MASAJE Y TEMPLO #2
—No quiero que estés seria nunca conmigo, Andrea.
Ella apartó la mirada y la llevó a los cubos. Intentó leer lo que ponía en cada una de las etiquetas de los productos que contenía.
—¿Necesitas conocerme más? —le preguntó él.
Y Andrea meneó la cabeza.
—No es el momento —dijo.
—¿Cuándo será? —preguntó él.
Y ella negó. Mil pensamientos bailaron en su cabeza y otros, contrarios, azotaron su estómago.
—¡Llegamos! —dijo él.
Andrea miró hacia delante. Sus amigas los esperaban haciendo aspavientos y saludándolos con las pamelas. Andrea quería que la tierra se la tragara.
El recinto del templo Wat Ratchabophit era maravilloso, pero, cuando entraron, todavía no entendían por qué iban cargadas con cubos y frutas.
Ningún otro visitante no local cargaba con ninguna cosa.
No les parecía apropiado entrar con un cubo de plástico y rollos de papel higiénico a un lugar tan sagrado como aquel.
El templo, cuya entrada es gratuita, es un lugar tranquilo y poco frecuentado por los turistas a pesar de aparecer en todas las guías.
Su diseño es excepcional, con muros decorados con losetas pintadas.
Los marcos de las puertas y las ventanas con las que se cruzaron están revestidos de oro y espejos.
Al sur del templo se encuentra la zona de residencia de los monjes y los trabajadores del templo y da acceso al cementerio real, con treinta y tres monumentos de diferentes estilos dedicados a numerosos miembros de la familia real tailandesa.
En el jardín, muy bien cuidado y repleto de flores, bonsáis y vegetación autóctona, se respiraba una especial tranquilidad.
Los monjes realizaban sus tareas en el recinto y las saludaban al pasar.
Rodolfo pidió a las señoras que lo siguieran y estas obedecieron.
Llegaron entonces a una zona apartada en la que las construcciones eran bajas y mucho más modestas.
Junto a las fachadas vieron sillas de plástico blancas y un ventilador.
Tres monjes jóvenes se pusieron en pie para recibirlos y los saludaron.
Rodolfo descansó la carga a sus pies y las mujeres lo imitaron.
Los monjes volvieron a saludarlos y les dieron su bendición.
—Los monjes budistas viven de ofrendas y limosnas —explicó Rodolfo—. Lo que les hemos traído es un kit de ofrendas, y ya habéis visto que contiene un poco de todo, desde salsa de tomate a los básicos productos de higiene personal.
—¿Y la fruta? —preguntó Celia.
—Pues, como os he dicho, viven de ofrendas y comen de ofrendas.
Lo malo es que lo que la gente suele ofrecerles son o dulces o comidas con mucha carga calórica y pocos nutrientes, de ahí que muchos de los monjes que veáis estén gorditos, aunque practiquen una vida austera.
Si a esa mala alimentación se unen los hábitos de meditación, con muchas horas sentados y poco ejercicio, es una bomba de relojería.
De hecho, el gobierno está impulsando campañas para que las ofrendas a los monjes consistan en frutas y en verduras.
Las mujeres miraron a Rodolfo y después se volvieron hacia los monjes. Se sentían orgullosas por su buena acción y pasaron el resto de la mañana paseando entre los jardines y admirando los bonsáis.
Después, entraron al templo propiamente dicho.
Consiste en una sala rectangular con columnas que se pierden en la bóveda dorada del techo.
Lámparas de cristal cuelgan de él. Hay una batería de ventiladores por delante de una de las paredes finamente decoradas y el suelo está cubierto por una alfombra roja y dorada.
La figura del Buda está situada sobre un altar central, rodeada de ofrendas y candelabros.
En cuanto lo vieron, se sintieron impulsadas a sentarse y orar.
Celia cerró los ojos y se dejó envolver por los olores a flores e incienso.
Pensó en Manuel. Apretó los ojos y tuvo la extraña sensación de que estaba con ella.
Sonrió. A medida que era más ella misma, se sentía más conectada con él.
María pensó en sus gatos, Amparo en su nieto y Andrea en la vida y en los momentos que pasan para no volver.
Rodolfo, detrás de ellas, las observaba en silencio.
Recordaba las primeras veces que se había sentado frente a Buda e imaginaba el torrente de sensaciones que las embargaba.
No quería interferir. Andrea se volvió de repente hacia él.
Sabía que estaría mirándola y sonrió al comprobar que no se había equivocado.
—¿Cómo se medita, lo sabes? —preguntó Andrea.
El hombre se acercó a ella para no tener que alzar la voz.
—Hay que dejar la mente en blanco —susurró—, observar cada pensamiento y dejarlo ir.
Celia, Amparo y María también se habían vuelto a escuchar la explicación.
—Yo no estaba pensando en nada, miraba la estatua —dijo María.
—Pues eso mismo es —convino el hombre—. Estabas meditando.
—¿Cómo lo sabes? ¿Qué se siente? —preguntó Celia.
—Paz —explicó Rodolfo, sin pensarlo. María asintió—. Es como cuando se apagan todos los ruidos y solo estás tú. Iluminarse es como hallar la paz y la tranquilidad dentro de uno mismo.
—Qué miedo —dijo Andrea—. Eso es terrible.
Andrea no quería estar consigo misma. Quería rodearse de gente, de estímulos, de ciudades. Esa era su paz. Se puso en pie y se alejó hacia los jardines.
Sus amigas la miraron marchar y Rodolfo fue a levantarse para ir tras ella, pero lo detuvieron con una sonrisa tierna y volvieron su cara al Buda. Conocían a Andrea y sabían que había momentos en los que necesitaba estar sola.
El hombre la siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista y apretó los labios, muerto de ganas por seguirla.