Las reinas de Asia CHINATOWN
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CHINATOWN

Cuando despertaron al día siguiente, no sabían si tenían el desayuno incluido o no, y no había ni rastro de la recepcionista.

—Igual se esconde adrede para ahorrase el gasto —se quejó Amparo suspicaz.

Pero el resto se encogió de hombros. Ya se tomarían un manchado y unas magdalenas en la primera cafetería que vieran por ahí.

Vestían camiseta y bermudas, y tuvieron cuidado de no olvidar las pamelas. Llevaban los bolsos ceñidos al cuerpo y con la cremallera bien cerrada.

Salieron y se dirigieron a una de las calles concurridas para buscar un medio de transporte.

—Vamos a coger uno de esos que parece un triciclo, que me hace gracia —pidió Celia—. Ahí en esa esquina hay un montón.

Se refería a un tuk tuk, el vehículo de Bangkok por excelencia.

Deben su nombre al peculiar sonido que hacen al arrancar, parecido al de una vieja motocicleta.

Tienen tres ruedas y el conductor va sentado delante, frente al manillar.

Los pasajeros se acomodan en un asiento corrido.

No tienen puertas y suelen decorarse con cadenitas de jazmín y dibujos de efigies.

Habían decidido ir a Chinatown, que estaba a menos de cuatro kilómetros, y ya les había advertido Tomás en uno de sus mensajes que no deberían cobrarles más de cien bahts a pesar del tráfico, así que se sentían seguras y con la lección aprendida.

Habría más de siete vehículos y los chóferes, que charlaban animadamente sentados en el suelo o recostados en el asiento trasero de su propio vehículo, se irguieron al verlas acercarse.

—Chinatown —dijo Andrea, señalándose a sí misma y a sus amigas.

Uno de los conductores, sin mirarlas directamente, ladeó la cabeza y las invitó a subir a la parte de atrás. Andrea y sus amigas no se movieron del sitio. Volvió a señalarse a sí misma y a las demás cuando preguntó:

—¿Cuánto? ¿Bahts?

Después hizo la señal internacional del dinero.

El conductor, sin mirarlas, como si fuera algo rutinario, movió la cabeza de nuevo y dijo algo, pero no lo entendieron. Andrea levantó las palmas en señal de pregunta. Aquel hombre comenzó a levantar los dedos, y sumaron doscientos cincuenta.

—¡Ala! ¡Si con eso volvemos a Valencia! —se quejó María.

Amparo se adelantó a sus amigas, sacando pecho y mirando directamente al tipo. Sabía que, aunque se hacía el despistado, tenía las pupilas clavadas en ella.

—Dejádmelo a mí —dijo, segura de su victoria. Y solo levantó cuatro dedos—. Cuarenta.

—Te has pasado —dijo Celia—. Eran cien. Amparo, es que tú vas siempre a lo bajo, hija.

—Calla, que estoy regateando y necesito estar concentrada, no puedo perder contacto visual —le susurró Amparo, sin apartar la mirada del tipo.

Las otras tres asintieron, se cuadraron tras su amiga y pusieron su cara más desafiante.

El hombre comenzó a desplegar dedos de nuevo y ellas los contaron con atención.

—¿Doscientos? Ni pensarlo —dijo Amparo, moviendo la cabeza de un lado al otro para que su contrincante interpretara el gesto.

Y ella extendió los dedos de nuevo lentamente y subió hasta cincuenta. El resto de conductores las observaban expectantes. El duelo se presentaba cruel.

—Vas bien —la animó Andrea—. A ver si nos baja otros cincuenta de golpe.

Y así fue. Esta vez marcó ciento cincuenta.

—Dale, Amparo, eres la mejor —la alentó María, sin poder reprimir el entusiasmo. Le masajeó los hombros—, tres bajadas más como esa y nos lo deja gratis.

Amparo entonces sacó los cinco dedos y añadió medio.

—Cincuenta y cinco.

Sus tres amigas se quedaron congeladas del asombro. No se habían esperado lo del medio dedo.

El hombre bajó a ciento veinte.

Amparo subió a sesenta.

El conductor bajó a cien.

María se mordía las uñas y daba saltitos, nerviosa. Celia tuvo que llamarle la atención.

—Estate tranquila, que la desconcentras —le dijo—. Lleva ya mucho rato sin pestañear.

—Es que no me digas que no está emocionante.

Amparo subió a sesenta y cinco.

El hombre bajó a noventa.

Amparo a setenta.

Y el hombre a ochenta.

—¡Setenta y cinco, es mi última palabra! —chilló Amparo, vocalizando para que se la entendiera bien—. ¡Mis amigas y yo, aquí presentes, preferimos ir andando que pagar eso!

Y un minuto después iban las cuatro apretadas y riendo triunfales, en tuk tuk por Bangkok, con las pamelas bien cogidas para que no escaparan con el viento del viaje.

Alzaban los brazos y saludaban a todo aquel que se cruzara con ellas.

A su alrededor fluían los enjambres de motocicletas y los vehículos que las adelantaban y las miraban divertidos.

La ciudad les pareció familiar y sumisa. Ellas eran las reinas.

—¡Te nombramos regateadora oficial! —exclamó Andrea, para hacerse oír por encima del ruido del motor.

Las demás aplaudieron.

—¡Me ha encantado! —admitió Amparo.

Vieron la puerta de entrada al barrio de Chinatown, el barrio chino más grande del mundo, y fue como saltar de nuevo dentro del continente.

La puerta consiste en cuatro pilares rojos que soportan un techo dorado a dos alturas.

Están decorados con tallas en la parte superior y hay algo escrito con caracteres orientales que dedujeron que debía de ser «Chinatown».

Pasaron junto a ella en el tuk tuk y Andrea tocó la espalda del conductor:

—¡Señor mío, que se pasa de largo!

Las demás rieron y el conductor se detuvo.

Cinco minutos después, las cuatro amigas caminaban sumamente malhumoradas. Amparo, la más afectada, con los brazos cruzados; había tenido que pagar cien bahts al conductor porque el hombre no tenía cambio.

—Ay, nena —se lamentó Celia, examinando las pocas monedas que llevaban encima—, es que estas monedas son tan raras. Yo no les veo el número por ningún lado.

—Uno de cinco —dijo María, sacándose dinero del bolsillo. Pero pronto el incidente estaba olvidado. Estaban en China, dentro de Tailandia, dentro de Asia.

Había callejuelas con mercados, restaurantes y tiendas extrañísimas en las que vendían frutas que no habían visto jamás. En otras, había productos de todo tipo relacionados con un personaje de dibujos animados.

Pasaron por un templo con dos leones a la entrada y techado triangular y no dudaron en inspeccionarlo.

Las columnas de la entrada estaban ribeteadas en dorado y rojo.

Olía a especias e incienso. Había al menos veinte pares de zapatos tirados de aquella manera junto a la puerta.

Vieron a una chica quitarse los suyos y arrojarlos en el montón.

Decidieron descalzarse y colocar sus zapatos ordenados los unos junto a los otros, temiendo que se perdieran entre el resto.

Cuando iban a entrar, María se volvió hacia Amparo, que seguía agachada.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Nada, mujer, es un minuto —respondió Amparo. Las otras dos se detuvieron a mirarla y lanzaron un suspiro—. Mira qué aseado y qué buena impresión da ahora.

Amparo estaba ordenando el montón de calzado. Buscaba la pareja de una zapatilla del número treinta y seis.

Celia movió la cabeza y se inclinó a ayudarla. Andrea fue la siguiente en caer.

Cuando hubieron terminado, alzaron la vista satisfechas. ¡Eso sí era una entrada a un templo como Dios mandaba! Un anciano las observaba confuso desde un rincón.

Entraron en el recinto y tomaron una de las varillas de incienso que descansaban sobre una maceta de arcilla.

Los colores rojos y dorados que habían visto en la fachada se intensificaban dentro.

En una de las paredes se alineaban figuras doradas de Buda con la cara divertida y la barriga prominente.

Bajo cada uno de ellos había una pila de monedas.

Según la leyenda, el Buda sonriente representa a un monje que tenía una hermosa figura y era muy atractivo, y por ello las mujeres se abalanzaban sobre él.

Para que nada lo desviara de su vocación de monje y pudiera seguir las enseñanzas de Buda, decidió poner fin a su atractivo y empezó a comer hasta perder su figura.

Su plan surtió efecto, porque las mujeres dejaron de acosarlo y al fin pudo meditar en paz.

Las cuatro amigas recorrieron cada rincón y admiraron cada detalle. Clavaron sus barras de incienso en una gran bandeja rellena de tierra a tal efecto, y solo cuando salieron recordaron que no habían desayunado.

—¿Ni una cafetería? ¿En serio? —se quejó Celia, comenzando a impacientarse mientras miraba aquí y allí.

Se metieron en un bufé en el que solo había tres mesas. Podían comer lo que quisieran por menos de un euro: arroz, fideos, carnes que no supieron reconocer, rollitos de primavera y salsas. Del escaparate pendían diez patos que estaban más tiesos que la mojama.

Amparo, Celia y Andrea se sirvieron un rollito de primavera y pidieron café, María no estaba dispuesta a dejar pasar una oportunidad como aquella para probar la comida oriental, y no dejaba de cargar el plato.

Masticaba a dos carrillos con tanta ansia que el resto la miraba con la boca abierta.

Con ojos extasiados, recordaba a sus amigas lo que se estaban perdiendo.

—María, ¿vas a coger más? ¿Segura? —preguntó Celia, con el ceño fruncido.

—Solo unas verduras, para rematar —dijo María, cargándose el plato por cuarta vez.

La cocinera la miraba complacida y agachaba la cabeza sonriendo cada vez que María se levantaba de nuevo.

—Sonríe por no asesinarte, te lo digo yo —rio Amparo—. Le vas a arruinar el negocio. Si volvemos mañana, verás como han subido el precio o han colgado tu foto en el escaparate para no dejarte entrar.

Las demás reían también.

Cuando María dejó de atracar el bufé, salieron a caminar. Atravesaron tiendas de monedas para hacer ofrendas, farolillos, vestidos, telas, sombrillas… Todo se podía encontrar en Chinatown.

—¡Mira, por fin! ¡Una pastelería! —chilló María.

—No me dirás que tienes hambre —dijo Andrea, extrañada. Pero María se disculpó.

—No seáis tontas, que esto es todo nuevo. ¡Parecen mazapanes chiquitines! Cogemos una docena y para el hotel, que nunca viene mal.

Se miraron las unas a las otras. Tampoco pasaría nada por probarlos, así que, cuando María salió con la bolsa, cogieron uno cada una. Sabían a yema y a azúcar, unas auténticas bombas de relojería. Cuando llevaban unos doscientos metros andados, María ya se había comido otros dos.

Lo que más les llamaba la atención era la vida en los callejones.

Vieron hombres en cuclillas fumando en corro y hablando animadamente y mujeres que fregaban los cacharros o los remojaban en el agua en plena acera.

Había perros callejeros tumbados a la sombra, impasibles al paso de la gente a su alrededor.

Sus pasos las llevaron al mercado de las falsificaciones, con tiendas en las que se podían adquirir productos electrónicos, relojes y ropa.

Ellas no estaban interesadas en nada y tan solo paseaban por mirar.

De vez en cuando las abordaba algún vendedor con un reloj de señora en la mano en cuya esfera podía leerse la más cara de las marcas.

—Real Madrid —decían algunos al verlas.

—Viva Mercadona —chillaban otros.

Era increíble que hubieran acertado con su nacionalidad con solo estudiar sus gestos. ¿Cómo eran capaces de distinguirlas de entre el resto?

Las mujeres no podían evitar reír cada vez que les evocaban algo familiar.

—Tengo que comprar sellos y sobres —recordó Amparo—. Voy a enviarle a mi nieto una carta manuscrita desde cada país en el que estemos, creo que le va a encantar.

—¡Buena idea! —dijo María—. Voy a hacer lo mismo con los gatos. Mi Sofy y mi Loren. No quiero que me olviden. Espero que no se les haya pegado nada de sus cuidadores.

—¡Ey, tú! —saltó Celia, visiblemente enfadada—. Que hablas de mis nietos, que, por cierto, te están haciendo un gran favor.

—Lo sé, los gais. No te culpes, Celia. Supongo que Dios ha puesto a alguno en cada familia. Cuestión de repartirlos por todos lados —dijo María, tratando de disculparse.

Pero Celia apretaba los labios y negaba con la cabeza.

—Sí, igual que puso cabezas huecas y bellotas —replicó, intentando no molestarse más de la cuenta.

—Haya paz, señoras, no olvidemos que somos familia —dijo Amparo, abrazándolas a las dos—. Nada de discusiones. Gabriel y Luis son los nietos ideales y gracias a ellos estamos aquí disfrutando de este estupendísimo viaje por Asia.