BLANCA EN FHU
El rickshaw las dejó en un camino ancho de tierra a las doce y media del mediodía. Más adelante se leían las siglas FHU sobre un arco de piedra por el que hubiera entrado un camión. A ambos lados del arco se extendía un muro sobre el que pendían carteles de propiedad privada.
Bajaron la maleta grande, que había estado reposando sobre sus pies, y después bajaron ellas. Estaban cubiertas de polvo de arriba abajo, y el poco espacio en la parte trasera de aquel vehículo les había impedido levantar un brazo para limpiarse.
Se sentían exhaustas.
Cuando se sacudieron los hombros y el pelo, pudieron ver los granos de arena caer tras las gafas de sol.
—¡Gracias, amigo! —chilló María para despedirse del conductor, en su peculiar manera de hablar inglés.
El del rickshaw las saludó mostrando los dientes rojos de mascar tabaco y se fue por donde había venido llenándolas de polvo de pies a cabeza de nuevo.
Sentían que India les estaba drenando la energía.
—Es como si hubiéramos venido en avioneta —rio María al ver la marca de las gafas de sol en la cara polvorienta de Andrea. Pero Andrea no estaba para bromas.
Celia fue la primera en adelantarse. Estaba ansiosa por ver a su nieta. Sus amigas la siguieron.
—¿Qué lugar es este? —preguntó Amparo.
Celia respiró hondo antes de volverse y explicarles.
—Pues la verdad es que estoy un poco confundida, chicas, por eso he puesto tanto empeño en venir a verlo.
Y no quería deciros mucho para no desanimaros.
Lo siento muchísimo. —Celia observó a sus amigas.
Estas tenían el ceño fruncido. No estaban para muchas sorpresas—.
Según mi nuera, es una comuna de degenerados en la que Blanca anda metida por culpa de algún novio.
Las otras tres abrieron la boca hasta el suelo, tremendamente sorprendidas, y se volvieron hacia el muro que las separaba de FHU.
—Pero ¿tu nieta no era maestra? —preguntó Amparo echándose las manos a la boca.
Celia tragó saliva. Se encogió de hombros.
—Tenemos que comprobar qué hay de cierto en lo que dice mi nuera. Necesitamos sacarla de ahí.
Andrea tomó aire. De repente el incidente con el bolso no tenía importancia alguna. Tenían un propósito, uno importante. Haría lo que fuera por la familia de sus amigas.
—Si tenemos que rescatarla y llevárnosla a rastras, nos la llevamos —dijo—. Tú sabes que puedes contar con nosotras para esas cosas.
Celia lo sabía, y asintió, un poco más tranquila. Temía que el humor de sus amigas, que no había hecho más que empeorar desde que aterrizaran en India, las hiciera desistir.
—Vamos —ordenó Amparo, dando un paso hacia delante.
Atravesaron el arco y se encontraron con un poblado de casas bajas de pared blanca rodeadas de muretes de apenas medio metro de altura. Vieron ropa tendida y hamacas. El linde entre ellas estaba formado por arbustos y alguna palmera torcida.
—Chicas —dijo María, mirando hacia arriba—. Ojo con los cocos, que a mí no se me olvida lo que dijo el de la agencia de viajes.
Las mujeres alzaron la mirada. También sería mala pata que les cayera un coco en la cabeza, pero no lo descartaban. Desde que salieran de Bali, la suerte las había abandonado.
—Esto tiene mucha pinta de comuna comunista —explicó Amparo, mirando a los lados con suma atención—. Todas las casas son iguales. Esto es un culto.
Las otras tres sintieron un escalofrío.
—Allí pone «información» —dijo Celia, terriblemente asustada por lo que acababa de oír. Sus peores temores se estaban confirmando.
—Estad preparadas para cualquier cosa —advirtió Andrea antes de entrar—. Quiero que sepáis que, si la cosa se pone fea, no vamos a abandonar aquí a tu nieta Blanca.
Las demás asintieron, impresionadas por el alegato.
Bajo el cartel, hallaron una oficina de recepción modesta con un chico joven con el torso descubierto al otro lado del mostrador. Leía un libro. Tenía pinta de occidental.
—Va desnudo —susurró escandalizada Amparo.
—Una secta nudista —balbuceó María.
Tragaron saliva. Sintieron que las piernas se les sacudían como si estuvieran hechas de flan.
—Buenos días —dijo Celia altiva. Aunque temblaba por dentro, quería demostrar que con ella no se jugaba.
El chico dejó el libro y las miró con curiosidad.
—Ey, ¿son nuevas? —preguntó con acento francés.
—Venimos a buscar a la señorita Sierra.
Las miró con cara extraña, como si no hubiera escuchado ese nombre jamás.
—Blanca Sierra —reiteró su abuela.
—¡Claro, Blanca! Aquí todos conocemos a Blanca.
Las mujeres se estremecieron ante aquel comentario, que consideraron de muy mal gusto. Celia notaba como el enfado crecía dentro de ella. No permitiría ninguna falta de respeto hacia la persona de Blanca.
—Yo soy lesbiana —dijo María—, muy liberal. Pero lo vuestro es pasarse de la raya.
El chico las miró confuso.
—No entiendo muy bien el idioma de España, pero busco a Blanca y la traigo —dijo.
—Mejor la buscamos entre todos, espabilado, que sois todos muy espabilados, que os pensáis que la vida es jauja —gruñó Celia, sin poder reprimirse—. He visto muchas películas de estas. No voy a permitir que pongas sobre aviso al líder y la escondáis.
El muchacho hizo un amago para salir de detrás del mostrador y las mujeres dieron un salto y se taparon los ojos con los fulares. No querían verlo desnudo.
El chico dio un respingo también.
—¿Serpiente? —preguntó, mirando de un lado a otro, dando una vuelta sobre sí mismo.
Fue entonces cuando ellas abrieron los ojos y vieron que llevaba puestas unas bermudas que le llegaban hasta las rodillas.
—No, no hay serpiente —dijo Andrea, mirando de refilón a sus amigas—. Pensábamos que sí, pero está guardadita. Menos mal.
Las mujeres siguieron a Antón; así dijo que se llamaba el francés.
Les explicó que trabajaba codo con codo con Blanca y que era todo un placer hacerlo con ella y disfrutar todo lo que le había enseñado, pero tuvo que interrumpirse porque Celia lo mandó callar de un chillido y le ordenó que se limitara a andar y mirar para adelante, que ya estaba bien.
—Yo chercher Blanca —dijo el chico—. No preocupación.
Estaba totalmente desconcertado. No entendía las reacciones de aquellas señoras.
Ellas, visiblemente tensas, lo seguían de cerca y lo miraban de refilón con gesto amenazante.
Cuando llegaron a una edificación más grande que las demás, con las paredes también blancas y el tejado de ramas y hojas trenzadas, Antón se limitó a señalarles la puerta.
—Vale —explicó Celia a sus amigas con la mirada más decidida que le vieran jamás—. Somos mujeres de mundo. No puede estar haciendo algo que no hayamos visto ya. Si entramos de golpe y…
—Yo no he visto mucho, Celia, la verdad —interrumpió María, tragando saliva.
—Entramos, la sacamos y ya está. Dios dirá —continuó Andrea. Las demás asintieron y se prepararon detrás de su amiga.
—A la de tres —avisó Celia.
Podían notar la tensión. Antón seguía erguido en el camino. No quería perderse lo que aquellas mujeres tenían pensado hacer, fuera lo que fuera.
—Tres…, dos…, uno… ¡Ya!
Celia corrió hasta la puerta de la edificación y le dio una patada.
Se abrió de golpe y volvió a cerrarse en sus narices, pero durante el momento en que estuvo abierta, Celia tuvo tiempo de rastrear lo que estaba pasando allí dentro.
Vio a su nieta de pie, moviendo los brazos.
Frente a ella había pupitres con niños sentados.
Las cuatro se miraron un instante.
—A lo mejor este es el edificio de la teoría y hay otro para la práctica, como en el carné de conducir —conjeturó María.
Celia volvió a abrir la puerta, más lentamente esta vez. Su nieta la miraba con una sonrisa enorme y los brazos extendidos hacia ella.
—¿Abuela? ¿En serio eres tú?
Celia asintió mientras barría la sala de nuevo. Al menos veinticinco niños, todos indios de entre ocho y catorce años, tenían la mirada puesta en ella. De las paredes colgaban dibujos y algún mapa. En la pizarra se mostraban los nombres de los continentes. Estaban en una escuela.
—Cariño —dijo Celia, extendiendo los brazos y fingiendo una sonrisa.
Por detrás, María asomó la cabeza y dio un barrido a la sala.
Blanca corrió hacia su abuela y sus amigas y les pidió que pasaran.
—¡Qué alegría! —exclamó—. ¡Mi abuela la viajera y sus amigas! ¡Me encanta que hayas venido a verme!
Después se volvió hacia los niños y les dijo algo en inglés. Los niños se pusieron en pie y abandonaron los pupitres para abrazar a las mujeres.
—Les he dicho que eres mi abuela y que has venido a verme desde España, que está en Europa, con tus amigas. Están encantados. Piensan que sois muy valientes.
Las mujeres saludaron a los pequeños.
Antón se asomó entonces a la puerta. Estaba satisfecho con que todo hubiera salido bien. Por un momento, temió que quisieran tirar la escuela abajo, con lo que les había costado construirla.
—¿Podrías cubrirme y terminar la clase, porfa, Antón? —le pidió Blanca—. No todos los días viene mi yayi a verme.
El chico asintió y Blanca le lanzó un beso. Después agarró del brazo a su abuela —o a su yayi , como la llamaba ella— y, seguida por las otras tres, abandonó el aula.
Blanca debía de rondar los treinta y llevaba el pelo rubio y rizado hasta la cintura.
Su cuerpo estaba bronceado y era de complexión atlética.
Llevaba un pantalón ancho de lino y una camiseta blanca.
Celia la miraba encantada y confusa. Las mujeres estaban desconcertadas.
No sabían si tenían que seguir con el plan de rescate o no.
—Vamos a mi casa y me contáis. Bueno, no es mi casa, la comparto con una amiga, pero ella no está ahora, así que toda nuestra. ¿Cómo está el abuelo?
El semblante de Celia se oscureció de repente.
—El abuelo está igual. Me dicen tus tíos que ni sabe que no estoy. Una pena. Cariño, Blanca, ¿qué sitio es este?
—Abuela, esto es FHU, que es Family Healthy Union , algo así como Familias Unión Saludable. Estamos ayudando a estructurar todas esas familias que quedaron devastadas en el tsunami del 2004.
—Pero ¿el tsunami fue aquí también? —preguntó Amparo.
—Claro, solo en la zona de Chennai hubo más de seis mil muertos. Hay quien dice que ocho mil. No existe la posibilidad de saberlo, ya que la población más vulnerable no está censada. Un holandés montó esto y a mí me pareció una idea maravillosa. Aquí hago falta.
Celia no sabía qué decir.
—¿Y tu madre? A mí me dice que esto es una comuna hippy .
Blanca bajó la mirada.
—Mi madre preferiría que me estuviera sacando una oposición en Valencia. No entiende que este es mi momento para estar aquí, no entiende todo lo que estamos aprendiendo, yayi .
—Anda que no me ha liado la borde de tu madre —musitó Celia.
Blanca frunció el ceño.
—Siempre está igual.
Ambas se miraron y Blanca no pudo evitar reír.
—Me parece increíble tenerte conmigo, yayi .
Celia la abrazó de nuevo. Se sentía increíblemente orgullosa de ella.
—Mi vida, te quiero mucho —dijo Celia—. Estaba con mis amigas y me dije que no podíamos marcharnos sin visitar a mi nieta en el sitio en el que está de profesora.
Las demás tomaron aire, se miraron disimuladamente y asintieron.
—Es muy bonito todo y está muy ordenado —apuntó María.
—Sí, la verdad es que parece un oasis comparado con lo que tenéis fuera —admitió Amparo.
Blanca suspiró. No les faltaba razón.
—Lo han hecho todo voluntarios con sus propias manos.
Bueno, yo llegué en la última fase, pero aún nos queda, aún.
Cuando llegó el holandés, esto no era más que un lodazal y había algunas familias desfavorecidas.
Estamos muy satisfechos con todo lo que hemos conseguido.
Ya tenemos a algunos de nuestros exalumnos en la universidad, en Chennai.
Les estamos dando un futuro, que no es poco.
Y, bueno, lo de fuera también tiene su encanto, no creáis.
Se lo acabaréis pillando. Esto es India.
Las cuatro torcieron la sonrisa.
—Lo de fuera es un lío muy grande —dijo María.
Blanca se echó a reír.
—Lo es —afirmó—. Y lo que os queda por ver.
Las mujeres miraron a su alrededor. Aquel lugar era apacible. No se escuchaba más que el rumor del mar al fondo y el vaivén de las hojas de palma.
—Por cierto —dijo Andrea—, he perdido mi bolso con mi pasaporte en el autobús.
A Blanca le cambió la cara.
—Hay que denunciarlo entonces y llamar a la embajada, por lo del pasaporte. No te preocupes, te harán un salvoconducto para salir del país. Ahora mismo vamos a la caseta de administración y comenzamos con las gestiones. Más tarde os enseño mi casa, que tendremos tiempo; porque os quedáis, ¿no?
Las mujeres se miraron.
—No tenemos otros planes, al menos hasta que recupere mi pasaporte y pueda comunicarme con España —dijo Andrea.
—Bueno, pues no hay mal que por bien no venga. Verás como esto se soluciona en nada y, mientras tanto, disfrutad, que estáis en India, uno de los países más increíbles de la Tierra.