Las reinas de Asia LA SORPRESA DE TOMÁS
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LA SORPRESA DE TOMÁS

No debían de ser más de las seis de la mañana cuando aporrearon las puertas de ambas habitaciones. Los golpes sonaban bruscos y contundentes. Echarían la puerta abajo en cualquier momento.

Andrea abrió los ojos y se irguió, presa de la sorpresa.

Celia ya la miraba con cara de terror y el chico estaba de pie en el sofá, con el pelo revuelto y sin saber muy bien para dónde tirar.

Respiraba deprisa, tal vez pensaba que era alguien enojado por no dormir en el ascensor. Seguro que se llevaría una paliza.

Andrea se dirigió a él para tranquilizarlo y miró la hora en su reloj. Ni siquiera había salido el sol.

—No va a pasarte nada —le aseguró, mirándolo directamente a los ojos e intentando sonar contundente. Pero el niño no parecía muy convencido.

—Una revolución en el país —dijo Celia mirando gravemente a su amiga—. Un golpe de estado o un aviso de bomba. Tenemos que salir de aquí.

Se escucharon golpes de nuevo y Satnam saltó a la cama para estar más cerca de las mujeres. Ambas lo abrazaron. Si el chico, que vivía en el hotel, no estaba acostumbrado a esas cosas, es que tenía que estar pasando algo excepcional.

De repente escucharon gritar a María y a Amparo desde el pasillo, y Celia y Andrea se adelantaron un paso. Debían defender a sus amigas, así que se decidieron a actuar.

—Escóndete —ordenaron a Satnam entre susurros. Y el niño se escurrió bajo la cama.

Las dos mujeres corrieron a abrir la puerta. En su mente ya se habían hecho a la idea de convertirse en presas políticas o rehenes de causas internacionales. Sus familias no tenían dinero para pagar ningún rescate, pero ¿cómo lo explicarían a los guerrilleros?

Cuando abrieron, no había guerrilleros. María y Amparo hablaban con un tipo rubio y alto. Con él había al menos cinco locales, vestidos a la última moda, con gafas de sol brillantes y teléfonos que debían de costar una fortuna.

Andrea y Celia los miraron perplejas.

María se aproximó entonces a ellas y les dijo:

—Que dice este señor rubio que llegamos tarde al primer día de rodaje. Que nos han estado esperando dos semanas hasta que acabáramos el retiro espiritual.

El chico rubio se adelantó un paso.

—Señoras —dijo—. Soy Hans, el deputy assistant auxiliar codirector .

Se lo traduciría en su lengua, que ya ven que hablo a la perfección, pero ni siquiera sabría traducirlo a la mía.

Soy alemán. De los serios. Tomás Pera, su representante, nos dijo que estarían listas y lo que veo es que llevan puesto el pijama. No es profesional.

María se miró entonces y recordó que iba con una camiseta ancha y ropa interior, así que lanzó un grito, se metió en su habitación y cerró dando un portazo.

—Cinco minutos —dijo Andrea.

—Cuatro —regateó el alemán.

—Tres —atajó Amparo.

Sus amigas la miraron. Claro, llevaba tanto tiempo acostumbrada a regatear a la baja…

Se metieron en sus dormitorios de nuevo con el corazón que se les iba a salir del pecho. Tenían tres minutos para vestirse e ir a algún lado.

Satnam asomó la cabeza por debajo de la cama al tiempo que las mujeres se colocaban lo primero que veían.

—Todo bien, todo bien —le dijeron.

Entonces el chico se escurrió por la puerta y desapareció. No quería que nadie se enterara de que había abandonado su puesto.

Y siete minutos después estaban las cuatro vestidas, pero con la misma cara de susto del principio.

—Muy bien, señoras, nos vamos al estudio de filmación.

Aquello sí que era bueno.

Bajaron por el ascensor con Satnam, que les sonreía de oreja a oreja. Dos furgonetas negras con las lunas tintadas las esperaban a la salida del hotel.

—A ver si va a ser un secuestro y nosotras aquí colaborando —dijo Andrea—. Tengo que escribir a Tomás ya.

Mandó un wasap y le preguntó qué sabía de un rodaje.

Le pidió que, en caso de no haber ningún rodaje, llamara a la CIA y al FBI porque las estaban secuestrando.

Recibieron un wasap casi inmediatamente: «Ya lo discutimos.

Está en mi e-mail con los detalles del hotel.

Enhorabuena y, como dicen los artistas, mucha mierda».

A continuación, había como siete emoticonos de flamencas todos seguidos.

—Este chico está loco —dijo Andrea sonrojándose.

—Mirad —dijo María, y señaló a la calle.

Los coches se ponían en marcha. Afuera estaba el grupo de niños que habían visto desnudos junto al hotel. Dormían acurrucados en la acerca, pero esta vez iban vestidos. Llevaban las ropas que habían regalado el día anterior a Satnam.

Y al ver aquello se les olvidaron de repente todos sus miedos y preocupaciones.

Volvieron a confiar en India.

El cine tamil, también conocido como Kollywood, es el segundo más importante del país por detrás de Bollywood. De hecho, el nombre es una mezcla entre los términos Hollywood y Kodambakkam, el distrito de Chennai en el que tiene su centro.

En un país en el que adoran el cine y en el que no todo el mundo habla hindi, el sur no podía quedarse sin lugar en la industria del celuloide. Incluso la mayor parte de las estrellas del cine y la televisión viven en la zona debido al fácil acceso a los estudios.

—La primera escena es la del barco —les informó Hans. Cruzó las piernas y estudió algo en su teléfono.

Las cuatro amigas se miraron.

—¿Podría darnos más pistas? —preguntó Andrea—. No tenemos guion ni nada.

—No lo necesitan. ¿Hablan ustedes tamil? Las cuatro se encogieron de hombros.

—Sabemos decir nanri , que es «gracias».

—Pues nada, ya solo les faltan cinco millones de palabras más —les dijo el chico, mirándolas atentamente—.

Las veo a ustedes muy verdes. Tomás me dijo que han hecho Bollywood.

—Las mujeres tragaron saliva—. Pues esto es lo mismo.

Ustedes salen cuando se les diga que salgan, hacen cuatro cosas que les indicaremos y arreglado.

Lo de siempre, mueven la boca aquí y allá y nosotros ya las doblamos.

Esta película va a ser la producción del año.

Las cuatro se miraron. No sabían si estar contentas o no. Adivinaron que debían de estar cerca del estudio, porque Hans comenzó a hablar por teléfono, a cruzar y entrecruzar las piernas y a dar instrucciones a todo el mundo.

—No lo compliquen más de lo que es. Suben a la cubierta del barco y comienzan a mover las manos hacia el cielo, como si estuvieran rezando o algo así —indicó Hans.

—¿Así? —intentó hacer María, pero sus brazos se chocaron contra el techo del vehículo.

—Sorpréndanme —les pidió el alemán, entrecerrando los ojos y estudiándolas con atención.

Las amigas tragaron saliva.

—Ya estamos —avisó Hans y, antes de que pudieran darse cuenta, estacionaron las furgonetas. Desde que traspasaron el recinto del estudio, parecieron haber dejado India detrás. Las calles eran anchas, estaban limpias, todo era luminoso y había carteles resplandecientes por todos lados.

Bajaron del vehículo y siguieron al alemán.

—Yo estoy nerviosísima. A mí todo esto me parece muy complicado —sollozó María de repente.

Las demás se volvieron hacia ella. Tenía su cara de «yo no estoy hecha para esto». En cualquier momento saldría corriendo.

—Ey, tú —espetó Celia, señalándola directamente—. ¿De qué va este viaje? Va de no decir «no», va de tirar para adelante. Hasta ahora no nos ha ido mal, y ¿qué es lo que nos espera? Nos espera lo mejor, convertirnos en estrellas de cine en un país con cien mil millones de habitantes…

—Mil trescientos millones y creciendo —interrumpió Hans por detrás de ellas.

Las mujeres se volvieron a mirarlo. El alemán, con el móvil en la mano y las carpetas apretadas contra el pecho, las miraba.

María, con el pavor más absoluto escrito en los ojos, se dejó coger por sus amigas y caminó hacia adelante.

—Si supieran cómo estoy de las crisis de las divas…

—susurró Hans para sí, y les hizo una señal para que entraran en el estudio.

Pasaron a un hangar enorme repleto de gente y atrezo.

El techo estaba al menos a veinte metros de altura y distinguieron cinco escenarios diferentes.

Actores, actrices, electricistas, carpinteros, cámaras…

contaron al menos cien personas que corrían de un lado a otro.

Escucharon a lo que supusieron que eran técnicos de iluminación y sonido, se fijaron en un par de actores que repasaban el guion y en un grupo de actrices que se dejaban caracterizar con maquillajes muy elaborados.

—Por aquí, señoras —apremió Hans, al ver que se habían quedado congeladas—. Que parece que no se han visto en las mismas antes.

—Es la magia del cine, que nos cautiva —disimuló Andrea.

Llegaron a una sala de maquillaje. Había un espejo corrido en cada pared y focos. Los sillones eran altos y les parecieron más los de una clínica dentista que los de un centro de estética. Cuando las mujeres pasaron, tanto estilistas como actrices comenzaron a aplaudirles.

—Creo que la hemos liado bien —dijo Andrea a Amparo, en voz bajita.

Las mujeres aceptaron los aplausos con una fingida humildad y se sentaron en los sillones tal y como les indicaron. A su alrededor había mujeres preciosas con pelo voluptuoso y cuerpo despampanante.

—A mí me dejáis como a esa —bromeó María.

Pero como respuestas solo hubo sonrisas. No había nadie que entendiera español.

Cerraron los ojos y se dejaron hacer durante más de veinte minutos, en los que se relajaron tanto que incluso dormitaron.

Hacía años que no las maquillaban. Les colocaron pestañas, pómulos y unas cuantas cremas, y recibieron caricias de pincel.

Cuando volvieron el sillón hacia el espejo y abrieron los ojos satisfechas, soltaron un grito.

Las habían caracterizado como a brujas, de las de verruga en la nariz y las cejas unicejas.

Tenían las caras envejecidas y demacradas.

—Creo que esto está mal —se quejó Andrea—. Tengo unas líneas blancas por aquí y este manchurrón…

—¡Divinas! —interrumpió Hans.

Entró en la sala y se dirigió hacia ellas. Lo acompañaba un hombre menudo y joven. Llevaba una camiseta negra y gorra. Las gafas de sol eran el último modelo de la marca más cara del mercado.

—Todo eso da genial en cámara —dijo el alemán—.

Están asombrosamente increíbles. Señoras mías, les presento a míster Director , toda una estrella de Bollywood, Kollywood y Mollywood.

Lo mejorcito que ha dado este país. Quiere decirles en persona, para que vean lo accesible que es este pedazo de estrella, que está muy contento de contar con ustedes en el reparto.

Está deseando comenzar y comprobar por sí mismo el gran talento del que se han hecho eco.

Las cuatro mujeres saludaron al director.

—Dígale que estamos muy contentas —dijo Andrea.

—Y que, cuando salga la película, que nos la mande, que nos hará ilusión —interrumpió María.

—Bueno, ahora pediré que las acompañen a vestuario. Van a quedar tremendas —dijo el alemán.

Inmediatamente después, Hans dijo algo al director, este esbozó una sonrisa y ambos desaparecieron.

Las cuatro mujeres se pusieron en pie. Una chica vestida a la occidental, con gafas de sol también, les pidió que la siguieran. Las llevó a una sala enorme con cientos de vestidos colgados en perchas. Tras mirar a las mujeres de arriba abajo, tendió una percha a cada una y desapareció.

Ellas se miraron con los vestidos en alto, procurando que no arrastraran el suelo.

¿Tenían que cambiarse? Comenzaron a quitarse ropa y en el preciso momento en el que estaban a mitad, entraron de nuevo Hans y el famoso director.

Míster Director se puso rojo como un tomate.

Ellas permanecieron inmóviles, en sujetador y bragas.

—¿Por qué no se cambian en su camerino? Las están esperando allí —dijo Hans, desconcertado.

—Forma parte de nuestro método para meternos en el personaje —inventó Celia.

Hans tradujo al director y este se encogió de hombros. Los dos hombres salieron por donde habían entrado.