Las reinas de Asia LA DETERMINACIÓN DE ANDREA
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LA DETERMINACIÓN DE ANDREA

Andrea entró en su casa y respiró hondo.

Estaba agotada hasta para pestañear, pero pensar en el episodio de las bolas chinas en casa de Gabriel y Luis hizo que se le escapara una sonrisa.

María era la leche.

Dejó sobre el recibidor un par de trípticos que había recogido en una agencia de viajes.

Uno era sobre Tailandia y otro sobre India.

Apenas había tenido tiempo de hojearlos.

Junto a ellos depositó una lista manuscrita con los documentos que necesitaban.

Se quitó los zapatos y los dejó en la entrada.

Tenía los pies doloridos y se llevó las manos a las cervicales.

Estiró el cuello. Resopló y se dio un pequeño masaje. Necesitaba una pastilla.

Se dirigió a la cocina y tomó una del estante. Después se sirvió agua y se la tomó.

Si de verdad quería ir con sus amigas a Asia, debía sacar los billetes cuanto antes y encargarse ella de la mayoría de los preparativos.

Todavía se sorprendía de la reacción de Amparo y Celia, que parecían cada vez más dispuestas y seguras de sí mismas.

No sabía de dónde había salido la fuerza para tomar la decisión de acompañarla.

Incluso María, que fue a la que acorralaron más de la cuenta, parecía dispuesta a ir; así que no podía comprometer ese entusiasmo inicial.

Era consciente de que todo podía cambiar en un segundo.

Bastaba con que la hija mayor de Amparo hiciera algún comentario malsonante o con que Celia se parara a pensar en Manuel para que todo se fuera al traste, y no quería que eso sucediera.

Ir a Asia, escapar, salir de la vorágine y respirar aire fresco era algo que las cuatro merecían más que nada en el mundo.

Andrea se dirigió al salón y se sentó en uno de los butacones.

Alzó los pies y los apoyó en otro. Trató de no pensar en lo que se le venía encima, porque debía encargarse de todo.

Si comenzaba a pedir responsabilidades a las demás y les hacía decidir en lo más trivial, acabarían teniendo alguna subida de tensión, azúcar y colesterol que volvería a encajarlas en su caparazón, y esta vez para siempre.

Resopló. Pero ¿y si se estaban equivocando? Andrea cerró los ojos. Si se producía cualquier contratiempo, ella sería la responsable absoluta del desastre.

Trató de apartar las dudas de la cabeza y se fijó en el mueble bajo que tenía frente a ella.

Sobre él descansaban al menos quince fotos enmarcadas.

Había escenas de primeros pasos, comuniones y comidas al aire libre.

Media docena de dibujos de sus nietos pendían de las paredes, y los observó con cariño y nostalgia.

No podía rendirse. No podía esperar a que le sucediera lo que le estaba pasando al resto. No podía dejarse envejecer.

Sintió algo vibrar en su costado y ahí se dio cuenta de que no se había quitado el bolso desde que entró en casa. Sacó el teléfono. Era un mensaje de su hija Pilar.

«Mamá, en Asia lo de ir al médico de cabecera y que te haga una receta no se lleva. Haceos un seguro».

Andrea respondió con un emoticono de pulgar alzado y cerró un instante los ojos. Sus hijos habían recibido la noticia del viaje con alegría y optimismo, pero la bombardeaban con mensajes en los que le recordaban que no todo iba a ser coser y cantar.

«Acabo de leer que los perros podrían contagiar la rabia, y eso es mortal en horas».

«Hay que tener cuidado con los timadores. Recuérdame que te cuente lo que le pasó a mi amiga Mari».

Y otro mensaje más: «Tiene cita en su centro de salud para el próximo martes a las 14.30 horas».

Andrea resopló y dejó el móvil sobre el reposabrazos. Estaba decidida a no dejarse engullir por la vida como si ella no contara.

De repente se fijó en una de las fotos. En ella estaban sus amigas con Teresa, y esbozó una sonrisa al recordar el momento de la instantánea. La tomaron una tarde, después de la gimnasia en el centro de salud. María ya no acudía, pero se apuntaba a las meriendas. Las cinco sonreían a la cámara.

A Celia casi no se le distinguían los ojos tras el reflejo de las gafas, y sonreía feliz mirando directamente al objetivo.

Manuel era el fotógrafo. Andrea leyó en su amiga una expresión segura y limpia que no le había vuelto a ver en años.

Celia parecía otra. Era otra. Pero esa otra se había escurrido con sigilo por la puerta trasera mientras el resto del mundo se centraba en la degradación del pobre Manuel.

Amparo sonreía tímidamente a su lado, con el mentón alzado y el recogido de peluquería.

No solía acompañarlas a la cafetería, siempre con prisas para recoger a su nieto o hacer algún recado para su hija mayor.

Ese día se quedó solo para hacer la foto, por eso no había taza de café delante de ella, y se marchó instantes después.

Al observar a María, cándida, sencilla y previsible, no pudo evitar sonreír de nuevo. Su cara de espanto al ver que secuestraban a sus gatos había resultado bastante cómica. Teresa la agarraba por el hombro y hacía una mueca.

Andrea tomó aire al pensar en Teresa y se mordió los labios. Ella sí que la hubiera ayudado con todo sin asustarse apenas. Era de las que tiraba del carro, pero Teresa ya no estaba.

Andrea cerró los ojos y se reclinó en la butaca.

¿Tendría fuerzas para hacerlo sola? Su hijo mayor tenía nueve y la pequeña tres cuando Raimundo, su exmarido, se fue sin dejarle ni el dinero ni el tiempo para echarlo de menos.

Trabajó limpiando casas, oficinas, patios…

Y, por las noches, con la pequeña en brazos, estudió secretariado.

No deseaba a nadie la vida ocupada y guerrera que había llevado, aunque tampoco se arrepentía de nada. Estaba acostumbrada a anteponer las necesidades de los demás a las suyas y a hacer de tripas corazón cuando las cosas se torcían.

Asia.

Si ella, acostumbrada a los imprevistos, se veía inundada por la cantidad de trámites y papeleos que necesitarían, no imaginaba cómo estarían las demás. Ni siquiera tenían pasaportes.

Llamaron a la puerta y salió de su ensoñación. Resopló y se incorporó en el sofá. Bajó las piernas y se rascó la cabeza. Se puso en pie.

—Ya voy —dijo.

—Soy yo, Andrea —escuchó decir a una voz masculina al otro lado.

Andrea meneó la cabeza e hinchó el pecho.

Caminó cansada hacia la puerta. Era Fermín, su vecino.

Tenía casi los noventa y vivía con su hija en su mismo rellano.

Le gustaba la compañía de Andrea y aprovechaba la mínima oportunidad para escapar de la supervisión de su cuidadora y acudir a charlar con ella.

Andrea abrió la puerta y lo recibió con mirada cansada.

—Hola, vecino —saludó.

El hombre, menudo y arrugado, alzó la mano. Tenía las orejas largas y los lóbulos se le movían al hablar. En un esfuerzo por hallar algún tema de conversación que acaparara la atención de Andrea, se fijó en los folletos de viaje y su mirada se iluminó.

—¿Te vas a Tailandia? —preguntó coqueto.

Andrea dirigió la mirada hacia los trípticos y sonrió.

—Me voy, sí, con mis amigas.

El anciano pareció complacido.

—Pues ya sabes que yo sé un rato de viajes —dijo.

Y la mirada de Andrea se iluminó. Era cierto que Fermín era un hombre de mundo. Había sido misionero; no en Asia, pero sí en África, que, para el caso, le parecía igual de exótico.

—Es cierto —convino ella—. Y nosotras somos unas novatas.

El señor Fermín sonrió complacido. Andrea le invitó a entrar, pero el anciano negó y echó una mirada de reojo a su puerta abierta. Lo que el pobre quería era charlar en el rellano.

—Pues mira, voy a daros un buen consejo: hay que andarse con mucho ojo —dijo, solemne—. No se puede ir confiando en todo el mundo. Yo recuerdo la sensación de llegar a sitios en los que me señalaban con el dedo y me miraban con ojos pendencieros, como diciendo: «Pajarito, ven y verás».

Andrea abrió los ojos, asustada.

—Pero, Fermín, usted iba en el nombre de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

—Por eso mismo, creo yo. Era sacar la cruz y se me tiraban encima.

—No me diga usted esas cosas, que, si a un misionero no se le respeta, ya me dirá a nosotras.

El señor Fermín asintió y alzó los hombros.

—Sigue mi consejo, niña: coseos el dinero a los forros de la ropa y, si os intentan hacer alguna cosa, fingís un ataque al corazón o algo así.

Yo llevo muchos fingidos en África, y uno de verdad, menudo susto.

—Andrea no perdía detalle de sus palabras—.

Y no os fieis de los borricos, que, cuando se paran y dicen que no siguen, te dejan abandonado.

A mí me dio uno una coz en la línea del calzoncillo que todavía me toco y me acuerdo.

Una mujer, la hija de Fermín, salió corriendo de la vivienda contigua al tiempo que el hombre se comenzaba a desabrochar el pantalón.

—Hola, Paloma —saludó Andrea.

La recién llegada se apresuró a abrochar el pantalón de su padre al tiempo que devolvía el saludo.

—Perdona, Andrea, os estaba escuchando desde la cocina. Es que, cada vez que lo oigo decir la palabra «borrico», sé que se queda sin pantalones. La última, en el recital de mi nieto, en el colegio.

Andrea apretó los labios en una sonrisa condescendiente.

—Padre —le dijo la hija, alzando la voz para que escuchara bien—, que lo del asno le pasó en Cuenca hace quince años, que eso no se lo trae de África.

Pero Andrea seguía impresionada.

—La cantidad de cosas que tiene usted vividas, señor Fermín. ¿No ha pensado en escribir un libro?

El hombre asintió orgulloso, pero su hija meneó la cabeza, no demasiado convencida.

—Déjalo, que la que armó fue gorda. Volvió excomulgado y todo. —Agarró del brazo al hombre y lo condujo de vuelta a casa—. Gracias, Andrea, por hacerle un poco de caso.

—Es muy agradable —se disculpó ella.

Andrea se despidió de la pareja y se metió en casa. Observó la lista de cosas que debían hacer y añadió lo del seguro médico que le había dicho Pilar por mensaje.

Ahora solo faltaba indicar a sus amigas los primeros pasos que debían dar y procurar que no se le agobiaran.