BANGKOK
Las cuatro amigas se acercaron con cautela al chófer. Dormía tan plácidamente que les sabía mal despertarlo. Tenía aspecto de ser tailandés, moreno y menudo.
—Angelito —dijo María, mirándolo con ternura.
Sus tres amigas fruncieron el ceño.
Tenía la gorra sobre la frente y no dejaba que se hicieran una idea de su edad, que podría rondar de los veinticinco a los cincuenta. No era mucho más alto que el nieto de Amparo. Llevaba pantalones marrones, camisa blanca y unas sandalias por las que trataban de escapar unas uñas descomunales.
—Señor —llamó Amparo con tono autoritario pero bajito, procurando no despertarlo con brusquedad—, señor, que ya hemos llegado. Somos sus clientas.
Guardaron silencio y, al ver que no había ninguna reacción por parte del conductor, Amparo lo empujó suavemente por el hombro.
El chófer se balanceó, dejó caer el brazo a un lado y, como si este brazo fuera el lastre que arrastraba al resto del cuerpo, cayó, cabeza por delante, aterrizando en el suelo todo lo largo, o corto, que era.
Las cuatro soltaron un chillido y dieron un paso atrás. Apenas un segundo después, el conductor estaba en pie ante ellas con los ojos bien abiertos y una sonrisa de oreja a oreja. Su pose era erguida y tenía los brazos cruzados a la espalda.
—¿Ángelas de Tomás Pera? —les preguntó, con una pronunciación forzada y la sonrisa más abierta que pudo poner.
Las cuatro asintieron lentamente sin decir nada.
—Creo que ha rebotado en el suelo —balbuceó Celia, que lo miraba atónita.
Andrea le hizo una señal para que guardara silencio.
—Síganme, por favor, gracias. Me han dicho del hotel que ustedes son importantes personas, artistas.
Me llamo Sam porque soy el hijo número tres, muy buen hijo —dijo el hombrecillo, al tiempo que se hacía con la maleta grande.
Abultaba más que él. Las cuatro se miraron sin entender cuando escucharon la palabra «artistas», pero Andrea se encogió de hombros.
Cuando lo miraron de nuevo, el chófer había caminado un trecho e iba hablando solo, así que se agarraron las unas a las otras y corrieron a seguirlo.
—¿Por qué ha dicho lo de artistas? —preguntó María al llegar a su altura.
Amparo meneó la cabeza.
—Eso es porque no ven muchas españolas y ya se piensan que somos todas bailaoras, seguro —apuntó.
Pero el hombre se detuvo de repente y las miró muy serio:
—Ustedes grandes cantantes por gira internacional. Ya lo dijo Tomás Pera. Tomás Pera es un gran representante mundial de artistas.
Las cuatro apretaron los labios. ¡Tomás!
¿No había dicho en su carta algo así como que fueran aceptando las cosas conforme les llegaban?
Seguro que esto era cosa suya. Ya les advirtió que haría lo que fuese necesario para ganarse un descuento, y las avisó de que tenían que seguirle la corriente en algunas cosillas sin importancia.
El conductor emprendió la marcha y las mujeres lo siguieron de cerca.
Anduvieron hasta que abandonaron la terminal.
El sol se veía difuminado tras una batería de nubes que ensombrecía el cielo.
La humedad se les pegaba a los brazos. Cuando atravesaron la calle perimetral del aeropuerto y se metieron en los aparcamientos, el contacto de la mochila comenzaba a dejarles un rodal de sudor en la espalda.
—¿Falta mucho? —preguntaban de vez en cuando, al ver que, por más que caminaban, Sam no se detenía junto a ninguno de los vehículos estacionados.
—Poco a poco, despacito calentito —se limitaba a responder él.
Las mujeres rebuscaron en la mochila de las otras y sacaron las pamelas y las gafas de sol.
Atravesaron un segundo aparcamiento y salieron a un puente superior.
Caminaban por el arcén de una autopista bastante concurrida a esas horas.
Había carteles enormes con letras ininteligibles y flechas que señalaban en todas direcciones.
Los coches y las motocicletas que les pasaban cerca las obligaron a agarrarse a la barrera de hormigón y a avanzar en fila india. ¿Dónde las llevaba ese hombre? ¿Había un vehículo o pretendía que fueran a pie hasta el centro de la ciudad cartelito en mano?
El ambiente era aplastante. Pensaron que sus pies se desprenderían de sus tobillos y que después pasaría lo mismo con sus rodillas y con sus caderas. Habían pasado la noche en un avión y no estaban en la mejor de las formas.
Y cuando llevaban más de dos kilómetros de caminata, Sam subió un bordillo, salió del arcén, se metió en un camino de brozas y matorral bajo y les mostró el coche.
Las cuatro amigas se miraron las unas a las otras, aliviadas. Andrea soltó una risotada y tiró su pamela por los aires. Quedó atrapada entre unos espinos y Sam se la rescató al instante.
¡Por fin iban a sentarse!
Nunca se habían puesto tan contentas al ver un coche.
Después de haber deambulado por lo que les pareció un desierto, habían dado con un oasis.
Ayudaron al conductor a apartar las ramas con las que había cubierto el Ford Fiesta de ciento tres años para hacerlo invisible a los ojos de cualquier desaprensivo, sujetaron la puerta del maletero para que no cayera encima de Sam mientras cargaba la maleta grande y después lo vieron colarse por el hueco para abrir las puertas desde dentro.
Cuando las cuatro se enfrentaron al olor a ropa húmeda y especias que escapó del vehículo, a la tapicería de color indefinido entre marrón y negro y a los agujeros de quemaduras en el techo, simplemente esbozaron una sonrisa.
Para ellas todo eso carecía de importancia.
Estaban frente al carruaje en el que reposarían sus nalgas y descansarían sus pies.
María se sentó junto al conductor; sus tres amigas, detrás.
—Aparcamiento dentro aeropuerto Suvarnabhumi de Bang-kok: caro —les explicó Sam—. Aparcamiento fuera aeropuerto Suvarnabhumi de Bangkok: barato.
—Sí, señor —dijo Andrea—. Aparcamiento encima de aquella montaña que se ve al fondo: gratis.
El conductor se echó a reír y las mujeres, que ya veían posible llegar a su hotel, rieron con él. Se sentían las pioneras de una expedición que nunca antes se había llevado a cabo, y Andrea supo que ninguna de las cosas que había leído en la guía le serviría para hacerle frente.
Estaban solas. ¿Qué mejor sensación que la de ser responsables de su propio camino? Observó a sus amigas a su lado, y la nuca de María frente a ella. Acababan de aterrizar y, a pesar del cansancio, no recordaba la última vez que se había sentido tan despierta.
Sam puso el viejo coche en marcha y guardaron silencio. Una nube densa de humo negro las obligó a subir a toda prisa las ventanillas y cubrirse la cara con lo que tuvieran a mano.
Amparo tosió.
Después, Sam puso la marcha atrás, apoyó el codo en el respaldo de su asiento y, mirando hacia esa dirección con la cara muy seria, emprendió la marcha.
Pasó de cero a cien en lo que se tarda en decir «nos matamos».
Las mujeres chillaron, aterrorizadas, al ver como el conductor saltaba hacia atrás el bordillo de la autopista, se incorporaba al tráfico con medio coche en el arcén y medio en uno de los carriles y, dando un volantazo que obligó a los demás vehículos a modificar su trayectoria, puso tercera, cuarta, quinta, y voló entre el resto.
Sam conducía en zigzag adelantando a derecha e izquierda. Aquellos con que se cruzaban solo veían un viejo Ford Fiesta que echaba humo, con un conductor sonriente hasta el extremo y cuatro señoras con la boca abierta y las palmas de las manos apretadas contra el cristal.
—¡Sam! ¡Más despacio! ¡Para! —chillaban.
—¡Sam, que nos matamos!
Pero Sam no estaba dispuesto a reducir la marcha.
—Coche consume menos fuel si deprisa. Despacio es muy caro —se limitaba a decir.
Y chillaron y se agarraron a la manecilla de la puerta, al techo y a ellas mismas hasta que dejaron la autopista y llegaron a la ciudad.
Un par de minutos después, se habían detenido entre un mar de vehículos y respiraban aliviadas. No les importaron los pitidos ni las quejas del resto de los vehículos. El atasco era una bendición, y tuvieron la certeza de que sobrevivirían a aquella carrera.
Andrea sacó de su mochila un bote que tendió a las demás.
—Un tranquilizante, que nos vendrá bien —dijo.
—Yo quiero pastilla —dijo Sam, poniendo la palma de la mano él también.
Andrea le dedicó la más tajante de las miradas y le dijo que no moviendo el dedo de un lado al otro.
—Son para la tensión, que nos va a dar un infarto por tu culpa. Estaban en Bangkok.
Por detrás de los edificios bajos y desconchados, surcados por decenas de cables superpuestos que se entrecruzaban entre ellos y pasaban por encima del tráfico, adivinaban rascacielos e infraestructuras tan modernas y ligeras que parecían pertenecer a otro planeta.
Vieron templos altos de forma piramidal, con la fachada y el tejado surcado por las tallas de mil dioses.
Incontables neones superponían su brillo en las paredes del mismo modo que motocicletas, tuk tuks, camiones, coches y taxis lo hacían en el asfalto.
—¡He visto un mono! —chilló María, señalando hacia algún sitio entre las azoteas.
Las demás se acercaron hacia adelante para ver mejor, pero no vieron nada.
—¿Cómo vas a ver un mono, mujer? —dijo Amparo mientras buscaba moviendo las pupilas de un lado a otro.
—Que sí, que era un mono —se defendió María, con el dedo preparado por si tenía que señalar otra vez.
—Monos muy ladrones de las cosas —les explicó Sam, moviendo la cabeza a modo de desaprobación—. Mono en el templo es mono bien; mono en la ciudad es mala vida.
—¡El mono! ¡Ahí! —chilló María de nuevo.
Y esta vez lo vieron las cuatro. Era un animal de pelaje pardo que saltaba entre los cables y enredaba su larga cola en ellos.
—Es grandote —apuntó Celia—. Menudo susto.
—Mala vida ese mono —se lamentó Sam.
—¡Haced una foto para mi Martín! —ordenó Amparo.
Cuando intentaban sacarle alguna instantánea con los teléfonos, no acertaban a ver nada.
Se pusieron en marcha de nuevo, adentrándose en la ciudad bulliciosa de gente que cruzaba la calzada sin orden, comía bajo sombrillas improvisadas o se paraba en los puestos ambulantes que se tragaban las aceras.
María volvió a señalar al exterior, llamando la atención del resto, que apelotonaron las narices contra la ventanilla más cercana.
—¿Más monos? —preguntó Celia.
Pero no tardaron en fijarse en las columnas esbeltas que sostenían las vías por las que circulaba el monorraíl.
Estar en Bangkok no se parecía a nada que hubieran experimentado antes.
No era como estar en Canarias o en Murcia.
No se trataba de pasear y hacer alguna foto de vez en cuando.
La ciudad escupía hacia ellas colores chillones y facciones locales que no habían visto antes.
Los balcones, las aceras, las latas de comestibles que asomaban en los escaparates…
Cada uno de los pequeños detalles que las rodeaban era digno de explorar.
Habían venido de un mundo que pisaban de puntillas para embutirse en otro en el que cada uno de sus pasos dejaba huella.
Era una sensación intensa que a veces les producía palpitaciones.
No podían evitar agarrarse de las manos o tocarse el hombro o los brazos, tratando de transmitir a través de la piel todo aquello que eran incapaces de poner en palabras.
Era Bangkok, era caos, era novedad, era lo viejo y lo nuevo conviviendo y compartiendo, era el contraste más extraordinario que habían visto jamás.
Abandonaron las avenidas de ocho carriles y fueron serpenteando entre barrios más humildes, casas bajas despintadas por el sol, árboles frondosos y badenes en el pavimento.
Callejearon tratando de colar la mirada a través de las ventanas en las que se veía actividad.
No querían perderse ninguna de aquellas impresiones.
Vieron a una mujer que bañaba a su hijo en un barreño en el balcón.
El niño chillaba y el agua caía a la calle produciendo una cascada que los de abajo, sin saber su procedencia, esquivaban sin más.
Cuando Sam detuvo el vehículo, se extrañaron por un instante. Se habían sumergido tanto en la travesía que habían olvidado que iban a su hotel. No tenían ni idea de dónde se encontraban y eran incapaces de leer el nombre de la calle, pero no les preocupó.
Ellas pertenecían a la generación sin GPS, la que más cambios ha experimentado a lo largo de la humanidad. Los más jóvenes se habían reído de ellas porque no atinaban a programar el vídeo o porque se hacían un lío con los emoticonos, pero eran las que se habían valido siempre por sí mismas.
Sam les abrió la puerta para que se apearan y bajaron del coche. Estaban en una calle más tranquila que las colindantes, transitada por vehículos pequeños y mucha gente a pie. Frente a ellas se alzaba un edificio blanco, desconchado, de tres pisos, con balcones pequeños, contiguos y similares.
Sobre la entrada había un cartel anclado a un cable de la luz que atravesaban la fachada. Se balanceaba levemente.
Hotel Butterfly. Su hotel.
—Señoras artistas, por favor, gracias —les dijo Sam al descargar la maleta—, es un placer conocer a Sam. Pasadlo bien.
—Señor Sam —dijo Andrea, muy solemne—, nos ha quitado usted tres años de vida con su manera de conducir. Tenga cuidado, buen hombre.
—Mucho honor para Sam —replicó el chófer.
Chocó la mano de las cuatro mujeres y se despidió de ellas agachando la cabeza en un saludo respetuoso, al estilo oriental. Se introdujo en el vehículo. Las cuatro amigas se miraron las unas a las otras y corrieron hacia el hotel antes de que arrancara, no fuera a llenarlas otra vez de humo.