Las reinas de Asia LA DESPEDIDA
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LA DESPEDIDA

Diez días después de recuperar el bolso de Andrea, las cuatro amigas pensaron que era el momento de marcharse, y Amparo decidió contárselo a Kumar.

Se dirigió hacia el lugar en el que esperaba encontrarlo jugando a la pelota con niños de su edad.

En las últimas dos semanas los progresos del chico en la escuela habían sido asombrosos, por lo que había recuperado el acceso a la cocina. El niño era feliz.

Caía la tarde y Amparo caminaba entre las palmeras.

Aspiró una gran bocanada de aire y se fijó en la vida a su alrededor.

En aquel campamento convivían muchos tipos de familias: las que se habían hecho daño, las que habían superado obstáculos y las que habían terminado por desintegrarse.

Estaban el progenitor que había emigrado por trabajo y no se había vuelto a saber de él, los padres que aprendían a romper una cadena de maltratos que no había comenzado con ellos, la mujer que decidía que no necesitaba a nadie para ser feliz, los niños huérfanos.

Cada día, todas y cada una de esas personas amanecían con la inseguridad de no saber lo que depararía el futuro, pero al menos se tenían los unos a los otros.

Habían aprendido a confiar entre los muros del campamento.

¿Qué es la familia sino un entorno en el que todos sus miembros puedan ser ellos mismos? ¿Un lugar en el que crecer?

El chico vio a Amparo y la saludó con la mano. Ella le devolvió el saludo y el muchacho dejó el balón y corrió a su encuentro.

—¡Amparo! —la llamó, mientras la abrazaba.

La mujer se arrodilló en el suelo y lo abrazó de nuevo.

—Kumar —dijo, tocándole la zona del corazón—. Debemos irnos, mis amigas y yo.

Kumar y Amparo habían encontrado la manera de comunicarse, muy rudimentariamente, con signos y alguna palabra que habían aprendido del idioma del otro.

Blanca y sus compañeros no se explicaban la conexión que tenían entre ellos y bromeaban acerca del asunto.

Les gustaba verlos interactuar porque la mayoría de las veces, y en contra de todo pronóstico, se entendían.

El chico la miró con el ceño fruncido. Sus ojos estaban clavados en los de la mujer.

—Tengo una familia. Me espera —dijo Amparo. Y para ayudar a sus palabras se abrazó a sí misma y señaló un lugar distante, en dirección al mar.

La cara del chico cambió entonces. Dibujó una enorme sonrisa e imitó el gesto de su amiga.

—Familia —repitió.

Y Amparo asintió.

Kumar dijo algo y Amparo, emocionada, lo entendió al instante.

—Sí, nosotros también somos familia.

Y ambos se abrazaron de nuevo.

La mujer echó mano a su bolso y sacó un paquete que tendió al chico.

Él la miró con una cara que reflejaba la sorpresa más absoluta.

¿Un regalo? ¿Para él? Nunca antes había recibido un regalo.

Se apresuró a abrirlo y, cuando lo hizo, comprobó admirado que se trataba de un elefante tallado en madera y pintado en decenas de colores.

Tenía la trompa hacia arriba, signo de prosperidad.

El niño lo miró con la boca abierta, encantado, y a Amparo se le encendió el corazón también.

—Era para mi nieto Martín, pero pensé que te gustaría. Viene de muy lejos, de una isla.

Kumar no podía apartar los ojos de él. Estaba maravillado y agradecido. Abrazó a Amparo y, antes de que la mujer pudiera deleitarse con el abrazo, salió corriendo.

Los integrantes de FHU prepararon para las cuatro amigas una fiesta de despedida por todo lo grande.

—No hace falta, nena —dijo Celia a su nieta.

—¿Cómo que no hace falta? Es absolutamente necesario, yayi . Aquí no desperdiciamos una oportunidad de fiesta. Toda celebración es siempre bien recibida, una oportunidad para trabajar en equipo en algo que divierte a toda la comunidad. Así que… ¡preparaos para el homenaje!

Vieron como los niños elaboraban decoraciones y pancartas, como las mujeres cocinaban con aquella melodía de las películas más taquilleras en los labios, y a los hombres preparar las luces, el comedor y la música.

Incluso ellas ayudaron en la preparación de la fiesta.

Ya sabían cocinar alguno de los platos más complicados y no se les daba mal.

Conocían incluso cómo preparar dosa , otro tipo de pan plano, que lleva horas de planificación.

Hay que poner el arroz y las lentejas en remojo toda la noche, después secarlas y batirlas junto al resto de ingredientes hasta conseguir una masa homogénea, tirando a líquida, y dejarla reposar por horas antes de echarla a la sartén y cocinarla como si fuera un crep.

Las cuatro sentían el corazón encogido al pensar que partirían al día siguiente dirección a Chennai.

Echarían de menos su estancia en FHU y todo lo que habían aprendido allí.

También significaba que el fin de su aventura se acercaba.

De acuerdo con Tomás, pasarían unas noches de hotel en Chennai antes de volar a Delhi.

Y de ahí, a casa. Al pensarlo, las atropellaban cien sentimientos encontrados.

Tenían muchísimas ganas de ver a sus familias, pero eran conscientes de la necesidad de saborear el viaje, exprimir cada minuto y absorber cada rayo de sol diferente al sol que las había criado.

—¿Habéis visto a Kumar? —preguntó Amparo mientras oteaba el horizonte.

No había vuelto a verlo desde que se despidieron en la zona de juegos y le extrañó no encontrarlo en la cocina. Era raro que no estuviera allí.

Las demás negaron. Blanca y sus colegas tampoco lo habían visto.

—Tengo que encontrarlo —dijo Amparo, dirigiéndose hacia la salida del comedor.

Blanca la detuvo.

—No puedes irte ahora. La fiesta está a punto de comenzar.

—Pero el niño…

—El niño está bien, no te preocupes —dijo Blanca, guiñándole un ojo.

Amparo la miró sorprendida. ¿Había algo que ella no sabía?

Y cuando las luces comenzaban a atenuarse indicando el comienzo de la fiesta, Kumar apareció. Sus cuatro hermanos pequeños lo acompañaban. Iban vestidos con sus mejores galas. Llevaban camisolas de algodón blancas y pantalones a juego.

Amparo los vio y se le encendió el alma. Corrió hacia ellos.

—Amigo, estaba preocupada —le dijo.

Los cuatro más pequeños se arremolinaron tras su hermano, riendo tímidamente.

Kumar hizo una señal y los niños ofrecieron un paquete a Amparo.

Estaba envuelto en el mismo papel en el que había estado enrollado el elefante y Amparo lo cogió con cuidado.

Cuando lo abrió vio que se trataba de cinco piedras planas, del tamaño de una nuez, pintadas con motivos maravillosos.

Había un elefante en una de ellas y el mar, con la silueta de los templos, en los demás.

—Regalo —dijo Kumar.

Se habían pasado todo el día preparándolas, y Amparo se sintió emocionada. Eran realmente sublimes. Le resultaba increíble que aquellos pequeños tuvieran tanta creatividad.

Blanca se acercó a ellos y abrazó a Amparo por detrás.

—Hemos echado una mano entre todos, pero ellos son los diseñadores. Dicen que son piedras de prosperidad. Quieren que tengáis toda la felicidad en vuestro viaje.

Amparo no tenía palabras y se fundió en un abrazo con ellos.

—Son el mejor regalo que me han hecho jamás.

Y la fiesta comenzó.

Primero hubo bailes.

Se habían apartado las mesas del comedor y los estudiantes realizaron diversas coreografías. Bailaban con campanitas en sus muñecas y en los tobillos, envueltos en telas vaporosas y llenas de color, mientras el público los acompañaba dando palmas, maravillado con el espectáculo.

Danzaban las canciones de moda del momento, siguiendo los movimientos de sus artistas favoritos.

También hubo bailes de adultos. Tres matrimonios representaron danzas tradicionales que tenían que ver con las cosechas y las siegas.

Las cuatro amigas estaban encantadas.

Y, como no podía ser de otra manera, en el número final tuvieron que bailar ellas también. No pudieron negarse y su actuación, no demasiado desacertada, provocó risas, aplausos y ovaciones.

Cuando los bailes terminaron, uno de los profesores locales cogió el micrófono y dio un discurso que Antón les iba traduciendo, sentado a su lado:

—Os agradecen todo el trabajo duro y la dedicación. Habéis sido un ejemplo de independencia y generosidad que permanecerá con nosotros siempre.

—Qué cosas —susurró María, visiblemente emocionada.

—Dicen que nunca podrán olvidaros y que os quieren honrar, así que ahora tenéis que poneros en pie.

Las cuatro mujeres caminaron hasta el centro del improvisado escenario donde les pusieron un mantón de seda alrededor de los hombros. Después les pintaron un círculo rojo en el lugar en el que debía estar el tercer ojo.

—Antón —llamó Andrea—, ¿podrías traducirnos? Tenemos algo que decir.

Antón salió al centro con ellas y cogió el micrófono.

—Diles que, para orgullosas, nosotras, que hemos aprendido mucho acerca de la vida y el amor en este campamento. Nos ha hecho mejores personas y nos ha alimentado el alma de buenos sentimientos.

Antón, que la miraba con atención, dijo algo en tamil. Después las miró de nuevo.

—¿Ya has dicho todo eso? —preguntó Andrea.

—Es que tampoco sé tanto, que es un lenguaje muy complicado. Pero, bueno, lo han entendido.

—Bueno —continuó Andrea—. Pues diles que los queremos mucho y que siempre estarán en nuestro corazón.

Antón se dirigió a los asistentes y, cuando hubo terminado de hablar, todos rompieron en un gran aplauso.

Y fue entonces cuando María comenzó a llorar.

Se volvieron a colocar las mesas y todos tomaron asiento. Como se trataba de una celebración especial, sirvieron la comida en hojas de palma.

Había curry de gambas con leche de coco y biryani , que es arroz basmati con pollo, verduras y especias.

No podían faltar los chapatis y las dosas , con salsas y chutneys típicos indios.

Los chutneys son como mermeladas. El de mango, por ejemplo, lleva mango, cebolla y pimiento, y se debe cocinar durante treinta minutos junto a las especias.

Comían con los dedos, amasando la comida antes de llevársela a la boca.

Las mujeres ya se habían acostumbrado a esa forma de comer.

Los primeros días se mostraron reacias a esa nueva técnica, pero, cuando descubrieron que se ahorraban fregar con agua de pozo miles de cubiertos cada día, la adoptaron como propia en un suspiro.

Según la cultura india, comer con los dedos es beneficioso para la salud.

Se dice que en las manos se concentran las divinidades, y en la extensión de cada dedo los cinco elementos: el espacio, el aire, el fuego, el agua y la tierra.

Comer con las manos hace que los alimentos se conecten con los cinco elementos.

Desde un punto de vista más físico, se dice que, al amasar los alimentos con los dedos, estamos mandando señales al celebro acerca de su textura y composición, y preparando a nuestro sistema digestivo para mandar las cantidades óptimas de ácido para digerirlas.

Eso sí, había que comer con la mano derecha.

Cuando Andrea, zurda, comió con la izquierda al tercer día de llegar, causó un revuelo que todavía recuerdan.

Y es que la mano izquierda es la que se reserva a tareas impuras, como por ejemplo la de lavarse después de ir al baño.

Andrea tuvo que aprender a usar la derecha en el comedor y, para evitar la tentación de sacar la que no debía, se ataba la izquierda a la espalda.

Fuera como fuera, las cuatro disfrutaron de aquella manera de comer y bromeaban acerca de las paellas que se iban a comer con los dedos cuando regresaran a Valencia.

Estaban disfrutando como niñas.

De postre tuvieron Kheer , que es arroz con leche y con azúcar, cardamomo, pasas, azafrán y pistachos.

Al finalizar todos ayudaron a recoger el comedor. No faltó nadie por saludar a las mujeres, desearles suerte o simplemente tocarlas y abrazarlas; y ellas se dejaron hacer, felices.