Las reinas de Asia UN REGALO PARA ANDREA
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UN REGALO PARA ANDREA

Hacía una mañana luminosa y apacible. La playa estaba prácticamente desierta y el mar rugía poderoso y presente frente a las cuatro amigas.

Se habían sentado en círculo junto a un grupo de mujeres locales y ayudaban a anudar las redes de los pescadores.

Era agradable sentir el calor de la arena bajo ellas.

Atendían las instrucciones acerca de cómo tensar los nudos.

Las telas de seda vaporosas de los saris y la henna que tatuaba los brazos de las indias contrastaban con las pamelas y las gafas de sol de las europeas.

Parecía mentira que ya llevaran seis días en FHU.

Les parecía toda una vida, un oasis. Incluso se habían llegado a aprender la cancioncita que sus compañeras locales tatareaban entre zurcidos.

El ritmo y la melodía las animaba, y mecían el cuerpo al compás de las palabras.

Andrea seguía la melodía con el torso y daba palmadas al aire al finalizar cada estribillo, tal y como hacían las indias.

No vieron a Antón hasta que no se colocó a su lado.

—Hola, Antón —lo saludaron. Se sentían totalmente en paz.

—Hola, chicas —contestó él—. Veo que están ocupadas.

Las mujeres sonrieron y aprovecharon, por primera vez en casi una hora, para alzar la vista y mirar a su alrededor. Les gustaba la naturaleza de un mar salvaje y el contraste con los cantos serenos de las esposas de los pescadores.

—¿Qué cantan? —preguntó Andrea—. ¿Es una canción religiosa? ¿Una oda a los dioses o algo así?

—Es canción de películas de Rajnikanth, actor mejor dinerados de Kollywood, el cine Tamil. Es una película muy popular, de un robot que decide que quiere ser humano.

Las cuatro mujeres se mostraron sorprendidas. Nunca lo hubieran imaginado.

—Vengo a proponerles un paseo —dijo el muchacho esbozando una gran sonrisa—. ¿Les gustaría acompañarme a Mamallapuram? Así ven otra cosa, no solo FHU.

Andrea carraspeó. No tenía muy buenos recuerdos de aquel lugar.

—Estamos ayudando con las redes —se disculpó.

—Sería buena oportunidad para hacer turismo. No han salido de aquí desde que llegaron. No es justo para India.

Las cuatro amigas se miraron. No tenían ningunas ganas de reencontrarse con la India que se agazapaba al otro lado de aquellos muros, pero no querían defraudar a Antón.

—Me apunto —dijo María, para ver si el resto se animaba también.

—Daremos un paseo —replicó Andrea, sin demasiada convicción.

Se pusieron en pie y sus compañeras de bordado interrumpieron el canto para despedirlas.

Partieron hacia Mamallapuram en el viejo todo terreno de la comunidad.

El polvo del camino y las escenas de niños desnudos, cabras, vacas y familias enteras viviendo en los arcenes ya no les resultaban tan ajenas.

Era como si de algún modo el ambiente las hubiera impregnado, aun estando en el oasis de la comunidad.

Llegaron a la concurrida estación de autobuses y Antón estacionó en una calle lateral. Los vehículos se afanaban por entrar y sacudirse el peso de los polizontes que viajaban sobre el techo o colgados de las ventanillas.

—¿Es preciso volver aquí? —preguntó Amparo—. Anda que no habrá lugares más bonitos que este.

Antón esbozó una sonrisa.

—Será un segundo. Venid con Antón.

Las mujeres suspiraron y se dieron la mano. Siguieron a Antón entre la multitud, zigzagueando para no perderlo de vista hasta el centro de la plaza, bajo el techado de piedra. Después, él les pidió que esperaran y lo vieron desaparecer entre los transeúntes.

—¿Dónde va? —preguntó Andrea, molesta—. Esto no tiene ninguna gracia.

—¡Ahí! —señaló María.

Hablaba con el chico que las había atendido el primer día. Parecía ser el único capaz de entender cómo funcionaba aquel caos.

El indio señaló hacia donde estaban y dijo algo más. Andrea procuraba leer en los gestos. Ya habían aprendido en los días en FHU que los indios ladean la cabeza como si negaran para decir que sí. Esa aclaración las había salvado de muchos malentendidos.

Antón volvió la vista hacia ellas y se despidió de su interlocutor con un apretón de manos. Después regresó con las mujeres.

—Han encontrado bolso, mais no están seguros de que pueda ser de Andrea —dijo.

Andrea se llevó las manos a la cabeza. Todavía no se perdonaba el haberlo perdido. Sus amigas la abrazaron para darle ánimos.

Antón se dirigió hacia el puesto de la fruta que tenían a unos metros y habló con la vendedora.

Ella sacó una bolsa de plástico que tenía guardada y dijo algo a Antón.

Ambos conversaron durante un par de minutos mientras las mujeres trataban de reconocer entre las arrugas de la opaca bolsa si dentro estaba lo que tanto ansiaban encontrar.

Solo suplicaban que el pasaporte estuviera allí.

De lo contrario, tendrían que esperar a que los trámites del consulado se agilizaran, cosa que no estaba sucediendo.

Antón se despidió de la vendedora agachando la cabeza en señal de respeto y se acercó hacia las amigas.

Una vez estuvieron todos reunidos sacó el contenido de la bolsa y, efectivamente, se trataba del bolso de Andrea.

Andrea lo tomó entre sus manos y, al ver que pesaba, miró al resto con cara sorprendida.

Cuando abrió la cremallera, mordiéndose el labio de pura anticipación, comprobó encantada que no faltaba nada.

Estaban su monedero, el pasaporte, el teléfono y el saquito con el dinero común.

No sabía qué decir.

—Dice vendedora de fruta que una anciana lo encontró hace una semaine y lo trajo de vuelta en el próximo viaje que hizo para visitar hijo.

Andrea alzó la vista y miró la multitud de nuevo, la suciedad, el ruido y el caos; pero, por primera vez, y aunque resultara increíble, no vio nada de eso. Lo que vio entonces fue a personas intentando sobrevivir de la mejor manera posible en un mundo que no parecía nada fácil.

Vio India.

—Antón —preguntó—, ¿cómo se dice «gracias» en tamil?

— Nanri —respondió el chico.

Y Andrea fue hacia la vendedora del puesto de fruta y se lo dijo:

—¡Nanri!

Y corrió hacia el chico que parecía manejar todo aquello.

— ¡Nanri!

Y a la multitud, a todos:

—¡Nanri!

Sus amigas se unieron a ella mientras Antón las observaba divertido.

Las mujeres estaban emocionadas.

— ¡Nanri, nanri!

Y el agradecimiento no era por haber recuperado su bolso, sino porque con él habían recobrado la fe en la humanidad.

Los locales, asombrados por la súbita alegría de las mujeres, les dedicaban una sonrisa amplia y correspondían con un saludo. Algunos reían.

Cuando pasó el ataque de euforia y estuvieron más tranquilas, Antón las llevó andando hasta lo siguiente que quería mostrarles.

Anduvieron por una calle ancha con tiendas de suvenires y cafeterías a ambos lados.

No estaba pavimentada y se podía ver a locales durmiendo la siesta bajo cualquier lugar que arrojara algo de sombra.

Las piezas estrella en todos los escaparates eran pequeñas esculturas finamente labradas en una piedra blanda con la misma apariencia que el mármol.

Se dirigían hacia la playa.

—Vamos a temple en orilla —dijo Antón.

Y las mujeres se sonrieron, contentas ante la posibilidad de ver de cerca las siluetas que habían aprendido a apreciar desde FHU.

Antón se encargó de pagar las entradas, que incluían las visitas a los monumentos de la zona. No dejó que las mujeres se hicieran cargo.

—Regalo —dijo Antón—. Por todo lo que nos han ayudado.

—Pero… —intentaron replicar.

Antón no dio su brazo a torcer.

—Bienvenidas a tesoros de Mamallapuram —se limitó a decir. Y extendió los brazos.

Las mujeres le dieron un abrazo y comenzaron la exploración.

Hacía calor y no había mucha gente. El resto de visitantes y familias de locales vestían sus mejores saris. El conjunto de templos está declarado como Patrimonio de la Humanidad.

El Templo de la Orilla data del siglo VII y fue construido en granito y erigido junto al mar, en un saliente de la orilla en la Bahía de Bengala.

Se trata de uno de los templos de piedra más antiguos de ese estilo.

Su estructura es la típica hindú con cinco pisos.

Mide dieciocho metros de altura y unos quince de ancho.

Las mujeres caminaron entre los recodos de piedra tallada, disfrutando de las diminutas esculturas de dioses y animales que se mostraban en ella. Después, Antón las llevó hasta otro grupo de monumentos: los Pancha Rathas, también del siglo VII.

Se trata de cinco esculturas de casi tres metros de altura, hechas a partir de una sola piedra y que se asemejan a carruajes procesionales de la época. A las mujeres les encantó la que parecía un elefante, y se acercaron a admirarla mejor.

—Cuántos detalles —dijo Amparo, admirada.

Una familia india se acercó a las amigas. Al ver que la matriarca señalaba su cámara, se apartaron.

—No —explicó Antón—, lo que quieren es hacerse foto con vosotras.

—¿Con nosotras? —preguntó María.

—Claro, adoran a los extranjeros.

Pues no había más que decir. Las cuatro posaron encantadas. Se habían acostumbrado a que las miraran curiosos, pero nunca les habían pedido fotos.

—Acerca de estos cinq carruajes habría mucha historia que contar —explicó Antón—.

Las estructuras toman nombre de los cinco hermanos Pándava y de su esposa en común Draupadi, personajes muy famosos de livres muy antiguos de tradición hindú.

Pero la sorpresa es que fueron descubiertos por el tsunami.

Cuando las olas retrocedieron, se llevaron con ellas la arena que los había mantenido ocultos durante más de mil años.

Aquello parecía increíble.

—El tsunami —balbuceó Celia.

Antón afirmó y explicó con su marcado acento francés:

—Es la historia de India. Todo lo malo guarda un tesoro, un aprendizaje. Estos Rathas son inspiración cada día para trabajar en comunidad, los que hacen que no me ponga desanimado en los momentos más imposibles. Todo tiene corazón bajo la superficie.

Las mujeres admiraron las esculturas de nuevo. Eran maravillosas de por sí, pero lo que Antón decía las tornaba increíbles.

«Todo tiene corazón bajo la superficie».

Tremenda lección acerca de lo que era India. Podría parecer desagradable, ruidosa, sucia; pero su interior estaba adornado con sedas y generosidad. Cerraron los ojos y se dejaron embargar por ese agradecimiento y esa inspiración de los que les había hablado Antón.

Debajo de la pena, debajo de lo que consideramos un castigo…, hay belleza, un aprendizaje que nos hace ser quienes somos.

Lo último que vieron fue la Krishna’s Butterball, que se traduciría como la bola de mantequilla de Krishna. Se trata de una piedra esférica de seis metros de diámetro que descansa en un equilibrio imposible, desafiando a la gravedad, sobre una pendiente de cuarenta y cinco grados de inclinación.

Pesa más de doscientas cincuenta toneladas y se dice que ha permanecido en esa misma posición durante los últimos mil doscientos años.

A principios del siglo XX, uno de los gobernadores del lugar intentó moverla para prevenir algún peligro.

Dispuso elefantes y los hizo empujarla, pero no se movió un ápice.

Turistas, locales y extranjeros, fascinados por la maravilla, se hacían fotos fingiendo que estaba a punto de arrollarles.

Andrea, Celia, Amparo y María se sentaron a observarla y pensaron en todos los equilibrios perfectos que existen en la vida y que son simplemente así: inexplicables.

Ellas mismas eran como la piedra que se mantenía estable gracias a haber encontrado un punto mágico de apoyo en medio de una sociedad caótica que comenzaba a darles la espalda.

Porque India es así, lo aceptes o no. Es un lugar de descubrimiento en el que el exterior y el interior se completan, un yin y un yang que se transforman en uno solo, que nos recuerdan que estamos relacionados y formamos parte de un todo en el que caben todas las formas y todas las opciones.

Incluso la que puede parecer más frágil puede durar mil doscientos años o incluso vivir eternamente.