BALI
Cuando las mujeres se acercaron a la ventanilla, no podían creer que hubiera un lugar tan bonito.
Parecía una de esas islas paradisiacas que escogen los piratas para esconder sus botines.
El mar estaba salpicado por decenas de islas que se diseminaban hasta comerse el horizonte. Tenían Indonesia a sus pies.
El amable joven también las ayudó con las gestiones de entrada a la isla. Ya sabían, por su experiencia pasada, que no debían pedir su equipaje en el control de seguridad, pero, sin su ayuda, nunca hubieran podido aclararse con el pago de la visa de turista para entrar al país.
—Es que yo pensaba que me estaban pidiendo pagar entrada para pasar, como quien va al cine —se quejó Amparo.
—Pues es algo parecido —aclaró el muchacho—. La visa se gestiona en el propio aeropuerto. Este documento hace que su entrada sea legal. Tienen que guardarlo.
—Muchas gracias, Jorge —dijeron al despedirse de él, maleta en mano.
—Nos veremos seguro —replicó él—. En las discotecas más cañeras de Kuta.
Las mujeres rieron. No sabían de qué hablaba, pero les pareció gracioso.
—Un chico muy amable —dijo Amparo al resto.
Salieron del aeropuerto internacional Ngurah Rai, al sur de la isla, y la claridad y la vegetación en el aparcamiento les impactaron. No veían edificaciones, solo selva.
Tomás les había advertido que habría un coche del hotel esperándolas y que lo encontrarían nada más salir de la terminal.
Les había escrito el nombre de su hotel en Ubud con emoticonos sonrientes y un corazón al final.
No entendían por qué. Barrieron con la mirada los coches estacionados a su alrededor y no tardaron en dar con el coche oscuro con el emblema del hotel. Se sonrieron y se dirigieron hacia él.
El conductor levantó el cuello cuando las vio llegar. Dijo algo, pero ellas no entendieron. Ya no se exasperaban como al principio cuando se enfrentaban a una situación así. Sabían que, de una forma u otra, acabarían diciéndose lo que querían decirse.
—Hotel —dijo Andrea, señalándose a ella misma y a las demás.
—Hotel —le respondió el hombre, señalándose a sí mismo y a ellas.
Abrió la puerta y las dejó subir.
Aunque no recorrieron ni cuarenta kilómetros, les costó casi una hora llegar a su destino.
Enjambres de motocicletas invadían la calzada, y el tráfico no era muy diferente al de Bangkok.
Aquel siete plazas les recordó al coche de Rodolfo, aunque era más antiguo, con las lunas tintadas y algún roto en los asientos.
Llevaban las ventanillas subidas con el aire acondicionado y se sentían espectadoras del caos de afuera.
No dijeron nada, demasiado ocupadas en explorar el nuevo mundo que se abría delante de ellas. La mayoría de la gente vestía de manera tradicional: los hombres con camisa de un color y faldas largas o sarongs a cuadros; las mujeres con camisa generalmente blanca y falda de estampados increíbles.
Si Bangkok les pareció diferente, Bali se llevaba la palma. Bangkok era una ciudad y, acostumbradas a vivir en una, no tardaron en hacerse con su funcionamiento; pero los lugares con los que las recibía aquella isla estaban mucho más ligados a la tierra y la naturaleza.
Pasaron por un parque bellamente adornado y quedaron maravilladas al ver a la gente bailar alrededor del fuego, sin saber que lo que estaban contemplando era una pila funeraria.
Aunque Indonesia es el país con mayor número de musulmanes del mundo, la religión que predomina en la isla de Bali es un hinduismo mimetizado con las creencias de espíritus y demonios que los indígenas adoraban antes de la llegada de los primeros colonizadores. La mezcla era bella, perfecta y mágica.
Pasaron por carreteras secundarias franqueadas por construcciones bajas y rudimentarias. En alguna de ellas se vendía combustible en botellas de plástico. Las palmeras se curvaban hacia la carretera y acariciaban con sus hojas la parte superior del vehículo.
Supieron que habían llegado a Ubud porque el conductor les señaló uno de los carteles grandes en los que podía leerse el nombre del lugar, y de nuevo volvieron a adentrarse en zona poblada, congestionada de motocicletas y taxis.
Pasaron junto a templos que se combinaban con resorts, tiendas abiertas en las que se adivinaban pinturas y casas bajas frente a las que jugaban los niños.
Las mujeres se erguían para no perder detalle a través de las ventanillas. Sabían que llegarían a su hotel de forma inminente y sentían curiosidad por saber el lugar en el que las había metido Tomás. Podría tratarse de cualquier cosa.
El coche las detuvo frente a un muro blanco y las cuatro se miraron interrogantes. Se apearon del vehículo agarradas a sus mochilas, esperaron a que el conductor bajara la maleta y tomaron aire cuando este empujó la puerta que revelaba el mundo tras aquella pared.
Lo que vieron les resultó mágico. Se encontraron ante un jardín inmenso con hojas de palma y flores exóticas de todos los colores. Al fondo, bajo un techado de mimbre y rodeado por esculturas de madera tallada, el mostrador de recepción las esperaba.
Era demasiado.
Las mujeres se miraron las unas a las otras, intentando disimular su asombro ante los miembros del hotel que hacían reverencias a su paso.
No había nadie que hablara español, pero, aun así, la recepcionista, acostumbrada a este tipo de eventualidades, les cogió los pasaportes y tomó nota de lo que necesitaba.
Después les dedicó la más amplia de las sonrisas e indicó a uno de los muchachos que cargara la maleta y las acompañara.
Muy buen chico,
Tomás. Muy muy buen chico.
Recorrieron un amplio patio con una piscina soleada de agua cristalina, rodeada de palmeras y jardines.
No había nadie y las cuatro sintieron unas ganas imperiosas de darse un chapuzón.
La atravesaron y llegaron a un camino de piedrecitas de colores que lindaba a su izquierda con los campos inmensos y regulares de arroz.
Eran los mismos que habían admirado en las fotografías, y sintieron un cosquilleo en el estómago.
A la derecha se alzaban los bungalós de dos plantas.
Cada uno de ellos les pareció un palacete.
Se trataba de construcciones cuadradas con un techado de paja y ramas que daban paso a una terracita cubierta.
Los detalles y los acabados eran asombrosamente bellos.
Las puertas y las ventanas estaban hechas de madera tallada con miniaturas en tonos dorados.
Cuando el mozo se detuvo junto a la puerta de una de esas hermosas construcciones, se sintieron enormemente afortunadas. Después les tendió la llave, las saludó haciendo una reverencia y se marchó.
Examinaron la llave incrédulas.
—Recordadme que le pague un jamón a Tomás —dijo Andrea.
—Tiene que haber gato encerrado —interrumpió Amparo.
—Esto es precioso. Es aquí, ¿no? Pues es un sueño —balbuceó Celia.
—Seguro que entramos y encontramos otra letrina —resopló María.
Las cuatro miraban fijamente la llave como si fuera a saltar de sus manos y escapar hacia los arrozales. Andrea la tomó entre sus dedos y se acercó a la cerradura con lentitud.
—¿Preparadas para entrar a su castillo? —preguntó, impaciente.
Las cuatro asintieron y, al girar la cerradura y abrir la puerta, no pudieron más que emocionarse.
¡La habitación era bellísima! Las paredes eran de bambú y había una cama amplia con dosel que debía de medir al menos dos metros y otra supletoria al lado.
Corrieron a abrir las ventanas para impregnar la habitación de vida y, cuando pensaban que no podría mejorar su suerte, escucharon a María gritar:
—¡Tiene retrete!
¡No podían creerlo! ¡No podía ser posible! Las cuatro mujeres entraron en el baño. Había retrete y bañera y lavabo y espejo, y estaban en unas condiciones inmejorables.
Amparo abrió el grifo y, cuando vieron emanar el agua a toda presión, se abrazaron las unas a las otras.
¡Eran las reinas de Asia!
Necesitaban investigar. Querían explorar qué otras maravillas tenía el hotel y salieron dando saltitos de la habitación, cogidas del brazo.
La expectación era mayor al cansancio del viaje.
Siguieron el camino que las separaba de los arrozales y llegaron a una construcción sin paredes.
Las columnas que soportaban el techo eran de madera maciza.
Se trataba del comedor y se accedía a él subiendo un par de escalones.
Había mesas redondas, flores y frutas por todas partes.
Más adelante, tras una estatua de piedra que representaba a un dios, vieron la segunda piscina.
Tenía tumbonas y el agua, de un azul intenso, se confundía, infinita, con los arrozales.
Las cuatro abrieron la boca sorprendidas y emocionadas.
Nunca habían visto una piscina tan mágica y especial.
Detrás de ella se adivinaba otra construcción que pronto supieron que era el centro de masajes.
—¿Qué hemos hecho para merecer esto? —balbuceó Amparo.
—No lo sé, pero, sea lo que sea, lo repetimos —repuso Celia.
—Si en el hotel de Bangkok nos hicieron cantar, no sé qué es lo que nos harán hacer en este —dijo María mirando al frente, perdiéndose entre las ondas tranquilas que formaba el agua en la superficie.
Las demás fruncieron el ceño. Una ola de inseguridad las recorrió de cabeza a pies. Esperaban que el precio de tanto lujo no fuera muy elevado.
Al llegar a la habitación, y abrir cajones para guardar su equipaje, repararon en una carpeta repleta de documentos.
—Mirad, chicas, creo que hay un congreso en el hotel —dijo Celia, mostrándola al resto.
—¿Un congreso de qué? —preguntó María.
Se acercaron a la cómoda y pasaron las hojas con lentitud. Había textos extensos, un esquema del cuerpo humano, otro de varios cuerpos rozándose y después unas fotos de paisajes con amaneceres y fuegos artificiales.
—Yo no sé de qué va esto —admitió Amparo.
Andrea se separó del resto y puso su móvil a cargar. Fue entonces cuando vio que tenían correo de Tomás.
—Chicas, creo que esto lo explica todo. Y leyó en voz alta:
Alucinadas, ¿verdad?
El hotel es una pasada. Cuando lo vi, me dije: «Esto es para mis ángeles».
Para que descanséis y disfrutéis. He querido que lo veáis y os enamoréis de él antes de deciros dónde está la letra pequeña del plan.
Allá va: vuestra estancia en ese paraíso con desayuno, comida y cena incluidos está subvencionada por un congreso sobre Sexualidad Latente, ¡en español!
, para mayores de sesenta. Os he inscrito de voluntarias.
El congreso dura dos días, pero tenéis la estancia incluida durante el tiempo extra que necesitéis.
Si no estuvierais de acuerdo, siempre podría intentar buscaros un hotelito local, sin piscina, ni desayuno, ni chaletito, ni váter, ni aire acondicionado.
Las mujeres no podían separar la vista del e-mail .
—Lo sabía —dijo María enfurecida—. Nos ha liado. ¡Nos ha metido en una secta!
—No exageres —replicó Celia, leyendo de nuevo—. Son dos días de escuchar lo que nos echen. Podemos hasta dormirnos. No es mal trato.
—La verdad es que el trato es demasiado bueno —interrumpió Amparo desconfiada—. Huele a chamusquina.
Andrea volvió a hojear las carpetas y leyó:
—Sexualidad Latente: aprender de las experiencias de los otros y sentirse confortable con el propio cuerpo.
Amparo cerró los ojos y miró al cielo.
—Por Dios, que mi hija Mónica no se entere de nada de esto.
—¿Entonces? —preguntó Andrea indecisa—. ¿Nos quedamos o nos vamos?
—A mí me parece esto mejor que cantar —confesó Celia, encogiéndose de hombros—. Menuda vergüenza pasé.
—¿Ha dicho que la comida estaba incluida? —preguntó María, recordando el comedor que acababan de abandonar.
Las cuatro asintieron, soltaron un grito de guerra, se abrazaron y saltaron alrededor de la cama.
—¡Bienvenida, sexualidad latente, nos quedamos! —chillaron. Y cayeron sobre el colchón.