Las reinas de Asia LOS PREJUICIOS DE MARÍA #2
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LOS PREJUICIOS DE MARÍA #2

Necesitaba un plan para escapar de la emboscada que le habían tendido.

Pulsaron el botón para solicitar parada y se bajaron. María fue la última en hacerlo, con paso rápido y las manos extendidas hacia los trasportines de sus mascotas. No quería perderlos de vista.

—Mis niños, mami está con vosotros.

Caminaron un par de calles y se detuvieron frente a uno de los edificios altos de la zona bohemia del centro.

—Esto es demasiado —balbuceó María, interponiéndose en el camino del resto—. Si no paráis ahora, voy a enfadarme de verdad. Y os advierto que nunca me habéis visto enfadada. ¡Exijo que no deis un paso más!

Pero las otras se limitaron a sonreír y asentir con la cabeza. Celia alzó el cuello. Estaban junto al portal de su nieto y de su marido.

—Vale, María, ni un paso más —dijo, pulsando el botón del interfono.

María, que por un segundo pensó que habían entrado en razón, sintió que el mundo se aceleraba de nuevo.

—En serio, no tenéis derecho —se quejó. Pero la voz metálica que les devolvió el interfono la hizo enmudecer.

—¿Sí?

—Somos nosotras, Luis —contestó Celia, más seria que nunca.

A María se le abrieron los ojos de repente.

¿Luis? Sintió que se le encogía el estómago.

Luis era el nieto gay de Celia, el que vivía con su novio, bueno, con su marido, porque menuda armaron al casarse en el mismísimo ayuntamiento. Salieron en la televisión y todo.

María se escandalizó. Lo de la homosexualidad le parecía una aberración, algo que no era natural. ¿Qué pasaría si de repente fuéramos todos gais? Se acabaría el mundo, por supuesto. Ya no habría niños ni nada. ¡No habría vida!

La puerta se abrió y sintió un escalofrío cuando el interior del patio quedó a la vista. Las demás la empujaron hacia dentro, pero es que ella no podía subir a esa casa, ¡era una casa gay!

—¡Ni pensarlo! —sentenció, agarrándose a la jaula de uno de sus gatos. Esta se zarandeó y Sofy maulló dentro.

—María, no te rebeles contra el destino —replicó Andrea, agarrándose al otro extremo del trasportín.

Ambas se retaron con la mirada, y María la relajó al sentir los ojos tenaces de Andrea sobre los suyos.

—No me podéis hacer esto —suplicó.

Y no pudo más que subir las escaleras para no perder de vista a sus gatos. Trataba de pensar la manera de escapar del atolladero en el que la habían metido, pero no había forma de hacer entrar a sus amigas en razón.

Luis y Gabriel vivían en un edificio de techos altos del casco histórico. Estaba totalmente remodelado y Celia les había hablado cientos de veces del estilo y la luz que habían conseguido con las obras.

Tuvieron que subir tres pisos por unas escaleras que formaban un cuadrado enorme y que a María se le antojaron interminables. A las otras, también.

María miraba hacia arriba y notaba que se le acababa el tiempo. Ninguna idea acudía a su mente acerca de cómo librarse del lío en el que la estaban metiendo.

¿Hablaban en serio? ¿Asia?

No tenían derecho a quitarle los gatos y mandarla a Asia, pero sus amigas no parecían estar de acuerdo con ella.

—¡Abuelita, dime tú! —cantó Luis, saliendo al patio a recibirlas. Pasaba de los treinta y era un hombre esbelto. Bajó un par de rellanos y cogió las bolsas de Celia, que parecían pesadas.

María tragó saliva de nuevo. Nunca había dicho nada acerca de lo que pensaba de los homosexuales por respeto a su amiga y había sabido mantenerse alejada de las conversaciones. Ahora estaba en terreno enemigo.

—Hola, guapas —las recibió Gabriel desde el quicio de la puerta. Era un poco más menudo y llevaba barba.

Se saludaron con unos besos y pasaron al piso.

Y menudo piso. Era extraordinario. Bien valía la pena subir todos aquellos escalones solo para verlo.

Era de revista. Se habían montado un loft con sillones modernos reclinables y muebles con líneas sobrias y acabados elegantes.

María no vio por ningún lado la bola de discoteca colgada del techo ni los pelícanos rosas que esperaba encontrar en los rincones.

—Estos son Sofy y Loren —dijo Andrea, tendiéndoles los trasportines.

María se adelantó entonces. Eso sí que no.

—¡Son mis gatos! —se quejó—. ¡Esto es un secuestro en toda regla! La broma estaba llegando demasiado lejos… Pero las demás se interpusieron en su camino sacando los trastos de las bolsas y mostrando las cajas de comida de los felinos.

María no sabía a quién detener y procuraba guardar de nuevo todo lo que el resto sacaba. Por eso no estuvo al tanto cuando Gabriel y Luis abrieron los trasportines, cogieron a los gatos en brazos y los animales parecieron disfrutar de la libertad y las caricias.

—Será una prueba de convivencia. Nuestra ilusión es adoptar, pero nunca acabábamos de lanzarnos —dijo el nieto de Celia.

María se volvió hacia él y, cuando lo vio con Sofy, creyó que le daría un infarto.

—Hay que tener mucho cuidado —balbuceó, nerviosa—. No les gusta la gente nueva. Se rebelarán. Avisados estáis todos. —Y cambiando el gesto a otro más autoritario, chilló a sus gatos—: ¡Atacad! ¡Atacad!

Pero los gatos estaban encantados. Maullaban apaciblemente y, antes de que pudiera darse cuenta, ya estaban panza para arriba, dejándose rascar.

María supo que había perdido la batalla.

—¿Y cómo te llamas tú? —preguntó Luis a uno de los felinos, al tiempo que lo abrazaba para sí.

—Esa es Sofy —dijo Andrea—. El otro es Loren.