Las reinas de Asia SEXUALIDAD LATENTE
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SEXUALIDAD LATENTE

El despertador sonó estridente a las seis menos cuarto de la mañana, y las cuatro amigas se quejaron al escucharlo. Debían acudir a su primer día de congreso.

—Yo me quedo —refunfuñó María, ocultando la cabeza bajo la almohada.

—De eso nada —la regañó Andrea mientras se restregaba los ojos—. O todas o ninguna.

Amparo se recogía el pelo frente al espejo. Celia bostezaba.

La cama era demasiado cómoda, las sábanas estaban planchadas y las almohadas resultaban tan blanditas…

No tenían ningunas ganas de ir al congreso de Sexualidad Latente, pero no podían demorarse si no querían llamar la atención.

Todo tenía un precio y el de su estancia en el paraíso era el de madrugar un par de días. No tenían derecho a quejarse.

—Y encima no nos da tiempo a desayunar —se quejó María.

—No seas refunfuñona —replicó Celia—. Pienso sentarme en la última fila y echar una cabezada. Te aconsejaría hacer lo mismo.

Salieron del bungaló y se toparon con un sol amarillo y radiante.

Dolía en los ojos. Vieron a algunos empleados del hotel y los saludaron con cortesía.

Ellas todavía llevaban la marca de la almohada pegada en la cara.

Se dirigieron hacia un edificio cuadrado con el techo a cuatro aguas revestido en bambú.

Tenía las paredes decoradas en madera y piedra.

Estaba en la zona más próxima a los arrozales y el paisaje era majestuoso.

—Chicas, me paro un momento en el aseo, ahora os busco —dijo Celia, desviándose hacia el cartel de los baños.

—Te guardamos sitio —replicaron sus amigas. Y continuaron caminando.

Abrieron la puerta con el cartelito que rotulaba el nombre del congreso y se encontraron de frente con una sala amplia y diáfana. Había al menos cuarenta personas sentadas en esteras. Entre ellas, Flor y Marga, y se saludaron con la mirada.

—Buenos días, señoras —las recibió la que debía de ser una de las organizadoras.

Debía de rondar los setenta, como la mayoría de los allí congregados. Iba cargada con carpetas, hojas fotocopiadas y manuscritas.

—Nos sentamos y no molestamos más —se disculpó Andrea, escurriéndose por un lateral de la sala hasta las últimas filas.

Por muy echada para adelante que fuera siempre, no le apetecía ser el centro de atención en un congreso sobre Sexualidad Latente. Amparo y María la siguieron sin decir palabra… hasta que la organizadora les preguntó:

—¿Cuál de ustedes es la que impartirá el curso de Conocerse es entenderse ?

Las tres, que ya habían avanzado hasta mitad de sala, se detuvieron al instante. ¿Impartir un curso? ¿Conocerse es entenderse? Andrea sintió que se ruborizada.

—Nosotras… no… —quiso decir. Pero, en ese preciso momento, Celia, con la sonrisa satisfecha de la que no sabe lo que se le viene encima, irrumpió por la puerta y las otras tres la señalaron.

Celia congeló el gesto. ¿Por qué la miraba todo el mundo? ¿Por qué sus amigas ponían cara de disculpa como si la hubieran echado a los leones? La organizadora, a su lado, le tendió las carpetas y Celia tragó saliva.

—Aquí tenemos a nuestra coach . Vamos a comenzar el curso. Va a impartir la primera charla de hoy: Conocerse es entenderse . Bienvenida, señora mía.

Celia siguió a sus amigas con la mirada cuando estas se sentaron en la última fila y trataron de ocultarse tras el torso de los de delante, entrecerró los ojos y les hizo saber con gestos que se vengaría y que su venganza sería terrible.

Carraspeó. Toda la atención del recinto estaba puesta en ella.

Suspiró. Tomó aire. Por su cabeza pasó la fugaz idea de salir corriendo y no parar hasta llegar al aeropuerto, pero se contuvo.

No podía irse. Si se iba, no podría matar a las otras tres.

Hinchó el pecho y recorrió con la mirada a los asistentes para saber a qué se enfrentaba, pero estaba demasiado nerviosa como para trazar estrategias.

Cuando tras mucho meditar se dispuso a abrir la boca, la señora que le había dado las carpetas habló. Celia se hizo a un lado. Sus amigas la miraban con ojos lastimeros y agachaban la cabeza. Alguna le susurraba «perdón» moviendo los labios, pero Celia no sería compasiva.

—Bienvenidos un año más a Sexualidad Latente —dijo la organizadora—, nuestro rincón para aprender y para compartir, para sentirnos libres de expresar lo que sentimos y cómo lo sentimos.

Este año estamos en Bali, una de las islas más mágicas del mundo.

Nos reunimos aquí personas de todas las partes del mundo.

Compartimos la lengua hispana, pero lo que más nos une es que hemos pertenecido a una época en la que no se nos ha dejado expresarnos con libertad e independencia.

Esa época ha acabado para nosotros. ¿Saben por qué? Porque así lo hemos decidido.

»En estos dos días de congreso vamos a contar con guías que nos cuenten sus experiencias, guías que nos expliquen temas médicos y también terapeutas reputados a nivel internacional que resuelvan todas sus dudas.

Veo alguna cara conocida y me alegro de volver a contar con ustedes.

A los nuevos les digo que estamos a su disposición para lo que pudieran necesitar.

Reitero la bienvenida y solo queda disfrutar de la compañía y de lo que vamos a aprender hoy.

Tenemos con ustedes a nuestra primera guía.

La dejo en sus manos, sé que la van a tratar muy bien.

Celia sintió de nuevo todos los rostros fijos en ella. Sus tres amigas aplaudieron para darle un poco de seguridad, pero solo consiguieron que la situación fuera más rara todavía. Celia hojeó las notas que le habían pasado. No tenía escapatoria. Dio un paso adelante.

—Buenos días —dijo, con la voz que luchaba por salir de entre los labios—. Me llamo Celia… Perdonen, pero tengo un poco de… problemas en la… garganta. Estoy haciendo gárgaras. A ver, como ha dicho la… esto… presentadora, si no he entendido mal, estamos aquí para abrirnos y guiarnos.

Tosió y se le escapó un «Dios santísimo» de entre los labios.

Le temblaban un pelín las piernas. Ella, que odiaba ser el centro de atención, se sentía más expuesta que nunca.

A Manuel sí se le hubiera dado bien improvisar, pero a ella, a ella no.

Celia se detuvo por un instante y entonces su mirada se iluminó.

Manuel. Lo imaginó entre el público, alzando las cejas y animándola.

Un Manuel alegre que asintió con la cabeza, dándole pie para continuar, y una media sonrisa se dibujó en el rostro de Celia, que fijó sus ojos en las tres traidoras.

—Quiero conocerles —dijo de repente. Había recobrado toda su vitalidad—.

En todos mis años de experiencia haciendo…

esto, he aprendido que el público sabe más de lo que parece.

Anda que no he aprendido yo cosas, escuchando…

Y eso es justo lo que vamos a hacer: escucharnos.

A ver, por ejemplo, usted —dijo, señalando a Amparo—.

Díganos qué le ha llevado a asistir a este seminario.

¿Qué es lo que quiere expresar, compartir o aprender acerca de su propia sexualidad?

La cara de Amparo era la típica cara de terror absoluto que pone alguien cuando nota que el suelo se va a abrir bajo sus pies y que va a caer a un abismo que es peor que la propia muerte. Todas las cabezas se volvieron hacia ella.

—Preferiría escuchar —replicó, con un hilo de voz.

—No se preocupe —insistió Celia, moviendo la cabeza de un lado a otro—.

Estamos aquí para arroparla. Si le sirve de consuelo, no va a ser la única que hable, que después ya me encargaré de coger a alguna voluntaria más.

¿Cómo se llama? Preséntese ante nuestros amigos, nuestra familia, porque eso es lo que vamos a ser en los próximos dos días: familia, amigos, todo.

Los que escuchaban, sentados sobre esterillas en el suelo, asentían enérgicamente.

—Me llamo Amparo —dijo al fin, con unos ojos que no podían estar más abiertos.

Andrea y María no se atrevían a mirar. Sabían que serían las siguientes.

—Díganos, Amparo, diga delante de todos nosotros, para que lo oigamos, sin juzgarla, claro está, cuál es su mayor duda. ¿Teme al sexo? ¿Teme ser sexual? Póngase de pie si eso le ayuda a estar más tranquila. Así, que todos la vean bien.

Amparo se puso en pie y tragó saliva.

Sus ojos se posaron en los de Celia. Los cerró por un momento, respiró hondo y, cuando volvió a abrirlos, todo el miedo que la paralizaba se transformó en amor por su amiga.

Confiaban más la una en la otra que en muchos de los miembros de su familia.

Se querían. Era Celia, su Celia, y nada podía temer, así que contestó:

—Soy viuda. Mi marido Fernando murió hace años y desde entonces la parte de la que habla murió con él.

Mis amigas, las que me quieren bien…, y mis hijas incluso, que tengo dos, me culpan porque no quiero saber nada de nuevas relaciones.

Me acusan de haberme quedado anclada en mi marido, y yo lo que quiero es que me dejen en paz.

Me hacen sentir mal. Yo quiero estar sola.

No hay nada de malo, ¿verdad? Estoy bien.

Satisfecha. Quisiera saber cómo hacerles entender que soy feliz así y que no necesito nada.

Los ojos de Amparo se humedecieron. Celia esbozó una sonrisa tierna dedicada a su amiga. Andrea y María, que habían permanecido con la cabeza agachada y las manos cubriéndose la cara, la alzaron hacia Amparo.

—Yo también soy viuda —dijo una mujer, alzando la mano—.

Mi esposo falleció hace cuatro años y fueron mis hijos los que me trajeron acá.

Yo estoy bien. No es que crea que el sexo sea malo ni nada de eso, pero no necesito a nadie para darme mis alegrías, que yo sola me las doy, y muchas. También quisiera que me dejaran en paz.

La charla continuó durante una hora en la que los asistentes contaron las circunstancias de su vida amorosa que les habían llevado a inscribirse en un congreso de ese tipo. Flor, Marga y cinco asistentes más hablaron de su homosexualidad.

Cuando se hizo el primer descanso para el café, las tres amigas caminaron hacia Celia y las cuatro se fundieron en un emotivo abrazo.

—Lo sentimos —se disculparon abrazándola—. Nos fue más rápido la mente que el corazón.

—Pero ¿sabes qué? —dijo Andrea—. Has salido airosa. Has manejado la situación de una manera que me ha sorprendido, la verdad. Y cómo hablas… Estamos realmente orgullosas de ti.

Celia se echó a reír.

—Supongo que no estoy incómoda del todo —respondió.

—Chicas —susurró María aproximándose más a sus amigas—, qué sorpresa, qué susto.

Las demás la miraron sin entender.

—No os hagáis las tontas, que yo sé que os ha impactado. Lo de Flor y Marga, que son mariquitas.

Las otras tres se echaron a reír. María siguió hablando con cara preocupada.

—Que estuvimos ayer con ellas todo el día, nenas, y ellas tan calladitas, sin decir nada…

—Pero ¿a ti qué más te da? —preguntó Celia—. Y, por cierto, menuda cara de disimulo has puesto cuando lo han contado, que te has llevado las manos a la boca y todo.

—Si es que no me lo esperaba, chicas. Que ayer Flor estuvo hablando conmigo todo el rato, juntando el hombro…

Andrea alzó la cabeza e hizo una señal al resto. Flor y Marga se acercaban por detrás de María, que seguía despotricando acerca de las argentinas. Trataron de advertirla, tosieron, carraspearon, señalaron…, pero no había nada que la hiciera callar.

—¡Flor! —chilló Andrea en un último intento.

María dio un salto del susto y permaneció en silencio, roja como un tomate. Apretó los labios y cerró los ojos.

—Che, felicitaciones, Celia, menudo comienzo. Nos sorprendió verte, estuviste bárbara.

Celia aceptó el halago.

—Muchas gracias. Mira que encontrarnos aquí… El mundo es un pañuelo.

—Como dijisteis que estabais de vacaciones, no pensamos en preguntar si veníais al congreso —apuntó la argentina.

—Para Celia esto es como unas vacaciones, le encanta —se disculpó Amparo, disimulando.

—Bueno —dijo Marga—, voy a ver si consigo una de esas tazas de té con jengibre, son milagrosas. Nos vemos después. Podríamos incluso morfar y tomarnos unas birras.

Las cuatro se despidieron de Flor y Marga. En cuanto desaparecieron de su vista, María volvió a respirar:

—Quiere que morfemos, quiere que morfemos… Qué fuerte me parece. Qué falta de respeto.

—María, «morfar» es «comer» en argentino —dijo Andrea.

—Eso me lo dices para que me tranquilice, pero yo no morfo con nadie —replicó María, muy seria —. Y vosotras tened cuidado con dónde os morféis .

Cuando la jornada terminó, las cuatro amigas estaban encantadas con las cosas que habían aprendido acerca de su sexualidad.

Se dieron cuenta de que sabían menos de lo necesario y habían suplido esa falta de información con estereotipos como que los hombres tienen necesidades, que las mujeres son más sensibles, que el hombre siempre sabe lo que se hace, que es el que dirige y cosas así.

Entre las paredes de aquella sala aprendieron las realidades fisiológicas de cada sexo y por qué actuaban de manera determinada. Fue curioso contrastar experiencias de personas venidas de países tan diversos y ver lo mucho que tenían en común.

Cenaron junto al resto de asistentes al congreso en el comedor del hotel y charlaron animadamente hasta que se hizo la hora de ir a dormir. Tenían la impresión de haber descubierto una faceta de sí mismas que no conocían. Habían desterrado tabús de su interior y se sentían libres.