UBUD
El mundo de tejados de rama y palma en el que estaba inmerso su hotel se mostraba plácido y exótico frente a ellas, salpicado de efigies que representaban tanto a los dioses benefactores como a los malvados.
A los primeros se les daban ofrendas para obtener sus favores, a los segundos para mantenerlos a raya.
Era fácil enamorarse de aquel lugar.
Las fachadas decoradas con colores vivos maquillaban a la perfección construcciones que debían de tener más de cien años.
La vegetación, frondosa incluso entre los edificios, se asomaba curiosa a través de los huecos de los muros.
Abundaban los comercios en los que artistas, pintores y escultores vendían sus obras.
Los creadores, sentados en el suelo junto al lienzo, la madera, la arcilla o el bambú, trabajaban concentrados en sus obras.
Creaban arrozales, palmeras, playas turquesas, mar y flores, mezclando estilos como el naif, el moderno, el retro, el impresionista e incluso el pop art para representar las más bellas escenas cotidianas del país.
—¡Un mono! —grito María, señalándolo con ambas manos.
Sus amigas dirigieron la mirada al lugar al que apuntaba.
—Hija, no se te escapa ninguno, tienes radar para los monos —dijo Celia.
En efecto, a unos veinte metros de distancia, se erguía un simio enorme de pelaje pardo.
Un par de metros a su derecha, había dos más.
Las cuatro mujeres permanecieron inmóviles.
¿No eran acaso animales salvajes? Al percatarse de que el resto de los transeúntes no les daba importancia y se limitaba a hacerles alguna foto distraída, se relajaron.
Sin decirse nada, decidieron cruzar la acera y acercarse a ellos. Querían verlos más de cerca.
—A ver si van a ser como los monos de Ceuta, que le quitan las gafas a la gente —alertó Amparo.
Las cuatro se agarraron bien las pamelas y continuaron andando con sigilo.
La tensión que respiraban era tal que, si el mono que tenían más próximo hubiera optado por mover un brazo para rascarse la cabeza, habrían huido despavoridas; pero tuvieron suerte: el animal estaba empachado de plátano y se le cerraban los ojos bajo una sombra. No tenía fuerzas para rascarse nada.
—Mirad —dijo Amparo haciendo que las demás dieran un respingo.
Y al alzar la mirada vieron más monos y dos autocares estacionados. Había un cartel en el que podía leerse «Monkey Forest». Y más simios. La gente paseaba entre ellos y entraba en el recinto. Vieron varios vendedores de plátanos y observaron como se los ofrecían a los monos más pequeños.
—Monkey Forest —repitió Amparo, en voz alta.
— Monkey , como Monkey Mouse —dijo María.
—No, es Mickey Mouse, lo sé por Martín —dijo Amparo—.
Monkey creo que es mono.
El Monkey Forest es una reserva natural de más de veintisiete hectáreas de bosque frondoso que alberga un grupo de templos balineses y un cementerio. Está en el propio Ubud y en él habitan más de trescientos monos.
Parecía divertido, así que decidieron entrar.
—Cincuenta mil rupias balinesas cada una —leyó Andrea al dirigirse a la entrada y leer los precios.
Amparo meneó la cabeza de un lado a otro.
—Qué desfachatez cobrarnos la entrada a un bosque.
Teniendo en cuenta que un euro eran más de dieciocho mil rupias, no era para tanto.
Pusieron el dinero en el mostrador junto al carné de estudiante internacional que se compraron en Bangkok, pero no había descuento para estudiantes.
Les dieron un panfleto con las precauciones que debían tomar en el parque.
Venía también traducido al español, así que procedieron a leerlo con el máximo interés:
Por su seguridad, lea y siga las instrucciones visibles en el área del Bosque de los Monos.
Si posee bolsas de plástico o papel, o botellas de plástico, se recomienda depositarlas en el mostrador de tickets de la entrada.
En general, los monos no se acercan a las personas si estas no traen bananas o cualquier otro tipo de comida. Si desea interactuar o alimentar a los primates, hágalo con cuidado. Si usted ofrece bananas o comida a los monos y estos se acercan a recibirla, no intente agarrarlos.
Para garantizar un buen estado de salud de los monos, se ruega no alimentarlos con cacahuetes/maní, galletas, pan o cualquier otro aperitivo humano.
—No dice qué hacer si atacan —advirtió María, mirando a su alrededor por si había algún cartel más en el que no habían reparado.
Una vez atravesaron la puerta principal, se desplegó ante ellas una auténtica jungla repleta de monos que se acercaban curiosos a las nuevas visitantes, acostumbrados a la comida con la que los obsequiaban.
—Seguro que no son peligrosos —replicó Amparo, irguiendo la pose.
—Pues a mí me dan mucho miedo —dijo María sujetándose la pamela y mostrándose cada vez más nerviosa mientras caminaba entre ellos.
—Pero ¿a ti no te gustan los animales? —le preguntó Andrea.
—Sí, me gustan los gatos. Los míos —respondió María.
—Mira la de niños que hay por aquí y familias enteras. Esto es un lugar seguro, mujer —intentó tranquilizarla Celia, cogiéndola del brazo.
Anduvieron por un camino de piedra fina.
Un murete las separaba del bosque a ambos lados.
Podían ver las sombras de los primates saltando de rama en rama, o apostados sobre el propio murete: había madres amamantando a sus crías, hermanos despiojándose los unos a los otros y machos durmiendo al sol.
Los visitantes parecían encantados con aquellas escenas.
Ellas se cogían el sombrero y seguían andando, disfrutando de aquel espectáculo único.
Atravesaron puentes de piedra enterrados entre enredaderas y pasaron junto a estatuas gigantescas con macacos de cola larga subidos a su cabeza, tan inmóviles como la propia piedra.
Solo las pupilas de los monos se movían, siguiendo la dirección de las visitantes.
Cuando ya empezaban a acostumbrarse a la compañía de los animales y a disfrutar del paisaje sin preocuparse por nada más, uno de aquellos monos bajó de un árbol cercano y comenzó a caminar detrás de María.
—Me sigue —dijo ella, mirándolo de reojo. El mono no le quitaba el ojo de encima.
—No te sigue —replicó Andrea—, ¿cómo te va a seguir? Verás como, si nos separamos, ya no te sigue.
Celia, Amparo y Andrea se separaron de María para demostrarle que el macaco seguiría al grupo más numeroso, pero el animal no se inmutó cuando las otras se dispersaron. Era María la que le interesaba.
—María —dijo Celia—, te sigue.
—Sí, ¿verdad? —contestó la pobre María, con la respiración que se le aceleraba—. ¿Qué hago? ¿Corro?
Las demás no sabían cómo decirle que, si echaba a correr, el mono la alcanzaría en media zancada. Correr sería mucho peor.
—Tú tranquila, deja que se te acerque. A lo mejor pasa de largo —le dijo Amparo.
Pero María sabía que aquel mono iba a por ella.
Lo sentía. Dijeran lo que le dijeran, tenía que huir.
Tomó aire y se preparó para la carrera. Si esprintaba todo lo que sus piernas daban de sí, tal vez lograra llegar hasta algún guarda.
Se preparó, estiró las piernas y, cuando iba a dar la primera zancada, un par de desconocidas, que habían estado al tanto de la conversación y adivinaron sus intenciones, le ordenaron parar con un marcado acento argentino:
—Mina, ¿dónde vas? ¿Querés que el macaco la despelleje? Solo quieren comida, ¿entendés? Dale lo que lleves y ya está.
—Si es que no llevo nada —se quejó María, al borde del llanto.
—Pues eso es lo que le pasa al chorro, que piensa que vos llevás comida, y si lo piensa es que la huele. ¿Estás segura de que no llevás nada en la cartera?
Y entonces María se encogió de hombros. Abrió el bolso y sacó una manzana de las grandes.
—Esta es por si me baja la tensión.
—Pues ahora se la das y tan a gusto.
María se volvió y tendió la manzana al mono, que se acercó a ella desafiante.
El mono cogió la manzana y se quedó parado con la mano extendida. María, rendida, le dio dos papayas, una pera y dos ciruelas.
Con todo aquello el mono se fue tan tranquilo. María dijo adiós a su tentempié de media mañana.
Sus amigas se acercaron de nuevo.
—Gracias por salvar la vida de María —dijo Andrea, divertida—. No sabíamos que había arrasado con la bandeja de fruta del hotel.
Las que les habían ayudado debían ser poco más jóvenes que ellas y, efectivamente, eran argentinas. Una llevaba el pelo anudado en una trenza larga y la otra lo llevaba suelto hasta la cintura. Su aspecto era místico y juvenil.
—Muchas gracias —se disculpó María—. Creía que me arrancaría los ojos. Si no llega a ser por vosotras, echo a correr y os dejo aquí a todas plantadas.
Las mujeres se presentaron y decidieron caminar juntas. La de la trenza se llamaba Flor, la otra era Marga, y habían venido porque les encantaba la isla.
—Siempre que podemos, nos escapamos con la excusa de hacer algún retiro. Aquí para nosotras está rebién y es todo tan lindo… Un paraíso.
—Es nuestra primera vez —confesó Andrea— y la verdad es que estamos maravilladas con lo que estamos viendo en esta parte del mundo. Indonesia es muy bonita.
Continuaron charlando. Era muy agradable encontrar a alguien que pudiera explicarles acerca del lugar en el que estaban, porque la mayoría de cosas venían en inglés y no se enteraban de nada.
Por fin descubrieron por qué las esculturas tenían pareos a cuadros negros y blancos, y no era por capricho, sino para simbolizar que las cosas no eran ni blancas ni negras, sino que existe una dualidad dentro de cada uno de nosotros.
La calma y el acento de sus nuevas amigas las fascinaban. Se veía que habían hecho mil viajes, ya no exteriores, sino más profundos. Aquellas dos parecían estar en paz con la vida.
Cuando acabaron el recorrido por los templos y salieron de nuevo a Ubud, aceptaron ir con ellas a comer.
Querían explorar un poco la gastronomía y no se arrepintieron de acompañarlas.
Optaron por sentarse en una terraza situada junto a un estanque recubierto de nenúfares del que era difícil separar la vista.
Los contrastes y los reflejos del agua eran el complemento perfecto para una comida entre amigas.
—Yo no me he casado nunca. No he encontrado al hombre ideal —contó María—. Pero yo no me quejo, que anda que no estoy a gusto sola, a la mía, haciendo lo que quiero todo el tiempo. Soy una liberal.
Las dos recién llegadas asentían sin quitarle el ojo de encima.
—Yo también he renunciado a tener pareja estable —replicó Flor—. Creo que hay momentos para todo y para todos. Una no deja de crecer y requiere del espacio suficiente para poder observarse con perspectiva. Como una planta a la que hay que cambiar de maceta.
María asentía como asiente el que nota que le están quitando las palabras de la punta de la lengua.
Le brillaba la mirada. Andrea, Celia y Amparo la miraban con el ceño fruncido.
¿Era esa María? ¿La María miedosa y llena de prejuicios contra todo aquel que pensaba diferente?
Se sonrieron entre ellas y disfrutaron del arranque de libertad de su amiga.
Cuando se dieron cuenta de que se alojaban en el mismo hotel, no pudieron evitar soltar una carcajada. Sintieron que podrían ser buenas compañeras de viaje.