Las reinas de Asia LA AGENCIA DE VIAJES
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LA AGENCIA DE VIAJES

En el autobús camino al centro comercial, las cuatro amigas observaban sus impecables pasaportes nuevos. Las páginas eran suaves al tacto y las imaginaron repletas de sellos y pegatinas. Esperaban que les cupieran todas las de su viaje.

—¿Creéis que lo llenaremos entero? —preguntó María, entre asustada y emocionada.

Celia, sentada a su lado, se fijó en su documento y sintió un atisbo de vértigo.

De repente, los días que pasaría sin Manuel le pesaron como losas.

Dudó. ¿Y si lo estaba abandonando? Cerró los ojos, procurando que la sensación amarga desapareciera, y guardó el pasaporte en el bolso.

María, que intuyó las dudas en los ojos de su amiga, lo guardó también.

En los asientos traseros, Andrea y Amparo hablaban acerca de los países que podrían visitar. Reían de vez en cuando.

Se apearon en la parada del centro comercial y subieron las escaleras en silencio. Sus mentes bailaban de la seguridad a la más completa incertidumbre. Llevaban en alto desde las cinco de la mañana y contaban con muchas emociones vividas ya.

La agencia de viajes constaba de una salita de estar y dos oficinas cerradas, cada una atendida por un vendedor.

Estaban ocupadas y no había nadie más esperando.

Eran las siguientes. Organizados en estantes, se alineaban catálogos con promesas de emocionantes viajes, suculentos destinos e irrepetibles aventuras, pero no se atrevieron a hojear ninguno.

Canoas, cocodrilos, hoteles suspendidos de los árboles, junglas, ciudades intransitables, pájaros con picos larguísimos y monos salvajes las observaron en silencio.

El mundo les pareció un lugar enorme y lleno de peligros.

—Pueden pasar —dijo la voz de uno de los vendedores.

Se sorprendieron al darse cuenta de que los anteriores clientes se habían marchado. Habían estado tan ensimismadas en sus propios pensamientos que no los habían visto marchar. Se miraron las unas a las otras.

—¿Pasamos? —preguntó Andrea. De repente sentía vértigo. Sus amigas se contagiaron de él.

—Pasamos, ¿no? —preguntó María.

Celia y Amparo asintieron tímidamente y Andrea carraspeó, recuperando la sonrisa.

—Va, que es para hoy —instó, activando al grupo. Y sus amigas suspiraron tranquilas.

El vendedor, de unos cuarenta años y mirada amable, les hizo señas, invitándolas a sentarse frente a su mesa.

Las cuatro amigas obedecieron.

—¿En qué podría ayudarles?

Amparo, Celia y María miraron a Andrea de reojo.

Andrea sonrió, contenta de tomar las riendas de nuevo.

Confiaba en que aquel experto escuchara lo que tenían pensado y les descubriera cuál era su viaje ideal con la misma facilidad con la que la farmacéutica de su barrio prescribía las cremas para las varices.

—Bueno, queríamos ver un viaje —dijo Andrea—, eso seguro, claro. Querríamos ir a Asia.

El señor la miró con aquella sonrisa intachable. Después observó a las demás y las adivinó nerviosas.

—Pues han venido al lugar adecuado. En esta casa somos expertos en viajeros de más de sesenta, gente que sabe lo que quiere, que aprecia el buen descanso y disfrutar de un paisaje de ensueño…

—Y tumbarse bajo los cocoteros —interrumpió María.

El hombre se echó a reír.

—Por supuesto, ¿qué sería un viaje sin una buena siesta bajo alguna palmera? Aunque he de desaconsejarles los cocoteros: si les cae un coco encima, no lo cuentan.

Después rio sonoramente, como si lo que acabara de decir fuera lo más ocurrente del mundo. Ellas lo observaron horrorizadas.

—¿Los cocos son mortales? —preguntó María. Descansar bajo una palmera era lo que se les antojaba más fácil. Si incluso eso era peligroso, no podía ni imaginarse cómo sería lo demás.

El hombre carraspeó al leer la preocupación en el rostro de las señoras. Se había extralimitado con la bromita y se maldijo por dentro.

—Como les decía: las escapadas sénior tienen unas ofertas increíbles. Tenemos un viaje extraordinario para visitar las Canarias y hay otro, un circuito de nueve días por Italia que…

—Pero es que a nosotras nos hace gozo Asia —dijo Amparo, con los ojos muy abiertos.

El hombre sonrió.

—No se preocupen, que llegaremos a Asia. Yo les voy contando y así están seguras de todas las opciones. Tenemos también unos cruceros para expertos viajeros de más de sesenta que son una gozada. El barco tiene todas las comodidades y pararían en los balnearios de…

—Mira, hijo, te voy a hablar con confianza y cariño, no me entiendas mal —dijo Andrea al final—.

Nosotras, desde que nos hemos sentado, hemos dejado claro que lo que nos interesaba era Asia, no sé si nos hemos explicado bien.

No sé la impresión que te hemos dado, pero no somos ni de balnearios ni de cruceros.

Estamos hartas de que la gente piense que nos gusta arrugarnos al sol o en las aguas termales de una cueva.

No nos gusta arrugarnos. No queremos que nos digan lo que nos conviene, sino lo que queremos nosotras.

Esta mañana mismo hemos desenmascarado una mafia y llevamos el día apretadito, así que, si hablamos de Asia, mejor que mejor.

Las otras tres sonrieron orgullosas. Andrea podría haberlo dicho más alto, pero no más claro.

El hombre tragó saliva, pero no dejó que la sonrisa se le deformara del todo.

—Vaya —dijo, relajando el gesto a uno más sincero—. Me encanta. Saben lo que quieren y eso es lo principal. Vamos a ver Asia. Tenemos un circuito que les va a encantar: Bangkok, Kuala Lumpur y Kuta.

Se levantó, fue a la sala de espera en la que habían estado sentadas antes y entró con al menos diez catálogos. En las partes frontales había templos hindúes, Budas sentados en posición flor de loto y dragones chinos.

Las cuatro amigas sonrieron, nerviosas.

Olían a Asia.

Eso era lo que ellas iban buscando, sí, señor.

Las mujeres se prepararon para atender, acercando las sillas al escritorio.

El vendedor les tendió los trípticos y Celia se los colocó frente a las gafas para ver mejor.

Amparo dio la vuelta al suyo, por si estaba del revés.

María cerró los ojos y se persignó al ver un simio enorme.

Andrea no tenía ni idea de dónde quedaba ninguna de esas ciudades que mostraban los catálogos.

—No me dirán que no es goloso —les dijo el vendedor—: Tailandia, Malasia y Bali, en Indonesia.

Los ojos de las mujeres se abrieron como platos.

—Nos podría interesar —susurró Andrea.

—¿Cuándo saldrían? —preguntó el hombre.

—Pongamos un par de semanas, tres a lo sumo.

—Es que mi nieto toma la comunión —apuntó Amparo.

Se mordieron el labio. El hombre rio.

—Perfecto. —Y se puso a trastear en su ordenador—. Tenemos una oferta especial, así que pueden decir que hoy les va a salir el día redondo. Podríamos operar con un descuento importante y se les quedaría por unos 1.600 € con seguro incluido.

—No está mal —dijo Amparo—. Salimos a 400 € cada una.

Las mujeres rieron. María y Celia se agarraron del brazo. Amparo sonrió satisfecha porque era más barato de lo que se había esperado, y Andrea aplaudió.

—Lo siento, no me he explicado bien —dijo el vendedor, carraspeando para ganar su atención—. Es el precio por persona. Son 1.600 €… por persona.

Se hizo el mayor de los silencios.

Se escuchó a Amparo tragar saliva.

Andrea no se atrevió a mirar a sus amigas. Oyó algún suspiro y a María sonándose los mocos.

—¿Y si reducimos el tiempo? Tampoco queremos estar más de un mes —preguntó Andrea tímidamente.

Las demás asintieron y volvieron a esperanzarse.

El vendedor apretó los labios antes de decir:

—1.600 € por seis días.

Tragaron saliva las cuatro y María se volvió a sonar.

—¿Y tendría algo más económico, de la parte de Asia que queda más cerquita? —preguntó.

El hombre ya no sonreía tan abiertamente, pero buscó en su ordenador.

—Tengo un crucero para mayores por Turquía, cinco noches a 600 €, pero tendríamos que sumar seguro y gastos de tránsito porque sale desde París.

Les acercó el panfleto también.

No era lo que esperaban realmente, pero no se atrevieron a decir nada. Cada una de ellas pensó que era mucho dinero para gastar en una sola semana, pero no sabía lo que opinarían las demás.

Celia palpaba su pasaporte en el bolsillo. Al parecer, se quedaría sin estrenar.

—Bueno —dijo Andrea, poniéndose en pie con seis o siete panfletos ya en las manos—, nos vamos y los estudiamos. Ya te diremos algo.

El hombre se puso en pie para despedirlas.

—Señoras, déjenme un número de contacto y, si saliera algo, lo que fuera, de última hora, las llamo.

Ya sé que nada de abuelos y nada de cruceros, pero, bueno…

, estaré al tanto. Y si no se puede este año, tal vez se animen el próximo.

Tenemos también un plan de financiación, pero no sé qué requisitos se les exigirían.

Les deseo toda la suerte del mundo. Lo digo de corazón.

Agradecieron aquellas palabras amables y salieron en silencio de la agencia.

Cuatro chicas jóvenes, que no debían de pasar de los veinticinco, entraron para ocupar el lugar que ellas habían dejado, y Andrea las observó con nostalgia.

Reían. Cuchicheaban. Vestían pantalones ajustados y sus melenas caían por debajo de los hombros.

De repente se sintió tremendamente cansada.

Las piernas le pesaban sobremanera y el alma, más.

—Vamos a mi casa —sugirió a las otras—. Está cerca.

Y a las demás les pareció bien.

Esperaron al autobús en silencio. Eran más de las doce del mediodía y el sol se reflejaba en la marquesina de la parada. Era cruel y estaban agotadas. Cuando subieron al vehículo, se sentaron en los pocos huecos que quedaban, y agradecieron no tener que hablar.

María, desde las filas traseras, estudiaba la foto que se habían sacado juntas en el fotomatón.

Reconoció un trozo de jersey de Celia y una mano que no acertaba a saber de quién era.

Sonrió al recordar la emoción del momento.

Había sido divertido, pero no podía gastarse tanto dinero en un viaje que les duraría una semana.

Cada una repasaba en su mente el discurso que diría a las demás para bajarse de aquella aventura.

«No puedo dejar a Manuel solo».

«La última vez que fui a ver a los gatos los noté como tristes. Creo que están intentando hacerlos veganos».

«Yo es que tengo que estar más pendiente de la comunión de Martín, igual quieren que les cosa algo».

Y Andrea era la que peor lo llevaba porque ella no tenía excusa en la que refugiarse, solo frustración. Necesitaba hacer ese viaje. Se lo merecía.

Andrea abrió la puerta de su casa y las cuatro se miraron extrañadas. La luz de la cocina estaba encendida y la televisión en marcha a todo volumen, pero Andrea vivía sola.

Se echaron una mirada cargada de peligro y entraron en casa sigilosamente.

Cada una tomó un paraguas del paragüero del recibidor y se adentraron enarbolándolo como un arma.

Cuando irrumpieron en la cocina en plan Armada Invencible, dispuestas a arrear a quien hiciera falta, vieron a Roberto, el nieto de Andrea, y a dos amigos arramblando con las pastas y la pechuga de pavo que tenía en la nevera.

—Ey, Roberto, ¿qué es esto? —dijo Andrea a su nieto, sujetándose el corazón con una mano.

Las otras tres asomaron la cabeza.

No era la primera vez que veían al nieto de Andrea, con la nariz aguileña y el flequillo que le caía tanto sobre la cara que no se le veían los ojos.

Los otros dos tampoco parecían tener ojos.

Vestían de oscuro. Uno era enorme y el pantalón mostraba parte de su ropa interior; el otro era menudo y tenía el pelo lacio por debajo de los hombros.

—Abu, te dije que vendríamos a estudiar —dijo Roberto, poniéndose en pie y dándole un beso.

—Pues ya veo lo bien que lleváis la lección, ya —se quejó Andrea. Le devolvió el beso y se fue hacia el salón. Allí apagó la tele y se sentó en el sillón, poniendo los pies en alto y animando a sus amigas a que hicieran lo mismo.

Su nieto apareció un minuto después.

—Abu, tenías esto en la nevera, con el salami. Y le tendió la tarjeta de la seguridad social.

Andrea la miró incrédula, después la recogió y se la metió en el bolso.

—Ya podría buscarla.

Los tres muchachos, todavía con la boca llena, cuchicheaban entre ellos.

—Abu, ¿te viene bien que nos quedemos o nos vamos a la biblioteca?

Andrea cerró los ojos, desanimada.

—Quedaos, quedaos. Os metéis en la salita y coged lo que queráis de la cocina. No os preocupéis.

Roberto sonrió, aliviado, y aprovechó para saludar a María, Celia y Amparo, que le devolvieron el saludo. Después dio media vuelta para volver a la cocina, pero se detuvo y miró a su abuela.

—Abu, ¿pasa algo? —preguntó.

Andrea meneó la cabeza, suspiró y se atrevió a decir en voz alta lo que había estado pensando todo el camino.

—Pasa que ya no nos vamos de viaje.

Ya estaba. Dicho. Por mucho que doliera. Había sido una tontería pretender que podría ser real.

—¿A Asia? —preguntó el chico.

—A Asia —respondió la abuela.

—¿Y eso?

—Es carísimo —dijo Amparo—. Cuesta dos ojos de la cara, un riñón, un fémur y dos…

—Se hace a la idea —interrumpió Andrea, cubriéndose la frente con las manos. Juraría que se encontraba febril. Tal vez debiera tomarse algo.

—Nos pedían casi dos mil euros por semana, una exageración —aclaró Amparo—. Inadmisible del todo.

Roberto se dirigió hacia su abuela y, cogiéndole la mano con la que se cubría la frente, le dijo:

—Eso es porque no lo habéis preguntado en el lugar correcto.

Andrea miró a su nieto fijamente al lugar en el que se suponía que debían estar los ojos.

Al leer su sonrisa, con el bigote incipiente y los dientes torcidos, creyó ver un brillo en ellos, pero no tenía ni idea de lo que pudiera significar.