Las reinas de Asia
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EL LEGADO DE CAMILA
Las cuatro amigas volvieron al club de jubilados del Ateneo después del funeral. Tenían los pies molidos y estaban agotadas.
Pasaron a una de las salas amplias para socios, la que estaba a la derecha según se suben las escaleras. Aquel había sido su lugar de encuentro desde hacía más de diez años y les resultaba familiar.
Amparo caminaba la primera. Se arreglaba los mechones envueltos en canas que habían escapado de su recogido habitual.
La seguían María y Celia. Andrea iba la última, dando extrañas zancadas a las que acompañaba con muecas de dolor.
¿Cómo se le había ocurrido ponerse aquellos tacones para estar todo el día plantada al sol?
Faltaba apenas una semana para que acabara marzo, pero el sol se agarraba a las fachadas, tragándose la poca sombra en la que podrían haberse resguardado.
El sepelio se había producido en una de las zonas más alejadas de la entrada al camposanto y, para postre, habían acompañado a Amparo a ver la tumba de su marido, en el extremo opuesto.
María se sintió tentada de leer en voz alta el número de pasos que marcaba su teléfono, pero se abstuvo al recordar la cara de fastidio que habían puesto las otras las últimas siete veces que lo hizo.
La sala estaba prácticamente vacía. Habían llegado de las primeras y Amparo eligió una de las mesas cercanas a la ventana. Desde el interior del elegante edificio se agradecía la claridad y no molestaba el sol.
Se descolgaron los bolsos y se quitaron las gabardinas en lo que pareció ser un esfuerzo sobrehumano. Después se sentaron, reclinadas para atrás, sin público ante el que disimular el dolor de piernas.
Por fin.
—No puedo con mi alma —suspiró Andrea, acercándose a ellas—. Dios mío, qué calor. Pensaba que me derretía entera.
Llevaba los zapatos en la mano, incapaz de recorrer los últimos metros con ellos puestos.
—Si es que ese abrigo tendrías que retirarlo ya, que es de invierno —dijo Amparo, mostrándole una silla vacía a su lado.
—De otoño, pequeña —corrigió Andrea, haciendo un guiño a su amiga—. Anda que no me queda bien ni nada. Mira qué percha.
Intentó dar una vuelta sobre sí misma, pero los pies no se lo permitieron, y se quejó en voz alta.
—Pues a mí, con esos andares, me pareces Lina Morgan —apuntó María, haciéndole gestos para que terminara con su sufrimiento y se sentara de una vez.
—Muy graciosa —replicó Andrea.
—En serio, llevas el pelo cortito igual, pero en amarillo chillón. No podía enfadarse con María. No había nunca mala intención en lo que decía y se limitó a mirarla, a su cara redonda y sus brazos rechonchos. Estaba desparramada sobre la silla con las piernas abiertas y resoplaba.
Debajo del abrigo de paño que acababa de quitarse, Andrea dejó al descubierto un vestido de lino verde turquesa.
Llevaba los hombros al descubierto y la falda no le pasaba de las rodillas.
Al verlo, sus amigas se explicaron por qué no se había desabotonado el abrigo durante los momentos de más calor.
Solo a ella se le ocurriría acudir de aquella manera a un funeral.
El resto de los socios iban llegando a cuentagotas y ocupando las mesas de alrededor.
Se difuminaban en aquel salón llenándolo de murmullos y sonidos de pasos que las hacían volverse cada vez.
Algunos disponían las sillas en círculo para comenzar la partida, o las reservaban para los que sabían que estaban de camino.
Otros pasaban por delante de las cuatro mujeres y las miraban con desaprobación, meneando la cabeza para dejar claro que no había estado bien que un taxista irrumpiera en plena ceremonia preguntando por ellas.
—No me miréis así —se quejaba Andrea cada vez que eso sucedía y recibía una mirada recriminatoria por parte de sus amigas—, que, si no es por mí, todavía estamos pensando en cómo volver. Apuesto a que la cola de gente esperando taxi todavía da la vuelta a los mausoleos.
—Qué bruta eres, mujer —recriminó Celia, echándose la melena cobriza para atrás. Llevaba las gafas medio empañadas y se las quitó para limpiarlas.
—Vale, seré muy bruta, pero tú te has subido la primera, Celia —replicó la acusada.
Era una odisea buscar taxis en la puerta del cementerio, y más en domingo.
No era el primer entierro al que asistían y lo último que habrían querido era hacer cola al sol.
Por eso Andrea había sacado su teléfono para rescatarlas, desligarlas del calor y liberarlas de los pensamientos que avasallaban en los camposantos: las pérdidas que todavía dolían y lo que no volvería a ser.
—Es que menuda vergüenza nos has hecho pasar —se defendió Celia—. Como para quedarnos allí plantadas.
Andrea se recostó en la silla y miró a su amiga a los ojos.
—Nena, que no has esperado ni a que abriera las puertas. Si llega a estar la ventanilla bajada, te cuelas por ella.
Andrea se echó a reír, procurando cubrirse para no llamar demasiado la atención. Sabía que a sus amigas no les gustaba ser el centro de las miradas. Las otras tres, Celia incluida, le hicieron un guiño y no pudieron reprimir una pequeña risa.
Después no se dijeron nada durante un rato, mientras recuperaban las fuerzas y el aliento.
Se sentían cómodas y cerraron los ojos.
—No somos nadie —dijo un hombre, pasando por delante de ellas.
Las pilló tan desprevenidas que dieron un respingo y afirmaron consternadas. Cuando el señor hubo pasado de largo, Andrea dijo a las demás:
—Bueno, Camila tenía ciento un años; ya le tocaba, digo yo.
Después asió otra silla vacía y se la acercó a los pies. Necesitaba tenerlos en alto.
—Estaba mayor, sí —reconoció Amparo—. Pero anda que no se la va a echar en falta, pobre Camila, ahí sentadita haciendo sus manualidades. Es como si todavía la viera. Mira que se va a quedar esto vacío sin ella.
Y las cuatro miraron hacia la ventana bajo la que Camila, en su silla de ruedas, pasaba los días en silencio.
—Me acuerdo de cuando me levantaba a girarla para que no le diera directamente la claridad de afuera —apuntó María con los ojos puestos en el hueco vacío—. Era como un girasol, pero al revés, huyendo de la luz.
—Sí, se podía saber qué hora era solo con ver la orientación de la silla —corroboró Amparo—. Como un reloj de sol.
Andrea observó a su amiga y frunció el ceño. ¿En serio, como un reloj de sol?
María lanzó un suspiro que le hinchó el pecho y después lo vació de nuevo.
—Ciento un años, pero un pulso de acero, que para hacer flores de porcelana hay que tener destreza. Aún tengo en casa unos pendientes monísimos que le compré. Si llego a acordarme, me los pongo hoy, en homenaje.
Las cuatro continuaban con la mirada fija en el hueco en el que Camila había pasado las horas enfrascada en su labor. Les recordó a las cosas irrepetibles que un día son y al siguiente se han ido para siempre.
Amparo cerró los ojos por un instante para sacudirse el pensamiento de encima.
—Supongo que la echaremos de menos como quien echa en falta un florero que siempre ha estado ahí o un piano antiguo, porque ya me diréis —interrumpió Andrea.
Amparo abrió los ojos de sopetón para echar una mirada recriminatoria a Andrea. Las otras dos también la observaban, perplejas por la crueldad del comentario.
—No seas bruta, mujer, que acabamos de enterrarla —se enfadó María—. Era encantadora. Bien que levantaba la cabecita para saludar cuando alguien se dirigía a ella. Era simpática simpática.
Andrea apretó los labios y se enfrentó a las que la miraban.
—Qué simpática ni qué niño muerto. No decía nada, no me lo negaréis. ¿Cuánto tiempo llevamos viniendo aquí cada domingo? ¿Ocho años? ¿Nueve?
—Yo seis —interrumpió María.
—Vale, pues pongamos seis. ¿La habíais visto llegar o irse en ese tiempo? Siempre estaba aquí. Yo me pregunto si no dormía aquí y todo. Como un mueble más, quietecita, a lo suyo.
Todas permanecieron calladas. La verdad es que no le faltaba razón. Bien pensado, era todo un misterio.
—Creo que la traía un sobrino y echaba el día —apuntó Celia, pensativa.
—Pues es para pensárselo, que la cuota de socia es más barata que la de una residencia —interrumpió Amparo. Y después se dirigió a Celia para preguntar—: ¿Por cuánto te sale la residencia de Manuel?
Celia alzó los brazos, disgustada, y lanzó un soplido.
—Ya te vale —contestó. Manuel, su marido, llevaba tiempo en una residencia por culpa de su alzhéimer—. Ya me extrañaba a mí que no salieras con la pela es la pela, Amparo, que no todo es dinero.
—Ahora que lo decís —apuntó María—, creo que Camila no sabía si estaba aquí o en el Congo. Pero estaba tranquilita y bien. Eso es lo bonito.
Celia y Amparo se acercaron la una a la otra para discutir sin ser escuchadas mientras María trataba de poner paz.
Andrea, mientras tanto, miraba al frente, al encuentro entre la cortina y la pared en la que la ausencia de la difunta dibujaba un vacío que sentía sólido, como un pulpo con mil patas que se moviera hacia ella.
De repente, alzó la voz para dirigirse al resto:
—Pues yo ya tengo setenta y dos y no quiero estar tranquilita y bien en ningún sitio. Yo creo que o vivimos la vida ahora o acabamos aparcadas al lado de una ventana a que nos acabe de secar el sol, como girasoles, relojes o lo que sea. Todo menos personas —dijo.
La sobriedad con la que aderezó sus palabras hizo que las otras tres olvidaran lo que estaban discutiendo. Permanecieron en silencio unos segundos, mirándose las unas a las otras, esperando que el extraño sabor de boca que el predicado de Andrea les había hecho sentir desapareciera.
María fue la primera en romper el silencio.
—Lo pintas de una manera… —se quejó—. Como si no hubiéramos vivido la vida ya.
Amparo rio y, cuando vio que Andrea la miraba desafiante, calló de nuevo. Al parecer no iba en broma.
—Vale —interrumpió Amparo—, pongamos que tienes razón, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a escalar el Everest? Esas cosas se piensan antes. Creo que ya no estamos para eso.
Pero Andrea se sentía más segura de sí misma de lo que había estado nunca.