LOS PREJUICIOS DE MARÍA
No eran todavía las nueve de la mañana cuando María escuchó que aporreaban la puerta de su piso.
Se irguió en la cama, asustada, y se apartó el antifaz con el que dormía. Aguantó la respiración para comprobar que los golpes no eran reales, sino que formaban parte de un sueño que ya no recordaba, pero al instante volvió a escucharlos, implacables y nítidos, y se puso en pie de un salto.
Sus dos gatos, Sofy y Loren, entraron en la habitación y saltaron a la cama, asustados también. María dio un respingo al verlos.
¿Quién podría ser?
—Mami os defiende —balbuceó a los felinos, dando un paso al frente. Pero después se volvió hacia ellos y completó—: Aunque podríais ayudarme y repartir arañazos.
Trató de agarrar a Loren, pero se le escabulló entre los brazos. No lo culpó por su cobardía y tragó saliva.
Otra vez los golpes.
María hizo de tripas corazón y se dirigió hacia la puerta del cuarto.
Desde ahí vio el salón y, más allá, el corredor que llegaba a la entrada.
Caminaba sigilosamente. Se apartó el pelo hacia atrás; lo llevaba deshecho sobre la cara, se adivinaban las raíces blancas en la zona del flequillo.
Tragó saliva. Le temblaban las piernas y de vez en cuando tenía que apoyarse en las paredes para no perder el equilibrio.
Estaba realmente asustada. Llevaba un pijama rosa con una gran cara de Hello Kitty sobre la barriga prominente.
—¿Quién es? —preguntó, tratando de ocultar su temor, cuando tuvo la puerta cerca.
—¡Soy la profesora de gimnasia del centro, y vengo a por ti! —chilló alguien al otro lado. Y después se escucharon risas.
María resopló, meneando la cabeza. Había reconocido la voz de Andrea.
—Ya voy —contestó, resoplando toda la tensión que había acumulado.
La profesora de gimnasia del centro de salud la tenía tomada con María, o eso era al menos lo que ella creía. La obligaba a hacer más flexiones que al resto y controlaba sus comidas. Por eso había dejado de aparecer. Sus amigas aprovechaban cualquier ocasión para recordárselo.
María ensayó una cara de desgana antes de abrir la puerta, pero, en cuanto lo hizo, volvió a espantarse. Sus tres amigas entraron al piso a toda prisa, como si huyeran de algo, y tuvo el tiempo justo para hacerse a un lado antes de que la atropellaran.
—Madre mía, ¿qué ha pasado? —preguntó al verlas irrumpir en su casa como un vendaval, directas al salón.
—Haznos un café —ordenó Celia—. Traemos noticias y no hay tiempo que perder.
A María se le abrieron los ojos. «Traemos noticias» podría significar muchas cosas, pero era más probable que fueran malas que buenas, relacionadas con ictus, cánceres o funerales.
—¿Quién está enferma? —interrogó, echándose las manos a la garganta.
Cerró la puerta, aceleró el paso y se asomó al salón. Si veía las caras de sus amigas, podría intuir de qué se trataba; pero, cuando llegó hasta ellas, las encontró sentadas en los sillones, con las facciones tan inexpresivas que no pudo leer nada.
La miraban fijamente. Tenía que ser algo muy muy gordo.
—Hello Kitty, haznos café y hablamos, que esto te tiene que pillar sentada —ordenó Andrea, sin cambiar el gesto.
María, intrigada a más no poder y con los ojos abiertos como platos, se dirigió a la cocina.
—¿De qué va esto? Cuanto más tardéis en decirme, más me asusto —replicó mientras, con manos temblorosas, buscaba el azúcar y el café—. ¿Vosotras sabéis que estaba durmiendo tranquilamente? El corazón me va a mil.
Pero, en lugar de una respuesta, lo que escuchó fueron ruidos de objetos entrechocando entre sí, risas contenidas y algún maullido aquí y allá. Aguzó el oído y aceleró lo que estaba haciendo.
Tazas. Servilletas. ¿Y las cucharitas? Los nervios la hacían comportarse como una extraña en su propia cocina. De repente no quería saber lo que habían venido a contarle. Tenía que ser algo espantoso: ¡otra pandemia!
Escuchó a sus gatos bufar desde el salón. Sofy y Loren no se dejaban acariciar fácilmente y eran bastante reacios a las visitas. Y, cuando por fin salió portando la bandeja con la cafetera y las tazas, por poco se le cae al ver lo que la esperaba en el salón.
Sus amigas estaban metiendo las cosas de sus gatos en bolsas de plástico.
—¿Qué pasa? —preguntó María, alarmada. Y corrió hacia la mesa más cercana para depositar la bandeja y así tener las manos libres para detenerlas.
Andrea había ido al cuarto de los trastos y había sacado los trasportines de los gatos; Amparo, con cara de disgusto, metía en una saca grande el contenido de la caja de arena; y Celia introducía en otra bolsa cada juguete gatuno que veía.
—Tú ve vistiéndote —le dijo Andrea solemne—. Nos vamos.
María, corriendo de la una a la otra, no sabía exactamente qué pensar.
—¿Cómo que nos vamos? ¿Dónde nos vamos? ¿Qué hacéis con todo esto? ¿Ha pasado algo? ¿Nos confinan?
Pero sus amigas, imparables, no parecían querer explicarle nada.
Una vez Andrea consiguió hacerse con los gatos y meterlos en los trasportines, agarró a María de la mano y la llevó a su dormitorio. Abrió el armario y sacó un pantalón gris y una blusa verde con flores. Después le hizo una señal para que se los pusiera.
María, con la cara espantada, negaba con la cabeza.
—Me estáis asustando. ¿El coronavirus otra vez? ¿Qué variante es? —balbuceó, echándose la mano al corazón. Después observó la ropa y volvió a negar—. Andrea, esa blusa me aprieta. La guardo ahí para cuando adelgace.
Andrea abrió el armario y le tendió otra blusa. María la tomó sin rechistar y se vistió deprisa, sin dejar de mirar a su amiga.
Debía de haber pasado algo gordísimo. No, no podía ser un nuevo confinamiento.
Lo hubiera sabido. Seguramente la habían desahuciado del piso y no se había dado ni cuenta.
¡Un desahucio exprés! ¡Si es que no entendía las cartas del banco cuando las leía!
María notó entonces como le sudaban las manos y se le aceleraba el corazón. Le temblaban las piernas.
¿Qué iba a ser de ella?
Andrea la arrastró hasta el cuarto de baño.
—Ven que te peine o no llegamos —dijo, abriendo el grifo del lavabo.
¿No llegamos? ¿Qué significaba no llegamos? María aceleró la respiración y se dejó hacer. Tenía las piernas de mantequilla. Se miró al espejo y sus mejillas estaban rojas como fresones. Estaba sofocada.
—No abras el grifo a lo bruto, que tengo algo embozado en las cañerías —dijo, con un hilillo de voz.
Pero ya era tarde, el agua que salía a borbotones salpicaba en la pila, que se llenó sin evacuar. Andrea cerró el grifo de golpe.
—Pelo de gato, María —dijo, sin cambiar el semblante. María se lavó la cara y Andrea le hizo el pelo a las bravas.
—¿No me vais a decir nada? ¿Vais a dejar que me dé un infarto? Por cierto, la onda del flequillo va al otro lado, que ahí tengo un remolino —dijo la pobre María, que la estaba ayudando a peinarse.
Y cinco minutos después estaban todas en el ascensor, apretadas entre las bolsas grandes y dos gatos que maullaban inquietos desde su caja.
Las tres mujeres se miraban las unas a las otras intentando contener el gesto, María estaba al borde de un ataque de nervios y las estudiaba detenidamente, desesperada por saber qué tragedia estaba sucediendo.
Amparo lanzó una mirada furtiva a sus cómplices, que hicieron una señal aprobatoria, y, lanzando un grito feliz, lo dijo al fin:
—¡Nos vamos a Asia!
María las miraba incrédula.
—¿Cuándo os vais?
—Nos vamos, nos vamos las cuatro —explicó Celia, sonriendo abiertamente.
María las estudió de una en una. Tenían los ojos brillantes y el gesto feliz.
—¿Nosotras? ¿Nosotras cuatro?
Sus amigas asintieron. Al parecer, estaba decidido. Aquella era la manera de decirle que no tenía opción.
—¡Estáis locas! ¡Asia! —chilló, después de mirarlas con el corazón encogido—. Pero es que yo no puedo ir, y menos con los gatos. A Asia no me los llevo, que hay lugares en los que se los comen, así que no puede ser. ¿Estáis bien? ¿Os habéis vuelto locas? ¡Que se me comen a los gatos!
—Tus gatos se quedan y van a estar perfectamente —replicó Celia—. Mis nietos se han ofrecido amablemente a cuidarlos. Y ahí es donde vamos precisamente, a dejarlos con ellos, y así compruebas lo bien que se van adaptando mientras aún estamos aquí. Mis nietos son muy majos.
María no creía lo que escuchaba. ¿Se habían vuelto majaras? ¿Cómo se había prestado Celia? ¿Y Manuel? ¿Y el nieto de Amparo? Amparo tenía que recoger al niño del colegio todos los días, ¡era su obligación!
María paseaba las pupilas de una a otra, incrédula.
—Os habéis vuelto locas —concluyó—. Esto es una broma. Como cuando me dijisteis que teníamos que ir a la cena de pre-Nochevieja vestidas de árboles de Navidad. Fui la única disfrazada.
Pero las otras tres negaron con el dedo y se echaron a reír.
—¡Ya está bien! De locas nada. ¡Nos hemos vuelto cuerdas! —afirmó Andrea—. Y necesitamos este viaje, María, amor, tesoro, así que no puedes negarte. Sin ti, no vamos.
La puerta del ascensor se abrió y todas salieron, excepto María, que se debatía entre mil pensamientos. Lo que le pedían era imposible. Las vio alejarse mientras ella permanecía congelada en el sitio, y la puerta automática del ascensor comenzó a cerrarse por delante de ella.
Cada vez la rendija era más estrecha, hasta que un maullido la hizo reaccionar: ¡sus gatos!
—¡Sofy! ¡Loren! —llamó a los felinos, y salió a toda prisa. No podían llevárselos.
No se dijeron nada en el autobús. María se limitaba a observar a sus amigas una por una. Tenían cara de satisfacción. Amparo tenía una media sonrisa pintada en la cara que no le había visto nunca antes.
Cuando un joven estudiante ofreció a Celia un sitio para sentarse, ella le contestó decidida:
—Pienso mantenerme en pie por mucho más tiempo. ¡No somos viejas!
María no podía creer lo que veía. ¿Tenían acaso un aura brillante alrededor de la cabeza?
Pero pronto se dio cuenta de que era el reflejo del espejo retrovisor interior.
María no sabía lo que les había dado, y aprovechó para ocupar el asiento que Celia había rechazado para tomar aire y recobrar el aliento.