fin.
—Si se van, me echan, se lo digo. Este será el último fracaso que me perdonan. Soy un inútil. Un país como India en el que no hace falta levantar una piedra para que te salga gente y soy incapaz de encontrar al niño.
—¿Qué niño? —preguntó Andrea.
—Uno que haga la versión hindú de Harry Potter, pero, por más castings que hago, nada, ni un ápice de espontaneidad.
—¿Cuántas escenas nos quedan a nosotras por rodar? —preguntó Andrea.
Hans hojeó sus notas.
—El salto del acantilado.
—No podemos saltar un acantilado —dijo Amparo—. Caemos mal y no lo contamos.
—No, no, son solo dos metros de salto sobre una colchoneta.
Las cuatro mujeres se miraron sin saber qué pensar.
—Tengo una idea —dijo Andrea—. Aceptamos con una condición: nosotras te traemos al niño y tú le haces una prueba.
—¿El nuevo Harry Potter indio? —preguntó Hans—. ¿Lo tienen?
Y las cuatro se miraron cómplices.
—Lo tenemos.
A la mañana siguiente, las mujeres salieron de su hotel sabiendo que las esperaba el salto final de acantilado.
Llevaban de la mano a Satnam. El niño no podía creer su suerte ¡Iba a montar en una furgoneta!
Al entrar en los estudios de cine, estaba tan contento que las mujeres olvidaron el calvario que las esperaba.
Lo tuvieron toda la tarde del día anterior leyendo el guion y lo había ensayado hasta la saciedad.
Cuando Hans salió a hablar con ellas después del casting , les aseguró que Satnam era un diamante en bruto, que tendrían que pulir un poco de aquí y otro poco de allí, pero que harían de él toda una estrella.