Las reinas de Asia INDIA
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INDIA

En cuanto la puerta del avión se abrió en el aeropuerto de Chennai y las cuatro amigas se asomaron a la pista, una bofetada de intenso sol tropical y olor a especias se pegó a sus cuerpos. No las abandonaría durante el tiempo que permanecieron en el país.

Entre los pasajeros con los que habían compartido viaje, predominaban los bigotes frondosos y las mujeres morenas vestidas con sari y peinadas con largas trenzas decoradas con jazmín. Ellas cuatro eran las únicas occidentales.

Atravesaron el aeropuerto, hicieron cola en el control de pasaportes y siguieron a los que caminaban por delante de ellas hasta llegar hasta las cintas que les devolverían la maleta.

Familias enteras rescataban bolsas de viaje y hatos enormes de tela. También había cajas de cartón y cajones con fruta. Andrea lo contemplaba todo con la boca abierta. No había visto caos semejante en ninguno de los aeropuertos anteriores.

Cuando salieron de la terminal, escucharon el jaleo de los que llamaban a voces a los recién llegados desde detrás de barreras resguardadas por militares ataviados con varas largas.

María, Celia, Amparo y Andrea pasaron entre ellos con la boca abierta.

Había niños descalzos con pulseras de cascabeles en los tobillos y adolescentes con tez morena y flores en el cabello.

Hombres menudos, vestidos con camisas blancas de manga corta y cuellos excesivamente picudos, alzaban carteles con los nombres de los que habían ido a recoger.

Tomás les había dicho que habría un taxi esperándolas para llevarlas a su destino, pero no lo vieron por ningún lado y el calor era demasiado aplastante como para esperar bajo el sol.

—Mirad —indicó Andrea, señalando uno de los autobuses que esperaba en una parada cercana—. Ahí pone Mamallapuram.

¿No es ahí donde está tu nieta, Celia?

Celia sacó su teléfono del bolsillo y buscó el lugar en el que tenía guardada la información. Tuvo que contrastar letra a letra y, después, asintió.

—Vamos —dijo a las otras, impaciente por encontrarse con Blanca.

Y las otras tres la siguieron, echado un último vistazo para ver si, por arte de magia, aparecía el taxi.

Junto a ellas, subió lo que les pareció una marabunta interminable de gente, que las arrastró hacia la zona del vehículo en la que se sentaban las mujeres.

No dejaron de subir personas, aunque el autocar parecía lleno hasta los topes.

El conductor, por delante de ellas, recriminó a alguien que quiso encaramarse al techo del autobús.

No habían experimentado un tráfico tan intenso ni un sonido de cláxones tan estridente como el que encontraron en India.

A pesar de que las ventanas estaban cerradas a cal y canto, el estruendo se colaba por cada rendija, tan pegajoso como el calor que no habían podido dejar atrás, y hacía imposible todo tipo de comunicación.

En Chennai conviven millones de vidas de manera desordenada y caótica, nada que ver con la India que habían imaginado.

Contemplaron impotentes a niños tullidos pidiendo limosna, a bebés cargados a espaldas de sus hermanas o de sus jóvenes madres y verdaderos asentamientos humanos erigidos en las medianas de las avenidas más importantes.

Y, aunque el autobús las alejaba de la urbe frenética, sentían que su alma se había quedado atrapada entre el humo bajo de los atascos y las motocicletas que serpenteaban ágilmente cargando con familias enteras.

Cuando salieron de la ciudad, vieron a los primeros niños corriendo libres.

Jugaban entre poblados improvisados con chabolas, tan cerca de los arcenes que las cuatro mujeres tuvieron que cubrirse los ojos en varias ocasiones.

Las calles a medio asfaltar y las casitas bajas, ruinosas en su mayoría, se perdían entre las palmeras y el bosque frondoso que conformaban el paisaje que las rodeaba.

Había troncos medio caídos y perros que caminaban cojos o con alguna herida en el lomo.

En la puerta de las viviendas vieron somieres y ancianas postradas en ellos, entretenidas en el tráfico.

Nadie les había contado que India sería de aquella manera.

Por donde miraran veían suciedad.

Era como si estuvieran en el lugar equivocado.

Las amigas guardaron silencio, cada una intentando procesar lo que veía.

Cuando se refugiaban en el interior del vehículo, se topaban con las caras vueltas que las observaban con curiosidad. Un niño con un punto negro enorme grafiado en la frente sonreía a María.

Andrea fue la primera en hablar.

—Vamos a visitar a tu nieta y llamamos a Tomás. —Se sentía sobrepasada por lo que la rodeaba. India pesaba toneladas sobre sus hombros.

El centro en el que vivía la nieta de Celia se llamaba FHU. Estaba muy cerca de Mamallapuran, a cuarenta kilómetros de Chennai. Habían previsto visitar a Blanca y pasar unos días con ella; después, Tomás les había conseguido un hotel en la ciudad.

Se sentían en el lugar opuesto a Bali. Su pequeña isla de las diosas, los descubrimientos y la paz les parecía más lejana que nunca.

La pobreza que se extendía allá donde miraran les robó el ánimo.

Se les encogía el corazón al ver a los muchachos que, desoyendo las advertencias no demasiado insistentes del conductor, viajaban colgados de los laterales del autobús.

Uno se agarraba a la ventanilla, a unos centímetros de ellas, al otro lado de la chapa del vehículo.

Dejaron la carretera y se introdujeron entre las calles de lo que les pareció un poblado modesto.

En un instante en el que pasaron por una bocacalle, creyeron ver el mar.

Se detuvieron en una plaza sin asfaltar abarrotada de personas.

Algunas vacas pacían ajenas al autobús, que hacía sonar su claxon para que se apartaran.

Solo al observar con atención se dieron cuenta de que acababan de llegar a una estación…

Se colgaron la mochila a la espalda y esperaron a que el resto de pasajeros bajara para arrastrar la maleta y apearse también.

Permanecían en silencio, abrumadas, y, al llegar a tierra, se encontraron sobre un suelo arenoso que las recibió levantándose contra sus piernas.

Tuvieron que cuidarse de que los vehículos que daban marcha atrás para dar la vuelta entre la gente no las atropellaran.

Era un milagro que no aplastaran a nadie.

—Mirad —dijo Celia—, un tuk tuk como el de Bangkok.

Se acercaron hacia él. Seguro que las llevaría hasta el campamento donde estaba la nieta de Celia.

—Dejádmelo a mí —dijo Amparo, recobrando la viveza en su mirada.

Cuando llegaron hasta donde estaba y comenzaron a negociar con él, María las avisó, entre susurros:

—Chicas, esperad. Mirad ese tipo. Lleva una esvástica. Es un nazi. Y yo soy lesbiana, acuérdate.

Las mujeres miraron hacia la parte delantera del vehículo, hacia donde María señalaba con todo el disimulo del mundo, y después al conductor.

Era un hombre menudo, con el pelo negro y frondoso y un pareo atado a la cintura sobre el que descansaba su prominente barriga.

De repente les pareció el hombre más peligroso de la tierra, así que retrocedieron lentamente sin perderlo de vista, mientras el hombre les hablaba en su lengua y gesticulaba, sin entender qué era lo que las había espantado.

Las cuatro amigas se mezclaron entre la multitud para que aquel tipo ya no las siguiera con la mirada.

Y de repente Andrea se detuvo, petrificada. Las demás la miraron sin saber qué podría pasarle.

—Chicas —dijo, con la voz que apenas le salía del cuerpo—, me he dejado el bolso de mano en el autobús.

Las demás lanzaron un gritito e inmediatamente miraron a ambos lados a ver si localizaban el vehículo en el que habían llegado. Todavía debía de estar por allí cerca, a lo mejor incluso podrían alcanzarlo.

—¡Ese! —señaló María.

Las cuatro corrieron. Celia arrastraba la maleta grande entre la gente y pedía disculpas a diestro y siniestro cuando pasaba por encima de los pies desnudos de alguien.

—¡No, espere! ¡Espere! —chillaron, pero el autobús, lleno hasta los topes, comenzó a ponerse en marcha y perdieron toda esperanza.

—¡Mi bolso! ¡Se llevan mi bolso! —señaló Andrea.

Sus gritos se perdían impotentes entre el polvo que levantaba el vehículo, las voces, las bocinas y las despedidas. Ni siquiera se veían las unas a las otras entre la polvareda y la multitud.

El autobús se había marchado.

Andrea se llevó las manos a la cabeza y lloró de rabia.

En el bolso llevaba su documentación, el dinero del fondo común, su teléfono con el contacto de Tomás y el nombre del hotel al que debían acudir en Chennai.

Se encontraba perdida, chilló y se maldijo mil veces mientras sus amigas trataban de llegar a ella para tranquilizarla.

No la habían visto nunca tan afectada y estaban desorientadas.

—Andrea, guapa, no pasa nada, tranquila —dijo Amparo, sin poder ocultar el gesto preocupado.

Pero Andrea parecía inconsolable.

—Mi pasaporte —lloró—, el dinero, ¡el hotel! No vamos a poder contactar con Tomás. ¡Estamos atrapadas!

Sus amigas sabían todo eso, pero lo más importante era conseguir que Andrea se tranquilizara y se encontrara mejor.

—No seas tremendista, Andrea —la consoló Celia—. Estamos de suerte. Mi nieta sabrá qué hacer. No estamos solas. Seguro que no eres la única persona que ha perdido su pasaporte en un lugar como este. ¿Has mirado a tu alrededor?

Las mujeres se volvieron. Dos vacas las observaban fijamente. Masticaban algo. No imaginaban de qué podría tratarse porque no había un ápice de hierba en al menos un kilómetro a la redonda.

Andrea se secaba las lágrimas.

—Vamos a la oficina de la estación y les contamos lo que nos ha pasado. A lo mejor pueden dar con el bolso —dijo Amparo, sin demasiada convicción.