LOS ÁNGELES DE TOMÁS #2
Vieron imágenes del orfanato de elefantes en Sri Lanka, de las playas salvajes de las costas del oeste y de galápagos nadando en la costa. De Tailandia con mares turquesa e islas dispersas en el océano. De Bangkok y los edificios que se perdían entre las nubes.
Asia.
Más alucinante de lo que hubieran esperado jamás.
Las horas pasaron como minutos mientras las cuatro amigas se empapaban de imágenes inspiradoras y paradisiacas. Los chicos charlaban animadamente. Andrea había sacado vino y algo de cerveza.
Poco a poco la tarde se les echó encima.
Volvían a sentir que todo estaba en marcha.
—Señoras, tienen que elegir —dijo Tomás, volviéndose hacia ellas con una gran sonrisa. Se sopló el flequillo por un instante y pudieron verle los ojos. Eran pequeños y vivarachos, algo separados entre sí.
Las mujeres se miraron. No sabían qué contestar.
—Yo quiero ver India —dijo Celia—. Me la imagino tan pacífica, con la gente meditando en la calle, todos vestidos con sedas… Y tengo allí a mi nieta.
Tomás se volvió de nuevo hacia el portátil y comenzó a teclear. Amparo tomó aire:
—Y yo quiero lo de Bali. Nos imagino paseando por los volcanes y cogiendo arroz. Qué tontería.
Sus amigas se echaron a reír.
María y Andrea atropellaron países también: Tailandia, China, Sri Lanka… No había ninguno que quisieran dejarse fuera.
Tomás estaba concentrado buscando opciones. El momento decisivo había llegado.
—Déjenme ver precios de billetes, será un momento.
Comenzó a teclear con el ordenador. Pulsaba con tanta velocidad que a María, que seguía empeñada en seguir el movimiento de sus dedos, le hicieron los ojos chiribitas.
—¿Pongo la fecha de salida para…? —preguntó el muchacho.
Andrea se llevó las manos a la boca, indecisa. Resopló y clavó la mirada en su nieto, que llevaba ya un rato repantigado en el sofá jugando a la consola con el amigo que le quedaba.
—En dos semanas, el 14 de abril mismo —dijo Andrea, mirando a sus amigas, y vio que no había ninguna señal de desaprobación.
El corazón le bailó en el pecho y volvió la mirada hacia Tomás de nuevo.
Este estaba concentradísimo. Tecleaba. Chasqueaba los dientes. Se apartaba el pelo de la cara. Se mordía la lengua. Las desesperaba, hasta que frenó el ritmo frenético del tamborileo de sus dedos y, volviéndose a ellas, dijo:
—Podrían pasar un mes en Asia por alrededor de seiscientos euros.
Amparo aguantó la respiración.
—¿Cada una? —preguntó temerosa.
Tomás frunció el ceño.
—Las cuatro.
Las mujeres se miraron. No se atrevían a respirar.
Un mes. Treinta días. Casi cinco semanas.
Celia sintió vértigo. ¿Tenían que decidirlo ya?
—Una pregunta, Tomás el Pera —dijo María—. Esto es legal, ¿verdad?
El chico soltó tal risotada que sus dos amigos se quitaron los auriculares y lo observaron curioso, preguntándose qué habría pasado.
—Esto es internet, señoras. Aquí gana el que sabe dónde buscar. Absolutamente legal.
—Como en los montoncitos de ropa del mercadillo —concluyó María, asombrada.
—¿Y si fuera menos tiempo? —preguntó Celia, con un hilillo de voz.
—Poco menos de seiscientos —respondió Tomás—. Los hoteles apenas cuestan, pero los vuelos sí.
Se miraron las unas a las otras y asintieron nerviosas.
—Podría —dijo Tomás—, optimizarlo aún más, pero necesitaría para eso estar pendiente casi todas las noches de los cambios de tarifas. Si pudiera hacer eso y comunicarme con ustedes, decirles, por ejemplo, que les he conseguido un tren a algún sitio, o un vuelo para el día siguiente, sería mejor.
Las mujeres no sabían qué pensar.
—Pero ¿cómo nos comunicaríamos contigo? —preguntó Andrea.
—No se preocupen por eso. Les traigo mañana unos móviles liberados y abrimos una cuenta exclusivamente para hablar por teléfono. Les servirá también para llamar a la familia. Voy a mantenerlas comunicadas en cualquier sitio.
—Y con seguros de médico —apuntó María—, que nunca se sabe.
Andrea soltó aire y lo tomó rápidamente. Su nieto se puso en pie.
—Abu, ¿estás bien?
Claro que estaba bien, o a lo mejor no. A lo mejor estaba a punto de sufrir un infarto. Se sentía feliz. Agarró al muchacho con fuerza y este le devolvió el abrazo.
—Tengo una idea —dijo Roberto de repente—. ¿Abrimos una cuenta de banco digital, meten un dinero cada una, dan acceso al Pera y así él va comprando vuelos según le digan?
El Pera sonrió. Andrea también. Las otras tres no estaban tan seguras de dejar sus finanzas en manos de un chico tan joven.
Parecía demasiado complicado.
—Eso son muchas molestias —dijo Amparo mirando al chico. Intentaba descifrar si podían confiar en él. Si tan solo pudieran verle los ojos una vez más.
Tomás el Pera asentía, su cuello largo subía y bajaba y la nuez prominente que colgaba de él lo acompañaba al compás. Se dirigió a Andrea al decir:
—¿Y si, durante el tiempo que usted está ausente, me alquila la casa, sin coste?
A cambio de que me deje quedarme aquí, yo les compro billetes.
Y no solo me refiero a los billetes, que hay que preparar visados y esas cosas.
Me lo sé todo y voy a ahorrarles muchos dolores de cabeza.
Cuanto más estire su dinero, más tiempo me quedaré gratis. Me conviene hacer mi trabajo bien.
—¿Y tus padres? —preguntó Andrea, indecisa—. ¿Verán bien que te vayas de casa?
—Señora, mis padres están en Ciudad Real de lo más fresquitos.
Yo comparto piso con dos tipos de la facultad que tienen más cara que espalda.
No hay manera de estudiar. El otro día llegué a casa y me encontré que habían pintado de verde todos los muebles del salón.
Yo ya he repetido tercero dos veces, me apetece ponerme serio.
¡Ya sé! Podríamos ser como Charlie y los Ángeles de Charlie.
Ustedes serían mis ángeles y yo las cuidaría.
—Ay, qué ilusión, yo Farrah Fawcett —dijo Celia dando palmas—, y vosotras os turnáis con Kate Jackson y Jaclyn Smith.
Los chicos se encogieron de hombros.
—No, señora, yo decía Los ángeles de Charlie , las de la película: Cameron Diaz, Drew Barrymore y Lucy Liu —replicó Tomás contrariado.
—Bueno, entendemos el concepto, que es lo importante —dijo Roberto, poniendo paz.
Las mujeres lo observaron y después se miraron las unas a las otras.
—Abu, que el Pera es buena gente. Y a las malas, si intenta timaros o algo, entre el Gordo y yo le cortamos el flequillo.
Andrea pensaba mil cosas a la vez. Recordó la experiencia en la agencia. No podían permitirse un viaje de los que les ofrecían allí, pero, con lo de los chicos, era diferente. Con una sola llamada tendrían lo que necesitaban, era como tener un turoperador a su disposición todo el tiempo.
—Bueno —dijo al fin—. Creo que tenemos un trato.
Los tres amigos se echaron a reír y levantaron los botellines de cerveza para dar un trago. Las mujeres se miraron, se encogieron de hombros y brindaron también con ellos, las copas con vino blanco y gaseosa a medio terminar.
Cuarenta minutos después, Tomás les daba la noticia: salían para Tailandia el próximo 14 de abril, y tenían dos semanas para prepararse.
Tailandia.
Tuvieron que coger el globo terráqueo que Andrea tenía en la estantería de la habitación de la plancha y buscarlo. Tailandia estaba bien lejos. España parecía tan pequeña a su lado…
¿Cuántas Españas tendrían que atravesar para llegar hasta un lugar como Tailandia?
Hubo un momento de crisis cuando Tomás accedió por internet a la cuenta bancaria de las mujeres y sacó dinero de cada una para pagar los billetes. Con el dedo a un centímetro escaso del botón, les dijo:
—Señoras, este es el momento decisivo. Les he sacado un seguro médico con el que podrán recorrer toda Asia o lo que les apetezca.
Total, son siete euros por persona, pero lo del avión es más serio.
El vuelo no tiene cancelación posible. Si lo compramos, se lo tienen que quedar, por eso es más económico.
Las he colado en un avión que ya casi cerraba listas, así que tienen que decirme si le doy a confirmar. Sí o no.
Los próximos tres segundos fueron los más largos de su vida. Las pupilas les bailaban, el corazón les latía loco. Una parte de ellas quería quedarse, la otra no sabía si continuar.
Incluso Andrea flaqueó en aquella ocasión.
—Sí —dijo Amparo de repente—. Sí. Necesito demostrarle a mi nieto, a mí misma, que no soy una anciana. No somos unas ancianas.
Miró a sus amigas fijamente a los ojos, una a una.
—Qué va, si están ustedes muy bien —dijo el Gordo, que casi no había abierto la boca en toda la tarde—, bueno, ya me entienden, no bien de eso, sino bien de lozanas y…
Roberto le hizo una señal para que callara. Aquel era un momento trascendental.
—Sí —se animó Andrea—, quiero llenar mi cabeza de recuerdos, emociones y vivencias.
—Sí —la siguió Celia—. Yo quiero ver Asia para poder contárselo a Manuel.
—Sí —se unió María—, quiero que nos vayamos ya porque, cuanto antes nos vayamos, antes volvemos.
—¿Pulso? —preguntó Tomás.
—¡Sí!
Y lo gritaron todas a la vez, abrazándose al hacerlo, y sintieron en aquel momento que ellas temblaban y que el suelo temblaba y que la casa de Andrea temblaba. El mundo se estaba expandiendo bajo sus pies. Podían notarlo crecer e incluirlas en su locura.
—Ya está —dijo Tomás.
El corazón amenazó con salírseles del pecho. Estaba hecho. Se iban a Asia.