LA PAZ DE AMPARO #2
Y la cara de Amparo se oscureció entonces.
No había estado nada bien ese comentario, y frunció el ceño.
De repente, el recuerdo de su reflejo transparente en el autobús se abrió en su pecho, real y doloroso, acallando la parte sensata de sí misma que le recordaba lo susceptible que era Mónica a todo tipo de comentarios.
Pronto la ocupó entera, gobernando toda su voluntad, clamando que no debía pasar por alto la oportunidad de replicarle.
—Podría acompañarte, claro que sí, mi vida —dijo Amparo dirigiéndose a su nieto. Le guiñó el ojo al niño y siguió partiendo la berenjena, como si nada, con el cuchillo y el tenedor. El corazón le latía con fuerza en el pecho.
Mónica dejó los cubiertos en el plato y miró a su madre.
—Mamá, por Dios.
Amparo alzó la mirada. Estaba comenzando a sonrojarse.
—¿Qué sucede, hija?
—Pues que no puedes decirle al niño esas cosas si no son verdad. Tú no estás para campamentos…
Amparo miró a su alrededor. Clara tenía puestos los ojos en ella, también Alonso. Víctor era demasiado nuevo para leer la tensión del grupo. Aprendería. Unos meses más y la miraría así también.
—El niño se llama Martín —dijo Amparo, tratando de pausar las palabras—. Me ha invitado y voy. Conozco a las demás madres, podría ser divertido, ¿verdad?
Martín, a su lado, esbozó la sonrisa más ilusionada del mundo. Amparo aplacó en ella el rubor y calmó sus latidos. Le devolvió la sonrisa. Estaba decidido.
Mónica rio de repente, una risa irónica que hizo que Amparo sintiera un nudo en el estómago.
—Mamá, no te oyes, en serio.
Y Amparo dejó los cubiertos en la mesa encogiéndose de hombros.
—Yo creo que me oigo perfectamente.
—Mamá, tú estás mayor. Muy mayor. ¿Vas a montar a caballo acaso?
Amparo dejó de prestar atención al silencio que se había adueñado del resto de los comensales.
Alonso rechinó los dientes y negó levemente con la cabeza.
Amparo no sabía si estaba defraudado con su mujer o con ella, y sintió unas ganas terribles de deshacer lo que había hecho.
Cerró los ojos un segundo y tomó aire. Estudió el salón a su alrededor: las cortinas que ella misma había lavado, las plantas que regaba cada día, la pared que fregó hasta que le dolieron los huesos para quitar las marcas de rotulador.
«No estoy mayor para atender al resto de tus recados: para planchar, limpiar tus cristales, hacer los deberes con tu hijo», se dijo.
Pero pronunciarlo en voz alta era otra cosa.
Destaparía la caja de Pandora y, después de las emociones del día, no quería complicaciones.
Sabía que si hablaba habría pelea, que Mónica se rebelaría, que pondría palabras en su boca que nunca había ni siquiera pensado y que acabaría teniendo que pedirle disculpas a su hija por insinuar que era una mala madre o que tenía su casa desatendida.
Era mejor callar, como siempre. Mónica estaba bajo mucho estrés.
En lugar de eso, salieron otras palabras, descontroladas, unas que no pudo detener porque se originaron en lo más profundo de su ser, unas que no sabía ni siquiera que existían, pero que afloraron seguras.
—Podría ir cuando vuelva de Asia. Me voy con mis amigas a celebrar mi setenta cumpleaños.
Sintió como si se hubiera quitado un peso de encima. Sonrió. El resto se habían quedado congelados en el asiento.
Miró a Martín, que la contemplaba admirado, y de reojo a Mónica y a Alonso, a Clara y a Víctor. Habían dejado de comer y la miraban con la boca abierta.
—Muy buena idea —opinó Víctor, al tiempo que se cortaba un poco de pan—, anda que no lo pasamos bien, ¿eh, Clara? Camboya es la…
Definitivamente, llevaba poco en la familia. Mónica rio entonces.
—¿A Asia? Al continente entero, supongo. Como dices Asia, así como quien dice Teruel…
—Lo tenemos que pensar.
Se hizo otro silencio. Cruzó la mirada con su yerno Alonso durante un instante y creyó leer complacencia en ella. Amparo amplió la sonrisa. Se encontraba a gusto. No podría explicar la sensación. De repente tenía apetito. Tal vez se sirviera un poco más de arroz apelmazado.
—Te has vuelto loca —saltó entonces Mónica.
Y Amparo alzó la vista molesta.
—¿Disculpa?
—Sí —se reafirmó Mónica, barriendo con la mirada a cada uno de los que estaban sentados en aquella mesa, buscando algo de apoyo. Los demás miraban a Amparo en silencio—. ¿Es que no vais a decir nada? Se va a Asia por su cumpleaños, que es en un par de meses, por cierto, y vosotros como si nada.
—Creo que es mayorcita… —acertó a decir Clara.
—Para ti todo va bien, hermanita. Tú a la tuya, para variar. Mamá, ¿no has pensado que nosotras quizás quisiéramos pasar tu cumpleaños contigo? ¿No crees que deberías habernos consultado? ¡Y encima con todo lo que hay que hacer con la comunión!
Amparo ya no quería ensalada.
—No creo que deba consultaros, Mónica —sentenció, moviendo la cabeza—. Creo que soy libre para decidir qué es lo que quiero hacer. No soy una vieja, no lo soy. Siempre me habéis dicho que podría hacer lo que quisiera, que respetaríais cada una de mis decisiones, incluso con el dinero de papá…
—Mamá, eso fue antes de saber que te lo gastarías en tonterías —dijo Mónica—. Al parecer, pasas del futuro de Martín. Gástatelo todo.
Amparo sintió una punzada en el estómago, más dolorosa que si alguien le hubiera golpeado.
Mónica se encogió de hombros y partió con furia un trozo de pan, que se metió en la boca y masticó con fuerza para disimular la tensión.
—Yo creo que es… sería… buena idea lo del viaje —dijo Alonso. Mónica se quedó paralizada. Podría haber esperado alguna réplica por parte de cualquiera, pero no de Alonso, no en público, no a ella. Y saltó:
—¡Claro, como no es tu madre la que se ha vuelto loca y se quiere gastar la herencia!
—Es su dinero —susurró Clara.
Pero Amparo se puso en pie. Había tenido bastante.
—No me he vuelto loca.
—Siéntate, mamá —dijo Clara dulcemente poniéndose en pie ella también—. Mónica no quería decir eso y…
—Haces bien, Amparo —interrumpió Víctor—. En Camboya vimos un montón de gente mayor en excursiones.
Se armó algo más de revuelo y se atropellaron palabras que Amparo no quiso distinguir. Se disculpó, dijo que le dolía la cabeza y simplemente se marchó del salón, del corredor y del piso.
Necesitaba aire.