MARÍA Y LOS PALILLOS #2
Miró atrás. Ya no veía el hotel.
Se estaba alejando, pero la anticipación de comerse una caña de chocolate o una torta era más grande que el miedo.
—Tranquila, María. Tú no gires en ninguna calle, sigue recto y volverás recto.
Y entonces lo olió. Olía fenomenal.
¡Comida!
Sintió que el aroma la embargaba aun antes de localizar su procedencia. Era celestial, sabroso, deliciosamente divino. Sabía que no había probado antes algo que oliera de ese modo, pero su cuerpo lo reconoció como necesario.
Provenía de la siguiente esquina y, cuando se asomó, vio un puesto de comida callejera.
Consistía en una furgoneta pequeña, una plancha y un fuego con al menos cuatro ollas grandes que crepitaban bajo una sombrilla.
Había cinco mesas de plástico blanco con sillas del mismo color.
Eran como las que ponía el ayuntamiento para ver las procesiones de Semana Santa, y María, salivando hasta el punto de tener que limpiarse con el brazo, no se lo pensó y se sentó en una de aquellas mesas.
En la contigua había una pareja de locales. El hombre usaba con habilidad los palillos. Los movía tan rápidamente que María no podía apartar los ojos de sus dedos.
—Este sabe kunfú —se dijo a sí misma.
Con ellos extendía unos fideos larguísimos y se los metía en la boca dejando una cascada que no cortaba con los dientes, sino que seguía engullendo hasta que habían desaparecido por completo.
María se relamía, hipnotizada, e imitaba el gesto de las mejillas. Se cogió el estómago y se lo notó vacío, infinito.
¿Qué esperaban para venir a atenderla? ¡Necesitaba comer!
Cuando vio que un grupo de recién llegadas se dirigían a la cocinera y pedían antes de sentarse, ella se puso en pie de inmediato.
—¡Comer! —dijo María, alargando cada sílaba—. ¡Lo mismo que ese de ahí, el de los fideos!
La cocinera la miró divertida, después echó la vista atrás para observar el plato que María señalaba y asintió.
María sacó el equivalente a un euro y la cocinera lo cogió y le devolvió tres monedas pequeñas.
—¡Me siento ahí! —chilló de nuevo, señalando la mesa que había elegido—. ¡No tarde!
La cocinera se volvió hacia donde señalaba y asintió sonriente.
María se sentó y comenzó a hacer boca. No podía esperar a tener aquellos fideos delante.
Qué pinta, olían de bien… Pero entonces se dio cuenta de que tal vez estaba demasiado lejos de la cocinera.
Levantó la vista y la vio lidiando con los cacharros y los fuegos.
De vez en cuando se interponía entre ellas alguien que también pedía su comida.
¿Y si se olvidaba de ella? Era mejor cambiarse a un sitio más cerquita.
—¡Me he cambiado y ahora estoy aquí! —dijo a la mujer, señalando la mesa contigua a los fogones. La cocinera volvió a responder con una sonrisa.
Y cuando tan solo unos minutos después los fideos llegaron donde estaba María, tenían la pinta más extraordinariamente sabrosa del mundo. María se relamió y se frotó las manos, acercó la silla a la mesa y procedió a enrollarlos en los palillos, pero no había manera.
¡Era imposible comer espagueti con dos agujas de hacer calceta!
Alzó la mirada para observar al resto. Los vio engullir y masticar, y comenzó a salivar de nuevo, esta vez con más desesperación.
Furiosa, agarró un palillo con cada mano y los clavó entre la comida para levantarla un poco mientras esperaba con la boca abierta a escasos centímetros del bol, pero se le acababan escurriendo y cayendo al plato de nuevo. Pataleó y apretó los puños.
Cuando abrió los ojos, vio que un par de chicas locales la miraban y se cubrían la cara para ocultar su risa.
A María no le hacía ni pizca de gracia. Las muchachas agarraron su comida y su bolso y, sin pedir permiso si quiera, se sentaron en la mesa de María.
Comenzaron a hablarle en tailandés. Al comprender que no entendía, cambiaron al inglés, pero María ni siquiera se dio cuenta.
En cuanto María, que se revolvió en su silla inquieta y pidió socorro al verse acorralada, adivinó que aquellas niñas la ayudarían a devorar su comida, sonrió y aplaudió.
Tenía que coger los dos palillos con una mano y atrapar un grupo de fideos como si de una pinza se trataran. Después tenía que comer y sorber, comer y sorber, hasta que hubieran desaparecido.
Comer y sorber, comer y sorber…
A María no le costó demasiado aprender y, al dar el primer bocado, pensó que era lo más delicioso que había probado en la vida. María se chupaba los dedos y las chicas reían e inclinaban la cabeza complacidas.
Qué gente tan amable y qué bonita se veía la vida con el estómago lleno. Se despidió de sus nuevas amigas y caminó satisfecha de vuelta al hotel.
Sonreía. Se sentía segura y feliz. La mujer del balcón había terminado de bañar a su hijo y las ancianas continuaban en cuclillas. Los árboles y el verde, las motocicletas que pasaban de vez en cuando y los grupos de turistas con las mochilas cargadas a los hombros ya no le parecieron extraños.
¿Cómo podía sentirse tan cómoda en el lugar más alejado de cuantos había visitado, tan lejos de Sofy y Loren?
Tal vez fuera por el estómago lleno; a María siempre le sentaba muy bien comer, o tal vez fuera otra cosa.
Tal vez fuera orgullo. Había salido sola y había logrado comer y comunicarse.
De repente no era tan cobarde ni tan poca cosa como había creído siempre.
Entró al hotel, pasó por recepción y cogió un mapa de un estante. Después subió a su habitación y, recostada junto a una Celia que seguía en la misma posición en la que la había dejado dos horas atrás, lo desplegó.
Estaba en una ciudad enorme, llena de castillos diseminados por toda su superficie y un río que la cruzaba. Era una ciudad donde se comía con agujas de calceta y la gente era amable.
Sonrió.
Esperaría una horita a lo sumo y despertaría a sus amigas. Si alargaban más la siesta, se trastocarían el sueño de por la noche.