INDIA #2
Eran conscientes de que lo más posible es que no volvieran a recuperarlo y se sentían tremendamente mal por Andrea.
Debían hallar la manera de cancelar su tarjeta bancaria, bloquear el teléfono y recuperar el pasaporte.
Caminaron entre la gente buscando alguna caseta que hiciera las veces de oficina.
Había autobuses aparcados, pero no encontraron la terminal por ningún lado.
Bajo un techado, junto a un puesto de verduras, vieron a un chico joven que vestía uniforme.
Debía de tener menos de veinte años y no estaban seguras de si trabajaba en la estación, así que decidieron observarlo.
Parecía tremendamente ocupado. Daba órdenes a gritos a los conductores, indicándoles cómo entrar o salir de la plaza, y se dirigieron a él.
—A ver cómo se lo explicamos a este… —se lamentó Amparo. No sabían apenas inglés y nada de tamil, que es el idioma que se habla en la región.
—¡Por favor! —chilló Celia—. ¡Help! ¡Nosotras help!
El chico tenía la frente perlada de sudor y respiraba ajetreado, pero dejó lo que estaba haciendo y les dedicó toda su atención.
Las cuatro amigas, al sentir que tal vez pudiera ayudarlas, se atropellaron al hablar, cada una con una idea brillante acerca de cómo explicarse, mientras el joven las miraba fijamente pasando de una a otra.
Sacó un teléfono del bolsillo de los de última generación y pidió a Celia, que era la que estaba más cerca de él, que escribiera lo que les pasaba.
Celia no entendía.
¿Escribirlo?
El muchacho insistió y Celia tomó el teléfono.
La pantalla estaba húmeda y sus amigas la instaron a contar lo que había sucedido.
No tardó en teclear: «Olvidado bolso en autobús de Chennai.
Bolso importante con pasaporte. Necesitamos bolso.
Urgente bolso. Bolso de mi amiga». Cuando Celia estaba a mitad, el chico desapareció entre la multitud que pretendía subir a uno de los autobuses para regresar unos momentos después.
Cogió el teléfono y tradujo el texto a su idioma.
Leyó con atención y meneó la cabeza de un lado al otro.
—¿Por qué dice que no? ¿Qué pasa? —preguntó María.
Andrea no se atrevía ni siquiera a decir nada. Estaba aún paralizada por la pérdida.
El chico escribió en la pantalla y le pasó el teléfono a Celia.
Ella leyó: «¿Cómo es el bolso?».
Celia escribió: «Como el mío, pero en marrón y un poco más pequeño».
El chico cogió su móvil y leyó. Después escribió: «Necesito teléfono y dirección de contacto».
—Dice que quiere un contacto, por si aparece el bolso —supuso Celia.
Las cuatro se miraron. Andrea no tenía fuerzas para tener ideas.
—Dale la dirección de tu nieta. Queda más cerca de aquí. Si lo encuentran, pues que nos lo traigan —sugirió Amparo.
—¿Cómo van a encontrarlo? —dijo Andrea al fin—. ¿Habéis visto la pobreza que hay a nuestro alrededor? ¿Creéis que esta gente tiene tiempo para buscar un bolso abandonado y dedicarse a devolverlo? ¿Qué haríais vosotras? Que conste que no los culpo. ¿Cómo he podido ser tan estúpida?
Andrea no dejaba de machacarse. Sus amigas intentaban consolarla, pero eran conscientes de lo delicado de la situación. Celia escribió la dirección de su nieta; se la sabía de memoria de escribirle cartas. Le llegó a mandar un sobre con jamón envasado al vacío. Nunca supo si llegó.
El chico tomó el móvil de nuevo y ladeo la cabeza al leerlo.
Después, el claxon de un autobús intentando sacar de la carretera unas vacas hizo que saliera corriendo en dirección al conflicto y ya no les dijera nada más.
Las dejó solas en aquella plaza, atosigadas y cubriéndose con el fular para no respirar más polvo de la cuenta.
—Venid a la acera —dijo Amparo—. Estaremos más seguras.
Detrás de ellas había tiendas muy humildes, apenas iluminadas con la luz que entraba de la calle. Un pintor exponía sus obras y por un momento se concentraron en ellas. Les recordó a la quietud de Bali.
Desde su posición pudieron observar mejor la plaza.
En su centro, cuatro columnas de piedra sujetaban un techo del mismo material y bajo ellas se erigía el pequeño puesto de frutas junto al que habían visto al joven uniformado por primera vez.
De vez en cuando lo veían correr de un lado a otro, tremendamente ocupado.
Seguro que ni se acordaba de ellas ni del bolso, así que habría que hacerse a la idea de haberlo perdido y averiguar cómo conseguir un pasaporte nuevo para Andrea.
—Vamos donde mi nieta. Ella nos ayudará —dijo Celia a sus amigas.
Las demás asintieron. Caminaron hasta salir de toda aquella vorágine y vieron un par de tuk tuks un poco más alejados del caos, así que se acercaron hacia ellos.
Estaban demasiado cansadas hasta para regatear.
Sentían que todo lo que las rodeaba era hostil, pero debían sacar fuerzas por Andrea, que parecía hundida.
Esta vez debían ser ellas las que sacaran pecho y tiraran para adelante, como había hecho su amiga en más de una ocasión.
Celia se dirigió a los conductores.
—¡Vamos a FHU! —gesticuló elevando la voz al máximo y hablando muy despacio.
Amparo lo escribió en un papel y se lo mostró.
Los hombres negaron con la cabeza y las mujeres se desesperaron.
¿Cómo no sabían dónde estaba? FHU era muy conocido en la zona, o al menos eso era lo que decía la nieta de Celia una y otra vez.
A pesar de la negativa, uno de los conductores dijo algo en tamil y alzó ocho dedos. Les pedía ochenta rupias por el viaje.
—Pero ¿no dice que no sabe dónde está? —preguntó María, confusa.
—Este se quiere hacer el interesante y tomarnos el pelo —replicó Amparo, muy seria—. Lo que no sabe es que no ha elegido un buen día para vacilarnos.
Y sacó tres dedos: treinta. Y así fueron escondiendo y sacando dedos hasta que quedaron en cincuenta.
Se subieron al tuk tuk satisfechas, sin saber que, en ese lado del mundo, a ese tipo de vehículos se les llamaba rickshaw , y en él abandonaron el pueblo de Mamallapuram.
Se cubrieron la cara con el pañuelo y durante el trayecto no dejaron de estudiar el entorno.
Vieron parejas de muchachos que caminaban con las manos entrelazadas, mujeres con sari que marchaban rodeadas de niños semidesnudos por la calle, ancianos en cuclillas, tullidos, pidiendo limosna…
Y sus corazones se acompasaron con los latidos de un mundo que las intranquilizaba.
De vez en cuando vislumbraban alguna tienda de artesanía.
Los locales, desde la calle, las miraban pasar con caras serias y curiosas.
Algunos las saludaban, pero ellas no se encontraban con fuerzas de devolver el saludo.
India las recibía sin lujos, con la cara sin lavar, acostumbrada a que se la quiera por lo que es.