PASAPORTES
A las seis de la mañana era todavía de noche.
La ciudad seguía dormida y solo algunas luces asomaban por los agujeros de las persianas delatando la vida que se abría en su interior. Las calles desiertas brillaban con el color húmedo del pavimento, que era de un azul oscuro, eléctrico en los lugares en los que incidían los focos de las farolas.
Se respiraba paz y la brisa era nueva y fresca.
Solo los pasos de cada una mientras se acercaban al punto de encuentro repicaban en la acera. Las calles, a medio despertar, se llenaban de matices irreconocibles durante el día.
La primera en llegar al lugar acordado fue María. No hacía frío, pero se encogió por debajo de la gabardina. La sensación de haber salido de noche hacía que se encontrara destemplada.
Había dos hombres esperando también. Fumaban y habla-ban entre ellos animadamente, así que saludó y se colocó tras ellos.
Alzó la mano cuando vio llegar a Andrea. La siguió Amparo y después Celia. Les brillaban los ojos. El color del alba palidecía su rostro.
—Dan veinte números por aquí y treinta para los que han pedido cita previa con el ordenador —aclaró Andrea—, así que, como estamos estos señores y nosotras, tendremos número seguro. Hemos hecho bien en madrugar.
Las cuatro asintieron.
—Pues, si llego a saber que no pasaba nada si veníamos más tarde, hubiera venido andando y me ahorraba el autobús —dijo Amparo, todavía con los ojos pegados.
Celia rio.
—¿Tú te has lavado la cara?
Amparo sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió los ojos. Después, se sonó la nariz.
—Yo suelo estar despierta a estas horas —dijo Celia—, aunque confieso que salir a la calle es otra cosa. Qué pereza.
Andrea asintió. Llevaba las manos en los bolsillos y descansaba el peso de una pierna en la otra. Le hubiera venido bien dormir un poco más.
Se fijaron en los dos hombres que tenían delante y ellos en ellas. No debían de pasar de los cincuenta. Uno llevaba una gorra de marinero y bigote espeso. Ellas los saludaron. Ellos les contestaron con sorna:
—Señoras, han llegado tarde. Hoy venimos nosotros a por todos los números.
Amparo, Celia, María y Andrea se miraron sin entender. Andrea frunció el ceño.
—Pero si ustedes solo son dos —repuso.
El del bigote se aguantó la risa. El otro, que tenía el pelo frondoso y peinado a un lado, carraspeó antes de decir:
—No somos dos, perdone, que mi señora, la señora de este y los niños están en el coche allá aparcados, pero hacen la cola también.
Las mujeres dieron una vuelta sobre sí mismas y después miraron hacia la furgoneta que señalaba el hombre. Su compañero las observaba con una sonrisa de lado.
—Pero eso no suma veinte —susurró María.
Los hombres se miraron con sorna.
—Suma lo que nosotros queramos que sume, señoras.
—Pues volvemos mañana. También es mala pata —dijo María. Al volverse, dispuesta a marcharse, sus amigas vieron que el pelo se le aplastaba en el lugar en el que no hacía mucho había estado la almohada. Parecía el cráter de un meteorito que hubiera colisionado contra su cogote.
Uno de los hombres fingió una tos y el otro dio un paso hacia ellas.
—Bueno —dijo—, nos sabe mal que se queden sin número. Nosotros podríamos cederles cuatro números de los nuestros y volver cualquier otro día.
Celia sonrió entonces. Amparo y Andrea se volvieron hacia él, esperanzadas.
—Son ustedes muy amables —dijeron, casi al unísono.
El hombre sonrió irónico, su expresión más oscura.
—Serían diez euros por cada uno, para los niños, por el madrugón.
María ya se echaba la mano al monedero, molesta porque el dinero suelto que llevaba era para los buñuelos, pero Andrea la detuvo, miró a aquellos hombres directamente y dio un paso al frente. A su alrededor, la ciudad continuaba en silencio, pero había más luz en las ventanas.
—Los llevo un ratito observando sin decir nada y me parece que son ustedes muy listos. ¿Nos están intentando timar? —preguntó.
Sonó tan segura y decidida que sus amigas dieron un respingo. No se les había pasado por la cabeza aquella idea.
Los hombres dieron un paso adelante ellos también. Fruncieron el ceño y tensaron el gesto.
—¿Hemos dicho diez euros? —preguntó uno de ellos, adelantado hacia Andrea—. Nos habremos equivocado. Vamos a aplicarles el descuento para la tercera edad. Van a ser quince euros cada número.
Vale, era oficial: intentaban timarlas. Andrea sacó pecho y sus amigas, por detrás de ella, la acompañaron.
—De eso nada, señor mío. No vamos a pagar ni un céntimo por algo que es gratis, y vamos a tener nuestros números.
María, Amparo y Celia también dieron un paso al frente.
—Que se te comen las abuelas —dijo el del bigote a su compañero, con guasa.
—Mire, señora —dijo el otro, molesto—. Esto funciona así. Este es nuestro negocio y punto. Llevamos así años sin que nos pillen y no nos lo va usted a echar por tierra ahora, no se haga ilusiones. Y no se me ponga flamenca, que está usted mayor e igual se tropieza y se cae.
Las cuatro amigas abrieron la boca, sorprendidas. ¿Las estaban amenazando? Andrea tomó aire, hinchó el pecho y, volviéndose a sus amigas, preguntó:
—¿Habéis grabado eso?
Y las tres, adelantando los teléfonos, afirmaron a una:
—¡Sí! ¡Los tenemos!
Los hombres se miraron el uno al otro y, de pronto, Andrea comenzó a chillar:
—¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Solo soy una pobre abuela! ¡Policía, a mí! Y las demás la imitaron. Gritaron tan alto que las luces de los balcones de algunas de las fincas que lindaban con la plaza del mercado se encendieron, y un grupo de policías emergió de la comisaría porra en mano.
Los dos hombres echaron a correr. La furgoneta blanca con sus familiares no se veía por ningún lado. Se habían largado.
Cuando los agentes, una mujer y dos hombres, llegaron hasta donde estaban las cuatro amigas, no había ni rastro de los fugitivos.
—¿Se encuentran bien? —preguntó uno de los policías, visiblemente preocupado.
Andrea los esperaba con los brazos en jarra. Las otras imitaron el gesto, orgullosas por lo que acababan de hacer.
—Por supuesto que estamos bien, agentes. Hemos desenmascarado a una mafia de reventa de números para renovar DNI y pasaporte —dijo Andrea, triunfal.
Los policías menearon la cabeza. Sabían de sobra a quiénes se referían.
—Siento que se hayan tenido que encarar a esos dos tipos —se disculpó uno de ellos—. Espero que no se hayan enfrentado a ustedes. Miren que les hemos interrogado veces, pero, si no los pillábamos en la reventa, no había nada que hacer.
—No se preocupen —dijo Andrea—. Nosotras hemos hecho que confiesen y lo tenemos todo grabado.
A los agentes se les iluminó el rostro.
—Bueno —admitió María—, yo lo que es grabar no he grabado. Es que mi móvil no hace fotos. He hecho como si grababa y ya está.
—Yo estaba nerviosa —dijo Amparo—, así que no atinaba a la cámara. También he hecho como que grababa.
—Yo he apuntado con la funda de las gafas. Creo que me he dejado el móvil en casa —confesó Celia.
Andrea se volvió hacia sus amigas y meneó la cabeza.
—Bueno —las tranquilizó uno de los agentes—, no pasa nada.
Lo importante es que están bien. A la próxima no sean tan valientes y chillen como han hecho, eso es lo más sensato.
Eso sí, si quisieran poner una denuncia, nos serviría para poder pedir las órdenes necesarias para hacer una operación encubierta y acabar con esos dos cuanto antes.
En años nadie los ha denunciado, supongo que por miedo a las represalias.
Después dicen que cómo es que siguen por ahí.
—Y luego están los que pagan gustosos para ahorrarse el mardrugón —dijo la policía—. Por una cosa o por otra, hacen negocio todos los días e intimidan a los vecinos.
—Cuente con la denuncia —sentenció Andrea.
Formalizaron la denuncia y, en cuanto se abrió la oficina de los pasaportes a las ocho y media, tuvieron los números. Podrían irse a desayunar y volver a las diez de la mañana.
Entraron en un bar cercano y, al sentarse, se dieron cuenta de lo cansadas que estaban.
Celia miraba afuera por uno de los ventanales, buscando entre los vehículos que pasaban la furgoneta de los mafiosos para ver si podía hacerse con la matrícula y entregarla a la policía. De repente se sentía pletórica.
—Tenéis las fotos de carné, ¿no? —preguntó Andrea una vez pidieron sus cafés.
Las tres amigas sacaron las suyas y, cuando María hizo lo propio, las otras se la quedaron mirando.
—María, ¿cuántos años tienes en esta? —preguntó Amparo.
La fotografía debía de tener más de treinta años. El pelo era más claro e iba maquillada. María sujetó su foto y meneó la cabeza:
—Pues la foto que tenía. No iba a dejarla desaprovechada. Será del año pasado.
—María, que está en blanco y negro —dijo Celia.
El camarero llegó con sus bebidas y María aprovechó para sacar pecho.
—Me gustaría que pusieran esta —dijo melancólica—. Me gusto en esta.
—Pero, María, tienen que poner fotos recientes —explicó Andrea—. Esta no creo que te la cojan.
María alzó la cabeza de su fotografía y miró a Andrea fijamente.
—Me gusto en esta.
Desayunaron en silencio y, camino de vuelta a la comisaría, Andrea recordó el fotomatón que había en una de las calles cercanas y dirigió los pasos de las otras hacia allí.
El sol ya se pintaba en el cielo y la ciudad se cargaba de ruidos, movimiento y prisas. Cuando llegaron junto a él, Andrea se detuvo y miró a María con dulzura.
—Ala, métete —urgió Amparo. María resopló.
—Yo esto no sé cómo se hace —se quejó—. Y mira qué pintas llevo.
Amparo inspeccionó la máquina de arriba abajo. Leyó en un lateral y volvió a dirigirse al resto.
—Tienes que sentarte dentro y seleccionar las opciones en la pantalla.
María resopló, nada convencida de lo que estaba a punto de hacer, y se metió dentro. Podía verse reflejada en un espejo frente a ella y se peinó. ¿Qué tenía de malo su vieja foto?
Sus amigas se asomaron.
—Toca la pantalla —dijo Amparo. Y María obedeció. Podía hacerse fotos con paisajes, postales, retratos de «se busca»… Por fin llegó a las fotos de carné y pasaporte.
—Aprieta, aprieta, María —apremió Andrea.
—No me deja —se quejó la otra.
—Echa el dinero antes —dijo Amparo—. Son tres euros.
María se buscó en el bolso y echó tres euros, el equivalente a seis buñuelos, y los vio escurrirse sin retorno por la ranura de aquel cachivache.
—Cierra la cortina —apremió Celia, haciendo que el resto saliera del fotomatón.
María respiró hondo, sola ante el peligro. Fijó sus ojos en las pupilas que le devolvía su reflejo y recordó tensar el cuello para parecer más delgada. Abrió una sonrisa y volvió a cerrarla.
Cuando por fin la pantalla se iluminó, dio un pequeño salto. Aparecieron las opciones de nuevo, entre las que eligió la de fotografías para el pasaporte, y resopló.
—Ya está —dijo.
Las demás se asomaron un ápice por la cortinilla.
—Ánimo, que estás imponente —dijo Andrea, haciéndole un guiño.
Se encendió una luz de nuevo y María escuchó nerviosa un mensaje pregrabado que le pidió alinear la barbilla con una marca de la pantalla.
Andrea metió el brazo por la cortinilla, haciendo que María diera un respingo.
—Píntate —le dijo tendiéndole un pintalabios.
Y María obedeció.
Después puso la barbilla donde indicaba y apareció una cuenta atrás. María tragó saliva y quedó expectante, sonriendo levemente. Aguantó la respiración y el parpadeo, hasta que un resplandor tenue y directo le indicó que la foto estaba hecha.
María relajó el gesto y soltó aire. Para su sorpresa, la foto apareció en la pantalla. Tenía la opción de aceptarla o rechazarla y hacerse una más.
Frunció el ceño. Se estudió detenidamente y tomó la determinación de hacer una más. Esta vez estaba más segura de sí misma y alzó un poco más el mentón.
Cuenta atrás, fogonazo y… perfecta.
Salió de la máquina y, al ver aplaudir a las otras, se sintió ridícula. En menos de un minuto, las fotos salieron por la ranura y las recogió temerosa.
—¿Sabes lo que me parece a mí? —dijo Celia a su amiga.
María levantó la vista y la miró.
—Me parece que estás mucho más guapa en estas fotos. Me parece que estás guapísima.
María sonrió entonces.
—Eres una mentirosa —replicó.
—Y tú una tonta, una guapa tonta —sonrió Amparo.
Las tres se abrazaron. Andrea, mientras tanto, leía las instrucciones en el lateral de la máquina.
—¿Nos hacemos una foto para recordar este día? —preguntó. Las otras tres la miraron sin entender.
—Yo ya tengo las mías —dijo Celia, señalando su bolso.
Andrea soltó una risotada y les explicó:
—Digo de hacernos una foto la cuatro. Así rememoramos el día que comenzamos a actuar como las mujeres valientes que ya somos. Para que no se nos olvide que no eran ni las siete de la mañana y ya habíamos desenmarañado una mafia de reventa.
Las cuatro se miraron las unas a las otras y a la máquina. Amparo soltó una risotada.
—Yo no tengo suelto —dijo, para no poner dinero. Quería el euro suelto para la merienda de Martín.
Las otras tres se encargaron del importe y, sin poder evitar reírse, se metieron como pudieron en el fotomatón.
No había manera de que aparecieran todas en la pantalla al mismo tiempo, y menos de que se sentaran en aquel espacio tan reducido, pero sí podían entrelazar las manos, cogiéndose las unas a las otras.
Rieron cuando a Celia le dio un calambre en el costado o a Amparo se le durmieron las piernas, pero, cuando las fotos salieron, no pudieron reprimir una oleada de orgullo.
Andrea miró a sus amigas. Sintió que, aunque todavía no habían salido de España, el viaje más importante de sus vidas ya había comenzado.
¿Eran sus amigas las mismas personas que habían vuelto del entierro de Camila? ¿Las mismas que caminaban agachadas por temor a molestar, a decir lo inapropiado?
Cuando llegaron a comisaría y se hizo su turno para entrar, sonreían.
Cada una se sentó en un mostrador diferente, atendiendo a las preguntas que se le hacía.
Cuando María sacó las fotos que acababa de hacerse, sacó también las que había traído, de joven, en blanco y negro.
¿Tan diferente era ahora? No había pasado tanto tiempo, ¿verdad? ¿Dónde estaban los años?
¿Cómo era posible que no los hubiera visto marcharse?
La señorita que la atendía recogió las fotos y devolvió a María las antiguas.
—Está usted mucho más guapa en estas —dijo—: el brillo en sus ojos, el color de labios. ¿Le parece que las usemos?
Y María asintió orgullosa, metiéndose las antiguas en el bolso.
Sus amigas, al tanto de la conversación, no pudieron evitar sonreír.