ATERRIZANDO…
Once horas de vuelo eran muchas horas, a pesar de tener todo el vino y los bocatas que quisieran.
Entender cómo funcionaba la pantalla integrada en la parte delantera del asiento no era fácil y el mando a distancia conectado no siempre obedecía cada vez que pulsaban.
Después de siete veces, ninguno de los pasajeros se inmutó cada vez que María se despertó chillando ¡brace, brace! para quedar profundamente dormida de nuevo.
Cuando el avión aterrizó y circularon por el aeropuerto hasta el lugar en el que debían desembarcar, María seguía durmiendo. El resto, con las caras pegadas a la ventanilla, se fijaron en los detalles que les clamaban que estaban en la otra parte del mundo.
Pasaron junto a aviones con dos alturas de asientos, tan colosales que parecía imposible que pudieran despegar; había carteles con caracteres que nunca habían visto, y la gente que ayudaba en la pista tenía los rasgos asiáticos.
Había aviones de todos los colores posibles y el sol, espléndido a aquellas horas de la mañana, dibujaba crestas en su cola.
Llevaban bien asidas las tarjetas que habían tenido que rellenar para enseñar en el mostrador de inmigración.
Cuando la nave se detuvo y los pasajeros comenzaron a ponerse en pie para rescatar sus pertenencias del portaequipajes superior, Andrea los imitó. Apenas había pegado ojo y sentía cosquillas en las puntas de los dedos.
Tenían que despertar a María.
—María, despierta, va, guapa —dijo Celia, dándole suavemente con la palma de la mano en las mejillas.
—¿Ya estamos en París? —preguntó la otra, abriendo los ojos.
—Estamos en Asia.
—¿Al final no hemos parado en París? —preguntó sobresaltada.
Y las otras tres rieron.
—No te preocupes —rio Andrea—, que, aunque no recuerdes París, París no podrá olvidarte.
Una vez en la terminal, Andrea buscó la carta que le había dado su nieto Roberto de parte de Tomás.
En ella estaban las instrucciones acerca de lo que hacer llegadas a ese punto.
Tenía una indicación en mayúsculas en la que podía leerse: «No abrir hasta que no hayáis bajado del avión y estéis en Bangkok».
Las cuatro rodearon a Andrea, curiosas. La carta decía así:
Queridas Cameron, Drew, Lucy y la que falte:
No quería que leyerais esto antes de llegar, que las cosas hay que recibirlas cuando tocan y un exceso de información nunca es bueno.
Bueno, pues ya estáis en Asia, para que no se diga, y eso significa que yo estaré en tu casa, Andrea, viendo la tele a cuerpo de rey.
Vale, es broma, ja, ja, ja. Estoy estudiando como un loco.
Para que veáis que estoy en todo y os trato como reinas, en cuanto recojáis la maleta de la cinta de equipajes, va a haber un tipo con un cartelito esperándoos afuera.
No os imaginéis gran cosa del tipo que va a buscaros, aunque lo veáis con gorra y eso.
Es muy normal que los hoteles tengan servicio de espera en el aeropuerto para sus clientes vip.
Os va a llevar al hotel, que está en una de las zonas chulas de Bangkok (al menos yo solo he oído maravillas).
Ahora, seguid al resto de la gente que salga del avión y os llevarán directas al lugar de donde salen las maletas. ¡Fácil!
Cualquier cosa que queráis, me contactáis como acordamos.
Un abrazo, Charlie
Doblaron la carta con una sonrisa y Andrea se la volvió a guardar en la mochila junto con el resto de documentos.
El pasillo estaba vacío. Los pasajeros que habían salido de su mismo avión habían estado pasando por su lado, e incluso se habían llevado algún codazo que otro, y ya no quedaba nadie a quien seguir.
Las cuatro se miraron con los ojos bien abiertos.
—¿Qué hacemos? —preguntó Celia.
—Bueno —dijo Andrea—. No os preocupéis, que estamos en un aeropuerto, no nos vamos a quedar aquí para siempre…
—No te creas —dijo María—. Hay una película de Tom Hanks. Va de un hombre que se perdió en un aeropuerto y tuvo que vivir en él muchos años. Se afeitaba y todo en los baños. Vi un trozo.
Echaron a andar, cautas.
No se veía un alma.
Elegían cada vez el pasillo más ancho de entre los que iban encontrando en cada bifurcación, hasta que llegaron al fin a una zona con indicaciones. Estaban en varios idiomas, pero no eran capaces de entender nada.
—¡Por aquí! —indicó Amparo—. Hay una señal con el dibujo de una maleta.
Las otras tres avanzaron hasta donde estaba su amiga.
— Baggage reclaim —leyó María, poniendo el máximo énfasis en cada sílaba.
Era una pista, así que siguieron las indicaciones con la misma leyenda y pronto se encontraron con viajeros que se unían a ellas desde los corredores contiguos y por detrás, hasta que se toparon con una cola larguísima de personas.
¿Tanta gente viajaba? Había familias enteras, niños pequeños, parejas, amigos, ancianos. ¿Qué iría a hacer toda esa gente en Asia? ¿Por qué para ellas era tan extraordinario algo que para el resto parecía de lo más normal?
—Esto en Canarias no era así —dijo Celia—. Allí bajabas del avión y te podías ir directamente para afuera.
Amparo negó.
—Eso es que tú te dejabas llevar por Manuel y no te enterabas de nada, pero yo sí que me acuerdo. Había cola, no tan larga, pero había cola. De aquí cogemos las maletas.
Y Celia sonrió, una sonrisa que le recordaba a los viejos tiempos, a Manuel llevándola de la mano, sin más preocupaciones.
Amparo cogió del brazo a su amiga y le dedicó una sonrisa amable.
—No te preocupes, yo me encargo, que me acuerdo como si fuera ayer.
Llegaron a una cabina acristalada con un militar dentro y se adelantaron las cuatro a la vez hasta situarse a diez centímetros escasos del cristal.
Cuando el oficial levantó la cabeza de lo que estaba haciendo y las vio plantadas frente a su mostrador, dijo algo que no lograron entender. Parecía enfadado y aspeaba los brazos con rapidez.
—No se le entiende nada —se quejó María—, y eso que gesticular, gesticula.
—Suena a chino —dijo Andrea.
—Igual es chino y todo —replicó Celia.
—Perdone —le dijo Amparo, acercándose más al cristal y hablando lo más fuerte y lo más despacio que pudo—, es que llevamos las cuatro la misma maleta, una grande, verde azulada, con un lazo rojo de raso en…
Pero a aquellas alturas, el oficial estaba rojo como un tomate y se había quitado hasta la gorra.
Uno de los chicos de la cola se adelantó por detrás de ellas y dijo algo que logró que el oficial, que ya se levantaba y pedía refuerzos, volviera a sentarse.
—Señoras —dijo el muchacho, con acento chileno—. Deben pasar de una en una y mostrar el pasaporte. ¿No han rellenado una tarjeta amarilla en el avión?
—Pero ¿aquí no es donde se piden las maletas? Llevamos todo el camino siguiendo la señal de Gaje reclan —dijo Amparo.
—Este es el control de inmigración —aseguró el chico, al tiempo que miraba de reojo para asegurarse de que el oficial, que todavía las esperaba, no perdiera la paciencia.
—¡Ay! —exclamó Amparo, al darse cuenta de su error—. Que me he confundido. En Canarias no tuvimos que hacer esto. Es que hace ya años. Como el botones que nos llevaba y nos traía el equipaje entonces también llevaba gorra y era bajito…
—Señoras mías —dijo el joven—, no se me demoren, que esta gente tiene poca paciencia y muy mala uva. Estos oficiales te sacan la cresta a la mínima. Sáquense los documentos y de una en una.
Las mujeres asintieron y, cuando mostraron los formularios amarillos, María notó como las piernas le temblaban. Se puso blanca como la pared.
—¡Ay, que yo no tengo eso, ay, que yo no tengo eso! —chilló.
—¡Ey! —dijo el chico—. Usted es la de brace, brace del avión.
Menudo susto las primeras veces.
María lo miró confusa. No tenía ni idea de a qué se refería.
—Calla, María, que tengo aquí el tuyo —le dijo Andrea—. Te lo he rellenado yo. Solo tienes que firmar.
Y por fin pasaron de una en una.
Al parecer todo estaba bien.
—Espérenme cuando pasen, será lo mejor —las avisó el chico.
Y a ellas les pareció la mejor idea del mundo.
Aquel muchacho les explicó en qué pantalla leer el número de la cinta por la que iba a salir la maleta.
Como venían en el mismo avión, tuvieron suerte y él las ayudó a sacarla de entre las al menos trescientas maletas que se apilaban las unas contra las otras en equilibrios imposibles y manos que querían agarrar la propia y llevársela.
Y cuando tuvieron el equipaje, por fin pudieron respirar, tranquilizarse y presentarse.
—Me llamo Agustín y tengo aquí la pega —les dijo.
—¿La novia? —preguntó María.
—No, el trabajo, el oficio. Soy representante de minería en esta parte del mundo, pero, bueno, no por mucho tiempo: en cuanto pueda, me viro.
—Claro —dijo Amparo—, es que la familia se echará de menos. Tira mucho.
—Sí tira, sí, pero yo de aquí me quisiera ir a un lugar más tranquilo, Miami o algo así, cerca pero lejos, ya me entienden.
Y las mujeres asintieron, aunque no tenían ni la más remota idea de lo que quería decir.
—Nosotras estamos de vacaciones, ya sabes.
—Eso está muy bien. Cuídense y, si necesitan algo, ya saben, a la agencia de viajes a reclamar, no lo duden.
El chico se despidió con la mano y las cuatro amigas le devolvieron el saludo. Por ahí se iba el salvador, el que sabría qué debían hacer en cualquiera de las situaciones a las que pudieran enfrentarse.
—Teníamos que haberle pedido el teléfono —se quejó Celia.
—O decirle que íbamos a ciegas, a ver si se apiadaba y nos llevaba con él —dijo Amparo.
—Ey, vosotras —replicó Andrea, poniéndolas firmes—, que hemos venido aquí a valérnoslas por nosotras mismas, a demostrar que no nos hace falta nadie para sacarnos las castañas del fuego, que somos independientes y podemos con lo que nos echen. Aquí nos valemos las cuatro y punto.
Se volvieron al escuchar una voz. Pertenecía a otro militar, y pronunciaba las palabras con el mismo ademán serio que ya había usado su compañero. Un perro tiraba de su brazo en dirección a ellas. Mostraba las fauces y no les quitaba el ojo de encima.
—¡Ay, que nos tira al perro! —chilló María.
—¡Agustín! —chillaron al unísono, pero Agustín no aparecía por ningún lado. En su lugar se aproximó una mujer oficial que, por suerte, hablaba en español.
—Señoras, cálmense. Este es un perro antidroga —les explicó.
—Nosotras también somos antidroga, todas nosotras. Pensamos que destroza las familias —balbuceó Celia.
—Señoras —las interrumpió la oficial—, este perro busca sustancias no permitidas entre los equipajes y ha olido algo en esta señora.
Y señaló a María.
La pobre se derrumbó allí mismo:
—¡Que se me llevan presa! ¡Socorro! ¡Agustín!
Hizo falta media hora para averiguar que aquel perro había olido el rastro de Sofy y Loren en las ropas de su dueña cuando se despidieran el día anterior.
Cuando salieron a la terminal, María todavía resoplaba del susto. A pesar de los numerosos viajeros que se aglutinaban en el vestíbulo, no les fue difícil localizar a su chófer. Era pequeño, moreno y sujetaba una pizarra en la que podía leerse: «Ángeles de Tomás».
Se había tumbado en una fila de asientos vacíos y roncaba.