Las reinas de Asia LOS PREJUICIOS DE MARÍA #3
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LOS PREJUICIOS DE MARÍA #3

—Qué monos —respondió Gabriel.

—No tanto —dijo María, tratando de convencerlos de que todo aquello era una pésima idea—. Les gusta arañarlo todo, sobre todo en vertical, porque les relaja, les activa la circulación y les tonifica el cuerpo. Os lo van a romper todo. Los sillones, las cortinas. No creo que en esta…

—Qué traviesos —interrumpió Luis, lanzando una risotada—. Seguro que no son tan malos como los pintas.

Se sentaron en los sillones mirándose la cara los unos a los otros. Los gatos maullaban tranquilos en manos de la pareja, María los observaba aterrada y sus tres amigas agarraban las bolsas y mostraban los objetos que contenían.

—Y estos son los juguetes que había en la casa —explicó Amparo al tiempo que los sacaba de uno en uno—: hay un ratoncito de los que suenan, un peluche, lana, unos hilos, unas pelotas de jugar…

A María se le abrieron los ojos como platos al ver esto último.

—Señora mía —dijo Gabriel divertido, mientras acariciaba al gato—, eso son unas bolas chinas, de juguete de gato nada: eso es juguete de gata.

Y tanto Gabriel como Luis se echaron a reír.

Las tres amigas observaban el juguete que aún pendía de la mano de Amparo. María estaba roja como un tomate mientras las otras lo examinaban sin saber muy bien a qué se refería Gabriel.

—¿No es de los gatos? —preguntó Amparo.

Los ojos de María estaban más abiertos que nunca. ¡Sus bolas chinas! ¡Habían agarrado por error sus bolas chinas!

María se puso en pie, arrancó el artilugio de las manos de su amiga y se lo metió en el bolso, roja como un tomate, echándose el flequillo por la cara para que no se le viera el rubor.

—Es para mi suelo pélvico —se disculpó.

Sus amigas la miraron sin entender, hasta que Andrea comenzó a reír, tan alto que las demás se contagiaron. Todos rieron y María comenzó a reír también, poco a poco al principio, más ruidosamente después, hasta que tuvieron que parar porque les dolían las costillas.

Minutos después estaban hablando de nuevo, la tensión disipada por completo.

—Así que se van de viaje a Asia —dijo Gabriel saliendo de la cocina con unas tazas de té y ofreciéndoselas a las mujeres—. Llevan jengibre y limón.

Las señoras se asomaron al interior de las tazas antes de echar el primer trago y se miraron las unas a las otras con aprobación.

—Nos vamos —dijo Andrea—. Está decidido.

—Pues nos cuentan y así a ver si nos decidimos nosotros también, porque no acabamos de saber dónde ir. Queremos un paraíso: tumbarnos bajo una palmera, un cocotero alto y ala, que nos traigan margaritas y caipiriñas —dijo Luis.

Las mujeres sonrieron. Sonaba bien.

María no quitaba los ojos de encima a la pareja. Gabriel era más amanerado, pero Luis, bueno, Luis podría engañar a cualquiera.

—¿A qué os dedicáis? —preguntó curiosa. Quería saber un poco más antes de confiarles a los gatos. No consentiría dejarlos con unos degenerados o algo así.

—Pues yo soy jefe de operaciones en una central térmi-ca —dijo Gabriel—, y Luis trabaja de asesor financiero.

María tomó un trago de té.

«Vaya», pensó. Una no va a saber al final cómo distinguirlos de los normales.

María no se había casado nunca. Había tenido dos novios, uno durante seis años y otro que le había durado dos.

El primero simplemente se fue a una vendimia en Francia y nunca volvió.

A ella le gustaba pensar que se había muerto y llegaba a ponerse triste y todo al recordarlo, pero la verdad era que había conocido a otra y se había quedado allí.

Lo supo por una carta que podría haberse ahorrado.

Al segundo novio, a Aurelio, lo quiso más.

Sus padres ya le decían que tuviera cuidado, que parecía demasiado sensible, que a ver si le había salido rana…

Pero María nunca entendió sus advertencias y estaba encantada con él.

Era la mujer más feliz de la tierra. Había encontrado a su alma gemela.

Aurelio era el mejor de los amigos: le gustaba la ropa, tenía estilo, la escuchaba, compartía el gusto por las películas románticas y estaba de acuerdo con llegar virgen al matrimonio. No podía pedir más.

Pero un día Aurelio le dijo que necesitaba otras cosas y la acabó dejando, tal cual, sin dar más explicaciones, sin volver a verla. Para ahorrarse llorar por vergüenza, María contó que lo había abandonado ella y que estaba mejor sola que mal acompañada.

—¿Y está ilusionada con el viaje? —preguntó Gabriel, sacándola de su ensoñación.

María asintió sin saber ni siquiera lo que le había preguntado. Cuando miraba a Gabriel, le recordaba a su Aurelio.

—Sus gatos van a estar muy bien, son muy cariñosos y muy buenos y muy muy dulces.

De repente, Loren comenzó a lamer la boca de aquel hombre y María, de la impresión, dio tal sorbo a su bebida que se tragó un trozo de jengibre y le dio una tos horrible.

Sus amigas tuvieron que levantarse para darle golpes en la espalda y Luis le practicó la maniobra de Heimlich hasta que el jengibre salió volando de su boca y acabó estrellándose contra uno de los caros lienzos que decoraban las paredes.