KHAO SAN ROAD
Era media tarde cuando las cuatro amigas abandonaron el hotel.
Una vez en la calle, miraron a derecha e izquierda sin saber hacia dónde dirigirse.
El día estaba despejado y azul, aunque el ambiente era húmedo.
Vieron a un grupo de turistas que charlaban animadamente, ataviados con cámaras.
Era bastante numeroso y decidieron seguirlos.
Seguramente se encaminarían a algún lugar emblemático. ¿Un templo? ¿Unas ruinas históricas?
Pero, al llegar al destino, tan solo a un par de calles de su hotel, se hallaron en una calle sumamente concurrida.
—A lo mejor van a hacer una procesión —apuntó Celia mientras observaba a su alrededor.
—O la Tomatina, ¡no te fastidia! —interrumpió Andrea, que estaba igual de confusa.
María echó mano a su bolso y desplegó el mapa. No tardaron en averiguar que se encontraban en el mítico Khao San Road, el gueto con la mayor concentración de mochileros del mundo.
Khao San Road mide cuatrocientos metros de longitud.
Está abarrotado de restaurantes, locales de masajes, operadores turísticos, casas de cambio y, en definitiva, establecimientos de cualquier cosa imaginable.
En el pasado albergaba el mercado de venta de arroz más grande de todo el distrito y en la década de los setenta comenzó a acoger a los primeros hippies .
A partir de los ochenta, los edificios residenciales pasaron a convertirse en hospedajes de bajo costo, hasta lo que es hoy.
Bullía jaleo y actividad. Farolillos, música, luces, neones, puestos callejeros, tiendas, cervecerías y cientos, tal vez miles, de personas de todas las etnias, tamaños y edades vestían la calle de estridencia y color.
Las cuatro mujeres caminaron, agarradas las unas a las otras entre la multitud.
—¿Qué hacemos? —preguntó Celia, mirando asombrada a su alrededor.
Las cuatro se detuvieron por un segundo, con los ojos bailándoles entre los colores y las formas. Todo les llamaba la atención: un cuerpo tatuado, un puesto en el que se vendían dentaduras postizas o un faquir que se tragaba sables.
—¿Qué queréis hacer? —preguntó Andrea, incapaz de decidir.
—Yo estoy bien mirando —dijo Amparo, con la boca abierta.
—Ajá —se limitó a balbucear María.
Y eso es lo que hicieron: caminar, observar y dejar que toda esa efervescencia las envolviera hasta convertirse en una sensación que les resultara familiar.
Observaron bocas moverse en otros idiomas, carcajadas nuevas y bailes improvisados.
Cuando las cuatro se acercaron a los locales para observarlo todo más de cerca, vieron a una multitud que brindaba con cubos de plástico de colores repletos de bebida.
Un cartel sobre la cabeza de los que se divertían aseguraba que en ese establecimiento no se pedía identificación para contrastar la edad.
Las mujeres no habían visto nada semejante. Su idea acerca de lo que era Asia les venía de las películas clásicas que mostraban apacibles aldeas, ciudades enredadas en selvas y samuráis.
—¡Mirad esto! —exclamó Celia.
Se acercaron con ella hacia el puesto que había despertado su interés.
Se vendían títulos universitarios de todo tipo.
Pudieron ver expuesta la fotografía de un diploma de Cambridge junto al que ellos elaboraban por poco menos de dos euros.
Un tailandés delgado y muy sonriente se encargaba de poner tu nombre en el que eligieras.
—Esto es lo que necesitamos, chicas —dijo Andrea, señalando una placa del FBI.
—Hay que pensar en los gastos, que no sabemos dónde estamos —replicó Amparo.
—¿Dónde vamos a estar? —contestó Andrea, cogiéndola por el hombro—. Estamos de vacaciones y nosotras mandamos. Yo te invito a esta, Amparito.
Las demás se acercaron y rieron escandalosamente. Cinco minutos después, por unos pocos bahts, tenían un carné internacional de estudiante cada una.
Unos metros más adelante, algo volvió a llamarles la atención. Se trataba de un puesto de comida en el que se especializaban en todo tipo de insectos fritos.
—¡Qué asco, por Dios! —chilló María.
—Todo muy bueno, todo como el pollo —dijo el dependiente, al ver que eran españolas—. Probar, probar…
Pero las mujeres no hacían más que mirar los escarabajos, los saltamontes y las pequeñas culebras con disgusto.
El señor cogió una de las arañas, grande y seca, y se la acercó a Andrea, que dio un grito que hizo que las demás se echaran a reír. Dos grupos más de turistas se acercaron atraídos por el grito y el vendedor, entusiasmado, se comió la araña entera y puso cara de placer.
Las cuatro amigas gritaron y rieron de la impresión.
—¿No tiene caracoles? —preguntó Andrea al vendedor, riendo divertida—. Si nos los pone en paella, nosotras nos los comemos.
Sus tres amigas rieron la ocurrencia, pero el vendedor las contempló con una mueca de asco pintada en el rostro.
—Caracoles no —les dijo—. Caracoles no pollo, caracoles se arrastra con la barriga.
Se subió la camiseta entonces y les mostró un vientre moreno y redondo. Después cogió la mano de Andrea y, posándola sobre el ombligo, dijo:
—Araña aquí.
Las cuatro amigas no podían parar de reír y se alejaron lentamente, dejando al vendedor rodeado por un grupo numeroso de turistas.
Cuando se hubieron calmado, María volvió a alertar al resto.
—¿Habéis visto esa ropa? —preguntó.
Las otras se acercaron. Se trataba de una tienda de vestidos de tirantes con todos los estampados imaginables. Tocaron las telas. En menos de un segundo, tenían a la vendedora local a su lado.
—¡Nena! —la llamó Celia con el tono de voz estridente y la vocalización absurda con la que pensaban que cualquiera podría entenderles—. ¿Esto qué es? ¿Vestido o camiseta?
Celia se señalaba las rodillas y la pantorrilla y la mujer local, acostumbrada a todo, se acercó con una carpeta de anillas y la abrió frente a ella. Contenía una colección de modelos posando con vestidos de alta costura, recortes de catálogos y revistas.
—¡Playa, playa! —dijo Amparo, haciendo como si nadara en el mar.
— Beach? —preguntó la local.
—¡No, playa de tomar el sol!
La muchacha comenzó a pasar páginas hasta llegar a unos vestidos vaporosos de colores pastel, tirantes y forma para las caderas.
—¡Esto! —corearon.
La local meneó la cabeza mientras señalaba las camisetas que había a su alrededor y les pidió que la siguieran. No se lo pensaron demasiado y las cuatro obedecieron metiéndose en una especie de oficina que contenía dos máquinas de coser. Un tubo de neón iluminaba la pequeña estancia.
La muchacha se dirigió a la que debía de controlar el cotarro y le dijo algo al tiempo que señalaba el vestido de playa que habían seleccionado. Se puso en pie y se dirigió hacia las cuatro amigas.
—Versace —dijo la jefa, señalando la firma del diseño—. Cien bahts cada uno. En una hora volver.
No sabían a qué se refería y, tras algunas aclaraciones, entendieron que lo que pretendía la dueña era coserles los vestidos en aquel preciso instante.
Dos chicas muy jóvenes se acercaron a ellas sin decir nada y les tomaron las medidas.
Todavía no habían abandonado la oficina y ya escuchaban las máquinas de coser en marcha.
En una hora tendrían un diseño veraniego de Versace cada una.
Vieron un lugar perfecto para esperar, un poco más adelante, en el que te podían hacer un masaje. Tenían unos divanes en plena calle e incluso te servían una cerveza, así que las mujeres, pasando de la bebida, se sentaron en fila, se descalzaron y recibieron el mejor masaje de pies de toda su vida.
—Esto es dinero bien gastado —dijo Amparo.
La hora pasó relajada y placentera. Volvieron a la pequeña sastrería y salieron encantadas con el vestido bajo el brazo.
—¿Cenamos algo? —preguntó Celia.
Tenían hambre y se dejaron llevar por María, experta en gastronomía local, que las sentó en un restaurante callejero similar al que había ido antes. Comenzaba a anochecer y las luces que pendían entre las fachadas pintaban el ambiente con azules eléctricos.
—María, ¿estás segura de que aquí se come bien? —preguntó Andrea desconfiada.
—Ya me diréis —se limitó a decir María.
—Por lo menos caro no será, ¿no? —interrogó Amparo.
María pidió para todas señalando lo que se cocinaba en las ollas y volvió a sentarse con sus amigas. Se sentía como la versada del grupo, y esa era una sensación que no se producía muy frecuentemente.
—María, ¿tú estás segura? —insistió Celia—. Que esto es comida callejera, que nos puede sentar mal o darnos una diarrea.
—Que no, que estamos vacunadas para las diarreas, mujer —se disculpó María.
—Es que están fregando los cacharros todos juntos en una palangana con el agua más negra que el tizón —señaló Andrea, levantando la cabeza y mirando hacia la cocina.
—Dejaos llevar, que veréis qué bueno está —replicó María—. Confiad en mí, que yo sé lo que me digo.
Los platos tenían una pinta exquisita. María intentó enseñar al resto a comer con los palillos, pero solo consiguió que a Celia le saliera despedido un pedazo de brócoli por los aires.
Las camareras se cubrían la boca para que no se les escapara la carcajada, y acabaron por llevarles unos tenedores.
—Donde fueres, haz lo que vieres —dijo María, renunciando al tenedor. Y cazó un trozo de gamba—. A mí me gusta y, ¿sabéis qué?, con estas banderillas como más despacio, me canso y me sacio antes. Yo creo que de esta adelgazo.
La comida era deliciosa, incluso para Celia, que tenía una versión de fideos con un poco más picante que las demás.
Se sentaron a hacer la digestión en un local repleto de mochileros, deseando que les sirvieran algo para calmar la sed.
Los jóvenes brindaban con los cubos de plástico que ya habían visto en un par de locales.
Algunos no llevaban la camiseta puesta y charlaban animadamente entre ellos, sonrojados por la bebida.
La gente de los diferentes grupos interactuaba como si se conociera de toda la vida.
Se les acercó un camarero, pero no pudieron entender nada de lo que decía.
—¡Limonada! —chilló Andrea.
Una chica joven se acercó a las cuatro.
—Permítanme —les dijo—. Yo les pido.
Habló con el camarero y después les pidió cuarenta bahts en total. Las mujeres tendieron el dinero a la chica y esta al camarero.
—Muchas gracias —dijo Andrea—. ¿Sabes tailandés? La chica rio.
—No, es un poco de inglés chapurreado. Si quieren pedir limonada, deben decir: «solo Lemon». Es una bebida ya manufacturada, así no tendrán problemas estomacales. La limonada fresca la hacen con agua y puede no sentarles bien. Las entenderán en cualquier parte. Es como decir solo limón, solo Lemon.
—Gracias, nos acordaremos —agradeció Celia.
—Pásenlo bien —dijo la chica al despedirse—. Y no se olviden de regatear, a los tailandeses les encanta.
Las cuatro asintieron y Amparo miró fastidiada la bolsa en la que guardaban los vestidos. No pensaba dejar pasar otra oportunidad.
Celia contempló a sus amigas. Estaban tranquilas, vivas, activas; y de repente pensó en Manuel y en lo que se sorprendería si la viera así, comiendo en un puesto improvisado sobre la acera, en la otra parte del mundo.
¿Qué estaría haciendo él en aquellos momentos?
Lo imaginó en la residencia, con la vista cansada y los ojos clavados en el televisor y le mandó un beso enorme.
Después cerró los ojos y le dio las gracias por toda la magia y el amor con los que la había colmado cuando estaba sano.
Al abrirlos de nuevo se perdió en el bullicio, consciente de que, si quería que continuara habiendo magia, debía ser ella la que la generase.
Demostraría a su marido que no solo se había dedicado a pisar sobre sus huellas, sino que tenía las suyas propias, gracias a él.
Cuando regresaron al hotel, eran casi las diez de la noche y fue agradable respirar un poco de paz. Había sido un día con muchas emociones, y estaban colmadas de intensidad. María caminaba arrastrando los pies y se dejó caer en la cama panza arriba.
Habían sobrevivido al primer día y tenían ganas de muchos más.