Las reinas de Asia LOS PREPARATIVOS
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LOS PREPARATIVOS

En cuanto Amparo, Celia y María salieron de casa de Andrea y tomaron caminos diferentes, la euforia dio paso a una sensación extraña que les subió desde el estómago y se revolvió con su respiración.

María caminaba con el paso apretado y respiraba deprisa. Pasó junto a un restaurante chino y aceleró, evitando mirarlo directamente. ¿Cómo sería estar cada día rodeada de cosas que nunca habían visto antes?

Celia se agarró las manos porque le temblaban levemente.

Tenía que cerrar los ojos para rememorar, una por una, las razones por las que había considerado ese viaje imprescindible.

Resopló. No era capaz de identificar la inquietud que la embargaba como algo positivo, pero tampoco era negativo.

Era diferente a todo lo que había experimentado en tiempo.

Sintió que en los últimos días había pensado más en ella misma que en los últimos tres años juntos.

Amparo caminaba erguida. Al pasar junto a un escaparate, se detuvo frente a su reflejo para peinar unos mechones de su recogido y no pudo evitar echar un vistazo al resto de su cuerpo.

Por un instante, no se reconoció. Alzó la mano y vio que la pulsera que no se había quitado en años le pendía más holgada.

Tenía los dedos más huesudos. Las uñas estaban descuidadas y había una quemadura de plancha junto al dedo meñique.

Volvió a su reflejo. ¿Cuándo se había olvidado de sí misma?

Y la pregunta que más la atormentaba era ¿y por qué?

Se apartó del reflejo y continuó caminando.

Culpó a Andrea por poner todos esos pensamientos en su cabeza.

Antes del entierro de Camila, ella era feliz.

Su vida era feliz. Plena. Completa. Satisfactoria.

Pero Andrea y sus impulsos de última hora siempre lo exageraban todo. Porque eran exageraciones. ¿O no?

Sacó el teléfono de su bolso y llamó a su hija Mónica.

—Hola, mamá —contestó Mónica, con voz sosegada.

—Hola, cariño.

—¿Qué pasa?

—Nada, hija. Solo quería saber cómo estabais y hablar un poco con Martín, desearle las buenas noches.

Amparo estiró la sonrisa. Claro que lo de Andrea eran exageraciones. ¿Cómo pudo dudarlo? Ella era feliz. Su familia la hacía feliz y no necesitaba aventuras.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea y Mónica contestó con voz fastidiada.

—Pues ¿cómo voy a estar, mamá? Hecha polvo.

Hoy he tenido que salir antes del trabajo para recoger al niño porque tú estabas con lo de tus amigas y la locura que os ha dado, y al llegar a casa me he tenido que poner a planchar, que la chica de las mañanas deja los cuellos de las camisas que dan pena.

Amparo tragó saliva. Una punzada de culpabilidad hizo que se tensara y, al pasar por otro escaparate, se detuvo de nuevo ante su reflejo.

Se vio a sí misma sosteniendo el teléfono y esta vez sí se consideró una completa extraña.

Ya no caminaba erguida y el abrigo le hacía arrugas en la nuca.

La manga le estaba algo grande. Abrió la boca y vio salir las palabras a través del reflejo en el cristal.

—¿Por qué no se lo dices? Dile a la muchacha cómo te gusta que queden. Es muy buena chica, muy trabajadora. Si quieres, se lo digo yo. No se lo tomará a mal, pero tienes que decirle lo que quieres.

Amparo escuchó su voz, dócil, disciplinada. Domada.

—Mamá, a todo el mundo le da igual lo que yo quiera. ¿Que por qué no se lo digo? Pues porque no tengo tiempo de nada, no sé si lo entiendes. Vas a la tuya. ¿Te paso al niño?

Amparo asintió. Sentía un nudo en el estómago. Y vio en su reflejo que era humillación.

Se hizo el silencio y Martín apareció al otro lado de la línea.

—¡Iaia!

La voz del niño, inocente y entusiasta, hizo que la angustia se disipara. La espalda se irguió un poco más. Le temblaba la voz.

—Cariño, ¿cómo estás?

—Muy bien, iaia . ¿Te voy a ver mañana? Es más divertido cuando vienes tú a recogerme del cole. Mi madre anda muy deprisa.

Amparo rio.

—Tu madre es una mujer muy ocupada.

—¿Me traerás algo de Asia?

Y Amparo se sintió extraña entonces. Asia no iba a traerle más que problemas.

—¿Qué quieres que te traiga?

—Lo que tú quieras, iaia . Algo muy chulo y muy bonito. Algo alucinante.

Amparo imaginaba al niño al otro lado de la línea extendiendo los brazos al tiempo que hablaba.

—Seguro que encuentro algo muy especial para ti.

— Iaia , espera, que mi madre quiere hablar contigo. Te quiero mucho y la próxima vez que vayas a Asia me llevas a mí.

Amparo asintió.

—Mamá, soy yo otra vez —dijo Mónica—. Martín me ha dicho que ha estado merendando bocatas todos los días. Creo que ya lo hemos hablado, mil veces. Fruta, mamá, fruta, el niño tiene que comer fruta.

Amparo abrió la boca. Estuvo tentada de decir que el niño salía con tanta hambre a las cinco que, cuando se comía la pera que su madre le había preparado, le caía hasta los pies, pero decidió callar.

—Vale, hija, perdona. Un beso muy grande a todos.

—Un beso, mamá.

El teléfono se colgó y Amparo observó a la mujer que tenía delante y, por primera vez, todas las sensaciones que no había sabido reconocer se alinearon para lanzarle un mensaje inequívoco: no quería ser ella. No quería torcer el cuello ni ocultarse entre los hombros cada vez que hablara con Mónica.

Sonrió, rebelde. Se irguió por completo. No quería ser su reflejo, sino ella misma: esa mujer que había confiado dinero a un veinteañero para poder irse de vacaciones con sus amigas.

Al día siguiente, quedaron temprano para ir al banco y sacar la cuenta conjunta.

Tenían la documentación de Tomás para incluirlo como autorizado, aunque cualquier parecido entre la foto de carné del muchacho y la cara sin ojos que vieran el día anterior era pura coincidencia.

Frente a ellas se mostraba un chaval delgado con la cara pálida y risueña.

Había pecas en sus mejillas. Era tan solo un crío.

Pasaban unos minutos de las nueve y el entusiasmo del día anterior, que habían esperado recobrar cuando estuvieran juntas de nuevo, dio paso a nervios calmados e incertidumbre.

Se habían mentalizado para recibir todo tipo de críticas por parte de cualquiera que se enterara de lo que estaban a punto de hacer.

La subdirectora de la entidad las invitó a entrar en su despacho y les ofreció asiento.

Las cuatro tenían la cara larga, y la subdirectora las miró con preocupación.

—¿En qué podría ayudarlas? —les preguntó.

—Quisiéramos abrir una cuenta conjunta —dijo Andrea.

La mujer las miró una a una.

—¿De ahorros? —preguntó.

—No, verá —dijo Andrea, y carraspeó para aclararse la voz—. Es que nos vamos de viaje y queríamos hacer un fondo común.

—Bien pensado —respondió la mujer.

Andrea hinchó el pecho y miró al resto de reojo. Amparo estaba tan erguida en el asiento que parecía que se había tragado una escoba. Celia se tocaba las manos y María estaba absorta en un cuadro que había colgado en la pared.

—Tenemos a alguien que nos lo controle desde aquí, este chaval. Hay que autorizarlo… completamente.

La subdirectora cogió el DNI que Andrea le tendía y tecleó algo en su ordenador.

—¿Dónde van? —preguntó, mirándolas de reojo—. Vamos, si puede saberse, claro.

—Nos vamos a Asia —dijo María, que había estado más pendiente del cuadro que de la conversación.

—A Tailandia —interrumpió Celia.

A la subdirectora se le encendió la sonrisa.

—¿Cuándo es el gran viaje?

—En dos semanas —dijo Amparo. Y se mordió los labios.

Se esperaban el rapapolvo. Se lo merecían por inconscientes, confiadas y miles de cosas más que ya se les irían ocurriendo. La gente no se va por ahí a Asia en dos semanas dejando parte de sus ahorros a un chaval que ni siquiera ha terminado sus estudios.

La subdirectora les pidió el documento de identidad y tecleó al tiempo que levantaba la mirada hacia ellas de vez en cuando.

—Señoras —les dijo—, perdonen que me meta, pero no tienen ustedes cara de irse a Asia en dos semanas. Deberían estar exultantes, deberían estar felices, animadas, no sé. ¿Van a algo malo, un funeral, no sé?

Las cuatro abrieron los ojos como platos.

—Es que estamos muy nerviosas —se justificó María.

—Vamos de vacaciones —dijo Celia con la cara apagada.

La chica dejó de teclear y las miró directamente:

—O sea, que visitarán uno de los lugares más maravillosos de la tierra.

No tienen por qué estar nerviosas, o, si lo están, no le den demasiada importancia a esa sensación.

Es normal tener un sentimiento, muchas veces, de preocupación, antes de iniciar un viaje.

A mí me pasa siempre. Cada vez que subo al avión me arrepiento de no estar en casa viendo la tele y después, ¿saben qué?

Lo paso como nunca. Repetiría mil veces.

Es difícil romper nuestras barreras, pero, bueno, ustedes son mayorcitas, han elegido hacer este viaje y, al fin y al cabo, no son más que unas vacaciones, van a pasarlo muy bien.

—Sí, ¿verdad? —preguntó Andrea, esbozando una sonrisa aliviada.

La subdirectora se echó a reír.

—Si se vieran las caras… Me temía lo peor.

—Es que lo que dejamos aquí es tela —dijo Amparo.

—Lo que dejan estará cuando vuelvan, así que disfruten de su escapada. Tómense un respiro, seguro que se lo merecen, de eso no me cabe la más mínima duda. Aquello es maravilloso, verán qué bien lo pasan. Es el paraíso.

—Muchísimas gracias por sus palabras, señorita —interrumpió Andrea—. Nos vienen de perlas.

Las cuatro amigas se miraron y se sonrieron entre sí. No se habían mirado a los ojos en todo el día.

—Pues todo arreglado —dijo la subdirectora un par de minutos después—. Estas son las claves y, bueno, ya me contarán qué tal lo han pasado.