Las reinas de Asia NOTICIAS DE TOMÁS
52%

NOTICIAS DE TOMÁS

Cuando Andrea despertó al día siguiente, la cabeza de sus tres amigas le tapaba la visión del techo y se llevó un susto de muerte. La observaban expectantes con los ojos bien abiertos y la sonrisa de medio lado, preparadas para estallar en preguntas en cuanto abriera los ojos.

Andrea tragó saliva. Había regresado al hotel alrededor de las dos de la mañana.

—¿Qué hora es? —preguntó a las otras.

—¿Y? —indagó Amparo.

—¿Y qué? —respondió Andrea, cubriéndose la cabeza con la sábana, adivinando el acoso y derribo al que estaban a punto de someterla.

—Ya sabes qué —aclaró Celia.

Se hizo el silencio. Andrea, por debajo de la sábana, abría la boca con la intención de decir algo, pero la volvía a cerrar, y a abrir, y así sucesivamente hasta que terminó con dos palabras. Con esas dos se resumía todo.

—Un beso.

Las tres mujeres le aplaudieron alborotadas y Andrea tuvo que cubrirse la cara con la almohada. Se moría de la vergüenza.

—¿Qué pasa? Somos ya mayorcitas para comportarnos, ¿no? —se quejó, descubriéndose la cabeza cuando vio que sus amigas no callaban.

—De eso nada —dijo María.

Andrea se destapó un ojo para ver por qué se balanceaba todo a su alrededor. ¿Estaban bailando sobre la cama? Lo hacían. Comenzó a reírse y tuvo que cubrirse de nuevo.

—¡Pesadas! —las llamó—. ¿Sabéis que vais a hundir el colchón o lo que sea esto y vamos a tener un problema? Amparo, que nos va a tocar pagarlo.

—Esto es plomo, esto no se hunde. Ya podemos saltar, ya —explicó Amparo emocionada, sin dejar de brincar—. Y si hay que pagar, se paga.

Andrea reprimió la risa y se asomó a mirar a su amiga.

—Bueno, va, sigue contando —pidió Celia.

Andrea cogió su teléfono de la mesita de noche para consultar la hora y se lo metió bajo la sábana con ella para acercárselo a la vista. De repente se incorporó y la sábana que la cubría cayó por sí sola.

—Es Tomás.

Las tres saltarinas se detuvieron entonces y la miraron sin decir nada.

—¿Qué dice? —preguntaron.

Andrea leyó en voz alta:

Buenos días, mis ángeles de primavera:

¿Qué os parecería si os digo que salís para Bali mañana? Por si no os acordáis: Bali está en Indonesia, la isla que os gustaba, la del volcán. Para que veáis lo que os quiero, que cada vez os mando más lejos, je, je. Bueno, no os estreséis, que no os vais mañana nada más levantaros.

En realidad, sería pasado mañana, porque el avión sale a las doce y cuarto de la noche. Ha habido una oferta de ultimísima hora y os he metido dentro. Vais a flipar con Bali. La gente que ha ido alucina. Hay buena cerveza, las chicas son guapísimas y hay una marcha del copón…

Bueno, que os va a encantar. Así que creo que ya lo lleváis bien en Bangkok, no os quejaréis.

Se fueron pasando el teléfono de Andrea y, a medida que iban leyendo el mensaje, se tumbaban en la cama junto a ella e imitaban su gesto melancólico, mirando al techo.

—Bali —dijo María.

Las demás no se atrevieron a decir nada. Miraron a Andrea. Querían estudiar su reacción.

Y aunque por dentro la pobre todavía luchaba por encajar el golpe, por fuera extendió los brazos y abrazó a las otras.

—¡Que nos vamos a Indonesia! ¡Que nos vamos tan lejos que casi nos salimos de Asia y todo! Eso ha dicho, ¿no?

Las demás asintieron, no muy convencidas.

Andrea fue la que se puso en pie esta vez y saltó sobre la cama.

Celia y María la imitaron. Amparo se quejó porque tampoco merecía la pena que la rompieran y tuvieran que pagar una nueva.

Cuando a María le dio un calambre y cayó sobre el colchón, sus amigas salieron disparadas a buscar su pomada.

—¿Quieres que nos quedemos o algo? —preguntó Amparo a Andrea, cuando estuvieron las dos solas aseándose en el baño.

Andrea no se atrevió a mirarla y siguió aplicándose la crema junto al espejo.

—¿Quedarnos? ¿Por qué?

Intentaba que no se le notara la voz quebrada. No quería que sus amigas retrasaran nada por ella, y tampoco había nada por lo que quedarse.

—Pues por Rodolfo, por lo del beso. No te he oído yo darte muchos besos en el tiempo que nos conocemos.

—Porque no los voy contando por ahí, que soy una señora, pero anda que no me he besado con gente —mintió Andrea.

Amparo sabía perfectamente que lo que decía no era verdad.

—Bueno, tú ya sabes que lo de Tomás es una idea, pero que nosotras podemos hacer lo que queramos. Aquí no se está tan mal y nos hemos dejado por ver mil cosas…

—Mejor lo de ir a una isla con un volcán —interrumpió Andrea.

Sonó el teléfono entonces y Andrea tragó saliva. No se atrevía a mirar.

—Es Rodolfo —dijo Amparo apesadumbrada, mostrándole la pantalla.

Andrea negó con la cabeza.

—Díselo tú —susurró a su amiga—. Yo no me atrevo.

Amparo asintió, descolgó el auricular y salió del aseo.

—Hola, Rodolfo —dijo—. No, está en el baño, arreglándose… Sí, muy presumida, ya… Pues nos acaba de llamar el chico que nos lleva lo de los billetes… Sí, el jardinero, ese mismo… Nos vamos mañana, sí… Bali… Sí… Muy contentas… De acuerdo… Vale, muy bien, me parece perfecto… Adiós.

Andrea tenía la oreja pegada a la puerta y se apartó cuando su amiga volvió a entrar en el baño.

—Ya lo sabe —dijo—. Se ha quedado chafado. Quisiera venir esta tarde, a despedirse.

—Que no venga —interrumpió Andrea—, ¿para qué?

—Pues va a venir. Está prendado de ti, parece mentira que no te hayas dado cuenta a estas alturas, después de la cita y el beso. Andrea, no te machaques. No todo tiene por qué acabar aquí.

—Me machacaría menos si no me dierais tanto la tabarra —saltó Andrea enfadada—.

Si no me voy yo dentro de dos días, él se irá dentro de cinco y seré yo la que me quede sola, viendo como se marcha, como vuelve a su casa de Miami con sus cochazos y sus barcos o lo que sea. Nos vamos nosotras antes y listo.

Amparo hubiera pagado cualquier cosa por saber qué era lo que su amiga necesitaba que le dijera, pero no tenía ni la más remota idea.

—Te espero afuera —se limitó a decir. Y cerró la puerta tras ella.

Pasaron un día espléndido callejeando por los sitios que más les habían llamado la atención.

Volvieron a visitar a los monjes y a saludar al tipo que vendía insectos cocidos, pero, incluso en los rincones en los que no había estado Rodolfo, podían sentir su esencia como si él fuera la mismísima ciudad.

Cuando se encontraron con él por la tarde, brindaron en un barecito de Khao San Road. Celia, Amparo y María decidieron volver antes al hotel para ultimar su ida. Andrea prometió reunirse con ellas más tarde.

—¡Buenas noches! —chilló Celia en cuanto se cuadraron frente a la chica de recepción—. ¡Nosotras mañana ya no estamos!

Para decir lo anterior, se señaló a ella misma y a sus amigas, extendió el índice y señaló al techo, y después extendió los brazos como si fuera a volar.

La recepcionista las miró sin saber exactamente qué querían. Se metió en el cuartito que se abría detrás del mostrador y salió con toallas limpias que tendió a las mujeres.

—Esto no es, pero te las voy a coger —dijo Amparo, agarrándolas de un zarpazo—. Canalla, que sí que había toallas para reponer. Y nosotras padeciendo.

—A ver, no hace falta que chilléis, que no sabe español no porque no lo oiga, sino porque no lo ha estudiado —explicó Amparo—. Lo intento: ¡nosotras!, ¡mañana!, ¡adiós!

Volvió a señalarse a ella misma y a sus amigas, señaló la puerta de la calle y dijo adiós con la mano, saludó inclinando la cabeza e hizo como que se iba por la puerta.

La chica pareció entenderlo entonces. Dijo algo en su idioma y llamó a alguien. De detrás de las cortinillas del cuartito salieron dos hombres más y, acercándose a ellas, dieron palmas e inclinaron la cabeza.

Amparo, con las toallas bajo el brazo, estaba cada vez más confusa. De repente apareció gente por todas partes. Entraron desde la calle y se llamaron los unos a los otros en las habitaciones.

—¿Qué les pasa? —preguntó Celia, mientras observaba que hacían un círculo a su alrededor. La recepcionista, que se acercaba hacia ellas con una guitarra, develó el misterio:

—¡Artistas! ¡Artistas!

Las tres se miraron entonces. ¡Querían que tocaran, cantaran y bailaran!

Se miraron con los ojos como platos y se fueron pasando la guitarra de una a otra, sin saber qué pensar.

Amparo la dejó pasar poniendo de excusa las toallas que sostenía.

Ninguna de ellas había tocado la guitarra en su vida.

Cuando vieron a Andrea irrumpir entre la multitud, sus amigas se la arrojaron y acabó cogiéndola al vuelo.

—Dinos que sabes tocar la guitarra —suplicó Amparo.

—Sé tocar la guitarra —repitió Andrea.

Amparo comenzó a aplaudir, pero, al leer la cara de Andrea, preguntó de nuevo.

—¿Sabes en serio?

—¿Yo? No sé ni cómo cogerla.

—Pues, como somos unas artistas, esta gente quiere el show —dijo Amparo, que ya había hecho un gurruño con las toallas. Alguien empujó suavemente a

Andrea hacia el centro del grupo y la mujer miró a las demás y dijo como si lo hubiera hecho toda la vida:

— Amigos para siempre , de Gypsy Kings, que la tenemos fresquita.

Andrea puso el pie sobre una silla y sostuvo la guitarra del revés al modo de un tambor. Se aclaró la voz y comenzó a cantar:

Yo no necesito conversar

porque adivino que ya sabes cómo soy,

tú me has conocido siempre.

Tú, cuando me miras, puedes ver

dentro de mí lo que ni yo puedo entender,

yo te he conocido siempre.

Más de cincuenta personas entre locales y turistas se detuvieron a ver el número de las artistas españolas. Uno de ellos, en traje de lino y mascarilla, sonreía desde la última fila de cabezas.

No se quedó hasta el final. Aquella canción le dolía tanto como si fuera para él. Se iba con el corazón roto.

El día siguiente fue tranquilo y las cuatro mujeres apenas se dijeron nada. Dejaban la ciudad con el convencimiento de que no regresarían, pero tampoco les importaba. Las cosas importantes, las aprendidas, se las llevaban con ellas.

A las ocho de la tarde, cuando ultimaban las maletas para salir hacia el aeropuerto, escucharon el inconfundible ruido del coche de Rodolfo.

Andrea iluminó la mirada y dejó lo que estaba haciendo.

Bajó los escalones de dos en dos, seguida de cerca por sus tres amigas, que no querían perderse detalle del que anticipaban como el encuentro del siglo.

Andrea, descalza y emocionada, abrió la puerta del coche y lo buscó adentro, pero no estaba.

En su lugar, el conductor le tendió una nota.

Os prometo que he intentado ir, pero no he podido. He sido débil al final y seguro que mientras leéis esto me estaré arrepintiendo, pero mejor así.

Os mando a Curro para que os lleve al aeropuerto cuando lo necesitéis. Tiene permiso para aparcar y ayudaros en las gestiones que os sean precisas a la hora de facturar. Pedidle lo que queráis.

Ha sido un placer, no os podéis hacer ni idea.

Andrea, siento que este no fuera ni el otro tiempo ni el otro lugar que tú esperabas, pero para mí los has hecho perfectos.

Las cuatro se miraron sin saber qué decir.

Andrea no podía despegar los ojos de las líneas manuscritas. Sin decir nada a sus amigas, se dio media vuelta y subió a la habitación. Tenía que calzarse y continuar con la maleta. Lloraba.