Las reinas de Asia LA ESENCIA DE CELIA
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LA ESENCIA DE CELIA

Andrea y Celia también tomaron un autobús, y no se dijeron mucho durante el trayecto hacia la residencia. Iban a visitar a Manuel, el marido de Celia.

La primera miraba al frente, la otra por la ventanilla, estudiando a las personas que había afuera, las que parecían vivir sin problemas, en un mundo que no conocía, que le era inaccesible.

Andrea se volvió hacia su amiga. Celia estaba mayor a pesar de ser un año más joven que ella.

El pelo cobrizo cortado a ras del hombro, despeinado, y el cuerpo delgado le daban un aspecto frágil y vulnerable.

Llevaba unas gafas grandes de pasta, que le dejaban un surco de sudor a ambos lados de la nariz.

—Gracias por acompañarme —dijo Celia al fin. Andrea sonrió y le dio una palmadita en el brazo.

—No es molestia. Si me dices que después me invitas a comer, por mí no hay problema. Te acompaño al fin del mundo.

Celia rio.

—Claro, mujer, yo te invito siempre que quieras. ¿Y tus pies?

—Mis pies están bien —respondió Andrea—. Solo un poco recocidos. Ahora que los he aireado, parece que acabarán llevándome a casa. No me vuelvo a poner estos zapatos en mi vida. Creo que los tiraré para no caer en la tentación, porque siempre digo lo mismo y acabo calzándomelos de nuevo.

—Yo no puedo con el tacón, ya lo sabes. Aunque tampoco puedo ir plana del todo.

Las dos se observaban los pies. Al menos era mejor concentrarse en ellos que pensar en las mil cosas que les rondaban por la cabeza, como el funeral y la pobre Camila, muerta durante horas con una flor de porcelana entre las manos a medio hacer, o lo de Asia.

Celia no quería volver a lo de Asia, por eso de vez en cuando hablaba de cualquier otra cosa, para salvar la tentación.

—Le podríamos poner arroz o fideos al caldo. Hay pelota de pan casera, si quieres.

—Los fideos se harán antes —aclaró Andrea, que comenzaba a sentir un hueco en el estómago—. Eso sí, con la pelota, que a ti te sale muy buena.

—Pues fideos —dijo Celia orgullosa—. Cuando mi pequeño viene algún fin de semana de Madrid, se lleva cuatro o cinco pelotas. Se las pongo recién hechas y le aguantan el viaje. A sus compañeros de piso también les gustan mucho.

Alzaron la vista. Ya se veía la parada de la residencia de Manuel. Estaba justo a dos portales de donde las dejaría el autobús.

—No te asustes cuando veas a Manuel, que no conoce —avisó Celia, oscureciendo el gesto.

—Ya —dijo Andrea—. Creo que mejor me quedo fuera. Yo he venido por la pelota y el caldo.

Celia sonrió y apretó la mano de Andrea.

No era muy agradable ver la carcasa en la que se estaba convirtiendo Manuel.

Menuda diferencia del hombre que había sido en tan solo tres años.

Todavía recordaba su gesto decidido o la fuerza de su mano cuando trataba de convencerla para ponerse en pie y bailar.

Celia apretó los labios. Desde que lo diagnosticaron, había rezado lo indecible para que la enfermedad fuera más lenta y dispusieran así de más tiempo juntos; pero, cuanto más rezaba más parecía deteriorarse él.

Cuando ya no hubo manera de controlar a Manuel ni de evitar que saliera del piso en plena noche o de que se arrojara de la cama al suelo, sus hijos la instaron a internarlo en un lugar en el que pudieran atenderlo las veinticuatro horas del día.

En el último episodio la había golpeado en un ataque de pánico y ella se había quedado medio inconsciente durante unos minutos.

Hacía de eso dos años y todavía se sentía tremendamente culpable por haberse dejado convencer.

Entonces, su marido todavía la reconocía a ratos, y la martirizaba saber que ella estaba en casa, sola, perdiéndose alguno de los pocos momentos que pudieran quedarle de lucidez con el Manuel de antes.

Celia suspiró. Su marido llevaba sin recocerla cuatro meses.

Andrea, consciente del cauce que habían tomado los pensamientos de su amiga, sintió una profunda pena.

Le acarició la espalda y, cuando el autobús paró, bajaron las dos.

A cada paso que daban hacia la residencia, podía notar como a Celia se le caían los años encima, se le curvaba el porte y se le ensombrecía la mirada.

Tuvo que disimular para no decir nada, tremendamente apenada por aquella metamorfosis. La cogió del brazo y entraron las dos.

—Yo me quedo dando un paseo —dijo Andrea, en tono tierno—. Nos vemos después. Dale un beso de mi parte.

Y Celia asintió, se dio media vuelta y caminó sola por el pasillo de azulejos blancos, largo, impersonal, con el corazón que se le iba a salir del pecho.

No tuvo que decir nada en el mostrador, ya la conocían y la saludaron con la mano, así que siguió de frente hacia el salón de la tele, donde estaría su marido a esas horas.

Se sentía nerviosa, no quería que se repitiera el episodio de hacía un par de semanas.

En aquella ocasión, él salió del salón y anduvo hacia ella.

Celia lo vio acercarse y sonrió al verlo con su paso erguido, a su Manuel de siempre, pero su marido pasó de largo.

Ni siquiera la miró. No reparó en su presencia. Nada lo ataba a ella. Ni una señal.

Celia se sacudió de la mente aquel extraño recuerdo, entró en el salón y lo buscó con la mirada. Había ventanales grandes cosidos de barrotes y el sol pintaba rayos en los muebles.

Lo encontró apoltronado en uno de los sillones que barrían dos de las paredes. Habría al menos treinta, pero menos de la mitad estaban ocupados. La televisión colgaba del techo y la mirada de su marido apuntaba pasiva a ella, con un brillo que Celia ya no sabía reconocer.

—Hola, Manuel —lo saludó y se sentó a su lado, apresurando el momento más duro, el de darse cuenta de que no existía para él.

—Hola —le contestó su marido, imperturbable.

—¿Ves la tele?

Él se volvió a mirarla, clavó los ojos en los suyos y, cuando ella creyó que estaba ahí, los apartó de nuevo y continuó con la vista fija en el televisor.

—Las noticias —le contestó—. Veo las noticias. Y, la verdad, para lo que pasa en el mundo, sería mejor no verlas. A uno se le quitan las ganas de todo.

Celia le sonrió tiernamente y puso la mano sobre la de Manuel. El hombre se irguió entonces, intranquilo, e intentó apartarla poco a poco, así que ella la apartó también y lo dejó libre.

Manuel no había sido de ver las noticias ni de leer el periódico.

Se lo compraba y, cuando lo buscaba para leerlo, habían pasado tantos días que ella ya se había deshecho de él.

Siempre era lo mismo. Manuel era más de acción.

Había trabajado todasu vida de encargado en una fábrica de juguetes.

Fue un hombre sociable y tuvo muchos amigos.

A él lo que le gustaba era reírse y salir.

Llegaba el fin de semana y tenían que ir siempre a algún sitio, con los niños, los cinco por ahí.

Era otra vida.

—¿Qué me cuentas? —le preguntó ella.

—Nada, estoy viendo las noticias; aunque, para lo que pasa en el mundo, sería mejor no verlas. A uno se le quitan las ganas de todo.

—Bueno, pues te cuento yo —le dijo Celia—.

Hoy hemos ido al cementerio, de entierro.

No iba al cementerio de Valencia desde Todos los Santos, anda que no es grande.

He pasado por donde están tus padres y las lápidas estaban muy limpias y muy bien, con las flores de plástico que parecen de verdad.

No me arrepiento de habérselas puesto. Eran las más caras de toda la floristería.

»Y, bueno, Andrea la ha liado, ha llamado a un taxi y ha venido el taxista cuando estaban poniendo el féretro en el agujero, anda que también menudo el del taxi.

Uno se espera si ve una cosa así, ¿no? Debería haber sido más discreto.

Nos ha puesto en un compromiso muy grande, preguntando por ahí quién había pedido un taxi.

En fin, la que se ha muerto era Camila, la abuelita en silla de ruedas, la que siempre siempre siempre estaba en el Ateneo, ¿te acuerdas?

Colocadita junto a la primera ventana según se entra.

—Manuel no reaccionó y Celia apretó el labio—.

Pero lo que más me ha llamado la atención es lo de después, lo que ha dicho Andrea.

Andrea la divorciada, que, por cierto, te manda un beso.

Sí sabes quién es. Anda que no has bailado veces con ella, en Canarias y en Murcia.

Pero, bueno, pues nos ha propuesto ir a Asia con ella.

Todas juntas, con Amparo y María la soltera.

¿Te lo imaginas? Asia. A Asia no se va de cualquier manera, digo yo.

Será necesaria una preparación, supongo.

Ni siquiera sé muy bien dónde empieza y dónde termina el continente; aunque eso es lo de menos, supongo.

»Lo que me ha llegado al corazón es lo que ha dicho Andrea acerca de la vida.

¿Es esto todo, Manuel? Porque no puede acabar así, no pueden estar todas las cartas echadas, no sé si me entiendes.

Seguro que da tiempo a que salga una cura para lo tuyo, que estamos en el siglo XXI.

Se supone que deberíamos ir todos en nave espacial, nosotros, que crecimos sin tele siquiera. Debe haber algo más. ¿O no?

Su marido no la miraba. Parecía haberse acostumbrado al ritmo de su voz y a su presencia cerca de él. Celia volvió a tomarle la mano y, esta vez, él no la apartó.

—¿O no?

¿Cuántos días podría seguir soportándolo? Celia sintió que las lágrimas se le escapaban.

—Manuel, ¿a ti te importaría que yo me fuera a Asia?

No hubo contestación, ni siquiera una reacción, ni una mínima señal.

Celia apoyó la cabeza en el respaldo de su marido, cerró los ojos y se quedó sentada junto a él, intentando disfrutar de la quietud. Trataba de memorizar el momento para cuando quisiera llamarlo antes de dormir, para cuando le diera las buenas noches.

Durante minutos intentó que sus respiraciones se acompasaran. Tal vez pudiera reproducirlas horas después, pretender que dormían juntos.

Pasados unos minutos, le dio un beso en la mejilla, se puso en pie y se marchó sin mirar atrás.

Cuando salió afuera, Andrea estaba en recepción, apoyada sobre el mostrador.

—Ya está —le dijo Celia.

—¿Cómo está Manuel?

Y Celia meneó la cabeza.

—Está —se limitó a contestar.

—Vamos a por tu caldo, guapa —dijo Andrea, rodeándola por la cintura y dándole un beso en la mejilla.

Llegaron al piso cuando eran poco más de las tres. Estaban famélicas y no se habían dicho nada en el autobús. Celia siempre necesitaba su tiempo para recuperarse cuando salía de la residencia, eso ya lo sabían todas.

—Esto está buenísimo —dijo Andrea mientras sorbía los fideos y partía la albóndiga—. Entiendo que tu hijo venga de Madrid solo para llevárselas.

Celia rio.

—No solo viene por eso, mujer. Viene también a ver a su padre, a los amigos, a estar en casa. Todo el mundo quiere estar en casa.

—Y aquellos que la echan de menos, como tu hijo, la aprecian más —dijo Andrea mirando directamente a su amiga—. Necesitas un respiro, amiga, necesitas desconectar. Necesitas algo que sea más grande, más inmenso que todo lo que ocupa tu cabeza en estos momentos.

—¿Asia?

—Asia.

Celia respiró hondo.

—Creo que tienes razón, Andrea. Y sé que, en cuanto ponga un pie en el avión, o el barco o lo que sea que nos lleve, me arrepentiré y se me partirá el alma, pero necesito alejarme. Me ahogo.

Celia sintió que le temblaban las manos.

Andrea acercó la silla a su amiga y le dio un gran abrazo.