LA CITA
No vieron a Rodolfo hasta tres días después. Había estado ocupado con asuntos de negocios que no podían demorarse; pero las llamaba todos los días, proponía paseos y les recomendaba los mejores lugares desde los que contemplar la ciudad.
Se preocupaba por ellas.
Las cuatro amigas admiraban que continuara tan activo en sus empresas. No les había desvelado su edad, pero atando años y confidencias, debía de pasar de los setenta y cinco.
Tenían ganas de ver a su amigo y se prepararon impacientes para encontrarse con él. Habían planeado dar un paseo en ferry por el río e ir a cenar a un restaurante giratorio desde el que, según Rodolfo, tendrían vistas inmejorables de la metrópoli.
Debían encontrarse en el embarcadero.
El río Chao Phraya vertebra Bangkok y mide más de trescientos metros de anchura.
Es una parte más de la ciudad. Cada metro de orilla es un espectáculo en el que se alternan estaciones de ferris y taxis acuáticos, templos monumentales, casas ancladas al fondo con pilotes de madera, rascacielos y niños bañándose mientras sus padres pescan.
Las aguas son marrones y rojizas al paso por la urbe y el humo de las innumerables embarcaciones de poca monta que lo surcan colabora a que no sea muy apetecible para el baño.
Se recibieron con un abrazo y besos sonoros en las mejillas.
—¿Preparadas para explorar Bangkok? —preguntó Rodolfo—. Estoy seguro de que a estas alturas os la conocéis mejor que yo.
María soltó una risotada. No podía negar que lo habían pasado bien.
Compraron los billetes y subieron a la embarcación.
Se pusieron al día de lo que habían visitado, pero pronto estaban concentradas en los márgenes fluviales.
La ciudad, que ya les parecía familiar, les mostraba una nueva perspectiva, recordándoles que todo tiene mil capas bajo las que se ocultan mil más.
Observaban las ramas caídas entre las aguas y el espectáculo de templos, rascacielos y chabolas que se erguían torcidas en el propio río.
Sentían como si conocieran a Rodolfo de toda la vida.
De repente sonó el teléfono del hombre y, tras disculparse, se alejó de la cubierta para hablar tranquilo.
—Cómo te mira, Andrea —apuntó Amparo—. Lo tienes coladito por ti.
—Pues que mire, pero nada más —contestó Andrea tajante con la vista puesta en las aguas.
—Cómo eres, mujer. Se le ve todo un señor —dijo Celia—. Me recuerda mucho a Manuel.
Andrea suspiró y se volvió hacia sus amigas fastidiada.
—No he venido a este viaje a echarme un ligue. No soy de ligues. ¿Me habéis conocido alguno? Y menos ahora. Yo no estoy para tonterías.
—Estés o no estés…, ¿a ti te gusta? —preguntó Amparo, mirándola directamente a los ojos.
—No tiene dientes —contestó Andrea.
—Ni él ni el noventa y cinco por ciento de los hombres que conocemos —apuntó María.
Andrea no se encontraba cómoda con la conversación y se dispuso a marcharse cuando Celia la cogió del brazo y dijo:
—Este viaje no es acerca de echarse ligues, ya lo has dicho, pero es acerca de sentir y de hacer lo que realmente queramos.
Es acerca de pasarlo bien, de demostrar que no somos ancianas.
Hemos venido hasta aquí impulsadas por esa idea.
No nos digas tú ahora para lo que estamos o no estamos hechas, porque estamos hechas para todo.
Andrea tragó saliva. Nunca hubiera esperado que Celia, que se había ido apagando tras la sombra de Manuel, le hablara de esa manera y, junto a la punzada de hastío que le produjeron sus palabras, sintió algo más profundo que la clavó en el sitio: orgullo.
Aunque por un segundo pensó en arrojarlas por la borda con tal de apartar las miradas reprobatorias que estaba recibiendo, sabía que tenían razón.
—Me gusta —confesó—. ¿Cómo no iba a gustarme? Es el hombre más interesante que he conocido en toda mi vida, pero…
Amparo se acercó a su amiga y le arregló el nudo del fular.
—Nosotras nos vamos a casa, Andrea —dijo, mientras se lo anudaba elegantemente—. María vuelve a necesitar un baño cerca.
—¿Yo? —preguntó María incrédula.
—Sí, tú, y más te vale fingirlo para que nos crea, porque Andrea tiene una cita en el restaurante giratorio con un amigo de Julio Iglesias.
Andrea negó. No podía creer que fueran a hacerle esa encerrona. Sintió que le temblaban las piernas y el corazón le latía con fuerza. ¡Ni pensarlo! Pero, cuando fue a abrir la boca, de ella solo salió un «gracias» que la pilló totalmente desprevenida.
Celia, Amparo y María comenzaron a chillar y saltar alrededor de ella. Andrea se contagió de su entusiasmo. Las cuatro bailaron como quinceañeras y, cuando Rodolfo volvió hacia ellas, María comenzó a frotarse la tripa y a decir que se encontraba fatal.
Todos se apearon en la próxima parada del ferry ante la mirada preocupada de Rodolfo, y Celia, María y Amparo tomaron un taxi para volver al hotel, aunque Amparo se empeñara en susurrar que María no estaba tan mal, que en tuk tuk ya se apañaban, que era más barato.
Para que Rodolfo se tragara la treta, era o taxi o nada.
Andrea y Rodolfo las vieron marchar y se quedaron solos.
Caminaron un par de calles y Andrea lo hizo con ambas manos agarradas a su bolso. Apretaba el tirante nerviosa, estremeciéndose cada vez que su brazo desnudo se rozaba con el de su acompañante. No había sentido aquella electricidad en años. Cerró los ojos y se culpó por ello.
«No, Andrea, no te compliques», se decía.
Andrea vestía con un top fucsia con lentejuelas plateadas y una falda del mismo color. Lo miraba de reojo y, cada vez que lo hacía, lo pillaba mirándola, con los ojos marrones y profundos por encima de la máscara.
—Pobre María —se lamentó Rodolfo.
—Sí, pobre —fingió Andrea.
Subieron hasta la última planta de un edificio que les pareció impresionante y moderno y, cuando por fin entraron al restaurante, se toparon con las vistas más espectaculares de la ciudad que hubieran podido imaginar.
Se sentaron en una mesa privilegiada junto a uno de los ventanales y, al mirar al exterior, Andrea se sintió flotar sobre la gran metrópolis.
Bajo ella estaban toda la vida, los pasos, las palabras, el amor y el odio, la actividad y el letargo.
Se sentía la reina de un verdadero cuento de hadas.
—Háblame de ti —pidió Andrea, para apartar las mariposas del estómago—, pero no de tus barcos y de América. Háblame de lo que no nos has contado.
—Bueno —dijo Rodolfo—. No os he ocultado nada deliberadamente…, pero entiéndeme. Es dificilísimo para un hombre sin dientes seducir a una dama. Tenía que echar mano de lo divertido y dejar aparte lo banal.
Andrea sonrió.
—Imaginemos que ya me has seducido. ¿Qué es lo banal?
La camarera se acercó en ese preciso instante a preguntarles lo que querían tomar y Andrea dio un respingo. Toda la seguridad que aparentaba no era más que una fachada. En realidad, estaba nerviosa como un flan.
—Pídeme una limonada, pero embotellada —dijo ella—. Creo que es algo así como «solo un limón».
Él sonrió, cumplió sus órdenes y se pidió un coctel.
Cuando la camarera se marchó, Rodolfo se vio en la tesitura de contestar.
—A ver. Me he casado dos veces. La primera acabó pronto, fue una de esas locuras de juventud que se cometen cuando uno no entiende realmente de qué va lo de quererse para toda la vida; la segunda duró unos seis años, y terminó en divorcio también.
—¿Tienes hijos? —preguntó Andrea.
—No sabría qué decirte. Sí.
Andrea lo miraba extrañada.
—¿Vas dejando hijos por ahí? —preguntó, entre divertida y molesta.
Rodolfo se echó a reír.
—Todo lo contrario… Creo que no me he expresado bien… —se disculpó el hombre.
Andrea seguía observándolo con el ceño fruncido.
—Tengo un único hijo con mi segunda esposa.
Un chico bellísimo. Se llama Ángel. Ya es todo un hombre.
Cuando el nene tenía cinco meses, contrajo una infección extrañísima que, afortunadamente, se fue como vino; pero, al hacernos pruebas y test médicos, se…
se destapó… que mi grupo sanguíneo y el de Ángel eran…
incompatibles. Ángel no es mi hijo biológico, pero no podría quererlo más si lo fuera.
Esa fue la razón por la que su madre y yo nos divorciamos.
Andrea relajó el gesto y dedicó a Rodolfo una sonrisa. El hombre siguió hablando.
—Y sí, Ángel es mi hijo. Si es que hasta juraría que se me parece.
Nunca quise desligarme de él, aunque mi ex volviera a rehacer su vida.
Lo adoro y me adora. Al principio lo hice porque consideré injusto dejarlo sin padre…
, pero no tardé en darme cuenta de que era yo el que no podía quedarme sin él.
Andrea sonrió por la naturalidad con la que contaba aquella historia.
—Andrea, te miro y no entiendo por qué de repente me apetece contártelo todo. Cuando alguien me pregunta si tengo hijos, contesto que sí y punto. Cuando me lo preguntas tú, mi alma sencillamente se desnuda.
—Eres un buen hombre —dijo ella.
—A mi parecer, no fue ni culpa mía ni del niño.
No tenemos nada de lo que avergonzarnos.
No hicimos nada mal. Y mi ex, bueno, hace de esto mil años.
Nuestro matrimonio tenía problemas. No quisiera que te llevaras una mala impresión de Macarena, es muy buena madre; y las cosas, bueno, siempre pasan por algo.
Andrea sintió que se le ponía la piel de gallina de la emoción. Rodolfo no había dicho ni una mala palabra de su exesposa, y eso lo hacía crecer ante sus ojos y en su corazón. Le tocó el turno de hablar a ella.
—Yo tengo cuatro hijos. Me divorcié de mi marido cuando los niños eran muy pequeños. Bueno, a decir verdad, fue él el que se divorció de mí.
Andrea se sorprendió al decir aquello. Nunca antes lo había admitido. Ella intentó por todos los medios que su marido volviera y no lo hizo. En lugar de eso, Raimundo se dedicó a hacerle la vida imposible.
Sonrió. Ella no había hecho nada malo. No debía avergonzarse tampoco. Ella jugó con sus cartas y perdió, eso era todo.
Rodolfo levantó la copa y brindó:
—Por aquellos que nos lo pusieron fácil para que nos encontráramos en Bangkok en este viaje.
Andrea tomó la copa y la sintió temblar bajo sus dedos. Estaba sumamente nerviosa. Se disculpó entonces:
—Rodolfo, yo no puedo comprometerme a nada.
Pero Rodolfo aguantó la mirada y siguió con la copa levantada. Ella se repuso y brindó con él.
Charlaron y, cuando llegó la comida, Andrea ya estaba totalmente relajada. Disfrutaba de la velada y de la compañía. Sentía mariposas en el estómago y, cuando Rodolfo la sacó a bailar en la pista, con la ciudad a sus pies, ella accedió.
Lo primero que bailaron fue un bolero. Cuando él le dijo que nunca olvidaría aquella canción, ella se acurrucó hacia él y se dejó abrazar. Bailaba divinamente, era un hombre seguro, lo que siempre había buscado. ¿Por qué tenía que aparecer en la otra parte del mundo?
Andrea sacudió aquellos pensamientos de su mente y se dejó llevar por las notas y las melodías.
Había buscado esa sensación tantas veces, en tantos bailes, que le resultaba irónico haberla hallado al fin en Bangkok.
Quería atesorar ese momento para siempre, recordarlo y retenerlo, pero sabía que le resultaría imposible, que se le escaparía y lo añoraría, así que se entregó a él mientras pudiera.
Después de ese bolero, sonó otro. Y otro más.
Bailaron hasta que no quedó nadie. Bailaron sin música cuando las luces se encendieron a la hora de cerrar, pero aun así siguieron abrazados en la pista, sin hacer nada más, sin moverse.
Él le dio un beso en la frente y ella abrió los ojos entonces.
—Nos echan —dijo él, con ternura.
Andrea rio de repente.
—No nos echan, nos vamos.
Rodolfo la cogió de la mano y ambos salieron de la pista.
Se dirigieron a su mesa y ella recogió el bolso, él la chaqueta.
Antes de salir, Andrea miró la pista de nuevo.
Con las luces encendidas y los camareros que se afanaban limpiando el suelo, no se parecía al mágico lugar en el que habían bailado.
Lo que acababan de vivir se había convertido en un recuerdo inalcanzable.
La mujer suspiró.
—¿Estás bien? —le preguntó Rodolfo.
Y ella asintió. No quería que la noche acabara.
El coche de Rodolfo los esperaba abajo y circularon hasta un parque gigantesco. Después se bajaron para dar un paseo. Iban cogidos de la mano.
—¿Hasta cuándo te quedas? —le preguntó ella.
—En tres días tengo la operación. En cuanto me recupere, podré hacer lo que quiera. Así es como he decidido que sea a partir de ahora.
—Vas a estar muy guapo —dijo ella.
—Eso espero, de verdad —admitió—. ¿Y vosotras?
Había estado evitando hacer esa pregunta, pero también quería saberlo.
Andrea se encogió de hombros.
—Supongo que en breve. Tomás, el chico del que te hablamos, estará a punto de comunicarse con nosotras, dijo que nos diría nuestro próximo destino en breve.
—No hemos tenido mucho tiempo para estar juntos —se lamentó él.
Andrea sonrió.
—Siento que hayas tenido que trabajar tanto, la verdad.
Y mirándola a los ojos, buscando la manera de explicarle lo que venía a continuación, le dijo:
—Debo confesarte que no he estado tan ocupado. Lo siento. Andrea se separó de él, frunció el ceño y lo miró sorprendida.
—¿Nos has mentido? —preguntó herida—. ¿Nos evitabas? Rodolfo cerró los ojos y asintió.
—Es difícil estar con una mujer tan increíble como tú con esta pinta, ya sabes…
—¿Los dientes? —preguntó Andrea sorprendida—. Y yo que pensaba que eras un tipo tan seguro de ti mismo que no te importaba. Se me acaba de caer un mito.
Rodolfo rio tímidamente.
—Era un tipo muy seguro de mí mismo hasta que te encontré. Y ahora me arrepiento de cada segundo que hemos estado separados.
Comenzaba a refrescar y él le puso su chaqueta de lino por encima de los hombros. Andrea se ruborizó. Le temblaban las manos.
—Olvidé traer mi fular —balbuceó nerviosa—. Debo de haberlo olvidado en el asiento del restaurante. Soy un desastre.
Pero Rodolfo se acercó a ella.
—Me alegro de que así haya pasado. Así tengo la excusa de pasarte el brazo por el hombro.
Se miraron a los ojos y, cuando lograron despegarlos, no supieron cuánto tiempo había pasado. La luna llena coronaba el paisaje frente a ellos. Tal vez fuera buena idea intentar alcanzarla.