Las reinas de Asia CARTA DE AMPARO A MARTÍN DESDE BANGKOK
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CARTA DE AMPARO A MARTÍN DESDE BANGKOK

Mi queridísimo Martín:

No te puedes ni imaginar la ciudad extraordinaria en la que estamos: Bangkok. Es la capital de Tailandia y la llaman también la ciudad de los ángeles. Tiene más de ocho millones de habitantes. Hay un río grandísimo que la cruza y una extensa red de canales.

Lo que más me gusta de este lugar es que las cosas no son ni blancas ni negras. Hay muchos tipos de personas, de todos los países que te puedas imaginar, y hay también gente más tradicional y menos, pero todos parecen llevarse de maravilla aquí.

En un mismo trocito de acera puedes ver a una señora en cuclillas zurciendo algo, a un monje vestido de naranja, a un guiri con calcetines bajo las chanclas y la nariz más roja que un tomate, y a un moderno, de esos que van de negro con el pelo de punta.

Es una forma hermosa de compartir la ciudad y aprender de las diferencias, es lo que le da el color a la vida.

Sin ese toque mágico, no habría contraste y todo sería demasiado aburrido, ¿no crees?

He visitado mercados y templos y he dejado que unos peces muy pequeños me dieran mordisquitos en los pies. No te puedes imaginar la impresión que dan, pero las cosquillitas que se te quedan…

También he ido en ferry y en tuk tuk, que es como un taxi, pero sin puertas y solo tiene tres ruedas. Íbamos las cuatro apretadas y muertas de la risa porque no nos cabían todos los culos en el asiento. Menudo espectáculo que hemos montado, Martín, si vieras lo que no hemos reído…

Pero siento que me queda mucho por aprender.

Es como si en este viaje me estuviera descubriendo de nuevo.

En realidad, no tengo otra cosa que hacer en todo el día más que cuidar de mí y de mis amigas, de saber qué queremos hacer y qué cosas nos apetecen.

Te sonará raro, pero, cuando una se hace mayor, se va encerrando en su concha y de repente ya no recuerda qué cosas le divertían.

Es como cuando quieres proteger algo mucho y lo comienzas a meter en cajas y te pasas mucho tiempo procurando que no se estropee. Después se te olvida dónde guardaste alguna de las llaves, luego piensas que la has perdido para siempre y al final ni recuerdas lo que habías guardado con tanto anhelo.

Yo he descubierto que a mí me divertía mucho cantar.

Solía cantar con tu abuelo en el coro de la parroquia cuando nos conocimos.

Ya no me acordaba de esos tiempos. Ni siquiera sé por qué dejamos de cantar.

Pero nunca es tarde. Aquí en Bangkok hemos debutado como estrellas de la canción y después firmamos autógrafos y todo.

Para que veas lo que se le aprecia a tu abuela en el extranjero.

Tu abuela, que te quiere y que te adora,

Amparo