LA ODISEA DE MARÍA
El sol pintaba el cielo de claridad sobre el bullicioso corazón de Chinatown.
El aroma de especias y el siseo constante de los woks salpicaban el aire, mientras las calles estrechas se abrían paso entre una maraña de cables eléctricos y carteles luminosos.
Andrea, Amparo y Celia reían cómplices. Tiraban de María, que estaba un poco más seria que de costumbre.
Amparo frunció el ceño y se volvió hacia su amiga. Al verla con la cara pálida y los labios temblorosos, se detuvo a su lado, preocupada.
—¿Estás bien? —preguntó.
María asintió débilmente.
—Solo me duele un pelín la barriga —murmuró, tratando de forjar una sonrisa.
Andrea y Celia la rodearon.
—¿Te duele mucho? —insistió esta última.
María negó.
Cuando revisaron la bolsa con la docena de dulces que había comprado, solo quedaban dos.
—Es la ansiedad. Me emociono y como —se defendió María—. Siento un vacío, no sé, un ansia, y antes de que pueda evitarlo ya me lo he llevado a la boca y estoy masticando. Después es tontería escupirlo.
—No te preocupes —replicó Andrea—. También estamos algo cansadas. Llegamos al hotel y descansamos un rato.
Salieron a la calle principal con la intención de buscar un medio de transporte para regresar a su hotel.
Amparo regateó de nuevo y consiguieron negociar el trayecto por cincuenta bahts.
¡Nuevo récord mundial! Estaban exultantes y con la moral por las nubes.
Sentían que habían ganado otro asalto. Amparo se sentía orgullosa, consciente de que no se estaba aprovechando de nadie.
Ningún conductor accedería nunca a llevarlas si no consideraba que el trato era justo.
Se apretaron en la parte trasera del tuk tuk y rieron de nuevo, pletóricas. Les gustaba circular entre el tráfico y sentir el viento en las mejillas. Cuando se fijaron de nuevo en María, que no había dicho nada desde que comenzaron la marcha, tenía la cara de un ligero tono verdoso.
—¿Vas bien? —preguntó Celia. Y María asintió sin decir nada.
Segundos después, sintieron una vibración intensa bajo el asiento.
—¿Qué le pasa a este trasto? —se quejó Andrea—. Eso venía del tubo de escape, ¿verdad?
—Si se rompe o algo así, que nos devuelvan el dinero —sentenció Amparo.
El conductor aprovechó un semáforo en rojo para asomarse a los bajos de las ruedas, pero parecía estar todo bien.
María miraba al frente. Tenía los ojos muy abiertos y apretaba los labios.
Reemprendieron la marcha y, unas calles después, volvió a escucharse un estruendo parecido.
—Se nos desmonta esto —dijo Celia mirando hacia atrás, a ver si echaba humo negro o reconocía algún otro signo de avería.
—Agarraos por si acaso —avisó Amparo.
María intentó decir algo. Sabía perfectamente de dónde provenían aquellos ruidos y que nada tenían que ver con el vehículo, pero, si se esforzaba en levantar la voz y empleaba algún músculo en otra cosa que no fuera apretar las nalgas, sucedería lo inevitable.
—Chist, chist —llamó a las otras.
Pero sus amigas estaban demasiado ocupadas disfrutando de la ciudad. Se agarraban las pamelas y reían, preguntándose dónde estaría la avería del tuk tuk.
—Chist —insistió.
Y Amparo fue la primera en mirarla y darse cuenta de que algo no iba bien. María sudaba, hecha un bloque.
—¿María?
Las demás prestaron atención también.
—¿María? ¿Has sido tú? —preguntó Andrea.
María no movía un dedo. No podía decir una palabra. La fuerza mental que estaba empleando en contenerse era sobrehumana.
—Son mis pedos —balbuceó, apenas moviendo los labios.
—No me digas más: te cagas —adivinó Andrea. María la miró de reojo.
—Guapa, escucha, pestañea una vez si es que sí y dos si es que no —ordenó Celia.
Pero antes de que hubiera terminado la frase, María ya había pestañeado.
—Se caga —sentenció Andrea, irguiéndose nerviosa.
Miraron a derecha e izquierda y vieron de repente un hotel enorme. Al menos quince mástiles con sus banderas ondeaban al aire, la española entre ellas. Estaba revestido en mármol pardo. Tenía amplios balcones y el personal que se movía junto a las puertas de acceso iba debidamente uniformado.
—No te preocupes —dijo Andrea—, vamos a parar.
Andrea hizo gestos al conductor para que las dejara en aquel hotel enorme con rampa para entrada privada de vehículos. Entraron tras el Porsche todoterreno y el Tesla descapotable.
Se fijaron en el trasiego de botones y chóferes que entraban y salían mientras ellas, que habían descendido del vehículo, ayudaban a María a hacer lo mismo. Era como cargar con una bomba que podría estallarte en la cara en cualquier momento. Cualquier movimiento brusco podría resultar fatal.
—¿Aquí? —preguntó María, alzando levemente la mirada. Las banderas de las naciones más fuertes del mundo se izaban so-bre ella.
—Esto es un hotel internacional, aquí tienen que darnos asilo para estas cosas. Somos europeas —dijo Andrea.
—Yo creo que eso solo pasa en las embajadas, ¿no? —apuntó Celia.
Las mujeres avanzaron rodeando a su amiga. María caminaba dando pasitos cortos. Iba tan erguida que la espalda era una prolongación de sus piernas.
—No puedo —dijo entre susurros, con ojos alarmados, apretando la mano de Amparo de tal manera que Amparo se retorció de dolor.
—Vamos a preguntar en recepción. Tú aguanta —ordenó Celia.
Y se acercó con Andrea al mostrador.
Una vez allí, las atendió un recepcionista local con cara de mayordomo de película británica.
—¿Español? —preguntó Celia, chillando.
El chico hizo un amago de sonrisa y les hizo una señal para que esperaran un segundo. Después se acercó a su compañero, le tocó el hombro y este se aproximó hacia las mujeres.
—Buenas tardes, señoras, ¿tienen reserva? —les preguntó.
—No, no tenemos —dijeron, intentando no perder mucho tiempo en explicaciones—. Verá, ¿ve a la señora de ahí detrás, la que está más tiesa que un capitán de tierra?
El recepcionista alzó la mirada y vio a María totalmente erguida y a Amparo aullando de dolor, a su lado, intentando soltarse de su mano.
El recepcionista asintió. Estaba confuso.
—Necesita un baño y ya.
—¿Son huéspedes del hotel? —preguntó el hombre.
—Somos europeas —respondió Celia.
—Lo siento, los baños son solo para huéspedes del hotel. Entiendan nuestra política. No podemos dejar entrar a todo el mundo que quiere usarlos. ¿Saben la cantidad de turistas que recibe esta ciudad al año?
—Pues entonces sí —dijo Andrea—, somos huéspedes. Denos una habitación, la más barata, por quince minutos. Por cinco minutos.
—Señora, no puedo hacer eso —se excusó el recepcionista—. Lo mínimo son trescientos euros una noche.
Las dos mujeres se miraron.
—Que se cague —dijo Celia a su amiga—. Total, no la conoce nadie y por aquí no vamos a pasar más.
Era una opción.
—Eso sí que no, señoras —dijo el chico, poniéndose muy serio—. Tendrán que pagar por cualquier desperfecto o molestia que ocasionen. Según el artículo de la reglamentación de la…
El chico seguía hablando y se les acababa el tiempo.
Andrea miraba a derecha e izquierda, buscando una solución.
Tenía que haberla. Tampoco le estaban pidiendo un helicóptero.
Y de repente los vio, en una de las paredes laterales.
Los símbolos eran claros. Ahí estaban las siluetas de hombre y mujer. Eran los baños.
Y con el tipo que continuaba hablando de no sé qué normativa acerca de seguridad y salud, Andrea se volvió hacia María, que estaba de pie en medio de aquel hall , y chilló, chilló como el entrenador de béisbol de película americana, que sabe que llegarás antes que la bola porque has estado toda tu vida preparándote para ese momento; chilló intentando transmitirle toda la confianza del mundo.
—¡María, a tu derecha, al final! ¡Son retretes, retretes como los de casa!
Los que cruzaban el vestíbulo, clientes y empleados, se volvieron hacia aquella mujer de pelo amarillo canario cortado a ras que chillaba en una lengua extraña.
Después volvieron la mirada hacia la señora gordita que estaba más quieta que una estatua y la vieron correr con las piernas rectas y el culo hacia delante mientras un recepcionista, cuyo paso había sido bloqueado por las dos mujeres que estaban junto al mostrador, daba instrucciones a diestro y siniestro.
Un regimiento de botones persiguieron a la gordita.
Eran rápidos, jóvenes, estaban entrenados para esas situaciones y luchaban por alcanzarla; pero María estaba determinada a llegar, debía conseguirlo.
La caza era desigual. Una contra quince.
Ganaban distancia. Los mozos sorteaban butacones y carros de equipaje con paso ágil, dispuestos a todo.
La tenían. Era imposible que María escapara de ellos…
hasta que un señor alto y esbelto salió de la nada y se interpuso entre la que huía por la vida y sus perseguidores.
Se trataba de un hombre de porte atlético.
Llevaba una mascarilla negra, que le hacía parecer un pirata que en lugar de un ojo hubiera perdido la boca entera.
Vestía un traje de lino claro y llevaba un pañuelo elegantemente anudado al cuello.
Tenía el pelo blanco, abundante y peinado a un lado.
Con un movimiento de mano hizo que los muchachos se detuvieran en seco, desconcertados.
Y María llegó a la meta.
Andrea, Amparo y Celia, ocupadas entorpeciendo la marcha de los que iban en su busca y captura, aplaudieron y gritaron de puro entusiasmo.
Del baño salió el sonido más terrible que pudieran escuchar jamás y las mujeres guardaron silencio y se cubrieron las caras.
Lo mejor sería esperar a María afuera y fingir que no la conocían de nada.
Salieron y se sentaron en un bordillo cuando el hombre atractivo de la mascarilla se acercó a ellas.
—Señoras —les dijo.
Ellas se pusieron en pie. Por su manera de arrastrar las eses, adivinaron que el motivo de la máscara era el de ocultar una mandíbula sin dientes.
—Muchísimas gracias, caballero —dijo Andrea—. Nuestra amiga estaba ciertamente en un apuro.
—Encantado de haberlas ayudado. Me llamo Rodolfo Segura —dijo el hombre—. Me alojo en este hotel. Estoy en la ciudad de paso mientras preparan mis implantes.
Las tres lo miraron sin comprender a lo que se refería. Así que el hombre se explicó.
—Bangkok tiene notoria fama por la profesionalidad de sus dentistas, y he decidido implantarme los dientes aquí. Estoy mellado.
Las mujeres entendieron entonces y sonrieron.
—Yo tengo un puente —dijo Celia.
—Yo soy Andrea, y estas son Amparo y Celia. Estamos de viaje, por placer, visitando la ciudad. María es la… que falta.
Y en esos momentos, María atravesó la puerta automática y salió. Parecía aliviada, pero no tenía muy buen color de cara y se tambaleaba levemente. Tuvieron que llamarla para que se volviera hacia ellas y, cuando la tocaron, comprobaron que estaba destemplada.
—¿Estás bien? —le preguntaron preocupadas.
—Menudos baños, nenas. Si pudierais entrar corriendo y probarlos, vale la pena. Tienen chorritos y…
—Que si estás bien. Estás pálida —insistió Amparo.
María meneó la cabeza.
—Muy bien no estoy. Yo no sé si esto va a volver o qué.
Rodolfo las miró a las cuatro.
—Señoras, déjenme que las invite a una copa en mi suite . Así descansan y ven si su amiga está preparada para emprender la marcha. Mi baño también tiene chorritos.
María miró a Rodolfo con cara agradecida.
En cuanto entraron de nuevo en el hotel, pasaron por delante de recepción y las amigas saludaron con la mano al recepcionista que les había leído todos los reglamentos habidos y por haber.
El muchacho les devolvió la sonrisa, aunque sus ojos parecieran fastidiados al ver que se habían salido con la suya.
En el ascensor señorial, revestido en maderas nobles y ornamentos de oro, María volvió a ponerse tiesa.
Cuando las puertas se abrieron en la planta de Rodolfo Segura, todos tuvieron que desalojar el ascensor apretándose la nariz, incluido el empleado que lo maniobraba.
María salió la última apretando el paso.
Entraron en la suite y casi no pudo fijarse en nada, directa al baño de nuevo.
—¿Qué os sirvo? —preguntó Rodolfo, mientras María cerraba la puerta del aseo tras de sí.
Las tres mujeres observaron encantadas la habitación.
Era como la de un palacio. Había muebles tallados con cenefas doradas y tapices con motivos orientales.
La cama se adivinaba tras unos biombos labrados a mano, y se sentaron en unos sillones que no pudieron evitar acariciar, por la calidad de su piel.
Andrea pidió un zumo y las otras dos un par de licores. El hombre se sirvió licor también.
Rodolfo Segura era de origen español. Su familia poseía una naviera en Vizcaya y, siendo él muy joven, montó otra en América, donde se mudó con su familia y se convirtió en un notable empresario.
La operación de sus dientes requería que estuviera dos semanas mellado para que las encías cicatrizaran después de las intervenciones, y decidió que mejor pasar ese tiempo alejado de conocidos, clientes y, sobre todo, prensa.
Aunque no era un habitual, solía aparecer en las revistas del corazón como uno de los solteros más reputados de Miami.
—¿Está casado? —preguntó Celia.
—No, no lo estoy. Lo estuve dos veces, pero de eso hace ya más de veinte años. ¿Ustedes?
—Aquí entre las cuatro abarcamos todos los estados civiles: soltera, casada, divorciada y viuda.
Escucharon a María decir algo así como «¡qué a gusto!», y no pudieron evitar reírse.
—¿Y qué las ha traído a Bangkok? —preguntó Rodolfo.
—La aventura —dijo Andrea—, supongo, ¿no?
Las otras asintieron.
—Y que ya era hora de que hiciéramos algo para demostrar que todavía valemos —apuntó Amparo.
—Pero si ustedes son unas crías —dijo Rodolfo.
Las mujeres echaron a reír.
—Tenemos nuestros años —rio Andrea.
—¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? —le preguntó el hombre, mirándola fijamente.
Y Andrea rio:
—¡Setenta y dos!
—No me lo creo —dijo él.
—Es verdad —dijo Celia—, es que Andrea es una excepción. Es muy vital.
—Andrea es preciosa.
Rodolfo dijo aquello con un sentimiento tal que Celia y Amparo sintieron una inmensa ternura. Andrea apartó la mirada, visiblemente ruborizada.
María salió del baño y se volvieron hacia ella.
—No os podéis ni imaginar la odisea. Creía que me quedaba del revés.
De repente las imágenes de María corriendo como un robot por delante del enjambre de botones les vinieron a la mente y no pudieron parar de reír.