Las reinas de Asia EL TAJ MAHAL
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EL TAJ MAHAL

Rodolfo, Celia, María y Amparo no se separaron de Andrea durante los dos días más que continuó convaleciente, y la ayudaron a preparar sus cosas cuando por fin recibió el alta.

La pobre continuaba dolorida por el golpe e hicieron malabares para meterla en el coche que las llevaría al aeropuerto.

De ahí, pusieron rumbo a Delhi en el jet privado de Rodolfo.

Nunca habían estado en uno, y no pudieron reprimir grititos felices al entrar: asientos de cuero, bar privado, televisión gigante…

Un auxiliar de vuelo les sirvió una copiosa comida y refrigerios.

A María no le hizo falta la media pastillita: estaba encantada.

La deliciosa ensalada de langostas había hecho que olvidara el miedo a volar y no dijo lo de brace en ningún momento.

Ángel las esperaba en la pista de aterrizaje. Rondaba los cuarenta y tenía aspecto alegre y jovial. Aunque no fuera hijo biológico de Rodolfo, había heredado su estilo y su mano diestra con los negocios.

—¡Pero si son mi padre y su flamante novia! —chilló en cuanto los vio. Los que pasaban por allí se volvieron a mirar.

Andrea estaba colorada como un tomate. Casi le daba vergüenza ir cogida de la mano de Rodolfo.

Temía que su hijo la tachara de caza fortunas o aprovechada, y no pudo quedar más encantada con el recibimiento.

Padre e hijo se abrazaron efusivamente. Después Ángel saludó a Andrea con un beso y le dio su más sincera enhorabuena. Por último, se presentó ante las demás.

—Tenía unas ganas tremendas de conocerte —apuntó—.

Por fin se me casa el viejo, creía que no lo vería nunca así.

Gracias. Cuando mi padre me dijo que se había enamorado de una mujer que vio un par de veces en Tailandia, creí que se había vuelto loco; pero, cuando comprobé lo triste que estaba sin ti, lo derrotado que se le veía, supe que sus sentimientos eran genuinos.

Me alegro muchísimo de que el destino os haya vuelto a unir.

Andrea se sonrojó ante las palabras del muchacho.

—Vamos, Ángel —rio su padre—, no me quieras robar la novia.

—Yo también me alegro muchísimo de conocerte —replicó Andrea—. Tu padre me ha contado maravillas de ti y veo que no le faltaba razón. Espero que mis hijos nos acojan de igual manera.

—Mi padre es un gran tipo, creo que eso se nota. Parecéis hechos el uno para el otro. Quien os vea no lo dudará un instante.

Andrea volvió a ruborizarse. Las tres amigas la arroparon.

Viajaron en coche hasta Agra, la ciudad en la que se encuentra el Taj Mahal, y durante el viaje cambiaron impresiones acerca de los lugares que habían visitado.

Ángel, sentado junto al chófer, contó anécdotas divertidas de Rodolfo que provocaron las risas de las mujeres, pero, por muy interesante que resultara la conversación, no perdían ojo de lo que sucedía al otro lado de la ventanilla.

Vieron camellos, elefantes, vehículos tirados por bueyes y motocicletas que transportaban cargas imposibles.

Tenían muchísimas ganas de visitar el Taj Mahal, y cada dato que aprendían incrementaba su ansia por descubrirlo.

Supieron que comenzó a construirse en la mitad del siglo XVII y que hicieron falta más de veinte mil hombres, entre los que se encontraban los mejores arquitectos y decoradores de oriente, mil elefantes y veintidós años de trabajo para completarlo.

Trabajaban sin descanso, día y noche, y, cuando lo terminaron, les cortaron las manos a todos para que no pudieran volver a construir nunca un monumento semejante en alguna otra parte.

Está erigido en mármol blanco y refleja los colores del entorno, de forma que parece que cambie con él: rosado al amanecer, dorado al atardecer y blanco radiante en las noches de luna llena.

Lo construyó el emperador mongol Shah Jahan para su cuarta esposa, Mumtaz Mahal, que falleció al dar a luz a su hijo número catorce, y contiene inscripciones del Corán y piedras preciosas insertadas en las paredes.

Es totalmente simétrico desde todos los frentes excepto desde uno: la tumba del propio emperador, que se construyó años después junto a la de su amada, en el centro del mausoleo.

Ninguno de sus cuerpos descansa allí porque fueron incinerados, pero sí su memoria, y quién sabe si su espíritu.

Rodolfo eligió un hotel en el que pasar la noche, porque la idea era visitar el monumento al amanecer, y resultó casi tan magnífico como el propio Taj Mahal.

Al entrar al vestíbulo, hallaron un espacio amplio decorado con obras de arte, tapices de seda bordados con oro y jardines interiores colmados de flores exóticas.

La habitación que compartían Amparo, Celia y María era magnífica, y las tres mujeres se deleitaron con los muebles coloniales ricamente tallados y el mármol en las paredes.

Desde la terraza adivinaban la silueta del Taj Mahal envuelta en el misterio de la noche.

Tendrían que esperar a que se hiciera de día para contemplarlo.

—¿Qué os parece? —preguntó Amparo, mientras inspeccionaba los grabados del cabezal de una de las camas.

Estaban en la habitación más lujosa que nunca habían imaginado.

—Le falta algo —contestó Celia.

—Y tanto…: le falta Andrea —susurró María.

Las otras sonrieron de manera tierna. Amparo suspiró.

—Andrea está feliz —dijo—, pletórica, en uno de los rincones más maravillosos del mundo con su prometido, así que, por mucho que la echemos de menos, vamos a estar alegres por ella y…

Pero en ese preciso instante, escucharon golpes en la puerta y Celia, cautelosa, se acercó a abrir.

—¡Dejadme un sitio en esa cama tan grandota! —chilló Andrea en cuanto se abrió la puerta.

Sonreía abiertamente.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntaron, sin poder disimular la alegría de verla.

Andrea frunció el ceño.

—Vamos, no pensabais que os ibais a librar de mí. Este es nuestro viaje.

—¿Y Rodolfo? —preguntó Celia.

—Rodolfo y yo tendremos tiempo, no os preocupéis. Este es nuestro viaje, somos las reinas de Asia, ¿no? Aunque, si queréis, me vuelvo con él.

Las tres se lanzaron sobre ella y no le dieron la oportunidad de dar un paso atrás. La atraparon y la abrazaron hasta que comenzó a quejarse de la espalda y tuvieron que dejar de saltar.

Estaban juntas de nuevo.

Cuando al día siguiente entraron en los jardines del Taj Mahal, el sol naciente resplandecía en el mármol de sus muros y mil detalles se dibujaron nítidos al cubrirse de luz.

Caminaron por senderos bordeados de cipreses y jazmines, dejando que su aroma dulce y embriagador las envolviera de serenidad, y se sintieron transportadas a una época de esplendor donde el arte y la arquitectura se unían en perfecta armonía.

El monumento parecía flotar sobre el horizonte, ligero y etéreo: mágico.

Contuvieron el aliento al llegar al sarcófago de Mumtaz Mahal, una expresión sublime de amor capaz de trascender el tiempo y el espacio, y recordaron la intensidad con la que se habían querido a sí mismas durante su viaje.

Habían cambiado.

Habían crecido.

Eran mujeres libres y fuertes. Se habían deshecho de tantas cargas que se sentían flotar. Sentada junto a una de las columnas, Andrea les confesó que estaba enferma:

—Chicas, comencé este viaje porque tengo alzhéimer.

Quisiera pediros disculpas por arrastraros conmigo, pero es que os necesitaba.

Debí ser sincera acerca de mis intenciones, pero tenía miedo de que me tratarais como una enferma y sin vosotras…

no podría haberlo hecho. No quiero que me malinterpretéis, no fui tan egoísta como sueno.

Pensé que lo necesitabais tanto como yo, cada una por sus razones.

Cuando Andrea agachó la vista, incapaz de mirarlas a los ojos, Celia, Amparo y María la tomaron de la mano.

—Gracias por elegirnos para hacer este camino contigo —dijo Celia, emocionada—. Y vamos a estar contigo siempre, tonta.

—Mírate ahora, Andrea —apuntó Amparo—: te casas con un hombre maravilloso. Un señor inteligente, guapo y… tu alma gemela. Todo pasa por algo.

—Y yo soy lesbiana —añadió María.

Las cuatro se echaron a reír, se dieron un fuerte abrazo y dejaron que el anochecer las envolviera en uno de los lugares más espectaculares del planeta.

Llegaron de nuevo al hotel y se tumbaron en la cama para descansar antes de bajar a cenar.

—Voy a poner la tele —dijo María, cuando terminó de ducharse.

Las otras suspiraron al ver que no había ningún canal español.

Tendrían que ponerse al día cuando llegaran a Valencia acerca de un montón de programas.

—¡Ey! —chilló Amparo, dando un salto en la cama y señalando al aparato—. ¿No es ese…?

—¡Satnam! —chillaron Celia y María al unísono. Andrea salió del baño a toda prisa para no perder detalle.

—¡Satnam! —chilló, emocionada.

Sí, era él. Aunque estaba irreconocible, con el pelo peinado hacia arriba y la cara limpia, incluso algo maquillada. Su espléndida sonrisa, esa misma con la que siempre las había obsequiado desde su humilde rincón en el ascensor, lo delataba. La hubieran reconocido en cualquier lugar.

Se acercaron al televisor, expectantes y divertidas.

Seguro que la entrevista tenía que ver con la película que estaban rodando, porque el niño estaba sentado junto a míster Director .

De vez en cuando se intercalaban escenas de la película y las mujeres rieron al reconocer algunos de los escenarios en los que habían actuado.

En una de ellas Satnam, vestido con traje azul, corbata y capa de mago, alzaba los brazos al cielo y lanzaba rayos mágicos contra cuatro brujas que surcaban el cielo con sus escobas.

Las mujeres estallaron en carcajadas al reconocer sus caras de dolor al recibir los impactos.

Llamaron a la puerta y Andrea acudió a abrir. Era Rodolfo.

—¿Qué son esas risas?—preguntó—. Se os escucha desde el pasillo.

María le mostró la pantalla y el hombre, que hablaba inglés perfectamente, les leyó los subtítulos.

—Al parecer, es la película del año, y el niño la nueva promesa del cine. No dejan de lloverle contratos.

Las cuatro amigas sonrieron. Se alegraron tanto por él… Resultaba difícil relacionarlo con el niño pobre y famélico que habían conocido, pero en sus ojos risueños interpretaron que la bondad con la que compartía con los otros cuando no tenía nada para sí mismo seguía en su interior.