NUEVA TAREA
La cena prosiguió con más explicaciones acerca del funcionamiento del proyecto.
Hablaron de la situación de los habitantes más vulnerables de India y de su difícil acceso a la educación y la sanidad.
La mayoría ni siquiera estaban censados o habían perdido sus documentos durante el tsunami, así que simplemente habían dejado de existir para el gobierno.
—No debemos olvidar —decía el chico de Zamora— que estamos trabajando con un sector de población muy importante, determinante para el planeta.
Daos cuenta de que, si sumamos los niños que hay en India en estas mismas condiciones de pobreza y los hijos que tendrán, estaremos hablando del treinta por ciento de los jóvenes del futuro.
No podemos permitir el pesimismo. Estamos a tiempo.
Tienen ganas y alegría para fomentar el cambio.
Las mujeres preguntaron enseguida cómo podían ayudar.
Sabían que la barrera del idioma podría ser un problema, pero Blanca y sus compañeros se mostraron entusiasmados de contar con ellas.
—Por supuesto que hay cosas que hacer… Y tenéis mil cosas que enseñarles —dijo Blanca.
Las cuatro mujeres se miraron las unas a las otras intentando buscar en qué consistiría esa sabiduría. Blanca siguió hablando:
—Esta tarde en clase les he explicado que sois mujeres libres que viajáis solas, y os consideran unas heroínas. Incluso las ancianas quieren conoceros. Será inevitable que aprendan de vosotras y que vosotras aprendáis de ellos. Sois un ejemplo de independencia femenina.
Más de mil personas vivían en FHU: alrededor de doscientas familias y un hogar para niños de la calle que contaba con trece niños y veintisiete niñas.
Los había de todas las edades porque el tsunami había seguido generando desigualdad social y cobrándose víctimas derivadas de su devastación durante años: pobreza, condiciones poco salubres, enfermedades… La lista era demasiado larga.
—Podemos limpiar —dijo Celia—. Para limpiar no necesitamos hablar demasiado.
Los jóvenes aplaudieron.
—Es una muy buena idea. Y quisiera también que ayudéis a las cocineras, que interaccionéis con ellas. Podría beneficiaros a todas.
Parecía un buen plan.
Las mujeres se encargarían de mantener aseado el comedor y ayudar en la preparación del desayuno, la comida y la cena de los huérfanos del tsunami.
Cuando despertaron al día siguiente, hicieron taichí mirando al mar, tal y como habían visto hacer en Bali.
No es que tuvieran una técnica muy depurada, pero así desentumecían los músculos.
Decenas de mujeres curiosas se habían sentado en el suelo alrededor de ellas.
Estudiaban sus movimientos con atención y cuchicheaban entre ellas intentando entender el propósito de su extraño baile.
Cada vez que las cuatro amigas las invitaban a unirse, originaban una desbandada de saris y pañuelos de seda.
Cuando llegaron al comedor para ayudar con la preparación de los desayunos, eran poco menos de las siete. Dos cocineras indias, robustas y morenas amasaban pan sobre unas palancanas de plástico.
Andrea y sus amigas se acercaron a ellas.
Fue un consuelo saber que Blanca y sus colegas las habían puesto al corriente de su colaboración, y no se extrañaron cuando las vieron asomar la nariz hacia la masa.
Las dos cocineras, vestidas también con el traje tradicional, les sonrieron desde el principio y les mostraron cómo ayudarlas.
— Chapati —repetían las locales, señalando la masa.
—¿ Chapati ? —preguntó María, señalando a una de las mujeres.
Después se señaló a sí misma y gritando, como venía siendo habitual cada vez que intentaba comunicarse con alguien en otra lengua, dijo:
—¡Yo, María!
Las dos mujeres indias comenzaron a reír.
— Chapati , chapati —repetían. Y señalaban el pan que estaban acabando de freír.
Al parecer ese era el nombre del alimento.
—Sumathi, Swathi —dijeron entonces señalándose la una y la otra.
Las cuatro también se presentaron y las cocineras rieron al escuchar sus nombres. Debían de parecerles muy extraños.
Pronto se acostumbraron las unas a las otras y se pusieron manos a la obra. Había mucho que hacer.
Un niño asomó la cabeza por la puerta y se acercó tímidamente al grupo. No debía de tener más de ocho años. Andaba con tal sigilo que pasó desapercibido para las mujeres y solo Amparo lo vio aproximarse. Se colocó junto a ella y esta le dedicó una sonrisa.
Amparo peleaba con el amasado. Estaba teniendo dificultades para que le quedara como a las demás, y el niño, sin pensarlo, echó en el bol un poco más de harina. Amparo lo miró sorprendida, pero al seguir mezclando vio que aquel chico le había solucionado el problema.
Ambos se sonrieron entonces.
El niño le indicó la manera de amasar. Hacía el gesto con el puño sobre la mesa y Amparo intentaba imitarlo, pero no era tan sencillo como parecía.
Y cuando el pequeño estuvo a punto de tomar la iniciativa y coger el bol para mostrar a la mujer la exacta manera de hacerlo, una de las nativas reparó en su presencia y le dijo algo en un tono que parecía enfadado.
El niño respondió agachando la cabeza y salió corriendo a preparar las mesas.
La mujer india parecía seguir recriminándolo mientras el chico colocaba los tazones, servía la leche y colocaba la fruta ante la inminente llegada de los demás, y las cuatro amigas observaron la escena sin decir nada.
Amparo no perdió de vista a aquel muchacho. Cuando sus miradas se encontraban, procuraba sonreírle agradecida por haberla ayudado con su tarea, pero el chico agachaba la mirada como si hubiera hecho algo realmente terrible.
Pronto, el comedor comenzó a llenarse de risas y de pasos ligeros y apresurados.
Eran los niños del campamento, alegres y hambrientos.
Amparo alzó la cabeza para buscar a su misterioso maestro de cocina y lo vio ayudar a cuatro niños mucho más pequeños que él.
Los sentó y los alimentó con sus propios dedos.
Cogía la comida, la amasaba con sus manos y se la ponía en la boca a los pequeños.
Les daba agua, les troceaba la fruta y los asistía con cariño y dedicación.
Amparo lo observó con detenimiento hasta que no le fue posible seguir la escena durante mucho tiempo más.
Pronto el comedor se llenó de críos y las seis cocineras no daban abasto.
Para cuando los comensales marcharon y todo quedó vacío y silencioso, tuvieron las fuerzas justas para recoger, fregar y sentarse con los pies en alto.
—¿Esta gente desayuna todos los días? —preguntó María, tratando de recuperar el aliento.
—Me temo que sí, me temo que sí —se quejó Andrea.
Amparo volvió a ver al chico aquella misma tarde, en el comedor.
Se había ofrecido voluntaria para hacer el inventario de ingredientes y estaba contando los sacos de harina cuando lo vio asomar la cabeza.
Lo llamó y el niño dio un respingo y desapareció.
Amparo trató de detenerlo, enfadada consigo misma por haberlo espantado; y, cuando creía que lo había perdido, volvió a ver sus manitas tímidas en el quicio de la puerta.
Ella le sonrió y le extendió la mano.
—Amparo —dijo.
El chico le tendió la mano también.
—Kumar.
Ambos se sonrieron. Amparo le indicó que la siguiera hacia la cocina y el chico, antes de hacerlo, miró a derecha e izquierda asegurándose de que no había nadie a la vista.
—Pasa —insistió Amparo dulcemente.
Y cuando estuvieron frente a los fogones, Amparo dijo:
—Chapati.
La cara de Kumar se iluminó. Se lavó las manos concienzudamente y, con una destreza que Amparo no había visto ni en la cocinera más anciana, mezcló la harina con el agua. Echó una pizca de sal. Después dio a oler a Amparo y esta solo olió a harina, pero aun así felicitó al chico.
Parecía que se le daba bien la cocina, parecía disfrutar. Era delgado, con la piel muy morena, y vestía una camiseta blanca de tirantes que le estaba un poco ancha y le hacía parecer más menudo. Llevaba unos shorts que le estaban largos e iba descalzo.
El niño cortó las verduras con una rapidez que hizo que Amparo abriera la boca sorprendida, temiendo por los frágiles y huesudos dedos del muchacho.
Las puso en el fuego y las removió con agilidad.
Amparo reía satisfecha cada vez que el chaval demostraba su destreza, y el chico parecía encantado con su nueva admiradora.
Blanca irrumpió en la cocina entonces y Kumar se detuvo, como si la magia se hubiera disuelto de repente.
—Blanca —la llamó Amparo—. ¿Has visto este prodigio?
Blanca se acercó y dijo algo a Kumar en su propia lengua. El chico agachó la cabeza y se fue corriendo.
Amparo no entendía qué había pasado exactamente.
—Kumar, Kumar —le explicó la chica—. Sabía que lo encontraría aquí. Le encanta cocinar. Cuando llegó con sus cuatro hermanos pequeños, nos contó que llevaba cocinando para ellos desde que tenía menos de cinco años, ¿imaginas? Tiene las yemas de los dedos abrasadas.
Amparo se llevó las manos a la boca y la muchacha continuó hablando.
—Ayuda en la cocina, pero no le dejamos cocinar si no va a la escuela, ese es nuestro trato.
Blanca se asomó a la ventana y observó a Kumar oculto tras unos árboles. Podían verle parte del short asomando por entre la maleza.
—Míralo —continuó Blanca—. Está escondido, esperando a que me vaya para volver. Hoy tampoco ha ido al colegio.
—No tenía ni idea.
Amparo se asomó y Kumar, al sentirse descubierto, corrió hasta que ambas mujeres lo perdieron de vista.
Amparo no se podía quitar de la cabeza la historia de Kumar. Era un niño tan acostumbrado a servir a sus hermanos y cuidarlos que se había olvidado de jugar. Dio un paseo por el campamento y no lo vio con los demás chicos. Debía de estar cerca. No podía haberse ido a ninguna parte.
¿Y si la estaba siguiendo? Tal vez no lo encontraba porque no lo tenía delante, sino detrás. Amparo se sentó sobre una piedra, al borde de uno de los caminos y lo llamó:
—¿Kumar chapati ?
Escuchó entonces unas risas. Provenían de detrás de un árbol cercano.
—¿Kumar chapati ? —repitió.
Amparo se puso en pie y se dirigió sigilosa hacia ellas. Cuando apartó los setos, el niño la observaba con los ojos muy abiertos, debatiéndose entre correr o permanecer inmóvil.
Amparo lo saludó con ternura. No quería que saliera volando de nuevo.
Después volvió a sentarse en la piedra y le reservó un sitio a su lado.
El chico salió de entre los arbustos y se acercó a la mujer.
Ella mostró paciencia cuando el pequeño se debatió de nuevo.
A su alrededor, las ardillas saltaban de rama en rama como si volar fuera una habilidad al alcance de cualquiera.
El chico se irguió ante ella. Llevaba una bolsa entre las manos y dentro dos cuadernos, ambos en inglés.
Uno era de matemáticas y, aunque Amparo no supiera inglés, sí recordaba cómo se sumaban fracciones y se multiplicaba por decimales.
Cogió el cuaderno e inspeccionó las últimas páginas escritas.
Las respuestas de aquel cuaderno o eran erróneas o estaban en blanco.
El chico agachó la cabeza cuando vio que Amparo hojeaba sus notas, esperando cualquier tipo de reprimenda, pero Amparo no le dijo nada. Se la devolvió sin más y volvió a dedicarle una sonrisa.
Él sonrió, pero aun así podía leerse en sus ojos que estaba avergonzado.
Estuvieron sentados el uno frente a la otra durante un rato más, pero no se dijeron nada.
El chico estudiaba los rasgos de la mujer y ella contemplaba las quemaduras en sus dedos y en sus brazos.
Observaron los pájaros, las nubes y el sol y, cuando se hizo hora de volver al comedor a preparar la cena, ella se despidió de él con todo el pesar del mundo.
Él la siguió con la mirada.
Al día siguiente, cuando todavía faltaba una hora para el desayuno, Amparo llegó al comedor y encendió las luces.
Quedaba un buen rato para que llegaran las demás, pero presentía que tendría compañía.
Minutos después, tal y como había supuesto, Kumar se asomó por la puerta y, al ver que estaba sola, se acercó.
Amparo le sonrió. Lo estaba esperando.
— ¿Chapati ? —preguntó el chico.
Y Amparo negó. Entonces escribió algo en un trozo de papel. Era una fracción. Podía leerse «1/2». Y Amparo dijo entonces:
—¿1/2 chapati ?
El chico la miró incrédulo entonces. Estudió la fracción y dijo algo en su lengua que Amparo no pudo entender, pero ella repitió la orden.
—¿1/2 chapati ?
El chico no sabía qué hacer y Amparo, recordando lo que el niño le había enseñado a hacer el día anterior, mezcló la harina con el agua y le puso un poco de sal. Amasó y después dividió la masa en dos.
Estaba dispuesta a enseñarle matemáticas.