LA DESPEDIDA
Los días pasaron lentos y cargados de señales que les recordaban su viaje inminente hacia lo desconocido.
Cada vez que se sentaban frente al televisor, irrumpían imágenes de aviones, paisajes de selvas exuberantes y ciudades orientales.
También sucedía lo mismo con los carteles publicitarios que decoraban las marquesinas de los autobuses o las conversaciones que escuchaban en la cola de la pescadería.
Cuando Andrea pagó en el quiosco la revista que llevaba más de veinte años comprando religiosamente cada semana, se preguntó qué sucedería con los números que no llegaría a recoger y sintió un escalofrío.
¿Y qué sucedería con la telenovela turca que tanto le apasionaba?
¿Y con el almuerzo de cada miércoles con su cuñada y las niñas en el mercadillo?
¿Y con su sofá? ¿O con la segunda balda de la nevera, con el sol que se reflejaba en los azulejos junto a la lavadora o con el sonido que hacía la persiana al bajarse?
Andrea tragó saliva. Se alejaba de todo y todo se alejaba de ella.
Cerró los ojos y respiró profundamente. Volvió a mirar la revista, que mostraba a una pareja de recién casados, a alguien que enseñaba su casa, un romance y una exclusiva de separación.
Mostraba la vida de los demás. Tenía que estar dispuesta a vivir la suya.
Justo cuando estaba a punto de abandonar el establecimiento, alzó la vista y vio una guía de viajes.
Se titulaba La Asia Exótica . Tenía más de dos mil páginas.
La portada mostraba el rostro de una mujer jirafa en Tailandia.
Andrea contó más de veinte anillos en su cuello.
Al abrirla para echarle un vistazo, comprobó que estaba escrita a doble columna, con una letra minúscula y sin apenas dibujos, pero respiró hondo y la adquirió también.
Sabía que era demasiado pesada para cargarla en la maleta, pero estaba dispuesta a leer lo máximo posible antes de marcharse.
Con el paso de los días, llegó a conocer que, en la ciudad de Varanasi, en India, los hindúes queman a sus fallecidos y después arrojan las cenizas al Ganges.
Y que en Chiang Mei, en Tailandia, se dejan flotar farolillos en el cielo que representan todo lo negativo que no queremos en nuestra vida.
Asia, con una extensión más grande que la luna, era el continente mágico, y sintió vértigo al darse cuenta de la cantidad de cosas que tendría que aprender.
Celia pasaba más tiempo en la residencia con Manuel. Le contaba todo lo que se le ocurría referente al viaje y las cosas que le habían dicho que se encontraría en los lugares que pensaban visitar. Hablar con Manuel era como hablar consigo misma en voz alta, y la ayudaba a ordenar sus pensamientos.
—Manuel, las mujeres se visten como antiguamente para todo, con las telas de sedas atadas a lo romano, pero más elegante. ¿Me imaginarías a mí así vestida? ¿Con flores en el pelo?
Pero Manuel no decía nada y ella le acariciaba la mano esperando que no la apartara.
Amparo pagó su penitencia antes de haber dejado Valencia.
Se partió el lomo atendiendo a su hija, haciendo recados y cosiendo las cortinas que le había pedido para el salón.
—Mamá —le había dicho Mónica—, como cuando te vayas no voy a poder trabajar tanto, voy a aprovechar para hacer horas, si es que te viene bien, que hay que amoldarse al son que marques.
—Lo que te haga falta —le había respondido, con una sonrisa. Porque eso significaba pasar más tiempo con Martín y hablar de Asia y de lo lejos que estaba.
Amparo salía por las mañanas deseando ver al pequeño. Lo vestía por la mañana y, cuando iba a recogerlo a la escuela, lo notaba más alto y más esbelto. Entonces sentía la irremediable separación y lo abrazaba fuerte.
—Martín, cariño, si te comes la pera que te ha puesto tu madre, te cuento cuántas horas de avión hay hasta Tailandia.
El niño, que caminaba a regañadientes hacia la clase de solfeo, iluminó una sonrisa, que volvió a apagarse al ver la fruta.
—Abuela, yo es que necesito el bocadillo. No me gustan las peras.
—Pues media pera y el bocadillo, hijo, va, que son dos bocados. Y entonces te cuento lo de Tailandia.
María repartía el tiempo entre visitar a sus gatos y pasar horas frente al armario, pensando qué bermudas se llevaba al viaje. Había acordado con el resto que podían llevarse cuatro bermudas, seis camisetas, dos vestidos, dos pares de sandalias y el resto ropa interior y de baño.
Nada más.
¿Y si refrescaba? Tampoco ocupaban tanto un jersey de cuello alto, una rebeca y tres vaqueros.
¿Y si le daba por salir a correr por las mañanas? Alguna vez tendría que ser la primera. Necesitaría un chándal, mínimo el pantalón. Igual se podría poner unas mallas debajo de las bermudas para ir al aeropuerto. A lo mejor las otras ni lo notaban.
¿Y calcetines? No estaban en la lista, pero a lo mejor era un olvido. ¿Qué daño iban a hacer tres o cuatro pares?
Observaba la bolsa de viaje, junto a ella, y de repente pensaba que todo estaba mal. ¿Cuántos pijamas? ¿Manga larga o corta?
Cuando sentía que la incertidumbre le daba latigazos en las sienes, optaba por dejarlo todo y salir a la calle, rumbo a la casa bohemia del centro en la que vivían sus gatos.
Sofy y Loren estaban estupendamente cuidados.
Les habían puesto un rincón especial y unos canastos decorados en los que podían leerse sus nombres.
Los gatos ronroneaban al verla y ella se derretía de amor.
Solo estaba un pelín preocupada por la influencia que una pareja de homosexuales pudiera ejercer sobre los dulces gatitos, que eran muy sensibles, y estaba dispuesta a desalojarlos a toda prisa en cuanto percibiera algún signo de estrés en ellos.
Luis y Gabriel eran de los que se besaban en público, sin ningún pudor, y los gatos no estaban hechos a esas degeneraciones.
También se decidió a llamar al fontanero para reparar la pila del baño antes de irse.
Cuando lo vio entrar en casa, cargado con el maletín de herramientas, a María se le encendieron los ojos.
Tenía la tez oscura y unos ojos grandes y expresivos.
¡Era indio! El señor cortó el agua y procedió a desmontar el lavabo cuando María atacó.
—Hola, ¿cómo va? ¿Necesita algo?
El hombre seguía trabajando sin mirarla.
—Voy bien. Solo hay que desmontar el sifón. Hay pelo… ¿de gato?
María se echó a reír.
—Tengo dos gatitos.
El hombre asintió.
—Si quiere, le explico cómo limpiarlo para la próxima, y así se ahorra un dinero.
—Calle, calle, yo no soy nada manitas y no creo que me vaya a cobrar tanto a mí, una mujer mayor.
El fontanero la miró con el ceño fruncido. María fue al grano:
—Me voy de viaje —dijo, poniéndose en cuclillas, a su lado—.
Seguramente voy a pasar por la India.
El hombre siguió a lo suyo sin mirarla siquiera. María esperaba una reacción un poco más viva, un consejo, algún truco que solo supieran los locales…, pero nada.
—Muy bonito —se limitó a decir el señor.
—Una pasada —replicó ella—. La cuna de muchas cosas, pero, bueno, ¿qué le voy a decir a usted?
—Supongo que tiene que ser interesante.
—¿Emigró de pequeño y ya no se acuerda?
—¿Que no me acuerdo de qué? —preguntó el fontanero, mirándola extrañado. Definitivamente había logrado captar su atención.
—¿No es usted indio?
—Señora, yo soy de Perú.
—Nada que ver —dijo María—. Mire que India es bonita, pero es que Perú es precioso, con sus cosas y sus gentes hospitalarias.
María se puso en pie. Cuando el fontanero le tendió la bola de pelo de gato que atascaba el sifón, la metió en una bolsa.
Y el día decisivo al fin llegó. Tenían que estar en el aeropuerto a las once del mediodía, y cerrar la casa fue aún más complicado que elegir las bermudas.
Apagar las luces; desconectar agua, la nevera y el gas; cerrar persianas; lavar la ropa de cama para que a la vuelta las esperara todavía con el olorcito a limpio y echar el último vistazo a los cuadros en las paredes, las ollas en la cocina y las fotos en los álbumes.
Para Amparo, fue decir adiós a los rincones en los que todavía podía sentir a Fernando y rezar para que, si algo le pasaba a ella en el otro lado del mundo, su alma pudiera encontrarla.
Para Celia, fue despedir a Manuel deseando que nada cambiara a su vuelta.
Atravesaron el rellano, llegaron a la planta baja y avanzaron calle abajo empujando la mochila. Sentían que se iban para no volver. Les sudaban las manos y la respiración se les entrecortaba en algunas ocasiones.
¿Por qué habían tenido que complicarse tanto la vida?
A Amparo la esperaba su hija Clara aparcada en doble fila. La recibió con un abrazo y la mujer se sumergió en él. No recordaba ninguno de los motivos por los que se había decidido a emprender aquella aventura.
Clara le acarició la espalda y le dijo algo en lo que no había pensado, algo que sinceramente ayudó:
—Mamá, si no estás bien, estés donde estés, te vuelves y ya está.
Y Amparo sonrió entonces.
—Gracias, hija.
Andrea cogió el autobús. La acompañaba su nieto Roberto. En cuanto la dejara en el aeropuerto, el chico se volvía con Tomás. Tenían la casa para ellos solos, y Andrea sintió una punzada de intranquilidad al pensarlo. No sabía si estaba haciendo lo correcto.
Resopló. Agarró la mano de su nieto y la apretó con fuerza, él simplemente se apoyó en su hombro.
—Abu, lo vais a flipar.
Y Andrea pensó que ya lo estaba flipando.
A Celia la recogía su hijo mayor, Pepe. Después tenían que pasar a por María.
El hombre besó a su madre cuando la vio aparecer y ella, nerviosa, se aferró a él.
—Mamá, verás qué bien.
—Cuida de tu padre, cariño, mándame los videos, hacedme videollamadas y, si preguntara por mí…
—Si pregunta por ti, serás la primera en saberlo, no te preocupes.
El hijo besó las manos de su madre y ambos subieron al coche. Cuando llegaron al lugar en el que habían quedado con María, no estaba. Celia se inclinó para delante en el asiento y miró hacia su balcón. Las persianas estaban bajadas.
—Vamos con tiempo, no te preocupes —la tranquilizó Pepe.
Pero Celia se preguntaba si tal vez María había hecho lo que ella misma había estado tentada de hacer: desertar. El portal no se abría.
Y cuando ya comenzaban a perder la esperanza de que apareciera, un golpe en la puerta trasera hizo que se sobresaltaran. Se volvieron al segundo y la vieron con una camiseta rosa que le apretaba demasiado el cuello.
—Perdonadme, chicos, vengo del bar. Desde que he bajado hace quince minutos creo que me he recorrido cuatro cafeterías. Deben de ser los nervios, pero necesitaba un baño.
Madre e hijo sonrieron, esperaron a que se acomodara en el asiento trasero y salieron para el aeropuerto.
Andrea con su nieto, Amparo con Clara, María y Celia con Pepe; daba lo mismo que unos llegaran desde el norte u otros lo hicieran desde el este, que las conversaciones se repetían en cada uno de los vehículos: llevas el pasaporte, quién había impreso los billetes, al final dónde se veía lo del seguro médico…
Los nervios comenzaban a sofocarlas y hacía calor.
Se apearon de los coches y del autobús, caminaron hacia la terminal de salidas con el mal genio que te dan los nervios de última hora y, cuando entraron en el edificio, no pudieron más que echarse las manos a la boca y chillar de alegría y felicidad.
Había una pancarta frente a ellas en la que podía leerse «Las reinas de Asia».
Escucharon los vítores y los aplausos y, poco a poco, las caras que la emoción no había logrado definir se dibujaron nítidas.
Vieron al marido de Teresa, a un par de socias del Ateneo, a dos vecinas…
Amparo se echó las manos a la boca cuando vio a Mónica emocionarse y a Martín correr hacia ella; María cuando vio a Gabriel y a Luis con los gatos; Andrea al abrazar a sus cuatro hijos y algún nieto más; Celia al escuchar cantar a los suyos.
Nunca serían capaces de explicar los sentimientos encontrados que tenían en ese momento, los mensajes confusos que les enviaba la mente insistiendo en que se quedaran, que tenían todo lo que necesitaban y más, que eran personas felices y no tenían nada que demostrarse.
Sintieron un segundo de pánico, pero se desvaneció cuando las cuatro se miraron a los ojos y se abrazaron rodeadas de un corro de aplausos. Incluso la gente que transitaba por el aeropuerto se acercó a animarlas, contagiada por el entusiasmo.
Amparo, Celia, Andrea y María se sentían las personas más importantes del mundo, y era una sensación nueva para ellas.