MERCADOS Y SARONGS
El segundo día de congreso fue tan enriquecedor como el primero.
A primera hora intervino Celia de nuevo y, como hiciera el día anterior, dejó hablar a los que habían asistido.
Quien paga por ir a un congreso a Bali acerca de sexualidad cuando ya tiene más de dos cuartas partes de su vida cubiertas no lo hace solo porque precisa aprender, sino porque necesita expresarse.
Esa es la idea que fluyó dentro de Celia y que la salvó también de quedar en evidencia.
No haría falta ser muy listo para darse cuenta de que ella no tenía la preparación adecuada para impartir clases en un congreso de aquel nivel.
Marga alzó la mano para hablar.
—Yo creo que fui la última en mi casa en darme cuenta de que soy lesbiana.
Cuando lo dije, nadie se sorprendió y yo anda que no lo pasé mal hasta averiguarlo.
Se supone que eso era algo antinatural y yo era renormal, con mi marido y todo.
Tenía una linda familia, pero era sumamente infeliz, así que me divorcié.
No sabía qué me sucedía. Pensé que estaba loca y fui a terapeutas.
No es que me negara a mí misma, qué va. No podia negarme lo que no sabía, hasta que un día estuve preparada para asumirlo.
Así de simple. Supongo que necesité estar en el momento de mi vida preciso con gente que me bancara.
Y desde entonces estoy feliz porque soy yo completa.
María escuchaba atentamente y meneaba la cabeza. Pensaba en el pobre exmarido en cuanto conociera la noticia, y en la pobre familia, la madre, sobre todo. ¿Qué dice una madre en estos casos? Su madre se hubiera muerto de un soponcio.
—Mi caso fue muy diferente —dijo Flor—. Yo siempre lo supe.
Supongo que es lo que dice Marga acerca de abrirte a la idea.
Uno no sabe que lleva un cartel en la chepa si no se lo ve.
Mi familia estaba abierta a la idea, un hermano de mi abuela fue gay y revolucionario.
Lo amábamos tanto… Se negó a tener novia.
Menudos tiempos aquellos. Creo que hemos tenido una suerte bárbara al haber nacido en este tiempo nuestro, y espero que los que vengan lo tengan todavía más fácil.
Hubo más intervenciones después de aquella.
Había quien quería saber cómo continuar disfrutando de una vida sexual sana con todos los achaques y efectos secundarios de los medicamentos que tomaba.
Había quien nunca había disfrutado del sexo y quien quería mejorar su suelo pélvico para evitar pérdidas.
Todos tenían algo que decir y se mostraron contentos al poder hacerlo de manera abierta y casual.
Cuando el congreso terminó, sintieron, más que nunca, que estaban en familia.
Antes de la cena decidieron ir a dar un paseo por el mercado de Ubud. Después del congreso se sentían libres. Tenían ganas de rodearse de gente, sentir Bali y experimentar las maravillas que aquel exótico lugar tenía que ofrecerles. Querían disfrutar de los últimos rayos del día.
Las cuatro amigas creyeron que sería buena idea comprarse uno de esos sarongs . Flor y alguna más de las que habían asistido al curso se apuntaron a la idea.
—Que se vienen las lesbianas —susurró María disgustada. Pero las demás rieron ante el comentario. María no se explicaba cómo sus amigas estaban tan frescas junto a las dos desviadas.
Salieron del hotel en grupo. Charlaban animadamente.
A medida que se acercaban al mercado, la calle se iba llenando de vida.
Turistas y locales confluían hacia la entrada de piedra del recinto.
Era una construcción de dos plantas en la que se alineaban espacios de artesanía, tejidos, tallas, flores y todo tipo de suvenires para los turistas.
Se sentían llenas de vitalidad y optimismo. Los balineses les sonreían y ellas les devolvían la sonrisa. Se detenían a cada paso a ver lo que cada vendedor ofrecía, y no les importó separarse, mezclarse y diluirse entre los colores vivos y los olores a ofrenda y flores.
María caminaba tocándolo todo: jarrones, bolsos, vestidos y anillos.
Era como si la niña que llevaba dentro hubiera quedado libre en la juguetería más grande y maravillosa que había visto jamás.
De repente vio un puesto de faldas balinesas.
Había siluetas de pájaros y flores sobre fondos de todos los colores: morados, naranjas, rojos…
No sabía cuál le parecía más impresionante.
Se asomó afuera para alertar a sus amigas, pero, por más que buscó entre el resto de cabezas, no había ni rastro de ellas.
No imaginaba dónde podrían haberse metido, y pensó en elegir tranquilamente su sarong mientras las demás llegaban.
La vendedora, por delante de ella, sonreía y le señalaba los que pensaba que podrían irle mejor.
Tenía buen gusto. María escogió uno con fondo ocre e hileras de flores y círculos en diagonal.
Lo observó durante un minuto, intentando decidir si era el más bonito, y al fin pidió a la vendedora que se lo descolgara.
Cuando lo hizo, descubrió que se trataba de un trozo de tela cuadrada.
¿Dónde estaban los enganches? ¿No había botones?
Se lo colocó frente a las caderas y entonces sintió que unas manos agarraban la tela por detrás de ella y se la cerraban por detrás.
Alzó los brazos dejando que el tejido envolviera su cintura pensando que se trataba de la vendedora que tan amablemente la había tratado, pero, cuando la vio sonriendo y observándola desde un costado, la cara de María cambió.
No sabía quién la estaba tocando, hasta que escuchó su voz.
Flor.
—El sarong se coloca a modo de falda, pero no es más que un pareo gigante.
Muy útil, ya que después puedes usarlo en casa a modo de pareo, sabanita o decoración.
Forma parte del traje tradicional balinés y es bellísimo.
Las de acá lo llevan con la kebaya , que es la blusa de encaje con mangas y se colocan el senteng , que es el cinto.
Tú estás linda, así como vas, con esa remera. Vas supermoderna.
María fue incapaz de hablar. Estaba totalmente tensa. Flor, detrás de ella, se deslizó por un costado y le ajustó la falda en la cintura. Después la volvió hacia un espejo.
—Debe anudarse de una manera muy especial —dijo—. María, estás bellísima.
María contempló su imagen en el espejo y le pareció que estaba guapa, eso sí que era verdad.
Se estiró y metió barriga. Cuando fue a decir algo, Flor había desaparecido.
Dio una vuelta sobre sí misma para ver si la encontraba, pero era como si se la hubiera llevado la misma brisa que acariciaba el mercado.
Resopló, nerviosa, y se dio cuenta de que estaba sudando.
Celia apareció de repente y le dio un susto de muerte.
—¡Guapísima! ¡Me gusta el color! ¡Te queda genial!
Y sacando la cabeza del puesto llamó a las demás, que estaban algo más rezagadas.
—¡María! ¡Yo quiero uno! —dijo Amparo, en cuanto la vio—. Me gusta el color.
—¿Cómo se pone? —preguntó Andrea.
Amparo dio la vuelta a María para ver si daba con el secreto acerca de cómo estaba la falda anudada y María recuperó la sonrisa.
Se sentía guapa. Con los brazos en jarra se hacía la misteriosa.
No pensaba decirles quién se la había puesto.
Se volvió frente al espejo y, como si fuera una verdadera experta, explicó a las otras acerca del vestuario tradicional balinés, la camisa y el cinturón, y fue entonces cuando Flor apareció de nuevo.
Llevaba en las manos dos flores en tonos ocres y marrones que le iban de perlas al sarong de María y, escurriéndose entre las otras tres, sin saludar, y concentrada en lo que había ido a hacer, se las colocó en el pelo con horquillas.
¡Menuda sorpresa tan agradable! María, colorada como un tomate, no sabía dónde meterse.
—Parece que esté arreglando a una que va a casarse. Está espléndida —dijo Flor cuando hubo terminado.
María estaba paralizada, pero su corazón latía desbocado.
Las demás aplaudieron y Amparo no pudo evitar sacar una foto.
La vendedora reía y les ofrecía más telas. Las contrastaba con el color de piel de cada una, y pronto estuvieron vestidas como princesas.
—Esto va a ser perfecto para la fiesta de luna llena de mañana —dijo Flor.
Las amigas se miraron. Habían escuchado mencionar en varias ocasiones que habría una fiesta al día siguiente, pero no habían tenido ocasión de preguntar más.
—¿Qué fiesta? —preguntó Celia.
Flor abrió bien los ojos.
—¿Cómo que qué fiesta? No me rompan las bolas.
No me digan que no saben lo de la fiesta.
Se trata de la clausura del congreso. Pasaremos el día visitando algún templo hermosísimo de la parte del sur, de Kuta, donde los jóvenes están locos con el surf y las motos.
Ahí vamos a conmemorar que somos más hermosas que la luna llena.
Las mujeres se miraron. Parecía una idea espléndida. Se encontraban relajadas.
—¡Claro! —dijo Celia.
Y todas se abrazaron, María estaba pendiente de que aquellas brutas que saltaban y chillaban no le descompusieran las flores del pelo.
Pasearon durante un rato más, y Amparo encontró unos elefantes preciosos tallados en madera con cientos de colores. Eran perfectos para Martín.
—¿Os gustan estos elefantes? —preguntó a sus amigas, encantada con el descubrimiento.
—Preciosos —dijo Celia.
—Voy a cogerle uno a Martín.
El vendedor se acercó hacia ellas y dijo en un castellano muy chapurreado:
—Elefante de la suerte. Mucha suerte. Bueno espíritu. Trompa al cielo es prosperidad.
—Pues entonces se lo llevo —se animó Amparo, más segura que nunca.
Lo admiró antes de envolverlo en papel de periódico para preservarlo. Se sintió feliz al verlo. Era toda la suerte y fortuna que deseaba para su nieto.
Durante la cena con los asistentes al congreso, solo se hablaba de lo bien que lo iban a pasar al día siguiente.
Había un grupo de mejicanos que comenzaron a cantar boleros.
Pasaron entre las mesas del comedor dedicando unas estrofas para cada comensal, y el resto acompañaban las melodías con el tintineo de las copas o aplausos.
—Y para nuestra profesora Celia —dijeron de repente, haciendo que se pusiera de pie—. Esta canción salida del alma.
Todos rieron. Y comenzaron a cantar «Si nos dejan», de José Alfredo Jiménez:
Si nos dejan,
nos vamos a querer toda la vida.
Si nos dejan,
nos vamos a vivir a un mundo nuevo.
Yo creo podemos ver
el nuevo amanecer
de un nuevo día.
Yo pienso que tú y yo
podemos ser felices todavía.
Celia se emocionó, no podía ser de otra manera.
Cuando las lágrimas comenzaron a brotarle, Andrea se puso en pie y la cogió para que bailaran juntas aquel bolero.
La noche, las estrellas, la música, la destreza de su amiga, las vueltas y el cariño hicieron que de repente Celia cerrara los ojos y se imaginara con Manuel, en Bali.
Su marido la cogía firmemente con la palma de la mano abierta en el centro de la espalda y la dirigía con la misma habilidad que había demostrado siempre.
Era su mano, podía sentirla.
Era su mejilla contra la suya, el tacto, él.
Celia sintió que la felicidad la embargaba, que los segundos se hacían largos y la llevaban por encima de aquel comedor, de las nubes y de la luna.
Manuel.
Y tal vez fuera la amistad o la magia de aquella isla en Indonesia, pero tuvo a su marido más presente que en los últimos dos años. Cuando el baile terminó y todos aplaudieron a los cantantes y a las bailarinas, Celia se abrazó a su amiga.
—Gracias, Andrea.