Las reinas de Asia RODOLFO Y BANGKOK
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RODOLFO Y BANGKOK

El día transcurrió apacible en la mejor compañía. Rodolfo era un hombre jovial y tremendamente atractivo. Se notaba que tenía estilo y mundo. Les contó de todo un poco: negocio, viajes y Miami, familia…, pero sin llegar a aburrirlas. Quería que las señoras se sintieran seguras con él.

Estaba reclinado en un sillón con las piernas cruzadas. El traje de lino estaba perfectamente planchado y las manos, abiertas, descansaban en el reposabrazos. Tenía los hombros anchos y las miraba a los ojos. En una de esas se sacudió una manga y vio la hora que marcaba su reloj.

—Señoras, ¿dejarán que las invite a cenar? —se ofreció.

La propuesta las pilló desprevenidas. No supieron qué decir.

—Yo no tengo mucha hambre —afirmó María.

Andrea la miró con ternura.

—Salimos a cenar, Rodolfo, pero te invitamos nosotras —dijo—. Creo que es lo justo. Te debemos una. Y tutéanos, anda.

Por debajo de la máscara negra de Rodolfo se adivinó una sonrisa.

—De acuerdo. Pero hoy estáis en mi terreno, así que corre de mi cuenta. Mañana me dejo hacer lo que queráis. ¿De acuerdo? Hago un par de llamadas y salimos.

Las mujeres se miraron las unas a las otras mientras el señor se ausentaba a llamar y rieron, encogiéndose de hombros.

A Rodolfo le bastó con levantar la mano para que acudiera un coche a recogerlas. Era plateado, de alta gama y siete plazas, y tenía aire acondicionado. El hombre se sentó junto al conductor y las mujeres se acomodaron detrás.

—¿Dónde, señor? —preguntó el chófer.

Y Rodolfo, volviéndose hacia las mujeres, dijo:

—Vamos al cabaret.

¿Cabaret?

Las cuatro amigas no pudieron ocultar su sorpresa y lanzaron un grito de felicidad. ¿Había cabaret en Bangkok?

El hombre encendió la radio y pulsó hasta dar con su cedé preferido: Julio Iglesias, uno de sus clásicos.

Por el amor de una mujer,

jugué con fuego sin saber

que era yo quien me quemaba.

Bebí en las fuentes del placer…

—¡Es Julio! —exclamó Celia—. A mi Manuel le encanta. ¡Qué hombre!

—Sí, es un fuera de serie —dijo Rodolfo.

—¿Lo conoces? —preguntó Andrea, acercándose al asiento de su anfitrión, encantada con la posibilidad de estar con alguien que conociera a Julio Iglesias.

—¡Por supuesto! —rio Rodolfo— ¿Quién creéis que me ha recomendado el lugar al que vamos?

Las mujeres chillaron y aplaudieron. Se sentían las reinas de la noche, las más afortunadas del mundo.

Mientras las motocicletas y el caos del tráfico, mudo por detrás de las ventanillas, jugaban a intentar colarse en el vehículo, ellas cantaron con alegría y pasión.

La música inundó sus mentes y Celia apretó los ojos para agarrarse al recuerdo de un Manuel que se acercaba a ella en la pista de baile el día de la boda de su hija.

La sonrisa de Celia se abrió y sintió rodar un par de lágrimas.

Hubiera dado su alma para que aquel momento durara para siempre.

Flotaban.

Flotaban entre el tráfico, flotaban sobre la ciudad, flotaban en el mundo, en el tiempo y en el espacio, tan solas pero tan acompañadas de sí mismas que se sentían en casa.

Era magia. Era Bangkok. Eran ellas.

Los minutos que pasaron fueron únicos. ¿Desde cuándo no cantaban así? Y la pregunta que más les rondaba era ¿y por qué?, ¿por qué no cantaban?

¿Qué se necesita para poner música alta y dejarse llevar?

Nada, no se necesita nada más que tener la música dentro, nada más.

¿Por qué no lo habían hecho, entonces? ¿Por qué tuvieron que esperar hasta llegar al otro lado del mundo, dejar que María se hartara a comer, conocer a Rodolfo y subir a su coche?

Cuando al fin llegaron a su destino, casi sintieron tener que abandonar el vehículo. Rodolfo y el conductor salieron los primeros y ayudaron a las mujeres a bajar.

La calle estaba concurrida y había cola para entrar en el cabaret.

Turistas y locales lucían sus mejores galas; pero, aun así, ellas, en bermudas y camiseta, bajando de la mano de Rodolfo, parecían auténticas estrellas de Hollywood.

Casi se hizo el silencio cuando las vieron aparecer, se preguntarían quiénes serían aquellas cuatro mujeres que se saltaban la cola y se dirigían a la entrada de las celebridades.

La voz de Julio Iglesias se disipaba lenta y plácida a medida que el chófer cerraba ventanillas y puertas y se ponía en marcha de nuevo:

A veces tú, a veces yo,

reñimos sin tener razón.

Sin más porqué,

sin más error

que por orgullo de los dos.

A veces sí, a veces no,

lo dices tú, lo digo yo.

Entraron al cabaret, que se asemejaba a un teatro clásico.

Uno de los botones las acompañó hasta el palco que Rodolfo había reservado.

Estaba elevado, en uno de los laterales del escenario, y tenían una vista privilegiada del resto del local.

Bajo ellas, se disponían mesas redondas en las que iban tomando asiento los que entraban.

El techo estaba abovedado y había marquesinas doradas y telones por todos lados.

—¿Quién actúa? —preguntó Amparo.

Rodolfo sonrió.

—Actúa Bangkok, en especial para las señoras más guapas de todo el país.

Las mujeres rieron y se sentaron alrededor de la mesa. Rodolfo se sentó junto a Andrea en un movimiento bien medido, pero que pasó desapercibido al resto. Ambos se sonrieron un instante. Y cuando el teatro se hubo llenado, el ambiente se oscureció.

Rodolfo pidió cuatro platos para compartir, unas bebidas para las señoras, arroz sin guarnición y agua mineral para María y hielo. Minutos después de que les sirvieran la cena, comenzó el espectáculo.

El foco apuntaba directamente al telón, que parecía tener vida propia. A medida que la música escalaba, y accionado por los aplausos de la audiencia, comenzó a abrirse. El foco se movía nervioso por el escenario. No se veía a nadie dentro.

Andrea y las demás levantaban el cuello desde su posición privilegiada, intentando ver si alguien se escondía entre bastidores.

—No hay nadie —susurró Amparo.

Y se escuchó una voz estridente que dijo entonces, en inglés, algo así como: «Ey chicas, ¿dónde estáis? ¡Que esto ha empezado!».

Y la música se volvió loca.

Descubrieron maravilladas que bailarinas ataviadas con sombreros de plumas y trajes ajustados salían de entre las mesas que ocupaba el público y se dirigían hacia el escenario siguiendo una coreografía que les hacía alzar brazos y piernas con una coordinación perfecta.

—¡Ahhh! —chilló María horrorizada cuando una de aquellas artistas la tocó por detrás y se descolgó por el palco.

Las demás rieron y Rodolfo aplaudió.

—Es muy guapa —dijo Andrea a su anfitrión—. No nos habrás traído a un estriptis, ¿verdad?

Rodolfo, que se había acercado a Andrea y la cogía del hombro para escuchar lo que tenía que decirle, soltó una sonora carcajada.

—Pero, bueno, ¿qué clase de persona te crees que soy? ¿Cómo voy a traer a cuatro rosas como vosotras a un antro?

Andrea lo miraba si saber qué pensar.

—¿No notas nada? —preguntó el hombre a Andrea.

—¿Qué voy a notar?

—Tú, observa.

Hicieron falta cinco números, en los que las mujeres aplaudieron entusiasmadas, hasta que se dieran cuenta de que todas las bailarinas y las cantantes eran hombres.

La primera en darse cuenta fue Amparo, con las gafas de cerca puestas, pero las demás le dijeron que no era posible. Cuando Rodolfo rio, se volvieron hacia él.

—¿Son hombres? ¡No puede ser! —chilló María.

Se pusieron en pie para poder comprobarlo y, para disimular, fingieron que seguían el baile, lo que desató la risa del resto.

Un par de números después, se hizo el silencio de nuevo y la presentadora salió al escenario. Cogió el micrófono y dijo algo en inglés que repitió en un español con acento marcado:

—Y ahora, dedicado a las cuatro aventureras de Asia: ¡la canción Amigos para siempre , de Gypsy Kings!

Rodolfo aplaudió divertido. Cuando el foco las alumbró de lleno, las cuatro mujeres se sintieron en una nube. ¡Una canción para ellas! Reían para ocultar la emoción. Aquello era demasiado. ¡Nunca les había pasado nada parecido!

Y a la pista salieron bailarinas ataviadas con extrañas faldas de flamenco que hicieron que no pudieran parar de reír. ¿Era aquello flamenco? De algún modo.

Cuando acabó el espectáculo estaban agotadas. Aplaudieron tanto que les picaban las manos. No hubieran querido que la noche acabara jamás.

—¿Quién dice que la noche acaba? —dijo Rodolfo, frunciendo el ceño.

Las mujeres rieron al tiempo que se encogían de hombros. Podían esperar cualquier cosa de su nuevo amigo.

Las mesas de la parte inferior se fueron apartando y en el escenario apareció un pinchadiscos con todo el equipo.

En la segunda parte de la noche tocaba bailar, y eso era algo que a Andrea se le daba genial.

Rodolfo era también un estupendo bailarín, así que sintieron la conexión de inmediato y se convirtieron en los auténticos reyes de la pista.

A Andrea le habían gustado desde siempre los bailes de salón.

Se había apuntado a todos los cursos. Como nunca había ido con pareja, igual hacía de mujer como de hombre, y Rodolfo parecía encantado con la lucha por dirigir que se llevaban los dos.

Las otras tres también bailaron. Hubo Rodolfo para todas y animadores que no les permitieron descansar ni un momento.

—¡Quieto ahí! —dijo Andrea, cuando Rodolfo intentó seguirla—. Quieto. Vamos a invitarte, lo quieras o no, así que espera y volvemos.

Se dirigió a la barra y pidió una bebida para su amigo.

—300 bahts —escribió el camarero en una hoja.

Pero, cuando Andrea miró su cartera, no llevaba tanto suelto.

No quería volver a la mesa y que Rodolfo la viera pedir dinero a sus amigas, así que pensó en su vecino el misionero y en el dinero que, por consejo del anciano, llevaba en la parte de detrás del forro del pantalón.

Debía sacar el dinero de ahí, pero ya tenía la bebida en la mano y no disponía de manos libres, así que hizo una señal a Celia, que en aquellos momentos era la que más cerca le pillaba.

—Ven —le ordenó mientras hacía señales con la mano.

Celia se dirigió hacia ella.

—¿Qué pasa?

—¿Llevas suelto para pagar esto?

—Sí —dijo Celia—. En la mesa con el bolso. Ahora vengo y…

—¡No! ¡Discreción! —susurró Andrea—. Si Rodolfo nos ve volver a la mesa, no va a dejar que lo invitemos. Llevo dinero, pero necesito que me ayudes a cogerlo.

Celia la miraba sin entender.

—Llevo un dobladillo en la parte de detrás del pantalón. Sácamelo.

Andrea, con la copa de Rodolfo en la mano, disimulaba mientras su amiga le subía el pantalón por detrás, lo giraba y daba con el dobladillo.

—No estires tanto —se quejaba Andrea—. Me vas a estrangular con las bragas.

—Hacen falta uñas largas. No puedo —se quejó Celia.

—Tienes que poder —insistió Andrea, poniéndose de puntillas.

—Espera, tengo una idea.

Andrea no perdía de vista a Rodolfo cuando notó la mano de Celia de nuevo por detrás de ella.

—Qué fría estás, Celia —se quejó.

—¿Qué quieres ahora? —le preguntó su amiga, plantándose enfrente de sus narices.

Si Celia estaba allí delante, ¿quién estaba detrás de ella hurgando en la parte interior de su pantalón con las manos congeladas?

Y cuando se volvió, una bailarina alta y despampanante le arrojó un beso y le tendió su dinero.

Andrea se estiró de repente y lo cogió.

—Gracias —dijo sumamente sorprendida.

Y por fin pudo pagar y darle la bebida a su amigo.

Las risas continuaron por un par de horas más al ritmo de la música y la fiesta. Cuando sentían que tenían que descansar, lo hacían por unos instantes, porque de repente sonaba alguna canción que conocían de siempre y no podían evitar bailarla cerca de los demás.

Estaba claro que a Rodolfo le gustaba Andrea.

No podía dejar de mirarla y contemplaba admirado cada uno de sus movimientos al bailar.

Ella solo se divertía con su nuevo amigo, sin más pretensiones.

Había esperado demasiado tiempo para ser ella misma y no quería depender de nadie.

Era su momento de descanso, sin hijos y sin nietos.

Se sentía pletórica y feliz.