Las reinas de Asia MARÍA Y LOS PALILLOS
36%

MARÍA Y LOS PALILLOS

Butterfly significa mariposa, aunque las cuatro amigas no lo supieran. Un bonito nombre que venía al caso, ya que Bang-kok estaba a punto de desplegar sus alas sobre ellas.

Abrieron la puerta de madera y vidrio de doble hoja del hotel como si desplegaran las alas del insecto y hallaron un vestíbulo en penumbra. Dos grupos de sofás granates y una mesita central gobernaban la estancia, y al fondo se adivinaba un mostrador de mármol blanco en el que se leía Reception .

No había un alma.

Celia, María, Amparo y Andrea se acercaron al mostrador mientras recorrían el lugar con la mirada.

—¿Hola? —preguntó Andrea.

Pero no obtuvo contestación.

—Huele a lejía que echa para atrás —se quejó Amparo.

—Qué solo está esto, ¿no? En el hotel de Canarias había más vida —replicó Celia.

María se apoyó sobre la piedra clara y pulsó un timbre.

—Como en las películas —susurró al hacerlo.

Al instante emergió una mujer local con el pelo estirado en un moño. Celia soltó un chillido y se llevó las manos al pecho.

—Hola —saludó Andrea, reponiéndose de la súbita aparición—, tenemos reserva.

La recepcionista parecía joven, aunque no hubieran podido acotar su edad. Tenía los pómulos muy marcados y las miraba con cara de no haberles entendido una palabra. Las saludó agachando la cabeza levemente y dijo algo en tailandés.@@@

—¿Habla usted español? —preguntó María, chillando y vocalizando.

La mujer volvió a decir algo y les tendió un folleto. Cuando lo voltearon para leerlo vieron que se trataba del de una casa de masajes.

—No chilles, María, que no es que esté sorda, es que no sabe castellano. Hay que usar lenguaje corporal —dijo Andrea.

—Vale, dale tú —le contestó su amiga.

Y Andrea gesticuló, habló despacio, vocalizando lenta y exageradamente, y chilló más de lo que había hecho María.

—¡Nosotras! —dijo, haciendo el gesto del sueño con las manos a un lado de la cara y ladeando el cuerpo—. ¡Dormir aquí! ¡Muy cansadas! —Esta vez se señalaba los pies a la vez que bostezaba—. ¡Queremos llave de la habitación!

La recepcionista las estudiaba sin perder detalle.

—¡Somos las artistas! —gritó Celia, haciendo que tuvieran que cubrirse las orejas por el chillido—. ¡Artistas Tomás Pera!

Y la recepcionista sonrió entonces y movió la cabeza arriba y abajo, dando palmitas de felicidad.

—Artistas, artistas —repetía.

Celia se volvió hacia sus amigas y se encogió de hombros.

Dos minutos después, tenían las llaves para las dos habitaciones.

La muchacha dijo algo en voz alta y las cuatro amigas la miraron señalándose las unas a las otras por si había sido para ellas, pero no.

De una de las puertas laterales que daban al vestíbulo salió un adolescente menudo con sombra en el bigote y cargó con la maleta grande. Solo tuvieron que seguirlo.

Subieron hasta el segundo piso. Las habitaciones eran contiguas, y las cuatro amigas sonrieron al saberse tan cerca del descanso que anhelaban.

—Vamos para adentro —dijo Amparo, tirando de Andrea. Y las otras dos se dirigieron a la otra habitación.

Andrea se sintió bien al entrar en su cuarto.

Era amplio, pero la cama era tan inmensa que no había espacio para mucho más.

La colcha era oscura y las dos almohadas que la coronaban, diminutas.

Las cortinas compartían ese mismo tono oscuro y estaban estampadas con flores.

Tras ellas descubrieron una ventana. Lo único que pendía de las paredes era un gigantesco aparato de aire acondicionado.

Vieron una puerta que daba a un cuarto de baño rudimentario y otra que, para su sorpresa, comunicaba con la habitación de sus amigas. En el suelo, bajo las cortinas, había una retahíla de mosquitos muertos y arañas diminutas. Amparo se llevó las manos a la sien y cerró los ojos.

—A esto hay que darle un repaso —dijo, mirando a sus compañeras con los ojos bien abiertos.

La habitación que ocupaban Celia y María era similar.

Lo primero que hicieron fue salir al pasillo y buscar con la mirada. No tardaron en ver una puerta diferente al resto y Amparo caminó hacia ella. Se trataba del armario de la limpieza.

—Estamos hechas polvo —se quejó Andrea, al adivinar las intenciones de su amiga.

Pero Celia asintió con la cabeza, se acercó al armario y sacaron un par de botellas de productos de limpieza y una fregona.

—A ver si nos vais a envenenar —apuntó María, que también se había acercado a ellas.

Trataron de interpretar qué habría en cada uno de los continentes, pero las letras estaban en tailandés y los colores eran estridentes. Amparo decidió identificarlos por el olor, y abrió uno de los tapones.

—Esto es lejía —sentenció.

Y las tres sonrieron. Andrea, desde la puerta de la habitación, resoplaba.

—Ole mis amigas y su espontaneidad —aplaudió.

Las otras tres, fregona en mano, volvieron hacia ella con una sonrisa satisfecha pintada en los labios. Amparo alzó las cejas de manera burlona al pasar por su lado.

Cuando María se metió en el baño con uno de los botes de lejía, lanzó un chillido que alertó al resto. Resulta que, tras el murete tras el que habían supuesto el retrete, había un agujero en el suelo con dos soportes a los lados para poner los pies.

—No, no y no —dijo María, mirando al techo. Entonces vio una araña de patas largas y volvió a bajar la mirada—. Esto no.

Tenían que hablar seriamente con Tomás, pero estaban demasiado agotadas como para hacerlo en aquellos momentos.

Después de airear las habitaciones, darle un repaso al aseo, limpiar el polvo y fregar el suelo, abrieron la maleta grande y rescataron cremas, medicamentos y pomadas.

Andrea meneaba la cabeza.

—Si estaba limpio —insistió.

Cada una se dirigió a su dormitorio con la intención de ducharse, enviar mensajes a casa para avisar de que había llegado bien y dormir.

La bañera consistía en un rectángulo de un metro por un metro, sin cortinas y con una alcachofa fija que no llegaba a distinguir el agua fría de la caliente. La presión no era muy abundante.

Les llevaría meses lavarse el pelo, así que se conformaron con un enjuague rápido y con dormir, que era lo que más necesitaban después de tantas horas de vuelo.

Bueno, todas menos María. A María lo que menos le apetecía era acostarse.

—Pues llámame rara, pero yo estoy desvelada. Imposible cerrar los ojos —dijo a una Celia que ya estaba tendida en la cama—. La novedad me ha desvelado.

Celia balbuceó. Se estaba quedando dormida.

—Yo creo que vas a estar desvelada por tres días, María. Lo que tú has dormido no tiene igual.

Las cortinas no lograban contener la luz del sol y no había manera de librarse de la claridad del ambiente.

—Pues yo me voy a dar un paseo —dijo María—. No será peligroso pasear por Asia, ¿no? Una mujer sola…

Pero Celia ya no la escuchaba.

María se puso en pie y sopesó qué hacer. No tenía ningunas ganas de quedarse en la habitación, pero también temía salir sola.

Estaba en la otra parte del mundo. ¿Y si la secuestraban? ¿Y si le quitaban los órganos? ¿Y si la metían en una red de trata de blancas?

Descansó las piernas durante al menos media hora, tratando de apartarse todas aquellas ideas de la cabeza, pero, cuando comprendió que necesitaba salir, pasó a la habitación de Andrea y Amparo para ver si alguna la acompañaba.

Sus amigas dormían plácidamente y tuvo que resignarse al silencio de sus respuestas.

La mente de María corría a mil por hora. De repente sintió hambre, mucha hambre. Y recordó que a ella no le habían servido ninguna de las comidas del avión.

Igual tendría que reclamar.

¿Despertaba a Celia? Parecía tan cansada. Carraspeó un poco, a ver si todavía estaba más allí que en el mundo de Morfeo. Nada. Se acercó a su oreja y tosió. Nada. Dio tres palmadas y tampoco.

Celia estaba sopa.

Se le ocurrió que tal vez pudiera pedir algo al servicio de habitaciones. Buscó un teléfono con la mirada, pero no vio ninguno. En Benidorm habían tenido un teléfono en la mesita del hotel, pero allí no había más que un cenicero.

Esperaría. Celia tampoco podía tardar mucho en despertarse. Y los segundos y los minutos se le fueron haciendo interminables esperando a que alguna de sus amigas diera señales de vida.

Resopló. Se echó las manos al estómago y se escuchó las tripas. Se puso en pie, cogió su bolso de mano, giró el pomo de la puerta, tomó una bocanada de aire y salió al corredor.

Bajó los dos pisos andando. Cada paso que daba la alejaba de lo único conocido en aquel continente extraño, pero el hambre era atroz y su instinto de supervivencia clamaba comida.

Llevaba algo de dinero local. Solo tenía que buscar una panadería para comprarse unas empanadillas de pisto y volverse. No le llevaría más de media hora.

No tenía nada que temer.

Cuando llegó a recepción, no había nadie, así que se dirigió a la calle. El reloj del mostrador marcaba las doce del mediodía.

No se dio cuenta en aquel momento, pero caminaba como el primer hombre que pisó la luna. Sus pasos eran largos pero suaves, totalmente conscientes. En cuanto empujara la puerta, estaría vagando por ahí, buscando rosquilletas, en un país perdido de Asia.

Se asomó a la calle y no era tan diferente de cualquier calle que conociera: había coches aparcados, las aceras eran anchas y había mazacotes de hormigón con vegetación dentro.

Echó a caminar con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a caer al suelo.

Los edificios no eran altos y árboles enormes con ramas frondosas se asomaban por detrás de alguna cerca.

Daban sombra y cubrían el cielo con el verde de sus hojas hasta donde le alcanzaba la mirada.

Era agradable y apartaba la sensación de calor.

Vio a ancianas con pelo blanco recogido en un moño y las caras tan arrugadas que los ojos parecían no estar. Cosían en cuclillas junto a la acera o amasaban pan. María quiso preguntarles por un horno, pero se vio incapaz de agacharse junto a ellas.

Necesitaba comer, pero no había ninguna tienda por ningún lado. Cuando veía una puerta entreabierta, se asomaba por si acaso, pero no veía más que corredores oscuros que le ponían la piel de gallina.