LOS PREPARATIVOS #2
Andrea tomó el papel con el pin que la subdirectora les tendió y las cuatro se pusieron en pie.
Salieron de la oficina sin mirarse apenas ni decir nada.
Pasaron junto a los cajeros automáticos y, cuando salieron a la calle y sintieron el primer golpe de brisa sobre sus mejillas, no pudieron evitar mirarse y sonreír.
Andrea soltó una risotada, Amparo relajó los hombros, María se llevó las manos a la boca y Celia resopló.
¡Se iban a Tailandia!
Pidieron cita por separado con su médico de cabecera. Necesitaban el visto bueno de su doctor para lo que estaban a punto de hacer, algún consejillo en temas de salud o la constatación por escrito de que aquel viaje era demasiado peligroso e imposible a su edad.
Una vez en la consulta, mostraron la fotocopia del seguro de salud y accidentes que Tomás les había sacado por internet.
Lo estudiaron, leyeron incluso la letra pequeña y ninguno de los doctores puso objeción alguna.
Al parecer era muy completo y barría asistencia en hospitales privados. No estaba nada mal.
Sacaron recetas para pastillas de la tensión, del colesterol, de la circulación y del azúcar.
—Y me podría dar algo para el mareo del avión —pidió María a su doctor.
—¿Se refiere a unos relajantes? Bien, le recomiendo algo así como Valium.
—Doctor, a mí eso no me hace nada, y me noto yo que la voy a liar a la primera de cambio.
El médico sonrió y le prescribió algo.
—Con media de estas le irá más que bien, así que con moderación —le dijo—, y ya me contará cuando vuelva. Menuda envidia me dan.
Todos estuvieron de acuerdo en que tendrían que vacunarse de hepatitis A, polio y fiebre tifoidea, y tomarse unas pastillas para la malaria.
—Un poco exagerado, ¿no? —preguntó Andrea a su médica—. Deje alguna enfermedad suelta para que podamos morirnos de algo.
Su doctora rio por la ocurrencia.
Después las mandaron al centro de vacunación para viajeros cerca del puerto de Valencia. Irían esa misma tarde.
Comieron las cuatro juntas en una cafetería que había cerca de casa de Mónica, y así Amparo se escapó un par de horas para arreglarle la casa. Las demás se ofrecieron a ayudarla para terminar antes, pero Amparo sabía que no era buena idea.
Después, tomaron un autobús hasta el centro. La luz entraba a torrentes por las ventanillas, inundándolas de claridad, y ellas charlaban animadas, poniéndose al día de los detalles que no habían podido discutir durante la comida.
Cuando entraron al edificio de vacunación, había un grupo de chicas por delante de ellas, que también se iban de viaje juntas.
—¿Dónde van ustedes? —les preguntaron.
—Comenzaremos por Tailandia —dijo Andrea—. De ahí para arriba.
—Qué bueno —dijeron admiradas—. Nosotras recorreremos Europa en tren.
—Europa está demasiado cerquita para nosotras —apuntó María orgullosa.
Y todas se echaron a reír.
Las chicas se vacunaron y, cuando llegó el turno de las mujeres, entraron todas a la vez.
—Asia —leyó el enfermero que las vacunaría—, son unas valientes.
María se puso blanca como la pared.
—¿Valientes por qué? —preguntó—. Es muy inseguro, ¿verdad? Hubiéramos hecho mejor yendo a recorrer Europa en tren.
El enfermero sonrió al tiempo que preparaba a Andrea para los primeros pinchazos.
—Señoras, el mundo, en general, es seguro.
No van a encontrarse más peligros de los que puedan tener en su país de origen.
A pesar de lo que digan las noticias, la inmensa mayoría de la gente en los lugares que van a visitar tiene vidas rutinarias y tranquilas, cada uno con sus circunstancias. ¿Cuándo se van?
—En trece días —dijo Amparo.
—Han apurado ustedes un poco más de la cuenta. Eso es muy pronto. No van a dar mucho tiempo a las vacunas para desarrollarse, pero, bueno, mejor esto que nada. Y ahora les doy unas vitaminas y alguna cosilla más que les vendrán bien.
Las mujeres lo miraban sin perder detalle. El señor cogía cajitas de aquí y de allí y se las preparaba en una bolsa.
—Las veo muy tensas, relájense —dijo al tendérselas a Celia—, y si me permiten que les dé un consejo, uno que a mí siempre me ha ido bien, es el siguiente: si sospechan que les pueden estar engañando, seguramente será porque así es.
Simplemente fíense de su intuición, ustedes saben más que todo aquel con el que vayan a encontrarse.
Las mujeres se miraron entre ellas. Podrían hacerlo. Debían hacerlo. Intuición tenían a raudales, llevaban muchos años ejercitándola.
Se iban a Asia.
Y la última parada del día, antes de que cada una volviera a sus quehaceres, fue Decathlon, la tienda de deportes.
Roberto les había hecho una lista con lo que necesitaban de allí: una mochila con ruedas y unas sandalias todoterreno, además de algunas cremas.
Tomás les había advertido de que, si no querían gastar demasiado, debían compartir una maleta grande entre todas, de veinte kilos, y llevar una de mano cada una. Les había enseñado incluso cuál era la mejor en la página web de la tienda la noche anterior.
—¿Y si nos llevamos una de esas tiendas de campaña que se tiran al aire y aterrizan montadas? —preguntó María.
Las otras tres se echaron a reír.
—¿Para qué necesitamos eso?
—No sé —replicó María—, siempre me ha hecho ilusión.
—Pues, si eres capaz de meterte una dentro de la mochila, te la regalo —rio Celia.
María no se amedrentó. Cogió una del estante en el que estaban acopiadas y la lanzó al aire.
Cayó como un plomo al suelo, cerrada como estaba.
—Tiene usted que sacarla de su funda —dijo un dependiente joven por detrás de ellas.
Las mujeres se echaron a reír y el chico se contagió de aquella risa. Rieron con tanta fuerza que tuvo que acompañarlas a los baños de los empleados. Incluso allí dentro, no podían dejar de reír.
Se iban a Asia.