Las reinas de Asia MASAJE Y TEMPLO
47%

MASAJE Y TEMPLO

Las cuatro amigas durmieron como troncos y despertaron pasado el mediodía.

Tenían los pies molidos, pero no podían evitar sonreír al recordar alguna escena de la noche anterior.

Les dolía la espalda. La cama estaba demasiado dura.

Para poder refrescarse los pies, se sentaban por turnos en el borde de la bañera y los colocaron bajo la escasa cascada que arrojaba el grifo mientras tarareaban algunas de las canciones del cabaret.

—Qué bien lo pasamos —dijo Amparo, mientras dejaba que el chorro de agua se deslizara entre sus dedos—. No nos dejó pagar ni una. Qué señor este Rodolfo.

Andrea asintió tímidamente. Sentía un hormigueo en el vientre. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien.

—Y qué manera de bailar —apuntó Amparo—. Os comíais la pista. Le debemos una invitación.

Andrea se sonrojó y apartó la mirada. Era raro que Amparo pensara en invitar a alguien. Era una mujer de gran corazón, pero raras veces lo demostraba con el monedero.

—Pues lo llamamos para mañana —sugirió Andrea—. Vemos qué piensan las otras y pasamos el día con él. Que se venga a ver monumentos y eso.

—Sí, que se venga. Y cuando vea nuestro hotel por dentro, se cae de espaldas —se quejó Amparo—. Dale al grifo, que nos quedamos sin agua.

Andrea giró la manilla y escuchó a las de la habitación contigua quejarse porque se había cortado el chorro, así que la manipuló de nuevo para dejarla como estaba.

—Yo estoy contentísima con nuestro hotel —dijo Andrea—. Anda que no estamos en buena zona.

—Eso sí. La zona es bonita. Hay mucha animación.

Después, Amparo abrió mucho los ojos. Había caído en que no tenían manera de localizar a su nuevo amigo.

—Y ¿cómo lo llamamos?

—Por teléfono —dijo Andrea, aguantándose la sonrisa.

Amparo abrió la boca, maravillada.

—¿Te dio su número? —preguntó.

Andrea asintió.

—Le gustas, lo tienes en el bote —dijo Amparo—. Lo sabes, ¿no?

Andrea se irguió entonces y se puso seria.

—Algo me imagino, pero ¿sabes qué te digo? Que, si está en el bote, que se salga, que yo solo quiero amistad y disfrutar de Asia con mis amigas.

Amparo miró a su amiga. Quiso decirle algo así como que había tiempo para todo, pero el gesto de Andrea le dio a entender que no estaba para sermones.

El resto del día lo pasaron recuperándose del día anterior. Aprovecharon para hablar con la familia, mandar alguna foto y tumbarse bajo el aire acondicionado. Celia y María estuvieron de acuerdo con llamar a Rodolfo, y lo hubieran propuesto ellas mismas si Amparo no se hubiera adelantado.

Al día siguiente, de buena mañana, el hombre las esperaba en recepción. Llevaba su máscara negra y un traje de lino un poco más claro que el que ya le conocían. El pañuelo de seda que colgaba de su cuello era excepcional, luminoso, y le daba ese toque sofisticado que suplía su falta de dientes.

—¡Mis chicas! —saludó, satisfecho, cuando las vio aparecer.

Ellas se alegraron muchísimo de verlo. Andrea, aunque disimulaba como podía, era la que más. Desde que lo habían conocido, no habían hecho más que pasar buenos momentos.

Tenían pensado callejear un poco, sin atosigarse. No era la primera vez que Rodolfo había visitado Bangkok y había prometido regalarles rincones especiales.

Aunque el hombre ofreció su vehículo, decidieron pasear o moverse con tuk tuk.

Querían pegarse a la piel las sensaciones de la ciudad más diferente que habían visto jamás.

Hacía un día de sol tranquilo y apacible y, al salir del primer templo que visitaron, sacaron del bolso las pamelas.

Andrea se lamentó, ya que la había dejado olvidada en el hotel.

Se hicieron divertidas fotos junto al tuk tuk y a los monjes que pasaban por su lado.

—Mirad esto —dijo Rodolfo, deteniéndose frente a un escaparate—. ¿Os habéis hecho algún masaje de estos?

Las mujeres miraron adentro. ¿Masaje? Ellas no entendían a lo que se refería.

En el interior se veían peceras independientes en las que nadaban centenares de peces diminutos.

¿No era acaso una piscifactoría? No había nadie dentro que les diera una pista de lo que se hacía allí, pero Rodolfo parecía tener la respuesta.

—Seguidme —les indicó.

Las cuatro se miraron divertidas. Amparo se encogió de hombros. No tenían ni idea de lo que les esperaba, como cada vez que se dejaban llevar por él. Se sintieron ilusionadas e intrigadas. No estaban acostumbradas a que las sorprendieran, y era una sensación sumamente agradable.

Vieron como Rodolfo hablaba con un empleado local, se quitaba los náuticos, se arremangaba los pantalones y metía los pies en una de esas piscinas. Después se sentó en un lateral.

Las mujeres se asomaron y vieron como cientos de aquellos pececillos acudieron a la parte sumergida de sus piernas.

—¡Cuidado! —chilló María, dando un salto hacia atrás.

—¿Muerden? —preguntó Amparo, arrugando la nariz.

Celia solo sacudía la cabeza y Andrea miraba incrédula.

—Son inofensivos —las tranquilizó Rodolfo, divertido—. Hacen cosquillas, es delicioso.

—¿Te pican? —insistió Amparo.

—No, se comen la piel muerta de mis pies. Viene muy bien, así que quitaos los zapatos, porque ahora os toca a vosotras.

Se miraron las unas a las otras entre curiosas y horrorizadas.

—Yo ni pensarlo —negó María.

Rodolfo, desde su sitio, se echó a reír al ver como Celia, Amparo y Andrea se descalzaban y hacían lo propio con la pobre María, que no sabía dónde esconderse.

—O metes los pies o te tiramos de cabeza, tú decides —amenazó Celia.

Unos minutos después, cada una de ellas trataba de sumergir los pies dentro del agua.

Por mucho que intentaron hacerse a la idea, para no reaccionar frente a las caricias o mordisquitos de aquellos peces, no podían evitar reír, o chillar, o levantar los pies de repente.

No dolía en absoluto, pero era tan sumamente curioso verlos acercarse, sobre todo a los más grandes, que ni cerrando los ojos podían acostumbrarse a la idea.

Rodolfo, satisfecho, las escuchaba chapotear, estremecerse y sacar los pies de manera abrupta cuando sentían el contacto eléctrico de los peces más grandes.

Tras quince minutos de masaje, hubieran permanecido así para siempre.

Les vino muy bien sumergir las piernas, disfrutar de las sensaciones y ser conscientes de que, poco a poco, iban quedándose sin miedos.

Habían caminado durante unos minutos bajo la sombra que arrojaban los árboles frondosos de una avenida cuando pasaron frente a una pequeña tienda local.

Colocados formando un castillo de naipes imposible, vieron al menos treinta cubos de plástico repletos de jabón, papel higiénico, pasta de dientes, un paquete de pan de molde, incienso y latas de comida.

Cada uno venía envuelto en papel de celofán.

—Esto sí que es raro —apuntó Amparo—. Los he visto por todos lados.

—¿No sabéis lo que es esto? —preguntó Rodolfo.

Las mujeres intentaron pensar de qué podría tratarse, pero no les venía nada a la mente.

—Pues cojamos uno cada uno —propuso el hombre—. Yo os explico.

Cuando Rodolfo se disponía a pagar por ellos, Andrea lo detuvo:

—Ahora estás en nuestras manos, ya sabes. Nosotras te invitamos. O eso o se rompe el trato.

Los dos se miraron a los ojos por un momento y ella bajó la mirada. Carraspeó y se metió en la tienda para pagar. Celia, Amparo y María no se decidían por qué cubo elegir.

Pasaron por una verdulería y Rodolfo aprovechó para comprar papayas, plátanos y dos melones grandes.

Las mujeres todavía no sabían qué era lo que pretendía hacer con todo eso.

—Y ahora a por un tuk tuk —dijo.

María, cargada con su cubo y su bolsa de papayas, se detuvo entonces.

—¿No vas a contarnos para qué es todo esto? —preguntó.

Rodolfo se volvió hacia ellas y las miró de una en una. Iban tan cargadas como él y lo observaban con atención. Hinchó el pecho, fue a decir algo y de su boca salió:

—¿Sorpresa?

Y las cuatro mujeres se echaron a reír.

Era imposible caber en un solo tuk tuk y, cuando detuvieron dos vehículos, Amparo se empeñó en regatear.

Rodolfo le dijo que iban al templo Wat Ratchabophit y le dio una idea de lo que podría costarles la carrera, pero ella hizo su magia y la consiguió más económica.

Resopló orgullosa. Sentía la adrenalina correr por sus venas cada vez que regateaba.

No había cosa que le gustara más en el mundo. Se sentía invencible, colosal.

Sin saber exactamente cómo sucedió, Amparo, Celia y María subieron a un vehículo y Rodolfo y Andrea al otro.

—Nos hemos quedado solos —dijo Rodolfo mirando a Andrea de reojo por encima de la máscara.

Andrea sonrió.

—Menuda casualidad —replicó, mirándolo fijamente—. ¿Seguro que no ha tenido que ver el hecho de que hayas metido con calzador a mis amigas en el tuk tuk sin que tuvieran ni tiempo de pestañear?

Rodolfo no podía apartar los ojos de los de ella.

—¿Tanto se me ha notado?

Andrea asintió divertida.

—Solo espero que las hayas mandado a algún lugar que exista de verdad y no hayas querido deshacerte de ellas mandándolas a mil kilómetros de distancia.

—¿Tan poco te fías de mí? —dijo Rodolfo intentando contener la risa.

—No te conozco —concluyó Andrea, con gesto firme.

Y Rodolfo se puso serio entonces.

Se dejaron transportar por el Bangkok que se mostraba frente a ellos. Cuando sus rodillas se rozaban, Andrea sentía un cosquilleo y apartaba la suya.

—Ya me conoces —dijo Rodolfo, mirando al frente—. Y yo te conozco a ti. Sé que eres alegre, que te preocupas por los demás, que bailas como los ángeles y que guardas tu dinero en un remiendo o algo así de tu ropa interior.

Andrea rio esta vez y se volvió hacia él, que la miraba divertido. ¡La había visto! No podía creer que la hubiera visto.

—No era la ropa interior, sino el pantalón —dijo ella, sin poder reprimir una carcajada.

—Vale, pues del pantalón —replicó Rodolfo—. ¿Qué más da? Te conozco, Andrea. Desde el momento en el que chillaste a tu amiga «¡María, corre, son retretes como los de casa, corre!».

Andrea volvió a reír.

—¿No voy a poder ponerme seria nunca contigo? —preguntó.