Las reinas de Asia VUELTA A CHENNAI
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VUELTA A CHENNAI

A la mañana siguiente montaron en el taxi que las llevaría a Chennai entre abrazos y canciones que se prolongaron a ambos lados del camino de acceso.

No podían estar más emocionadas.

Cuando se alejaron, Celia se volvió a mirar a su nieta. Todavía estaban frescos los besos que se habían dado en la frente y las mejillas, y se sentía orgullosa de ella hasta la médula.

—¡Nos veremos en navidad, yayi ! —la escuchó decir desde la lejanía.

Los niños corrían y palmeaban en los cristales de las ventanillas mientras las cuatro amigas los observaban con los ojos empañados en lágrimas.

El camino de vuelta a Chennai les llevó poco más de una hora y media a pesar de cubrir apenas treinta kilómetros, y sufrieron cada uno de ellos: adelantamientos imposibles, frenazos, niños que se acercaban demasiado a la calzada…

Cuando llegaron a Chennai, quedaron atascadas en un tráfico ruidoso y denso que las obligó a fijarse en el mundo de afuera.

Un par de policías ataviados con varas de madera asestaban golpes a los motoristas que se desviaban con la intención de avanzar en dirección contraria.

Reprendían a una anciana que yacía en el suelo.

—No podemos permitir que lo que está haciendo Blanca se pierda —dijo Amparo, fija en las escenas que se sucedían ante ellas.

—Estaba pensando en lo mismo. Deberíamos ayudarlos de alguna manera. Hay tanto que hacer —se lamentó Celia.

—Sí, pero ¿cómo? —preguntó María—. Solo somos cuatro mujeres.

—Cuatro mujeres —dijo Andrea, mirando con fiereza al resto—. Si, de acuerdo con el lema, tres son multitud, nosotras podemos ser un ejército.

Las cuatro sonrieron.

Cuando el taxi dejó la concurrida avenida para adentrarse en una minúscula entrada para vehículos, volvieron a prestar atención al conductor.

No habían pensado en el tipo de hotel que las esperaría.

Frente a ellas se alzaba un edificio monótono de ocho plantas, desgastado.

Las ventanas mostraban cortinas traslúcidas no demasiado modernas.

Estaban en Nungambakkam, una de las calles más transitadas de Chennai, de dos calzadas separadas por una mediana de hormigón.

Las aceras, con un bordillo tan alto que, más que subirlo, habría que escalarlo, albergaban auténticos asentamientos humanos y eran impracticables.

Bajaron del taxi y sacaron las mochilas y la maleta.

No sabían qué era lo que aquella ciudad tenía que ofrecerles.

Era una urbe que se les antojaba gigantesca, como un demonio capaz de tragarte y hacerte desaparecer entre sus fauces, pero Tomás decía que era imprescindible que permanecieran allí por unos días.

Gracias a esa estancia, los vuelos les habían salido regalados, así que no pudieron más que santiguarse y confiar.

Pasaron a recepción. Las paredes eran de mármol oscuro y había un par de sofás con reposabrazos de madera negra.

Cuatro muchachos las esperaban tras un mostrador, sin hacer nada.

Las mujeres sacaron sus pasaportes y el primero de los recepcionistas cumplimentó un extenso formulario.

Se lo pasó a su compañero, que comprobó las fechas de nacimiento con las que tenía anotadas en la ficha de la reserva.

Escribía de manera lenta, tal vez disfrutando de tener algo que hacer.

Cuando hubo terminado, el tercer empleado comprobó el trabajo de sus predecesores y fue el cuarto el que devolvió los documentos a las españolas.

Después, salió del mostrador y se dirigió hacia el ascensor, a escasos dos metros de donde se encontraban.

Cuando pulsó y la puerta se abrió, vieron dentro la silueta de un niño.

No debía de tener más de once años. Estaba acurrucado en un rincón y dormía.

El recepcionista lo agarró por la camisa y lo puso en pie con brusquedad, sin que las mujeres tuvieran tiempo de impedirlo.

—Un poco bruto, ¿no? —recriminó Amparo al de recepción.

Pero este ya se alejaba. Observaron de nuevo al niño, que esbozó una sonrisa.

Tenía los ojos negros y enormes y el pelo despeinado hacia todos los lados.

Saludó a las recién llegadas, cargó la maleta grande, tomó las llaves de las habitaciones y volvió a meterse en el ascensor.

Las mujeres lo siguieron sin poder quitarle la vista de encima.

Vestía con ropa desgastada que le estaba grande.

Bajaron en el tercer piso y anduvieron por un corredor largo con habitaciones a ambos lados.

Tenían dos suites contiguas. El chico se las mostró y extendió la mano.

Andrea le dio veinte rupias de propina, lo que podrían ser unos treinta céntimos de euro, y se puso muy contento.

Las saludó varias veces y se alejó saltando.

No le quitaron la vista de encima, asomadas al pasillo, hasta que no hubo desaparecido de nuevo por el ascensor.

Las habitaciones no estaban mal y el baño, que fue lo primero que fueron a comprobar, era totalmente occidental.

Aunque el agua era algo turbia, había presión.

En cada uno de los cuartos, había dos camas gemelas juntas, un mueble con una televisión, un sofacito de dos plazas y un armario grande.

Se distribuyeron por parejas: Andrea con Celia y Amparo con María.

Necesitaban estirar las piernas y comer algo, así que dejaron las cosas y salieron al corredor de nuevo, y de ahí al ascensor, donde el chico había vuelto a hacerse un ovillo en el suelo. Se puso en pie en cuanto entraron y les pulsó el botón que las llevaría hasta la planta baja.

—¿Cómo te llamas? —preguntó María, con los gritos que la caracterizaban.

El chico dio un paso atrás asustado.

—Qué burra eres a veces, María —dijo Celia.

Y dirigiéndose al niño, dijo:

—Yo, Celia.

El chico contestó entonces.

—Satnam.

Las cuatro mujeres sonrieron y el niño les devolvió la sonrisa.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron de nuevo, se encontraron frente a los cuatro recepcionistas, serios y clavados como un palo tras el mostrador.

No había nadie en el vestíbulo. Las cuatro amigas los saludaron y salieron a la calle.

Una brisa húmeda y gris les dio de lleno y tuvieron que cubrirse la cara con los pañuelos. El tráfico era demasiado intenso. Olía a polución y a especias.

—Vamos a callejear un poco —propuso Andrea—. Y nos intentamos escapar del tráfico.

Caminaron por la acera en fila india para no interferir con los asentamientos que las ocupaban y se colaron por la primera calle que salió a su izquierda. Parecía mucho más tranquila. Más adelante vieron un restaurante griego y decidieron entrar.

Después de comer, callejearon de nuevo hasta llegar a un centro comercial en el que se refugiaron para huir del calor viscoso. Cuando vieron una tienda de ropa para niño, las cuatro se miraron entre sí y sonrieron.

—¿Estáis pensando lo mismo que yo? —preguntó pícara Andrea.

Estaban dispuestas a mejorar el vestuario del chico del ascensor.

Desandar entre las aceras y el tráfico, cargadas con las bolsas de compra y con menos luz en el ambiente, no fue tarea fácil.

Estaban deseando volver al hotel y enseñar a Satnam lo que le habían comprado, así que saludaron a los cuatro recepcionistas, que seguían mirando las musarañas erguidos como palos, y fueron directas al ascensor.

El chico, que se había quedado dormido de nuevo, se puso en pie como un resorte al verlas entrar.

Se le notaban las costillas y era excesivamente pequeño.

No tenía pinta de alimentarse demasiado bien.

Cuando se quedaron solas, le tendieron la bolsa.

El chico las miró extrañado, sin atreverse a tomarla y, al abrirla, no supo qué era.

Tuvo que sacar la primera prenda para descubrirlo, y se puso muy contento.

Había dos camisas del mismo color que la que llevaba, pero eran nuevas y de su talla.

Calzoncillos y pantalones, todo a pares.

Había camisetas interiores y un par de zapatos.

Satnam las miró encantado, les dijo algo que solo podía significar agradecimiento, y las mujeres se dirigieron a sus habitaciones.

Una de ellas estaba abierta y había dos chicas dentro.

Una fregaba el suelo y la otra veía la tele desde la cama.

Cuando las vieron entrar, saludaron un par de veces agachando la cabeza y huyeron despavoridas.

No habían dejado de presenciar escenas que les partían el alma desde que llegaran a Chennai. Si se asomaban a la ventana, podían ver a un grupo de niños de diversas edades que jugaban desnudos y mendigaban comida a escasos metros de las puertas del hotel.

A las amigas les costaba recordar todo lo que habían aprendido sobre India en el campamento y recuperar aquella paz que les hacía ser conformistas con lo que se abría a su alrededor. Nadie podía acostumbrarse a eso. Pensaron en Blanca, en sus colegas, en su pasión y en su esperanza por el futuro.

Significaban un cambio que estimaban necesario, pero creían imposible.

Ellas habían visitado el campamento cuando estaba en funcionamiento y todo parecía ir sobre ruedas, pero no podían ni imaginarse, visto lo visto, lo duros que debieron ser los comienzos. ¡Hacía falta coraje para descubrir los templos que se ocultaban en el interior de todas las cosas!

Un par de horas más tarde, salieron a comprar algo de fruta para la cena. Habían descubierto una parada de verduras y frutas en su salida anterior y no quedaba lejos. Solo tenían que bordear la manzana del hotel.

—Ey —exclamó Celia, al subir al ascensor—, ¿y tu ropa nueva? El chico marcó el número de la planta baja.

Las mujeres sacudieron la cabeza. Tal vez la había tirado o algo así. Si por lo menos hubiera tenido la deferencia de ponérsela una vez, pero nada. Ni siquiera los zapatos. El chico continuaba descalzo.

Ya estaba anocheciendo cuando regresaron al hotel.

El chico, que al parecer las había visto de lejos, salió corriendo a ayudarlas a cargar con las bolsas.

Después se metió en el ascensor con ellas y pulsó su piso.

Andrea abrió una de las bolsas y le dio un bocadillo y un par de plátanos.

El niño se mostró sumamente agradecido y lo devoró allí mismo.

Cuando la puerta del ascensor se abrió en el tercer piso, apenas le quedaban dos bocados para acabarlo.

Las mujeres fueron hasta su habitación. Estaban cansadas.

Había sido un día de emociones y de cambios.

Tuvieron que darse una ducha para despejarse del ruido de los cláxones y, cuando se hizo la hora de ir a la cama, con el hotel totalmente en silencio, Andrea salió al pasillo, anduvo con sigilo y llamó al ascensor.

El niño, que dormía en el suelo hecho un ovillo, se puso en pie expectante y Andrea lo cogió de la mano.

Lo introdujo en la habitación, le indicó que se tumbara en el sofá y lo tapó con una sábana.

—Buenas noches, Satnam —dijeron Celia y Andrea. Pero el chico ya se había quedado dormido.