Las reinas de Asia EL PRIMER AVIÓN
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EL PRIMER AVIÓN

Atravesaron el control de seguridad que las separaba definitivamente de los suyos con lágrimas emocionadas. Les temblaban las manos y tenían que soplar para regular la respiración. No podían evitar volverse y observar a la comitiva que vitoreaba y las animaba con entusiasmo.

Se sentían como los concursantes de los realities que veían por la tele.

Después las inundó el silencio más absoluto y solo fueron capaces de escuchar los latidos de su corazón.

Gracias a la experiencia de Canarias, supieron que lo que llevaran en los bolsillos, relojes y joyas, se dejaba en las bandejas de plástico que te facilitaban los miembros de seguridad, y que la bandeja se dejaba sobre la cinta transportadora para que pasara por el escáner.

Andrea esbozó una sonrisa al recordar aquella excursión y a la mitad de sus compañeros, que atravesaron el arco con la bandeja en la mano.

Solo cuando se sentaron cerca de su puerta de embarque, cosa que también sabían por Canarias, se atrevieron a mirarse las unas a las otras.

Tenían un pie en Asia.

—Yo creo que este billete está mal, que Tomás se ha equivocado —dijo Celia—, porque ya me diréis.

El primer avión sale a las 12.55, llega a París a las 15.

05, y son dos horitas de vuelo, ahí me cuadra.

Pero atended, porque después el otro sale a las 16.

05 para Tailandia para llegar a las 8.20 de la mañana, ¿eso cuántas horas son? ¿No son muchas horas?

—Dieciséis —dijo Andrea.

—Por eso mismo lo pregunto. ¿Cómo puede ser, si aquí pone que todo el viaje lo hacemos en quince horas y pico?

Celia no dejaba de contar.

—Eso está mal —dijo Amparo—. A lo mejor es que llegamos a las nueve, pero de la noche, a las veintiuna. Se habrán equivocado.

—Tampoco me salen las cuentas. Entonces nos quedamos cortas —se alarmó Celia.

—Bueno, pero mejor cortas que largas, ¿no? —insistió Amparo.

—Tomás se ha equivocado —dijo Andrea—. Ese no sabe ni cuándo llegamos ni cuándo nos vamos ni nada de nada, y mira que es fácil hacer la comprobación. Esto lo tenemos que aclarar.

Andrea se puso en pie y se dirigió a una de las puertas de embarque que tenía auxiliar de vuelo presente. Las demás la siguieron.

—Disculpe, es que estamos de camino a Bangos… —intentó decir Andrea.

—Bankol —corrigió Amparo.

—Es Bangosh, como el pintor ese sin oreja —apuntó Celia. Optaron por dejarle el billete y que lo leyera él solo.

—Miren —dijo el chico amablemente—, esto está bien. Es que cuando lleguen verán que hay seis horas de diferencia horaria. Lo que les marca el billete es la hora en destino.

—¡Ah, claro! —dijeron las cuatro a la vez—. Ya nos pensábamos que íbamos a ir por el camino largo, dando vueltas.

Una vez aclarado, todo volvía a estar en orden. Asia estaba donde tenía que estar, y ellas estaban dispuestas a encontrarla.

Las cuatro amigas se sentaron de nuevo. María comenzó a abanicarse con el papel del billete. Se había puesto tres camisetas, una debajo de otra, para poderse llevar más ropa. Se estaba asando.

—Qué buen chico es Tomás —dijo Andrea entonces—.

Lo mal que me sabe desconfiar del muchacho.

Se le ve muy cuidadoso, preocupado por el medio ambiente.

Imaginaos, que me dijo que quería llevar a mi casa unas plantitas que cultiva él mismo.

Nos pensamos lo peor de la juventud, y después no es lo que es.

Amparo dio un codazo al resto y se fijaron en una joven con el pelo largo y una mochila enorme a la espalda. No había nadie más en la puerta de embarque, pero se dirigió a ella y se sentó en el suelo. Después sacó un libro y se puso a leer.

—Esa es ya la cola —dijo Celia.

—Es pronto, ¿no? —dijo Andrea. Consultó su reloj y miró a derecha e izquierda. No había demasiada gente en el aeropuerto.

Amparo se puso en pie. Celia la imitó.

—Nunca se sabe. Nos confiamos y nos quedamos las últimas.

En cuanto echaron a andar, una pareja muy joven apretó el paso para ganar el segundo puesto.

—¡Os lo dije! —chilló Celia.

Y las cuatro aceleraron la marcha, aunque no hubo manera de adelantarlos. Andrea volvió a consultar su reloj. Faltaba media hora para el embarque.

Amparo, Celia, Andrea y María entrecerraron los ojos y observaron a la pareja, que también se sentó en el suelo. Se hacían carantoñas. Reían en un idioma que podría ser francés. Parecían de lo más inocentes, pero no, ellas sabían que eran unos aprovechados.

La cola permaneció desierta durante veinte minutos más y, poco a poco, comenzó a llenarse de gente.

Las cuatro mujeres sonrieron orgullosas ante su cuarto a octavo puesto, pero después se les congeló la sonrisa porque una azafata que no debía entender que el sitio es para el que se lo gana estableció por megafonía que primero debían entrar los que tuvieran prioridad, después las familias con niños y después el resto.

—Y las abuelas, ¿cuándo? —se quejó Celia.

Aquello era intolerable. Tuvieron que ver como la mitad de los pasajeros del avión se les colaban. Qué descaro. Estaba el mundo lleno de listos.

Uno de los inconvenientes de viajar con los billetes de Tomás era que los asientos podrían no estar correlativos y, al subir al avión, tuvieron que dirigirse cada una a su fila asignada.

Guardaron las mochilas en el compartimento superior, se sentaron y se abrocharon el cinturón.

María iba en la fila siete y las demás desperdigadas por detrás.

Tenían dos horas por delante para descansar y lo necesitaban.

No se podía decir que habían pegado ojo durante la noche anterior, entre ataques de melancolía, pánico y nostalgia.

Cerraron los ojos en cuanto vieron la oportunidad para volver a abrirlos poco después, durante la explicación de la azafata de las medidas de seguridad del avión.

Atendieron concentradas a la manera de colocarse el chaleco salvavidas o a qué hacer si caían mascarillas del techo.

Les explicaron que, al escuchar brace, brace, debían agacharse para adelante cogiéndose la cabeza, y María soltó un «madre mía, ¿dónde nos hemos metido?

», que hizo que a algunos pasajeros se les escapara la risa.

Celia, dos filas más atrás, se llevó la mano al pecho, impresionada por la explicación, y volvió a cerrar los ojos. Mejor no pensar.

Cuando el avión comenzó a circular por la pista, María pulsó por primera vez el botón para llamar a las azafatas.

—María, tranquila —le dijo Celia, alzando la voz para que la escuchara—. Verás como volar es muy bonito.

Un chico vestido con el traje de la aerolínea se inclinó hacia María.

—¿Qué necesita? —preguntó.

María se le quedó mirando con los ojos abiertos como platos.

—¿Es usted el piloto? Mire que yo no quería llamar al piloto.

Quería una azafata. ¿Quién conduce esto ahora?

El chico suspiró y esbozó una sonrisa.

—Soy el auxiliar de vuelo —aclaró, pero, al ver que la cara de susto de María no se calmaba, suspiró y dijo—: Soy el azafato.

María relajó tanto el cuerpo que de repente pareció más bajita, pero su cara continuaba aterrada.

—Mire, señor azafato, creo que no tengo chaleco salvavidas debajo de mi asiento. He estado palpando y no lo encuentro.

El muchacho tomó aire y se agachó para comprobarlo. Celia alzaba el cuello para no perder detalle. Al volverse, vio que tanto Amparo como Andrea miraban también.

—Sí lo tiene —concluyó el muchacho—. Apuesto a que es su primer vuelo. No se preocupe por nada. Estos aviones pasan decenas de controles. Todo está en orden.

Cuando el chico desapareció, María volvió la cara hacia Celia, que la miraba sin saber muy bien cómo ayudarla. La luz de cinturones de seguridad abrochados estaba encendida y era tarde para pedir al compañero de María que le cambiara el sitio. Apostaba a que estaría encantado de hacerlo.

El avión se había detenido y faltaban segundos para que tomara velocidad en la pista. El despegue era inminente.

—Tómate las pastillas del médico —susurró Celia, vocalizando para que María le leyera los labios.

María meneó la cabeza de un lado a otro, con el cuello vuelto. Estaba tan nerviosa que la voz le salía urgente, a más volumen del que hubiera querido.

—Ni pensarlo. ¿Y si me tengo que poner el chaleco? ¿O la mascarilla? Todos saltando por el tobogán y yo durmiendo la pava. ¡¿Y si dicen brace, brace ?!

Se escuchó un murmullo general y gritos apagados al escuchar aquellas dos palabras. Los pasajeros agacharon la cabeza y adoptaron la posición de emergencia. Un niño lloró por detrás de ellas y un par de pasajeros chillaron.

—No, no —se escuchó por megafonía—. Ha sido una falsa alarma. Todo está bien.

Cuando el avión alcanzó la velocidad de crucero, María estaba tan agarrada a su asiento que se le habían agarrotado las manos y sudaba como una pava.

El señor que había sentado a su lado accedió gustoso a cambiar su sitio, pero no por el de Celia, sino por el de Amparo, que era el único de las cuatro con ventanilla.

—Si es que vosotras esto ya lo sabéis de Canarias, pero para mí es nuevo —se disculpó María.

Amparo trató de despegarle la mano del reposabrazos. Lo iba a romper si continuaba haciendo tanta fuerza.

—No te preocupes —dijo Amparo—. Tómate la pastilla y, de ser necesario, te prometo que te coloco el chaleco, la mascarilla, y te arrojo rodando tobogán abajo.

María suspiró y dedicó una sonrisa complacida a su amiga. Después, acabó tomándose la media pastilla.

—No me hace nada —se quejó temblando, unos minutos después—. No funciona, ya ves. Me noto hasta más nerviosa.

Amparo sacó las gafas de cerca y leyó el prospecto.

—Aquí la letra es minúscula y no veo una castaña —dijo finalmente—. Tómate una entera, que no va a pasar nada.

Y María se tomó otra entera. Amparo la miró fijamente por encima de las gafas de cerca.

—Decía una entera en total, no la media de antes y la entera de ahora, María.

María la observó con los ojos como platos y, antes de que pudiera replicar algo, se había quedado dormida.

Cuando aterrizaron, las azafatas las dejaron salir del avión las primeras, junto con algún otro pasajero que también tenía que hacer otra conexión, y tuvieron que cargar con las mochilas de ruedas y con la propia María, que no había quien la despertara.

Al principio la agarraron por los hombros, pero era un peso muerto y no hacían más que caerse las unas encima de las otras.

—A grandes males, grandes medios —dijo Andrea.

Ante la mirada estupefacta de Amparo y Celia, tumbó a María en el suelo.

Andrea indicó a Celia que cargara con la mochila de la indispuesta y Amparo y ella misma tiraron cada una de un pie.

Después se sonrieron, triunfales. Comprobaron que adelantaban más si la arrastraban por el suelo que si la cargaban como un saco.

—Arreglado —dijo Andrea, satisfecha.

Y vaya si adelantaron. A los veinte metros tenían encima a un grupo de agentes de seguridad que, en francés, les ordenaban que levantaran las manos y se estuvieran quietas.

Explicar en español que no estaban intentando secuestrar a nadie, sino que solo querían llevar a María hasta la puerta de embarque del próximo vuelo, no fue fácil. Por más que chillaban y recalcaban cada sílaba, aquellos agentes no atendían a razones.

Menos mal que los pasajeros del vuelo que acababan de abandonar llegaron a su altura, y alguno que sabía francés pudo explicar que no eran peligrosas, no en el mal sentido de la palabra.

Después mostró a uno de los agentes el billete que Celia tenía en las manos y, al ver que su conexión salía en veinte minutos, el policía dio órdenes, se produjo revuelo, alguien llegó con una silla de ruedas en la que montaron a María y las acompañaron hasta la terminal en la que ya las esperaba su próximo vuelo.

Cuando se sentaron en el segundo avión, se sintieron tan aliviadas que comenzaron a aplaudir.

Las habían sentado juntas, el avión no iba lleno y encima vieron que podían pedir vino blanco y aperitivos, así que, mientras María dormía a pierna suelta y roncaba como si se acabara el mundo, ellas hicieron el primer brindis.

Asia las esperaba.