EL CUMPLEAÑOS
La primera en abrir los ojos fue Andrea, e inmediatamente después se llevó las manos a la frente.
Se encontraba terriblemente mareada. Alzó la vista y reconoció el techo de madera y cañas de la habitación del hotel de Ubud.
Tuvo que apartar la mirada de las aspas del ventilador que rodaba sobre ella porque hacían que le diera vueltas la cabeza.
Se incorporó. Amparo y Celia se quejaron entre las sábanas.
No recordaba cómo habían llegado hasta el hotel, y la manera en la que sus amigas movieron las pupilas de un lado a otro de la habitación le hizo pensar que estaban tan desorientadas como ella.
Escuchó golpes, pero esta vez reconoció que provenían de la puerta, no de su cabeza.
Al parecer era eso lo que las había despertado a las tres.
—Que alguien abra —suplicó Amparo, dándose la vuelta y cubriéndose con las sábanas de nuevo.
—Ya voy yo —avisó Andrea—. No hace falta que os peleéis por abrir. Yo me levanto. Yo puedo, yo lo conseguiré. Por Dios, qué mareo.
Llegó al borde de la cama arrastrándose y se puso en pie.
¿De quién podría tratarse? Ni siquiera sabían qué hora era, pero, por la claridad que se colaba por las ventanas abiertas, juzgaron que no era muy pronto.
Las llamadas eran cada vez más insistentes. Cuando Andrea abrió la puerta, se sorprendió al ver a María al otro lado. ¿María? Andrea se volvió hacia la cama para comprobar que no había dos Marías: una frente a ella y otra en la habitación.
—María, ¿tú? —preguntó confusa.
Por detrás de María brillaba un sol resplandeciente.
Andrea vio pájaros en el cielo y a alguno de los huéspedes del hotel que ya se dirigía hacia el comedor para el desayuno.
Volvió la mirada hacia María, después se volvió de nuevo hacia la cama supletoria en la que se suponía que debería estar su amiga durmiendo y después volvió a clavar los ojos en ella.
—María, ¿qué haces ahí? ¿Por qué no estás aquí dentro? —insistió contrariada.
La cara de María era un poema. Todavía llevaba el sarong de la noche anterior y estaba pálida como la pared. Pasó por delante de Andrea como un cohete, se dirigió hacia la cama supletoria y se dejó caer boca abajo como si fuera un bloque. Hundió la cara en la almohada y se quedó así.
Amparo y Celia habían conseguido incorporarse y observaban extrañadas la escena sin saber qué sucedía.
—No os lo vais a creer —dijo la recién llegada, con la almohada tan pegada a la boca que apenas se distinguían sus balbuceos.
Las otras se restregaron los ojos y se apartaron el pelo de la cara. Estaban comenzando a preocuparse. ¿Qué había sucedido con María? ¿Cómo no había dormido con ellas?
—¿Te ha pasado algo? —preguntaron alarmadas.
—Sí —se limitó a contestar María.
Las demás se inquietaron y se llevaron las manos a la boca, y María dijo entonces:
—Soy lesbiana.
Las otras tres se miraron entre ellas, abrieron la boca divertidas, sin emitir sonido alguno, y encogieron los hombros. María seguía tendida boca abajo, viviendo el momento más extraño al que se había enfrentado jamás.
—¿Cómo? —preguntó Andrea, procurando que no se le escapara la risa.
—Que sí, que soy lesbiana.
—A ver qué has hecho, que a lo mejor no eres tan lesbiana como crees —intentó tranquilizarla Amparo. Todas sabían lo tremendista que era su amiga.
—Creedme, soy muy lesbiana —se limitó a contestar María—. Un infinito de lesbiana.
—¿Flor? —preguntó Celia, mordiéndose los labios para no reír.
Las tres se acercaron a la cama supletoria intrigadas por conocer la respuesta. La pobre María permanecía sin mover un músculo.
—Flor —contestó.
Las otras tres se miraron y volvieron a echarse las manos a la cabeza, divertidas, procurando que su amiga no las viera. Debían recobrar la compostura. Estaba claro que María estaba intentando comprender lo que le había pasado.
—Muy guapa —dijo Amparo.
Y ya no pudieron reprimir las risas. Las tres estallaron en una sonora carcajada y María levantó la cabeza y las miró sin comprender qué era lo que les hacía tanta gracia.
—¿Tú te lo has pasado bien? —preguntó Andrea, abrazando a su amiga y secándose las lágrimas.
María las miró y sonrió entonces. Se contagió de sus risas.
—¡Mucho! —exclamó.
Y las tres mujeres saltaron sobre la cama supletoria, encima de María, y a la cama le falló la pata y cayeron al suelo sin poder dejar de reír.
Cuando salieron hacia el comedor para ver si llegaban a lo que quedara de desayuno, encontraron a todo el grupo allí reunido y una gran pancarta que decía: «Feliz 70 cumpleaños, Amparo».
La habían confeccionado con el mantel de una de las mesas largas y las letras recortadas y pegadas estaban hechas con las hojas del arrozal.
Era un precioso detalle. ¡Amparo ni siquiera se acordaba del día en el que estaban!
Comenzaron a aplaudir y a cantar al ver llegar a la homenajeada y Amparo se ruborizó al instante.
¡Su cumpleaños!
Las mujeres se miraron las unas a las otras. Lo habían olvidado por completo. Amparo se llevó las manos a la cabeza, sin creer lo que veía.
—¿Cómo lo habéis sabido? —preguntó a los congregados.
—Nosotros lo sabemos todo —dijo alguien, guiñándole un ojo.
Amparo no lo recordaba, pero la noche anterior le había dicho a alguien que estaba a punto de cumplir los setenta. Ni siquiera sabían en qué día vivían y no tenía ni idea de que sería al día siguiente.
Una de las chilenas portaba un pastelito de mantequilla con una gran vela encima y Amparo tuvo la oportunidad de soplarla.
—¡Pide un deseo! —le gritó alguien.
La mujer alzó la vista, cerró los ojos y se concentró en los olores y las sensaciones.
Se sentía pletórica, satisfecha y feliz.
El sol, el aroma de las ofrendas, la humedad de la piscina cerca, el movimiento dulce de las hojas grandes de palma…
Todo intentó grabarlo en la memoria. Después sopló la vela con toda la fuerza de sus pulmones. Y le aplaudieron.
—¡La mordidita, la mordidita! —dijo una mujer de Méjico. Amparo la miró sin saber a qué se refería, hasta que le explicaron que tenía que acercarse al pastel y darle el primer bocado. Obedeció y los allí presentes explotaron en una carcajada en cuanto lo hizo.
—En España tiramos de las orejas al que cumple los años —dijo Andrea, acercándose a su amiga. Y le dio siete tirones: diez, veinte, treinta y hasta setenta.
—En Argentina también —dijo Flor, acercándose a Amparo y tirando divertida.
Uno de los camareros hizo una foto de grupo.
Habría por lo menos cincuenta cabezas intentando asomar por entre todos los rincones posibles.
Nadie quería quedarse fuera de aquel momento.
En el centro, Amparo tenía la boca bien abierta, a punto de soplar la tarta de nuevo, mientras sus amigas reían y sujetaban el platito, amenazando con mancharle la cara con el pastel.
Mientras, María miraba de reojo a Flor y Flor la miraba a ella.
El resto del grupo abría la boca para decir «patata», tal y como les había aleccionado Andrea.
Amparo enmarcaría aquella fotografía y la colgaría en un lugar bien visible del salón. Era la foto del día que cumplió setenta y estuvo orgullosa de hacerlo. María haría lo mismo, pero elegiría un marco mucho más colorido para ponérselo en la habitación.
Hubo una piñata improvisada y Amparo fue la encargada de darle con el palo mientras los mejicanos le cantaban Las mañanitas a pleno pulmón.
Estas son las mañanitas
que cantaba el rey David,
hoy, por ser día de tu santo,
te las cantamos a ti.
Amparo se ofreció a pagar unas bebidas para todos en un local cercano. Se sentía espléndida. Como si aquel fuera el momento para el que había estado ahorrando toda la vida. Y, ante el asombro de sus amigas, exclamó:
—¡A una bebida no, que os invito a dos!
La celebración duró todo el día. Algunos de los miembros del grupo abandonaban Bali al día siguiente y el cumpleaños de Amparo fue la excusa para pasar tiempo juntos antes de la despedida. No lo desaprovecharon.
Fue también una oportunidad perfecta para saber cómo los presentes celebraban los cumpleaños en su país de origen.
En República Dominicana da suerte, por ejemplo, echarle agua al cumpleañero, y llenaron a Amparo de suerte de la cabeza a los pies zambulléndola, entre risas, en la piscina.
En Chile se suele mantear al cumpleañero una vez por cada año que cumpla.
Tampoco se libró Amparo de ser manteada.
Mientras se reponía del chapuzón, siete chilenos la levantaron con hamaca y todo.
La elevaron del suelo mientras Amparo no podía dejar de reír.
Se sentía como Cleopatra en el antiguo Egipto, y, cuando la pasearon por los jardines del hotel, incluso los trabajadores que mantenían el jardín aplaudieron divertidos.
Amparo no cabía en sí. Estaba siendo un día formidable, uno que no olvidaría nunca.
También habló con su familia, pero no les contó demasiado acerca de la fiesta.
No creía que Mónica entendiera que se sentía feliz celebrando su cumpleaños junto a un puñado de desconocidos con los que había asistido a un congreso sobre sexo.
Era más fácil decir que los echaba de menos y que lamentaba no estar con ellos.
—¿Te lo dije o no te lo dije, mamá? —replicó Mónica—. Cuando quieras, ya sabes que aquí estamos, que somos tu familia.
Por detrás escuchó a Alonso susurrar algo y a su hija replicar algo así como: «Es mi madre. Tú a la tuya le dices lo que creas que es conveniente cuando hables con ella». Martín se puso contentísimo al hablar con su abuela, y Clara también.
—Mamá —le dijo—. No seas tonta. Pásatelo muy bien y alarga tu estancia todo lo que puedas, que lo que hay en Valencia te va a esperar siempre. Feliz cumpleaños, reina de Asia.
—Uy, qué bonito lo de reina de Asia, me encanta cada vez que lo oigo. Gracias, Clarita —respondió Amparo—. Ten paciencia con tu hermana, que está muy nerviosa con el trabajo y todo; y, si puedes echarle una mano con el nene, ya sabes.
—No te preocupes, mamá, todo va muy bien. Te queremos mucho.
—Y yo a vosotros, hija.
Esa misma noche Amparo no pudo dormir. Estaba contenta y miraba al techo del bungaló. A su lado, en la supletoria, María miraba al techo también.
—Sé que estáis todas despiertas —dijo Amparo—. No estáis roncando ninguna.
Andrea se reclinó de repente.
—Yo no he roncado en la vida —replicó. Y las demás se echaron a reír.
Había sido un día perfecto. No podían creer que ese tipo de ilusión, diversión y descubrimiento fuera aún para ellas. Sacaron la mano por encima de las sábanas y se la dieron a la que tenían al lado.
—Buenas noches, preciosa setentañera —dijo Celia.
—Buenas noches, mejores amigas del mundo.
Y así se quedaron dormidas al fin.
Cuatro días después recibieron un mensaje de Tomás. Antes de salir de España, Celia expresó su deseo de visitar el sur de India. Su nieta llevaba allí dos años y quería darle una sorpresa, demostrarle que su abuela estaba hecha toda una viajera.
Tomás les había conseguido el viaje.
Las mujeres leyeron el mensaje y se miraron las unas a las otras. No querían dejar Bali, pero también sabían que no podían quedarse para siempre. El hecho de que el grupo que las había acompañado se estuviera dispersando las ayudó a tomar la decisión.
—¿Qué le digo? —preguntó Andrea.
—A mí me encantaría darle una sorpresa a mi nieta —dijo Celia.
María y Amparo asintieron. Echarían muchísimo de menos aquella isla y lo que les había enseñado.
—Bueno —dijo María—, pero antes de irnos tenemos que ir a darnos otro baño nocturno en la playa. Aunque espero que no os importe ahora que soy lesbiana.
Las otras tres se echaron a reír y abrazaron a su amiga.
—Un último baño nocturno y nos vamos.