LA PAZ DE AMPARO
De vuelta a casa en el autobús, Amparo le daba vueltas a lo que Andrea había dicho.
Asia.
Anda que no quedaba lejos Asia.
Cuanto más lo pensaba, más imposible se volvía.
Andrea se había debido de volver majareta, de eso debía de tratarse.
A lo mejor estaba de broma y se le pasaba el capricho en un par de días; aunque cabía la posibilidad de que se hubiera vuelto loca del todo.
Andrea era la de las ideas rocambolescas, la decidida, la que siempre quería quedarse la última en todas las reuniones.
No pensaba ni en el dinero que costaban las cosas ni en las preocupaciones de todos los días.
Y no es que estuviera boyante, que no lo estaba.
Amparo suspiró mientras pensaba en su amiga.
Las circunstancias de Andrea la habían llevado a ser una reaccionaria.
Su marido la abandonó con cuatro niños pequeños y ni un duro para criarlos.
Se tuvo que sacar las castañas del fuego sin ayuda.
De la noche a la mañana hizo de madre y de padre y se puso a trabajar.
Amparo no entendía cómo, a pesar de todo, Andrea podía ser tan alegre.
Era la que más bailaba, la que más reía en el bingo y la que más joven parecía a pesar de ser la mayor de las cuatro por un año.
Llevaba el pelo amarillo esta vez, pero había pasado por todos los colores del arcoíris.
Andrea era una leona.
Amparo no habría sobrevivido de haber estado en sus zapatos. La hubieran matado las críticas que a Andrea le resbalaban por la espalda. Si Fernando la hubiera abandonado con las dos niñas pequeñas, no sabía qué habría sido de ellas.
Pero, bueno, Fernando no era de los que se iban.
De hecho, la había acompañado a todos lados hasta que se murió; y hasta para morirse lo dejó todo bien arreglado, pobrecillo.
No había deudas, le dejó ahorros y una buena paga.
Las dos chicas, Mónica y Clara, habían terminado la universidad y ya trabajaban.
Había menos gastos. Fernando había sido todo un señor, eso era.
Andrea y Amparo eran el día y la noche: la espontaneidad de Andrea frente a la planificación de Amparo, el entusiasmo de la primera y lo comedido de cada uno de los pasos que daba la segunda…
Amparo simplemente tenía responsabilidades.
Sí, eso era: responsabilidades. Tenía que ser la voz sensata y lidiar con los imprevistos para no romper la paz y el equilibrio perfecto que Fernando le había dejado.
Amparo se llevó la mano al bolso y sacó el móvil, pero, al ver que tenía al menos veinte mensajes de su hija mayor, volvió a guardarlo y apretó el gesto. Consultó la hora y tomó aire. Llegaba con el tiempo justo a la comida.
Fijó la vista en el icono del grupo que tenía con María, Celia y Andrea.
Antes también había estado Teresa, pero ya no estaba.
Se llamaban «las chicas de oro». Se fijó en la foto de las cinco.
La tomaron al poco de unirse a la pandilla, y no la habían cambiado porque estaba Teresa en ella.
Amparo recordaba la noche en la que la tomaron.
Habían bailado y jugado a las cartas. Fernando había muerto tres años antes.
Todavía recordaba lo reticente que se mostró al principio a juntarse con ellas, de eso se habían reído todas unas cuantas veces.
No tenían nada en común. Incluso sus estilos eran los más distantes.
Ella llevaba el pelo siempre recogido de peluquería, era más clásica y elegante, aunque ahora se lo estuviese dejando vencer por las canas.
No era delgada como Andrea, que era puro nervio y movimiento, pero tampoco estaba tan rellenita como María, y era más alta.
Recordó el vestido turquesa de Andrea y sintió un latigazo de desaprobación. Ella no había vestido nada color turquesa desde que tenía veinte años.
Asia.
Nada más y nada menos. No podía quitárselo de la cabeza.
Menudas cosas se le ocurrían a veces, la verdad. Esta se llevaba la palma. Y encima por su cumpleaños, ala, para meterla a ella en el ajo.
Si hubiera dicho Marruecos… Pero es que Asia era peligroso, ya no por la gente, sino por la comida y por el agua.
Te podía sentar mal cualquier cosa, o te podía picar una serpiente, o morder un perro.
Anda que no había peligros en Asia. Su hija le había contado mil cosas del viaje de novios y le había hablado acerca de la pobreza, qué pena.
Había que vacunarse bien, Clara había tenido que ir al médico para no sé qué de la malaria.
¡Qué manera de ponerse en peligro! Pero, bueno, los jóvenes ya se sabe cómo son: a todo se atreven, a todos los sitios quieren ir, inconscientes. ¿Pero ellas?
¿Qué tenían de malo las excursiones que te aseguraban un baño accesible cada dos horas?
Amparo miraba por la ventanilla. El reflejo de su cara la mostraba como un espectro medio transparente por encima de la gente que andaba por la calle, de las parejas, de los niños, de la vida.
¿Era eso lo que le esperaba? ¿Ser tan transparente como lo había sido Camila hasta desaparecer del todo?
¿Era la vida solo para la gente joven? ¿Había terminado todo para ella? ¿No habría nada más?
Camila estuvo muerta en su silla por más de tres horas sin que nadie reparara en su fallecimiento.
Amparo cerró los ojos un instante e intentó apartar esos pensamientos de su cabeza. Ella no era Camila. Ella no era transparente. Ella tenía a sus dos hijas, que la respetaban, la querían y la apoyaban.
Andrea había usado todo tipo de argumentos catastrofistas para desarmarlas y tal vez con María, soltera y con dos gatos, o con Celia, pobre, con su Manuel en una clínica con demencia y alzhéimer, hubiera podido tener alguna oportunidad, pero con ella era diferente: ella tenía una vida plena.
Sus hijas, sus yernos y su nieto la adoraban.
En su familia había paz, podía decirlo con la cabeza bien alta.
Dejó de mirar por la ventanilla y se puso en pie. Había llegado a la parada de casa de su hija Mónica. Como cada domingo, comerían todos juntos. Así de unidos estaban.
Tenía que haberle dicho a Andrea que se viniera con ella, pero es que, si llevaba a alguien sin preguntar con al menos dos días de antelación, Mónica se pondría muy burra; normal.
Tenía llave de casa de su hija; no obstante, llamó al timbre y a la puerta después.
Solo usaba la llave cuando sabía que no había nadie en casa, cuando iba entre semana para traer al nene del colegio y le hacía compañía hasta que llegaban sus padres del trabajo.
Entonces aprovechaba para hacerles la plancha o ayudar un rato con la limpieza.
A Mónica le gustaba tenerlo todo impecable y, ¿para qué engañarnos?
, le gustaba más cómo le hacía la casa su madre que la chica que le iba algunas mañanas.
—¡Abuela! —la llamó su nieto Martín, ilusionado. El pequeño había corrido a abrirle la puerta.
La mujer lo miró y se le olvidó todo de repente. Era el niño más alegre del mundo. Tenía ese brillo en los ojos que había tenido su marido Fernando siempre. Adoraba al chiquillo.
—¡Hola, cariño! —lo abrazó Amparo—. No me digas que soy la última.
—Sí, pero yo he llegado poco antes que tú. He ido con mi padre a misa, que pronto tomo la comunión.
Amparo le acarició la cabeza y juntos, de la mano, anduvieron hasta el salón.
El parqué estaba impoluto y la casa estaba sumamente ordenada.
De postal. Se quitó el abrigo en la habitación de la plancha y lo colgó en un armario.
A Mónica no le gustaba tener trastos por medio.
Cuando llegó al salón, tirada por Martín, saludó a todos los demás.
—Mamá, ya era hora —le reprochó su hija Mónica, levantando las palmas de las manos—. No has leído ni uno de mis mensajes.
—Vengo de un funeral, nena.
Clara, su otra hija, acudió a abrazarla.
—Te lo he dicho —explicó a su hermana—. Se había muerto una mujer mayor del Ateneo.
—Claro, y no te lo podías perder —espetó Mónica a su madre, guiñándole un ojo con sarcasmo—. La mesa está puesta.
¿La estaba reprendiendo? Amparo miró el reloj y no eran más de las dos. Llegaba a tiempo.
«No me lo quería perder, no», pensó en contestar, pero era mejor no molestar a Mónica.
Haya paz.
Y se sentaron a la mesa procurando no arrastrar la silla. Había dos copas por comensal: una para el agua y otra para el vino. Mónica sirvió los entrantes y después un arroz italiano que había preparado con el robot de cocina.
Rieron y charlaron.
Martín les contó lo que había aprendido en el catecismo y les recitó alguno de los pasajes que había memorizado para la ceremonia. Amparo lo miraba complacida. Quedaban más de tres meses y el niño ya los soltaba de carrerilla. Era un niño aplicadísimo.
Los observaba a todos, orgullosa por comprobar las excelentes personas en las que se habían convertido.
La pequeña Clara era una dentista de treinta y cuatro años y Víctor, su recién estrenado marido, la miraba con los ojos tan enamorados que hicieron a Amparo sonreír.
Mónica era economista, más seria. Alonso, su esposo, apenas hablaba si no era para replicar, cortés, las ocurrencias de su hijo o de sus cuñados.
Se pasaban el pan y compartían el primer tinto de verano del año, que ya hacía calor.
—¿Se podría venir la abuela conmigo a la convivencia? —preguntó Martín cuando todo el mundo parecía más contento.
Una semana antes de la comunión, había una excursión que consistía en pasar una noche en un albergue cercano, y, en la misiva que habían enviado a las familias, se especificaba que podía acompañarlo un familiar.
Amparo lo sabía todo del asunto, ya que era ella la que iba a las reuniones del colegio y a las de las actividades extraescolares, incluido el catecismo.
A Amparo se le encendió la mirada cuando su nieto la propuso para acompañarlo y lo cogió de la mano orgullosa; pero, antes de que pudiera decir nada, su hija Mónica se le adelantó.
—Ay, Martín, que la abuela no puede, la abuela está ma-yor —explicó, mientras sacudía la cabeza—. ¿No quieres ir con la tía Clara? ¿Con mamá o papá?