Las reinas de Asia EL TEMPLO ULUWATU
62%

EL TEMPLO ULUWATU

Las cuatro amigas sonrieron al despertar.

Se sentían tremendamente tranquilas. No imaginaron que olores que nunca antes habían experimentado pudieran volverse tan cotidianos.

El sol se colaba de lleno entre las cortinas, tan pletórico como ellas.

Les esperaba un día magnífico junto a un grupo de gente alucinante, y jugaron a saborear la anticipación, sin moverse de la cama.

Celia y María se miraron directamente a los ojos y sonrieron.

Amparo pegó la mejilla a la almohada para respirarla.

Andrea sintió una brisa cálida en las mejillas.

Cuando llegaron al comedor, lo encontraron repleto de caras amigas que se saludaban cómplices al recordar la fiesta de la noche anterior.

Media hora después, caminaban hacia el autocar del congreso.

Se sentaron en las primeras filas y saludaron a los que fueron pasando por su lado.

Se dirigían al templo Uluwatu, en el sur de la isla, uno de los templos hinduistas más famosos de Bali.

Situado al borde de un acantilado a setenta y cinco metros de altura sobre el mar, se construyó en el siglo X en honor a Batara Rudra, dios de las fuerzas de la Naturaleza, el dios que protege a la isla de todo tipo de inclemencias y de los malos espíritus.

El paisaje alternaba selvas verdes con arrozales salpicados de aldeas.

Conforme se dirigían al sur y llegaban al paraíso de los surfistas y los fiesteros, los vehículos de campo eran sustituidos por motos pequeñas con un enganche para colocar las tablas de surf.

Los verdes dieron paso a paisajes abiertos desde los que podía contemplarse el mar.

—Parecen los volantes de un vestido de flamenca —dijo Celia, al referirse a las olas que se erguían coronadas de espuma blanca.

Llegaron a lo alto de un entramado de montes y vieron los primeros carteles que avisaban de la cercanía del templo.

Les facilitaron pareos para entrar. Debían anudárselos a la cintura como si se tratara del sarong que tenían guardado para la fiesta de la noche.

Y cuando las cuatro amigas se disponían a pasar, un hombre pequeño, local, cargado con un palo enorme, se acercó a ellas.

Lo habían visto hablar con alguno de los miembros de su grupo que ya estaban dentro.

Al parecer estaba intentando vender algo.

Como no llevaba nada que mostrara a modo de mercancía, María llegó a pensar que a lo mejor vendía el palo.

—Bellas hermosas —les dijo—. Bienvenidas al templo Uluwatu. Templo sagrado.

El hombre hizo una reverencia y ellas le correspondieron con otra.

—Este quiere liarnos —susurró Amparo al resto, con gesto desconfiado.

—Templo lleno de monos —continuó el hombre—. Monos malos. Monos salvajes. Cogen gafas, gorro, pelo falso, collar. Cogen todo. Vosotros necesitan mí. Mí con palo ahuyenta monos. Aquí tres familias de monos que luchan. Yo puedo a todos con palo.

Las mujeres asintieron temerosas.

—Pues vente con nosotras, ni te lo pienses —dijo Andrea.

—Donación —dijo el hombre extendiendo la mano.

—Lo sabía —dijo Amparo muy seria—. Este nos está intentando timar.

—Monos cogen todo: gafas, gorro, anillos, dientes —insistió el local.

María abrió los ojos como platos.

—A mí el puente de abajo me costó una fortuna.

—Ni pensarlo —sentenció Amparo—. Cierras la boca y listo. Andrea se encogió de hombros frente al hombrecillo.

—Por mucho que me apeteciera verlo seguirnos con un palo, mi amiga, que es la tesorera del grupo, no quiere que nos acompañe.

Pero entonces escucharon unos gritos y alzaron el cuello para ver de qué podría tratarse. Más adelante un mono grande había arrancado una cámara de fotos de las manos de un japonés que había llegado en otro autocar.

—Mono jefe —explicó el hombrecillo del palo—. En Uluwatu hay tres monos jefes. Si mono jefe coge cosa, cosa pertenece a mono jefe para siempre.

—Bueno, pero alguien cogerá la cámara y se la devolverá al dueño, ¿no? —preguntó María, sintiéndose mal por el pobre japonés. La cámara tenía pinta de buena.

El hombre señaló con el palo uno de los carteles de entrada al templo. Decía expresamente que la organización no se hacía responsable de lo que los monos sustrajeran.

Las amigas se miraron entonces.

—Tres monos jefes del templo respetan a mí. Yo mono jefe. Yo voy ahora a turista japonés y él da donación a mí.

—No se vaya usted, por favor —suplicó María—. A mí los monos me dan un respeto…

Andrea y Celia miraron a Amparo, que apretaba los dientes: estaba pensando.

Por su mente pasó la posibilidad de convencer a sus amigas para que se hicieran con un palo cada una y se ahorraran los honorarios del guardaespaldas, pero también pasaron imágenes de los daños colaterales que implicaría esa acción.

Amparo, a regañadientes, abrió la cremallera de la riñonera de Andrea y sacó cincuenta mil rupias, que tendió al chico local.

—Escucha —advirtió Amparo—, que no nos coja nada el mono o te damos con el palo nosotras a ti.

El hombre estaba contentísimo y se guardaba el dinero bajo el sarong .

—Mono respeta mí —decía orgulloso.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Celia.

—Wayan, yo soy primogénito —contestó.

En Bali el nombre de los hijos se pone en función del orden de llegada a la familia. Wayan es un nombre para primogénitos y para primogénitas, ya que es apto para ambos sexos.

Tres de los mejicanos del grupo se acercaron a ellas, curiosos por la charla que se llevaban con el hombrecillo del palo.

—Veníos con nosotras —sugirió Celia—. Hemos contratado a un señor con un palo que nos va a defender de los monos.

Y los siete anduvieron detrás de Wayan.

Pasaron por al lado del pobre japonés, que intentaba convencer al mono jefe de que le devolviera la cámara.

Pero el mono jefe estaba repantigado en una rama alta y, de lo más entretenirdo, la destripaba pieza a pieza, lanzando los restos al suelo.

La que debía de ser la esposa del pobre hombre los metía en una bolsita mientras el otro se llevaba las manos a la cabeza.

Llegaron hasta unas escaleras escarpadas que bordeaban el acantilado.

Cuando alcanzaron la cima, se toparon con unas vistas maravillosas del océano y de los precipicios de roca que se perdían en él.

El mar, con unas olas enormes que se curvaban sobre sí mismas, era de un azul tan intenso que parecía pintado.

Los templos no eran muy grandes, pero sí preciosos; y, como Wayan les advirtiera, había monos grandes por todas partes que parecían conocer al local.

Vieron otros grupos con otros Wayanes con palo.

Entraron en uno de los templos y Wayan les indicó que debían sentarse.

Se acercó entonces uno de los monjes y les pintó en la frente tres líneas.

Después les pegó granos de arroz sobre la pintura y les colocó, tanto a hombres como a mujeres, unas flores amarillas en el pelo.

Se sintieron bendecidas, especiales, bajo un sol que parecía aprobar aquella bendición, y cerraron los ojos para absorber la energía del ambiente, hasta que escucharon una voz que les hizo abrirlos de nuevo.

—Donación templo.

Wayan y el monje mostraban una sonrisa amplia y sostenían una rudimentaria hucha de madera.

—Ya van dos, ¿eh? Que somos todos jubilados —se quejó Amparo.

Uno de los mejicanos sacó un par de billetes y los introdujo en la hucha.

Después prosiguieron con el paseo. Cada vez que se detenían a disfrutar de la fuerza del paisaje, Wayan se ofrecía a hacerles fotos de grupo.

María cerró los ojos. Le gustaba lo del arroz en la frente y las flores en el pelo.

Se sentía bella. Poderosa, primitiva y salvaje.

La leve brisa la balanceó con suavidad, pero se sintió anclada al suelo.

—¿Quieren foto con mono? —preguntó Wayan al grupo, haciendo que María volviera de su ensoñación.

El grupo lo observó sin saber muy bien qué pensar.

—¿Vas a pedirnos donación? —preguntó Amparo.

Y Wayan se encogió de hombros y soltó una carcajada que los contagió a todos menos a ella, que ya comenzaba a mosquearse.

El plan era infalible y, según el local, no había fallado nunca: alguien se colocaba comida sobre la cabeza y, cuando viniera uno de los monos pequeños a comer de ella, tendrían la foto de sus sueños. El grupo no estaba muy seguro.

—¿Y si lo que aparece es un mono de los grandes? —preguntó María.

—Wayan, palo —respondió el hombre seguro de lo que decía.

—¿Y si el monito intenta sacarnos los ojos? —preguntó alguien más.

—Wayan, palo.

Uno de los mejicanos dio un paso al frente, decidido.

—Tráiganme al mono, que quiero foto con un chingón.

—¿Seguro? —preguntó Andrea—. Que no hay necesidad.

—Que se vea lo machote —se limitó a contestar—. Quiero la foto bien enfocada.

Así que comenzó la operación «foto con mono». Wayan llamó a uno de los monitos, que se acercó al mejicano en cuanto vio la comida en su cocorote. El mono saltó y el mejicano dio un respingo, pero sonrió para la foto y saltaron entonces todos los flashes .

La mejor foto no fue la del hombre en primer plano con el mono que comía plácidamente sobre su cabeza, sino la que tomaron de Wayan con cara concentrada, palo en alto, preparado para arrear un palazo al mono o, en su defecto, a la cabeza del confiado señor si algo salía mal.

Ver anochecer en el templo fue un auténtico espectáculo.

Las mujeres no habían visto nunca el sol ponerse en el mar y, desde aquel balcón privilegiado, parecía que atardecía solo para ellas.

Se cogieron de la mano cuando el astro se hundió en el agua dejando estelas naranjas y púrpuras.

Después, marcharon de nuevo al autobús dirección a Kuta, la capital de la fiesta de Bali, para estrenar por fin sus sarong y celebrar que la luna estaba llena.

Ya era de noche cuando llegaron a Kuta, y la ciudad los recibió con neones y la calle llena de jóvenes, casi adolescentes, que lo celebraban todo.

La música sonaba estridente y la calzada estaba ocupada por motos y pandillas con cócteles en la mano que saludaban a todo aquel con el que se cruzaban.

El grupo de Ubud pasó de largo y se detuvo en una playa cercana.

Había una carpa preparada para ellos, música de tambores y un par de chicos que saltaban en la arena al tiempo que ondeaban dos cuerdas que terminaban en dos bolas ardientes.

Las cuatro mujeres pasaron a la carpa y degustaron un bufé con arroces y pescados deliciosos. Cuando se retiraron las mesas, se colocaron su falda balinesa y comenzó la fiesta. El mar se escuchaba por encima de la propia música.

Bailaron, rieron y se mostraron los pasos de baile más populares de cada país. El fuego de las teas que bordeaban la carpa reflejaba una arena tan dorada que parecía una joya, y sintieron la tentación de tocarla con los pies descalzos.

—Vamos con ellas —dijo Andrea al reconocer a un grupo de mujeres sentadas en el suelo, bajo la luz de la luna.

Sus amigas asintieron al instante. Al llegar al grupo, las recibieron con entusiasmo.

—Juguemos a los atrevimientos —propuso una de las chilenas al verlas llegar.

Aplaudieron divertidas sin saber a qué se refería, pero no tardaron en descubrirlo. Se trataba de hacer algo que no habían hecho nunca. Cuando llegó el turno de Andrea, no lo dudó ni un momento y señaló su copa:

—Yo nunca he bebido alcohol… Aparte de una copita de vino con gaseosa. Poco más.

El resto la miraba con la cara de color plata por el reflejo de la luna.

—¡Pues que no se diga! —exclamó la chilena.

Así que Andrea le dio un trago largo a su cóctel.

Celia nunca había contado un chiste en público, así que, cuando llegó su turno, carraspeó y se puso en pie para que la escucharan todas:

—Esto es una pareja —dijo, mientras se le escapaba la primera carcajada— que estaba viendo la televisión. Ella le dice a él:

«Pepe, llevamos veinticinco años de casados y nunca me has comprado nada». A lo que él le responde…

En ese momento Celia comenzó a reír de tal manera que las demás no pudieron más que imitarla. La pobre casi no podía hablar y tuvo que esperar unos segundos hasta que continuó:

—Y el tipo le dice: «Tantos años casados y no sabía que tenías una tienda».

Hasta las que no habían escuchado muy bien el final entre las risas y los hipos de Celia estallaron en carcajadas.

María bailó una conga.

Y Amparo… Amparo se bañó de noche en el mar, y no fue porque lo requiriera el juego, no, sino porque Andrea, después de dos copas, se puso en pie y caminó hacia la orilla.

Sus tres amigas caminaron tras ella, confundidas.

Cuando Andrea entendió que estaban lejos de las miradas indiscretas del resto, se quitó el sarong y chilló a las tres que la seguían que había que coger la vida por los cuernos.

A las otras les pareció divertida la idea y aplaudieron, pero, cuando vieron a Andrea correr hacia el agua, imparable, supieron que tenían que detenerla.

—¡Te has vuelto loca! —afirmó María, que andaba hacia la orilla dando saltitos por si le aparecía un cangrejo salvaje.

Celia, que cogió velocidad, tropezó por la arena y rodó como si fuera una croqueta, y a Amparo no le quedó más opción que meterse en el agua tras su amiga.

El mar les llegaba por la cintura.

—Andrea, que vas piripi —dijo Amparo, al alcanzarla.

Celia y María no tardaron en meterse en el agua y llegar hasta ellas.

Las cuatro, solas, aisladas de todo, con la carpa que se veía al fondo y la música que resonaba en sus cabezas, acabaron quitándose sarongs y camisetas y disfrutando de un baño en el mar, el primero del verano, bajo la luna llena de Bali.

En sus cabezas la libertad y la sensación de ser mujeres en lugar de ancianas hicieron que se sintieran exultantes.

—¡Os quiero! —dijo Andrea, levantando los brazos. Llevaba algo enredado en una de las manos e imitaba a los que ondeaban las cuerdas con fuego.

—¡Chica! —chilló Amparo, al reconocer de qué se trataba—. ¡El sostén, no te lo quites!

—A ver, dime una razón por la que no, con lo fresquitas que están ahora mis tetas —respondió Andrea, totalmente seria.

Las mujeres se miraron, cogieron su propio sostén y girándolo con una mano bailaron junto a Andrea, riendo como no lo habían hecho en años.

Sentían que se reconocían en las demás, como si todas fueran una.

Después se tendieron en la arena y continuaron riendo y brindando por la vida y por todo lo que les quedaba por explorar.

—Hay que hacer esto cada diez años por lo menos —dijo María.

Y las demás se echaron a reír.

Cuando volvieron a la fiesta, los efectos del alcohol en Andrea se habían esfumado y se limitó a bailar con sus amigas y con los que se unieron al corro. Solo rezaba por ser capaz de recordar la sensación de poder y libertad que la embargaba en aquel preciso momento y retenerla para siempre.

La luna llena brillaba clara y redonda por encima de sus cabezas.