LA DETERMINACIÓN DE ANDREA #2
Andrea invitó al resto a tomar café en su casa al día siguiente. Quería que estuvieran en un lugar en el que se sintieran seguras y cómodas. Pondría música de zarzuela de fondo, el aire acondicionado, y les prepararía unas pastas de esas que les encantaban a todas.
Amparo y Celia llegaron a la vez y Andrea, al recibirlas, comprobó aliviada que seguían con el optimismo del día anterior.
María llegó un par de minutos después porque se había pasado a ver a sus gatos.
Quería comprobar que no los habían pintado de rosa ni les habían puesto lazos y, a pesar de que no fue el caso, no llegaba a estar tranquila del todo.
Cuando estuvieron las cuatro, Andrea sacó el café y las pastas. La música sonaba suave y el ambiente era agradable.
—Andrea, guapa, qué cortinas más bonitas, con los visi-llos —dijo Amparo cuando entró al salón—. Me gustan. Te hacen la pared más ancha y todo.
Andrea asintió. Si les confesaba que se los había cosido ella sola, no habría manera de cambiar de tema en toda la tarde.
—Mi hija, que se ha cambiado los de su casa y me los ha dado —contestó.
—¿Cuál, Pilar o Isabel? —quiso saber Amparo, como si eso importara realmente.
—Se han puesto algo más moderno —dijo Andrea, intentando no alargar el tema.
Celia meneó la cabeza.
—Pues te quedan que ni pintados. Me gustan hasta para mí —dijo Amparo con admiración.
Andrea las miró nerviosa. Cuando María fue a abrir la boca señalando algo de las cortinas, Andrea atacó:
—Bueno, chicas, hay que preparar el viaje, así que a lo nuestro.
Las tres la miraron entonces con los ojos bien abiertos. Se sentían como unos atracadores a punto de trazar el plan con el que penetrarían en la cámara acorazada del banco más vigilado de la ciudad. Notaban la adrenalina correr por las venas.
—No nos asustes —dijo Celia.
—Qué va, si estas cosas se hacen todos los días. Son tonterías, pero hay que hacerlas. ¿Cuántas tenéis pasaporte? —preguntó Andrea.
Se miraron las unas a las otras y se encogieron de hombros.
—Como para Canarias podíamos ir con el DNI, yo no tengo —apuntó Celia.
Las demás negaron también.
—Yo una vez mira que pensé en hacérmelo, pero se me pasó. Por tenerlo nada más —explicó María.
Andrea sostenía su lista entre las manos. Pasaporte para todas.
—Pero primero tendremos que saber a dónde vamos, ¿no? —preguntó Amparo.
—¿Qué más da? —replicó Andrea.
—No, por mi hija. Como ella se lo hizo cuando ya sabían que se iban a Camboya y a…
Pero María interrumpió, orgullosa.
—El pasaporte es único, te permite viajar fuera de España donde quieras, por eso me lo quería hacer. Cada vez que vas a un país, te lo llenan de pegatinas del sitio, como las guitarras de los tunos.
—¿Y cómo se hace un pasaporte? —preguntó Celia—. ¿Tarda mucho?
Andrea meneó la cabeza.
—No tarda nada, lo único malo es que te den cita, porque hay que solicitarla por ordenador.
—Imposible. Yo no me aclaro —se quejó María.
El resto asintió con la cabeza, pero Andrea no las dejó hablar.
—Por eso os quiero plantadas mañana a las seis de la mañana en la comisaría del mercado con unas fotos de carné para coger número y hacerlo en el día. Después nos vamos a comernos un chocolate con churros por ahí.
—O con buñuelos, que todavía quedan de las fallas —apuntó María.
—Con buñuelos.
—Yo prefiero churros —dijo Amparo tímidamente—. Se pasan con los precios de los buñuelos. Ni que fueran de oro.
—Con churros y buñuelos —completó Andrea, para zanjar—. Vale, pues el punto que le sigue es que decidamos a qué país nos vamos, así que después de hacer lo del carné y los churros nos vamos a El Corte Inglés y que nos asesoren.
Las tres soltaron un gritito nervioso y dieron unas palmaditas. Lo de ir al centro comercial ya tenía buena pinta por sí mismo, pero encima irían a la planta de la agencia de viajes. Como marquesas las iban a tratar.
—Y después, cuando sepamos dónde vamos —continuó Andrea—, nos vacunamos o lo que haga falta.
Las tres dieron otro gritito. Aquella última frase les había recordado de repente que tal vez no necesitaran demasiadas emociones, al fin y al cabo.
—¿Vacunarse de qué? —preguntó María—. Yo tengo una amiga que se murió al ponerse una vacuna.
—Por Dios, María —exclamaron la demás.
Aquel asunto se estaba complicado por momentos.
—¿Dónde viajaba? —preguntó Amparo, asustada—. Porque si lo sabemos no nos ponemos esa vacuna y arregladas, que no hay que ser más papistas que el papa.
—No se iba a ningún lado, estaba en el colegio, éramos pequeñas. Las mujeres respiraron aliviadas al fin.
—Hablas de la postguerra, qué susto —dijo Amparo—. Ya me habías metido el miedo en el cuerpo. Ha pasado medio siglo de aquello.
—Yo qué sé —se defendió María—. Habéis hablado de vacunas y me he acordado de repente. La que se lio en el pueblo. La enterraron que parecía un angelito.
Andrea las observó una a una. Iban bien. No había pánico excesivo y Amparo no había hablado de dinero nada más que para los churros.
—Bueno, señoras —continuó—, pues mañana madrugamos. Id pensando a qué país de Asia os apetece ir, porque la cosa ya está encima y no podemos ir cambiando los billetes. Si se compran, después no se pueden devolver.
Amparo sonrió entonces y dijo:
—A mí lo del cocotero que dijo tu nieto me gusta, Celia. Es que lo decía y me veía yo tranquila, sin pensar en nada, con el sol dándome en las piernas y una pamela grandota en la cabeza.
Las demás asintieron. Se tenía que estar a gusto y bien.
—Y la Muralla china también nos vendría bien, por lo de andar y eso, para la circulación —añadió María.
—Bueno, Andrea, las cortinas —dijo Amparo, cambiando de tema—: pregunta a tu hija de dónde son y cuánto le han costado, porque me chiflan.
Andrea cogió una pasta y se echó a reír.
—Lo confieso: las he hecho yo.
Las tres amigas dieron un grito de agrado y Celia aplaudió.
—¡Lo sabía! —dijo María.
Tenían mil preguntas que hacerle.