EL TSUNAMI
Cuando terminaron las gestiones para reemplazar los documentos de Andrea, se dirigieron a la casa de Blanca. Las cuatro amigas habían recobrado la calma y se encontraban sumamente cansadas. María alzaba la vista con desconfianza hacia los cocoteros.
—Voy a prepararos unas camas y descansáis —dijo Blanca—. Es normal que estéis agotadas. India drena al principio. Aquella es mi casa.
Blanca señaló una de las casitas y las cuatro sonrieron. No les vendría mal echarse un poco. Seguro que era apacible y cómoda y… Pero una ola de intranquilidad las sacudió de repente al observar otra esvástica sobre el quicio de la puerta.
—¿Y eso? —preguntó Amparo señalando la cruz—. ¡Sabía que esto era una secta! ¡Celia, nos la llevamos!
Blanca se echó a reír.
—Es una esvástica, chicas. La esvástica es un símbolo que ya estaba en los libros sagrados aun antes de que surgiera el hinduismo, unos cinco mil años antes de que Hitler la usara para diseñar su bandera.
El término proviene del sánscrito svastika , que significa buena fortuna o bienestar, y está asociado a la divinidad o Brahman , y también al concepto de reencarnación y al padre sol o Suria, ya que los brazos representan los rayos del sol.
Las mujeres la miraron totalmente serias. Eso explicaba que estuviera por todos lados.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más. —María se encogió de hombros.
Tal y como habían supuesto, la casa de Blanca era sencilla y acogedora.
Debía de medir unos treinta metros cuadrados, con un salón anexo a una cocina muy básica y un baño.
Los techos eran altos y eso daba la oportunidad para albergar los dormitorios en una media planta que daba directamente al salón.
—Mi compañera ha ido a pasar las vacaciones con la familia. Cabemos todas porque el sofá se hace cama.
Las amigas se miraron. No se estaba mal y Celia parecía encantada con la idea.
Durmieron durante un par de horas, hasta que decenas de voces infantiles las despertaron. Se colaban por la ventana junto con la claridad del sol y la brisa.
¿Qué era aquella chiquillería? Y lo más importante: ¿dónde estaban?
Tardaron segundos en recordar los acontecimientos que las habían llevado hasta allí, y después se aproximaron a la ventana.
Cerca de la cabaña había un campo de deportes y al menos setenta niños jugaban a la pelota.
Blanca, Antón y unos cuantos adultos más corrían entre ellos. Los chiquillos parecían adorarlos.
Celia miraba a su nieta llena de orgullo. Blanca estaba radiante. Tenía la cara iluminada y los ojos tan alegres que hablaban por sí mismos. No recordaba haber visto aquella luz antes.
—Qué bien se la ve —dijo Andrea acercándose a la ventana.
—Y cómo le da al balón —apuntó Amparo. Celia sonrió.
—Está feliz. Me recuerda tanto a Manuel… Es pasional y decidida.
Andrea apoyó la barbilla sobre el hombro de su amiga y dijo entonces:
—Pues a mí me recuerda a ti. A ti en Bali, cuando cogiste las riendas de la clase y nos dejaste a todas boquiabiertas. No todo era él, Celia, también eras tú. Te vi tirar de él muchas veces, no sé por qué de repente has olvidado esa parte.
Celia se volvió hacia su amiga y arrugó la frente.
María y Amparo asentían.
El tsunami que azotó el océano Índico en la navidad de 2004 golpeó las costas de varios países del sur y del sudeste de Asia.
Sus efectos se extendieron incluso al este de África.
Las olas gigantes y las réplicas que siguieron inmediatamente después acabaron con la vida de al menos 225 000 personas y generaron daños irreparables en países como Indonesia, Sri Lanka, India, Maldivas y Tailandia.
La falta de alimentos, de agua potable y de tratamiento médico extendió la lista de víctimas.
El daño ambiental a largo plazo resultó severo: demolió e inundó con escombros, cuerpos y agua salada aldeas enteras, centros turísticos, tierras de cultivo y zonas de pesca.
Un desastre del que los más desvalidos, años después, todavía no se habían recuperado.
Los niños que las cuatro amigas veían jugar y reír desde su ventana se habían ganado esa risa a pulso. Formaban parte de familias que habían quedado sepultadas bajo las olas, que habían perdido a alguien o a todos sus miembros.
Cuando Blanca llegó a casa para darse una ducha, se alegró de ver a las cuatro amigas despiertas y con el gesto relajado.
—Hola, chicas —las saludó—. ¿Os parece que cenemos en el comedor comunal? Se apuntan un par de compañeros que también hablan español. Así os damos la bienvenida como toca.
A las mujeres les pareció una muy buena idea.
—Dinos dónde está y te esperamos por ahí —dijo Celia—. Así te arreglas tranquilamente y descansas un poco. Ya te hemos visto darle al balón.
Blanca sonrió al recordarlo.
—De acuerdo. El comedor está en el centro del campamento, así que conforme salgáis solo tenéis que andar dirección a la playa y lo encontraréis.
—Parece fácil —dijo Amparo.
Se despidieron de Blanca y salieron a caminar. Después del descanso se veía todo de otra manera. Eran conscientes por fin del lugar en el que se encontraban y observaron su entorno con ojos nuevos.
Las mujeres con las que se cruzaban en su camino alzaban la vista hasta ellas y las saludaban con alegría.
No podían evitar pensar en la historia que se escondería detrás de esa sonrisa, y por eso correspondían de la manera más efusiva, mostrando su agradecimiento por compartir su espacio con ellas.
María se volvió un par de veces y después se dirigió a sus amigas diciendo:
—No miréis atrás, pero nos siguen.
Las otras tres se volvieron con el tiempo justo de ver como tres niñas de unos siete años se ocultaban tras unos árboles y reían divertidas.
María recriminó a sus amigas:
—Ole disimulo.
—Son solo unas niñas —dijo Amparo—. Y, si quieren jugar a espías, no saben con quién se las están gastando. Encubridme, que les voy a enseñar lo que es bueno.
Amparo se escurrió del grupo y bordeó una de las casas. Celia, María y Andrea continuaron andando, mirando de reojo de vez en cuando. Estaba claro que quería pillar a las pequeñas por sorpresa.
Cuando Amparo se situó tras ellas, sus amigas se detuvieron para no perder detalle de lo que estaba a punto de suceder.
La mujer gruñó, fingiendo ser un animal salvaje, y las niñas chillaron divertidas al entender que habían sido descubiertas.
Celia, Andrea y María decidieron unirse al juego y trataron de alcanzarlas, pero las chiquillas y sus risas no tardaron en desaparecer.
Las cuatro mujeres continuaron andando, exhaustas por el ejercicio.
—¿Hace cuánto que no jugábamos? —preguntó Amparo, buscando a las pequeñas entre los troncos de las palmeras. Era una pena que se hubieran marchado.
Respiraban aire fresco de nuevo. La tarde comenzaba a caer y las sombras hacían que la temperatura fuera perfecta. Cuando llegaron al comedor, lo bordearon y decidieron seguir para ver el mar.
Tuvieron que subir una duna para poder divisar la playa, y el paisaje que se extendió ante ellas las dejó sin habla.
Las saludó un mar salvaje al que reconocieron capaz de tragarse lo que se le pusiera por delante.
En la orilla, un grupo de pescadores desenredaban sus redes.
Niños contaban las capturas y arrojaban piedras a las vacas que paseaban entre la arena.
En el horizonte, en la parte de tierra, podía verse la silueta de un par de templos.
Sus formas triangulares y oscuras, con techados superpuestos, daban a la escena un aire místico y antiguo. Se sentían como viajeras en el tiempo.
Se sentían bien.
Cenaron con Blanca y tres españoles más, dos de Zamora y una chica de Madrid.
Eran todos jóvenes y parecían tan animados por pertenecer a ese proyecto como Blanca.
No dejaban de preguntar a las mujeres acerca de sus experiencias por los países por los que habían viajado y, para desilusión de María, no parecieron escandalizarse cuando les contó que era lesbiana.
No perdía oportunidad de decirlo. Lo dijo también en el control de pasaporte del aeropuerto y al subir al autobús.
A sus amigas les parecía una idea excepcional y esperaban que, una vez en España, fuera capaz de normalizarlo y exteriorizarlo también.
Hicieron mil preguntas. ¿Cómo unos jóvenes con la carrera recién terminada, con estudios como magisterio y matemáticas, estaban en ese lugar del mundo?
—Esto es un auténtico lujo, señoras —les respondió uno de los chicos de Zamora—. Aquí no nos imponen las horas que debemos dedicar a cada materia.
—Es bueno que aprendan un poco de todo —reconoció Andrea.
—Sí, pero en lugar de tenerlos sentados seis horas, callados y sin mover un dedo, absorbiendo seis materias diferentes que no tienen mucho que ver entre ellas, preferimos comenzar con, por ejemplo, matemáticas, y seguir hasta que ellos lo consideren suficiente.
Hacemos descansos, intervienen… Si comenzamos cada día con una materia diferente, llegamos a barrerlas todas.
—Así me enseñaban a mí de pequeña en el pueblo —dijo Amparo—. Y salieron cuatro o cinco notarios.
—Lo que nosotros buscamos —dijo Blanca— no es que se saquen la educación básica, sino lograr despertar su curiosidad y sus ganas de seguir aprendiendo.
Que sepan lo que quieren y lo que les gustaría hacer en la vida.
La única salida que tienen estos chicos es la de la educación.
Si no se educan, simplemente no tendrán oportunidad y tampoco la tendrán sus hijos.
—Hemos logrado progresos increíbles —dijo la chica de Madrid—. Estos chicos están muy por delante de lo que el sistema educativo, aquí o en España, esperaría de ellos.
—Y lo estamos poniendo todo en papel, no crean —dijo la que quedaba por hablar—.
Lo presentaremos como un proyecto innovador que pueda usarse en otros lugares.
Funciona, porque estos niños no tenían ningún aliciente.
Venían de una situación traumática y desastrosa.
Lo que menos querían era estudiar, pero le hemos dado la vuelta a la tortilla. Se puede hacer.
Celia, que estaba sentada junto a su nieta, la abrazó fuerte y le dio un beso en la mejilla. La chica se dejó hacer.
—Estoy muy orgullosa de ti, Blanca; de todos vosotros, a decir verdad. Sois justo lo que necesita el mundo: buenos maestros.
Los chicos sonrieron. Se notaba que se sentían reconfortados. Estaban tan satisfechos con lo que hacían que en ningún momento hablaron de los malos momentos, que seguro que los habría. La recompensa bien merecía todo el trabajo duro.
—Y yo estoy muy orgullosa de ti, yayi —dijo Blanca—. Lo de veniros está muy bien. Os aseguro que vais a volver radiantes y desconocidas.
—Y tanto —dijo María—. En cuanto diga que soy lesbiana… Todos se echaron a reír.
—Sí, mi niña —replicó Celia, en cuanto se hubieron calmado de nuevo—, pero es una pena que el abuelo esté como esté, que se esté perdiendo todo esto.
Las demás dedicaron a Celia una sonrisa tierna.
— Yayi , el abuelo vivió lo que tenía que vivir y ahora está en una nueva fase. Vive tú ahora. Él estaría más que orgulloso de verte tan decidida. Siempre nos decía que tuviéramos cuidado contigo, que eras una leona.
Celia abrazó a su nieta y recordó las palabras de sus amigas, esa misma tarde, mientras observaban a los niños hacer deporte por la ventana: «No todo era él, también eras tú».