Las reinas de Asia LOS ÁNGELES DE TOMÁS
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LOS ÁNGELES DE TOMÁS

Andrea se incorporó en su sillón. Sus amigas la miraban fijamente. No estaba segura de haber entendido bien. ¿En serio podrían encontrar una manera más barata de viajar?

Observó a su nieto y le apartó el flequillo de los ojos.

—Abu —se quejó el joven, dando un paso atrás y colocándose el flequillo de nuevo.

—Explícate —ordenó Andrea.

—Pues eso, abu, que esos viajes, según donde vayas, pues que son muy caros. Mi amigo el Pera —dijo señalando al menudo de pelo claro, que las miró con la boca llena de jamón de York— es todo un experto en viajes. Os puede buscar algo tirado de precio.

Celia, María y Amparo se incorporaron también.

—Trapicheos ninguno, Roberto —advirtió Amparo.

El chico se echó a reír y extendió la mano.

—Que no, tranquilas. Os lo demuestro. Dadme uno de los panfletos esos que os han dado.

María, totalmente expectante, le tendió uno.

Las demás ni respiraban.

—Elígeme un hotel, el que quieras —indicó Roberto a su abuela.

Andrea paseó los ojos entre las villas balinesas que se alineaban frente a ellas.

Eran resorts de cinco estrellas y había piscinas y arrozales.

La verdad es que no sabía por cuál decantarse.

Tragó saliva, tomó aire y eligió uno ante la mirada atónita de las demás.

Roberto lo leyó para sí. Por la cara con la que las mujeres lo miraban, parecía que fuera a sacar una paloma de un sombrero de copa en cualquier minuto.

Cuando se metió la mano en el bolsillo y mostró su teléfono, las mujeres siguieron la mano con el mismo asombro con el que se siguen los movimientos de un prestidigitador.

—Mira, abu, aquí en el anuncio este dice que cada noche extra en este hotel son 235 €; pero, si vamos a Google y escribimos el nombre del hotel…

Espera y os digo. —El chico escribió en el buscador de su teléfono y esperó a que se refrescara la pantalla—.

¡Aquí lo tenemos! 54 € si lo solicitas por tu cuenta.

Y el Pera puede hacerlo aún mejor, porque sabe buscar ofertas y aplicar descuentos. Es un mago.

Las cuatro mujeres leyeron lo que la pantalla del móvil les mostraba y se volvieron a mirar al Pera, delgaducho y sonriente. Les hacía la señal de victoria con los dedos.

—Trabajé seis meses de teleoperador en una agencia de viajes para estudiantes —dijo el chico—.

Así me pagaba las prácticas del carné de conducir, y siempre nos quejábamos de lo mismo: de la cantidad de descuentos que tenían los abuelos.

Yo ese viaje a Asia se lo busco por nada, y lo sacamos por lo que cueste el vuelo y poco más, así que me dicen dónde quieren ir y arreglados.

Las cuatro mujeres carraspearon. Después se miraron entre ellas y no supieron qué decir. El viaje era posible de nuevo.

Amparo fue la primera en bajar la mirada.

—Mucho lío —admitió.

Pero el Pera se aproximó a ellas y negó con la cabeza.

—De lío nada. Los hoteles están tirados de precio.

—Porque serán malos —replicó Celia.

No quería admitirlo, pero se había sentido terriblemente aliviada cuando se dieron cuenta de que el viaje no sería posible.

No podía quitarse a Manuel de la cabeza y no tenía ningunas ganas de que ese chico escuálido y con pinta de maleante lo activara de nuevo.

Miró a las otras y creyó reconocer su mismo estado de ánimo en Amparo.

—Que no —insistió el Pera—. Estoy harto de organizar escapadas con poco presupuesto para gente que se hospeda en hoteles locales y explora los lugares a su aire. Hoteles lujosos, eh. Dejadme hacer una prueba a ver.

Andrea asintió sin mirar a sus amigas. María entregó los panfletos que llevaba encima y Amparo y Celia dieron un paso atrás.

—Necesito el portátil —dijo el Pera a Roberto. Y este fue a la cocina a buscarlo.

Unos minutos después, el Pera tecleaba a dos manos y a cinco dedos por mano.

Andrea se perdía en las ventanas que se abrían y cerraban en la pantalla.

Ante sus ojos se alternaban páginas web con lenguas que no lograba descifrar.

María estaba más concentrada en los dedos huesudos del Pera sobre el teclado.

Echaban humo. Celia y Amparo, más retiradas que el resto, avanzaron poco a poco hacia el grupo al ver las primeras fotos de hoteles paradisiacos y playas interminables.

—Elijan —dijo el chico, volviéndose hacia ellas.

Andrea paseó las pupilas ante el resto. María barría con la mirada todas las fotos que aparecían en la pantalla. Celia y Amparo tomaron aire. La última negó con la cabeza y Andrea hizo un gesto de fastidio y se aproximó a ellas.

—¿Qué pasa? —susurró.

No supieron cómo contestar. Desde que surgiera lo del viaje, habían actuado de acuerdo a sentimientos y corazonadas, sensaciones e intuición, y no estaban muy acostumbradas a hacerse caso a sí mismas.

¿Y si su hija Mónica tenía razón y estaban siendo egoístas?

¿Y si a Manuel le pasaba algo mientras ellas no estaban?

—Es que es todo muy raro —se atrevió a decir Celia—. Si no hay dinero, pues no hay dinero. No podemos buscarle las tres patas al gato.

Andrea se llevó las manos a la cabeza.

—Es todo muy raro porque nuestro mundo se ha vuelto tan pequeño que nos hemos quedado encerradas dentro.

Amparo y Celia apartaron la mirada de su amiga y vieron los ojos del resto clavados en ellas.

Celia se disculpó.

—Lo siento —dijo—, pero es que no.

Andrea agachó los hombros, resignada, y María dio un paso hacia ellas.

—¿Cómo que «es que no»? —preguntó.

—Pues eso —dijo Amparo—. Tengo la comunión de Martín y también tengo que coser unas cortinas para Mónica. Le mostré una foto de estas y las quiere para la comunión del niño. No me da tiempo a todo.

Andrea cerró los ojos por un instante, pero María apretó los labios y frunció el ceño.

—Es que no, es que no —repitió, burlona—.

Y vais a quedaros, ¿verdad? Estáis dispuestas a pasar el resto de vuestra vida pensando en qué hubiera pasado de habernos atrevido.

¿En serio vais a poder vivir con esa incertidumbre?

¿Vais a mirar las cortinas cosidas y la ropa planchada que nadie os agradece y las obligaciones que nos caen de la nada simplemente porque nos ven viejas, sin pensar qué hubiera pasado?

Yo no soy muy valiente, ya lo sabéis. No me gustan las cosas nuevas.

Siento pavor al tener que decidir si porras o churros, o entre naranjada o limón, ¡y claro que me da miedo irme a Asia!

¡Ni siquiera sé bien lo que es Asia! Pero, ahora que sé que existe, me da más miedo quedarme que irme, chicas.

Celia lloraba mientras Amparo trataba de aguantar el tipo. Andrea tenía que morderse los labios para no emocionarse. El Pera, sin embargo, se limpiaba las lágrimas con la manga de la chaqueta.

—En cuanto llegue a casa, le doy un beso a mi abuela que la tumbo —dijo el tercer amigo.

Las mujeres se volvieron a mirarlo y soltaron una risotada.

María agarró la mano de Andrea y la unió a las de Celia y Amparo, como en la foto, y por un momento se sintieron tan invencibles como esa misma mañana.

—O todas o ninguna —apuntó María—. Es lo que me dijisteis cuando me secuestrasteis los gatos.

Celia, Amparo y Andrea soltaron una risotada al recordar aquel momento y las cuatro se abrazaron. El Pera se puso en pie y aplaudió. Roberto y su amigo se habían unido al abrazo.

En la pantalla del portátil se sucedían montañas, templos, playas, selva, mar, islas, ciudades, poblados anclados sobre el agua…

Y cuando veían un hotel que les llamaba la atención o un paisaje que merecía la pena explorar, leían en voz alta y Tomás, que así se llamaba el Pera, hacía su magia y les mostraba un mundo todavía más alucinante que cualquiera que pudieran imaginar.

—Miren, preciosas —las llamó—. Esta es la foto de un templo balinés, en Ubud.

Es un pueblo en el centro de la isla de Bali, en Indonesia.

Tiene la mayor concentración de pintores, escultores y artistas de todo el país.

Una pasada. El paraíso terrenal. Arte entre terrazas de arrozales, selva y templos…

—Cuánto sabes —dijo María, mirándolo embelesada.

—Lo estoy leyendo, señora —rio el chico, separando la vista de la pantalla y mirando a las mujeres—, y si quieren ver fotos, acérquense, que es una pasada.

Las cuatro arrastraron las sillas hasta tener la pantalla visible  y admiraron las fotos que iban desplegándose ante sus ojos.

Una imagen valía más que mil palabras.

—Es increíble —susurró Andrea, embelesada.

Ante ella se mostraban mujeres bellísimas ataviadas con largos pareos y ojos oscuros, infinitas variedades de verdes, platos de arroz con verduras que se le antojaban deliciosos y el mismísimo sol, tan hermoso y distinguido que parecía haber encontrado el lugar al que realmente pertenecía.

Celia se llevó la mano al corazón. Tenía la carne de gallina.

La vida del continente con más misticismo del mundo las envolvió de inmediato.

Descubrieron lugares del planeta que no imaginaban que podrían existir.

—Mira, mira, parecen dragones y demonios, todo en pie-dra —señaló Amparo refiriéndose a unas ruinas rodeadas por la más frondosa de las selvas.

—A mí me parece que esto es de película —replicó Celia, con la boca abierta.

—La película de Tarzán —dijo María—, o la de King Kong.

La belleza de los paisajes y las playas, la espiritualidad y la cultura local volvió a emocionarlas con su propósito. Sentían, al mirar aquellos lugares, que debían pisarlos, explorarlos, conocerlos, respirar su aire y dejarse embrujar por sus colores.

Y después de los tesoros de Bali, se desplegaron ante ellas el Taj Mahal en India, el Fuerte Rojo y las playas de Kerala.

—India —dijo Tomás—. Anda que no he mandado yo a gente a India. Lo llaman el subcontinente dentro del continente. Enorme. Irreal.

—Pues entonces hay que ir —murmuró Celia, casi para sí misma—, si no queda lejos de los otros sitios, claro.

Su nieta Blanca vivía en India, y sintió la imperiosa necesidad de compartir el país en el que residía.

Tomás la miró con una sonrisa.