Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo XXIV Lo Qué no Muere.
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Capítulo XXIV Lo Qué no Muere.

El sur se abría ante él como una promesa, una llanura aún sin manchar, sin nombre, sin sombra…

pero Frantxo no tenía prisa. No pisaba el acelerador.

Dejaba que el Jimny avanzara a su ritmo, con ese ronroneo cansado que parecía encajar con el silencio que ahora lo rodeaba.

En el retrovisor, las montañas del Baztán se hacían pequeñas, difusas entre la niebla, pero él sabía que no se desvanecían.

Porque había cosas que no se marchan, que no se borran por más kilómetros que pongas entre ellas y tu cuerpo.

El Baztán seguía ahí, anudado en su pecho, incrustado en sus huesos, aferrado a las vísceras como una verdad vieja y sucia que nadie se atreve a nombrar.

Sabía que no tardaría en detenerse. Que más pronto que tarde, otro pueblo, otra voz, otro encargo lo reclamaría.

Las sombras no se acaban, solo cambian de forma, de acento, de geografía.

El ciclo se repetía: otro valle, otra leyenda, otro monstruo.

Pero el Baztán… El Baztán se había colado dentro.

En sus sueños, en la carne que ya no cicatrizaba del todo, en las noches en las que despertaría con la respiración entrecortada y las uñas clavadas en la palma.

Apretó los dientes. Recordó el hedor de la sima, espeso como el aliento de algo vivo.

Recordó el tacto áspero y helado de las piedras cubiertas de humedad, las paredes que palpitaban como si tuvieran un pulso propio.

Recordó el gruñido sordo del Basajaun, su cuerpo cayendo, golpeando roca contra roca hasta hundirse en el pozo, y el silencio que vino después, un silencio que no era alivio, sino pausa.

Y en lo más profundo, el corazón aún palpitante de la tierra.

No muerto. No vencido. Solo dormido. Solo esperando.

La vida en el valle volvería a su cauce.

Volverían los rezos en las ermitas y las voces en las tabernas, volverían las fiestas patronales y las historias junto al fuego, y todos fingirían que nada había pasado.

Pero en el fondo, todos sabrían. Porque nadie olvida del todo lo que crece en la oscuridad.

Porque bajo los helechos, entre las raíces que se retuercen en silencio, en las simas profundas donde ni la luz se atreve a entrar, la vida seguía.

Callada. Antigua. Hambrienta. Y lo que habita la oscuridad nunca desaparece: se oculta, observa, y espera.

La montaña respira. El bosque, aunque parezca dormido, recuerda. Y la tierra, herida en lo más profundo de su carne, puede que cicatrice… pero nunca olvida. Y los Basajaun… esos tampoco. No saben de treguas ni de finales. Solo entienden de ciclos. De retorno. De sangre.

Frantxo no miró atrás. Siguió su camino, firme, silencioso, como un lobo que ha sobrevivido a la noche más larga. Pero sabía que la leyenda lo seguía. No como una amenaza, sino como una sombra que ya le pertenece.