EL LEGADO DE CAMILA #2
—Esas cosas se piensan cuando surgen y ya está. ¿Qué tendría de malo que quisiera de repente escalar el Everest? ¿Acaso no puedo subir al Everest? Es un monte, no tiene puertas, es ir y ponerse a subir. Ya está.
Amparo movió la cabeza.
—Pues tendrías que ahorrar, Andrea, eso para empezar. Tienes que alquilar no sé cuánta gente para que te suba las cosas. Lo vi en un documental.
Celia suspiró.
—La pela es la pela —murmuró en voz baja.
Antes de que sus amigas volvieran a enzarzarse, Andrea continuó hablando:
—A mí tampoco habría que llevarme mucho equipaje, pero vale, lo admito, no estoy para subir al Everest. No estoy tonta.
—Y cambiando el gesto, inclinándose hacia las demás y señalándolas con el dedo, continuó—: Pero estoy para más cosas, que aún me queda para rato…
y a vosotras también. Miraos, somos jóvenes.
Estamos estupendas, en la flor de la vida.
Las otras hicieron una mueca. La más joven era María con sesenta y seis. Las demás rondaban los setenta.
—¡No me miréis así! Nuestras madres eran viejas a nuestra edad, nosotras estamos hechas unas señoritas, no me digáis que no.
—Mujer, no es lo de nuestras madres, que es otra épo-ca —apuntó Amparo—. Anda que el campo no envejece.
Andrea se agarró a la frase de Amparo para impulsar su discurso.
—Pues vamos a aprovechar la época en la que estamos y, cuando nos toque estar haciendo guardia bajo la ventana que ha dejado Camila, al menos tendremos mil recuerdos por los que sonreír. No me digáis que esto es todo, que ya no esperáis nada más de la vida, que la aventura acaba aquí.
Celia se rascaba el brazo, nerviosa. No tenía ni idea de dónde quería ir a parar Andrea.
—Cómo hablas, mujer. Anda que no nos lo hemos pasado bien. Y, ¿qué propones? ¿Que corramos los encierros de San Fermín?
Andrea meneó la cabeza de lado a lado y de repente un brillo cruzó su mirada, como si acabara de encontrar la respuesta, la inspiración más pura, la clave de todo.
—Propongo que celebremos tus setenta por todo lo alto, Amparo. ¿Qué quedan, tres meses para tu cumpleaños? Propongo un viaje. ¡Nos vamos las cuatro de viaje! ¿Qué tiene de malo?
Andrea se puso en pie. Se notaba enérgica. ¡Era la idea más extraordinaria que había tenido jamás! Cuando los pies comenzaron a molestarle de nuevo, hizo una mueca de dolor y volvió a sentarse.
Las otras tres se echaron a reír, una risa sonora e incontrolable que hizo que el resto de los socios se volviera hacia ellas. Las miradas les hicieron guardar silencio de nuevo.
—Vale, Andrea, no bromeas —afirmó María, disculpándose con la mirada ante los demás.
Andrea meneó la cabeza y la miró fijamente a los ojos.
No bromeaba.
—Un viaje tampoco lo arregla todo —dijo María—. Todas hemos estado en Benidorm. Se desconecta, eso sí, pero después vuelves y ya está.
—En Benidorm y en las Canarias —interrumpió Celia—, hace al menos siete años. Anda que no lo pasamos bien. Todavía venía Manuel, qué tiempos, cuando estaba más lúcido que todas nosotras juntas.
—Yo a ese no fui, no era socia entonces —recordó María—, pero a Benidorm y a Murcia sí, y lo pasamos muy bien.
Amparo, Celia y María se enzarzaron en recuerdos de autocares y visitas a museos.
—Las excursiones se piden de un año a otro y la fecha se ha pasado —apuntó Amparo—. De todos modos, yo este año tengo la comunión de Martín y no puedo excederme en otras cosas.
Andrea meneó la cabeza, dirigiéndose a Amparo.
—Amparo, ni que le fuerais a comprar la iglesia.
No te lamentes tanto, que tus hijas están muy bien y tú no te puedes quejar de paga.
Además, yo hablo de otra cosa. —Amparo quiso replicar, pero Andrea no se lo permitió y siguió hablando—: No hablo de excursiones en las que tengamos que parar cada dos horas para ir al baño y comprar postales, como borregas, donde nos digan.
Hablo de libertad absoluta y aventuras de verdad, de un gran viaje, las cuatro, a Asia, por ejemplo, por decir algo. ¿Habéis estado en Asia acaso?
Se volvió a hacer el silencio. Las tres amigas estudiaban a Andrea con los ojos bien abiertos. No se lo habían visto venir.
—Mi hija sí, en el viaje de novios —aclaró Amparo, carraspeando—. Estuvo en Camboya y en…
—No estoy preguntando por la vida de nuestras hijas ni nuestros nietos —interrumpió Andrea—.
Hablo de nosotras: de nuestra vida, de lo que queremos, de lo que necesitamos.
—Y mirándolas de la manera más solemne, les dijo—: Yo me voy de viaje.
Piénsalo, Amparo, celebramos tus setenta, nos reímos, volamos, nadamos…
¿Qué puede salir mal? Asia es mágica, es el oriente, es…
Pero Amparo no parecía querer procesar la información.
—Mi hija trajo una foto en la que un elefante le estaba tocando la cabeza con la trompa, qué cosas. Parece que el animal esté a punto de darle un golpe, eso pensé al ver la foto; pero no, al revés. Ibas al elefante y te tocaba la cabeza, tan fácil. Para la foto.
—Yo no puedo, lo siento, tengo a Manuel, pobre —se disculpó Celia.
Andrea, que paseaba las pupilas de las unas a las otras, se detuvo ante la cara menuda de Celia y sus gafas gruesas, que habían vuelto a empañarse ligeramente.
—Tú deberías poder la que más, Celia, porque te lo mereces.
¿No te apetece respirar aire puro? ¿Desde cuándo no has salido de Valencia? Yo creo que llevas años, hija.
—Y dejo a Manuel solo en la residencia, ¿no?
—Celia —dijo Andrea, mirándola con ternura—, Manuel ya lleva solo en esa residencia mucho tiempo. ¿Cuánto hace que no te reconoce?
Celia agachó la mirada al tiempo que negaba. Comenzaba a emocionarse. Lo de Manuel había sido un palo enorme. Físicamente estaba como un roble, mira lo bien que pudieran haber estado, pero el cerebro se le vaciaba a pasos agigantados y se estaba llevando por delante todo lo demás.
—Tampoco sería mucho tiempo —dijo Andrea, posando su brazo sobre el de su amiga, con cariño—. Lo máximo un mes. Te lo mereces, Celia.
—¿¡Un mes!? —exclamaron las otras—. ¿En Asia? Pero ¿tú sabes lo que dices?
Y de nuevo los socios, desde las mesas de alrededor, se volvieron hacia ellas.
—¿Qué más te da a ti un mes, María? —replicó Andrea—. ¿Qué tienes tú que hacer el mes que viene, a ver?
María, muy seria, no tardó ni un segundo en contestar.
—Los gatos. Yo tengo a los gatos. Me necesitan y me conocen. Esos sí que no se pueden quedar solos. Hay que darles de comer, limpiarlos… Son animales muy listos. Me voy y se mueren de tristeza en un día. Se dan cuenta de todo. Muy sensibles.
Andrea se reclinó en la silla. Era imposible hablar con ellas.
—¿Y tú, Amparo? A ver tú. Y, por favor, que no tenga que ver con dinero, que nos conocemos.
Las tres fijaron toda su atención en Amparo, que carraspeó y se colocó un mechón de nuevo en el recogido. El sol debió de pasar por detrás de una nube, porque el ambiente se oscureció unos grados; pero, a los pocos segundos, volvió a aclararse.
—Vale, lo admito, yo a lo mejor podría —admitió tímidamente—, pero es que la verdad es que no me apetece, Andrea.
Yo ya no estoy para ir a Asia, nada más y nada menos.
Tampoco fui a Murcia, y eso que tengo familia allí; vosotras lo sabéis, que tengo a mis primas y nos queremos mucho.
Yo estoy muy bien como estoy, yo no puedo hacer eso.
Andrea se puso en pie entonces y les farfulló, señalando a cada una de ellas:
—Me parece muy bien, perfecto. Pues nada, ¿veis el hueco que ha dejado Camila vacío, calentito, bajo a la ventana?
Id acostumbrándoos, porque un día vuestro culo estará cociéndose al sol en ese mismo lugar, eso si vivís lo bastante y no os quedáis como Manuel o como Teresa, postrada con un ictus.
Yo me voy a Asia. Me voy a Asia, sí, señoras.
Y, cada vez que lo digo, lo veo más claro.
Vamos, que me voy a Asia, a Asia. —Y levantando los brazos, miró a todos los que habían dejado lo que estaban haciendo para observarla, y repitió—: ¡Me voy a Asia!
Lo soltó y se quedó tan pancha, sin saber exactamente cuánto abarcaba Asia.
Después se dirigió hacia la puerta y abandonó la sala de la manera más dramática que pudiera imaginarse, brazos en alto y vestido de lino flotando a su alrededor, resaltando entre un mar de chaquetas, camisas y blusas oscuras.
Y tuvo que volver a los pocos segundos de desaparecer.
Se había olvidado de los zapatos, el bolso y el abrigo.